Reflexiones

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La última vez que estuve en el Zurich de Barcelona había quedado con una escritora catalana de éxito que conocí en una charla que dio en la universidad. Me gustó su tono y experiencia y pronto nos hicimos amigos. Ella, entusiasmada, quiso hacer de madrina literaria de un joven que de forma tímida daba sus primeros pinitos con la escritura. Me llevó a la radio, a fiestas de escritores, me presentó al presidente de Planeta y me puso al día de ese enrarecido mundo del famoseo, la escritura, los éxitos y los fracasos.

El viejo café Zurich seguía allí, pero había cedido a la modernidad insertado en el nuevo complejo comercial de El Triangle. Ha perdido algo de su antiguo encanto, pero la gente sigue quedando frente a su terraza para iniciar algún paseo por la ciudad condal. Y ahí fue donde quedé ayer con C., una joven y entusiasta arquitecto plagada de sueños e iniciativas. Hablamos de libros, de amigos y de muchas otras cosas.

Me gustó la charla sobre la importancia de trabajar en la sombra. El valor humano y la fuerza que tiene el hacer grandes cosas desde el anonimato, lejos de aquel mundo que aquella escritora me quiso mostrar y al que me quiso introducir a cambio de participar en fiestas hipócritas cargadas de alcohol, drogas y deslices. En ese mundo había mucho ruido, y aprendí el valor de no venderse, de seguir trabajando duramente en el camino del esfuerzo y el continuo trabajo, en silencio, en la sombra. Hubiera sido fácil, muy fácil, dejarme seducir y apadrinar por aquel mundo, por aquella amiga. Pero había algo en mí que rechazó aquella oportunidad. Y luego vinieron más tentadoras ofertas, porque la vida parece que desea algo, pero siempre hubo cierto rechazo a esa llamada. El trabajar siendo invisible, silencioso, desde el más absoluto anonimato siempre me ha seducido mucho más que el ruido de los focos y la fama. Por eso me gustó la valiente decisión de la joven arquitecta que pudiendo estar en primera fila, prefiere estar detrás del escenario, trabajando anónima por la buena voluntad al bien.

¿Qué es eso que no nos pertenece, que nos aleja de nuestra esencia? Vivimos en una parte de nosotros mismos, en una parte ridícula, casi inexpresiva. Vivimos dormidos en nuestra prisión, ignorando la inmensidad que somos. Vivimos apartados de las maravillas del universo que nos rodea, de los secretos de la naturaleza, de la inspiración profunda, de la felicidad sin causas. Vivimos desplegados o recogidos según nuestras miserias, nuestras insidias, nuestros miedos, nuestras limitaciones. Pero no somos limitados, tan solo nos limitamos a nosotros mismos. Solo debemos dilatarnos un poquito y atravesar el muro que nos condensa. Solo debemos hinchar los pulmones de vida y ver más allá de nuestras cuevas. Somos tan grandes e infinitos, que ignoramos todo ese cúmulo de posibilidades que nos esperan ahí fuera. Solo debemos atrevernos a atravesar la línea, a dar un pequeño paso hacia lo desconocido, hacia el abismo del más allá. Sin temor, trabajando detrás del velo, pero aspirando a salir de nosotros mismos para trascendernos.

Gurdjieff y Ouspensky introdujeron las ideas del Cuarto Camino para quienes buscan la verdad sobre la existencia del hombre sobre la tierra. Dijo Gurdjieff: “¿No te das cuenta de tu situación? Estás en una prisión. Lo único que puedes desear, si eres un hombre sensato, es escapar. Pero, ¿cómo hacerlo? Nadie puede escapar de una prisión sin la ayuda de quienes han escapado antes”. Pero más allá de nuestra prisión, de sentirnos presos de nosotros mismos, de nuestras pequeñeces humanas, debemos descubrir que no somos cárcel, sino cielo abierto. No somos jaula, sino viento con capacidad de esculpir en los susurros del tiempo bellezas incandescentes.

De nuevo vagando por el mundo. De nuevo como peregrino, o casi diría como ermitaño mendigante, de esos que dormían en cualquier cueva o comían cualquier cosa sin un exceso de preocupación por lo uno o por lo otro. Lo importante es la experiencia del camino, el dejarse guiar por el sonido de las grullas, por la luz de alguna estrella o por la oportuna elección de no saber hacia donde ir, excepto hacia los propósitos del alma.

Aún recuerdo aquel cuadro de Klimt que posaba a mi izquierda. Me quedaba horas mirándolo, intentando descubrir la esencia de ese abrazo sentido que parecía cargado de un mensaje desbordante. Y recuerdo cuando a su sombra el abrazo se hacía realidad, sintiendo en parte el significado profundo de sus secretos. Cuando viajo y hace frío, y el frío atraviesa el alma y el alma atraviesa la existencia pura, recuerdo ese cuadro y sus sombras.

Esta noche será fría, dicen que muy fría. Mañana… quién sabe mañana donde amaneceré. Quizás debajo de un abeto navarro o cerca de las playas de San Sebastián. Lo importante será no morir congelado, porque los alaridos del alma pueden congelar cualquier instante.


De nuevo viaje hacia el norte… Lleida, para celebrar el solsticio de forma ritual, Navarra, para ensayar algunos acordes para nuestro próximo viaje en febrero, y Barcelona para terminar pasando las fiestas en familia.

Extraño, todo muy extraño porque siempre pienso que cuando uno piensa a cierta edad sobre la familia intenta buscar señales horizontales que nos acerquen a “nuestra” familia. Si miramos hacia arriba está la familia de nuestros padres a la cual pertenecemos por filiación. Si miramos hacia abajo está la familia de nuestros hijos. Pero muchos de nuestra generación aún no pueden mirar hacia abajo, ni siquiera tienen la capacidad de mirar hacia los lados, buscando el abrazo de tu pareja y de los tuyos porque muchos, perdidos en esta generación de absurdos, aún no han encontrado ese vínculo sagrado.

Por eso este año será una fiesta de disimulo. De intentar mirar a otra parte cuando te pregunten por tu pareja, por tu familia. De intentar no bucear en exceso en las circunstancias que te han llevado a estar de nuevo solo, insípidamente y absolutamente solo. Y los recuerdos del año pasado se agolparán irremediablemente y habrá llanto y lágrima y deseo de al menos, permanecer lo más invisible que uno pueda.

Habrá muchos solitarios que esos días brindarán y se preguntarán porqué terminaron eligiendo ese destino. O porqué el destino terminó eligiendo ese camino tan alejado de las esencias y lo consagrado. Mi brindis, que será con agua, va para ellos. Ese día espero estar arropado por la tormenta, por el trueno y por la sabia concepción del nuevo amanecer.

Asoma la niebla

«Como un marinero incauto que sale del puerto justo antes de una tormenta, renuncié a las esperanzas y consuelos del evangelio cuando todos los demás consuelos estaban a punto de abandonarme».
John Newton, 1824

 

Hay mucha niebla hoy en La Montaña…me encantan los días de niebla porque se ve poco y entonces hay que agudizar la luz interior, la linterna mágica que llevamos dentro y que nos ha de guiar por la oscuridad del mundo.

Las voces oscuras del recuerdo y la melancolía asoman fuertes en estas fechas. Pero no deseo que dominen ningún panorama. Prefiero dejarme guiar por la perseverancia del Gran Poder que se manifiesta en las pequeñas cosas, en los pequeños actos de la vida cotidiana, en las pequeñas y amables voces que desean cuidarnos y amarnos. Prefiero dejarme arrastrar por el sonido del silencio, por el rumor ardiente y místico de las olas de nuestra alma. Por el vaho del horno que late dentro y por el murmullo de la marea que el espíritu arrebata al cosmos más inalcanzable.

En esa tristeza siempre nos asiste el amor de las musas, como aquella que inspiró en alguna plaza conquistada ese duele hasta que amas, retorciendo el adjetivo y el predicado hasta convertirlo en verbo. Esas musas que aún inspiran porque nacieron del deseo ardiente, de la loca y ciega, enfermiza a veces, renuncia a uno mismo.

Ya no ambiciono beber en la sagrada fuente. Solo deseo dejarme arrastrar por el fervor que cada día nos trae. El futuro nunca es oscuro ni claro, simplemente porque no existe. Al igual que el pasado, que solo vive y revive una y otra vez en nuestras mentes o corazones. Así que somos inmensamente ricos o inmensamente pobres según la importancia que demos al momento presente. Y puedo prometer y prometo que es lo único que me queda, aunque esto último sea producto más de la niebla y su confusión que del deseo profundo. Llegará el tiempo de los acordes prohibidos en las gaitas prohibidas…

Durante la Edad de Hielo, muchos animales murieron a causa del frío.
Los erizos dándose cuenta de la situación, decidieron unirse en grupos. De esta manera se abrigarían y protegerían entre sí, pero las espinas de cada uno herían a los compañeros más cercanos, los que justo ofrecían más calor.
Por lo tanto decidieron alejarse unos de otros y empezaron a morir congelado
Así que tuvieron que hacer una elección, o aceptaban las espinas de sus compañeros o desaparecían de la Tierra.
Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. De esa forma aprendieron a convivir con las pequeñas heridas que la relación con otro muy cercano puede ocasionar, ya que lo más importante es el calor del otro.
De esa forma pudieron sobrevivir.

MORALEJA DE LA HISTORIA:
La mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a convivir con los defectos de los demás y a admirar sus cualidades.

La casa ya se quedó vacía pero paradójicamente llena. En el rellano siguen los dos guardianes, fieles, amables, esperando una onza de caricia. Y todo en silencio, un silencio extraño, muy extraño.

Hay algo irremediable que me ata a este lugar. No se sabe hasta cuando ni porqué. Pero aquí sigo, solo, solitario, solícito, desierto, deshabitado, despoblado, desolado, desguarnecido, peregrino.

Es todo extraño, muy extraño. Y me interrogo sobre esa extrañeza. Sobre esos versos que ya no se escuchan ni esa poesía amable que susurraba promesas al atardecer. De nuevo me pregunto, me interrogo sobre las cuestiones del corazón, sobre sus laberintos, sobre sus infinitos misterios, sobre esos anhelos insólitos que deambulan en la emoción concita. Lo escucho con atención, pero no logro entrever entre sus deseos cual es el camino noble, el camino correcto y correspondido.

Todo resulta ser una larga espera. Sentarse en algún rincón, mirar el paisaje, prever algún destino incierto, sosegar la vida, perderse en las veredas del llanto. ¿Por qué estamos tan solos? Impregnados de redes sociales, de llamadas de teléfono, de encuentros ocasionales para recordar algo de nuestra humanidad perdida, pero solos, siempre solos. ¿Por qué la complicidad dura tan poco? ¿Por qué los alaridos del alma resuenan de tanto en tanto?

No quiero aprisionar el milagro ocurrido, ni desviar la atención del canon estético que nace sublime ante la semilla plantada. Solo deseo lo que desea cualquier hombre cabal, que el encanto que estriba en el misterio perdure por siempre. Que el abrazo sentido y la llama no se extingan, que el cúmulo de vida pueda ser compartida, siempre. Solo deseo dejar de sentirme huérfano en este reino disoluto. Solo deseo que el alarido profundo impregne siempre la metáfora de lo real. ¡Ay profundo suspiro! ¡Ay alma perdida en los aledaños de la fugacidad!

Enlazando reinos

Hace unos días de primavera preciosos aquí en Andalucía. Está toda Sierra Morena verde, con ese manto de flores que anuncian un tiempo extraño y que empieza a sortear la caída inevitable de algunas hojas en riberas y aledaños. Dejándome llevar por el esplendor de estos días, ayer hice alguna poda en el jardín. Dicen que el reino vegetal carece de cuerpo mental y emocional. Qué simplemente se deja llevar por los estímulos de la vida y crece hacia abajo, buscando agua y oscuridad, y hacia arriba, buscando luz y aire. Es lo más parecido al quinto reino, ese que alza el espíritu hacia arriba, hacia lo más puro, buscando luz, para luego derramarla hacia abajo, a la oscuridad. Son pura energía que busca energía. Por eso cuando llega la otoñada y empiezo a podar sus ramas para que ese arrebato de búsqueda tenga algún sentido me siento extraño. ¿Por qué la mente desea siempre ordenar las cosas?

Mientras podaba jóvenes lentiscos y acebuches, cipreses y encinas, los perros jugaban entre la hierba. Veía sus caras de felicidad por poder compartir ese momento juntos. Dicen que el reino animal se caracteriza porque está desarrollando su cuerpo emocional. Son capaces de dirigirse de un lugar a otro impulsados por cierta voluntad. Pero de nuevo mi mente organizando los eventos, guiando sus juegos. Ahora aquí, ahora allá…

Observaba todo eso y me daba cuenta de lo poco que está desarrollada nuestra mente. Vive en una especie de adolescencia que desea autoafirmarse, autodeterminarse, autoimponerse normas y leyes ignorando las normas y las leyes universales. Una especie de adolescencia que necesita rebelarse contra el orden establecido para poder adquirir personalidad, identidad e independencia. Realmente somos así desde un punto de vista orgánico. Una raza mentalmente adolescente. De ahí la necesidad de patrias, de naciones, de independentismos y nacionalismos. Somos una especie adolescente, desconectada de la familia grupal, de todo aquello que nos envuelve de forma armónica. Por eso necesitamos fronteras, palacios, castillos que nos den seguridad contra el enemigo… Nos empeñamos en alejarnos de los campos anchos y amables para refugiarnos en nuestros miedos, en nuestras inseguridades. Tememos a la poesía porque es libre, y preferimos comprar un kilo de garbanzos para almacenarlos rechazando la idea de que el espíritu también necesita alimentarse.

Renegamos de nuestra madre Tierra y de nuestro padre Sol intentando resolver una especie de complejo de Edipo grupal. Un conflicto demasiado profundo para ser desenredado en poco tiempo.

Pasaba hoy un nuevo rato en el jardín y pensaba en estas cosas mientras jugaba con las emociones de los perros y la energía vital de las plantas, esta vez sin razonar sobre ese momento, simplemente fluyendo con los deseos amables de saberme partícipe de la Vida y conectado, humildemente, con todos sus hilos y lazos vitales. Me sentía conquistado por la compleja sencillez de la existencia…


Una mañana un viejo Cherokee le contó a su nieto acerca de una batalla que ocurre en el interior de las personas.
Él dijo, “Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros”.
“Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego.
“El otro es Bueno – Es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe.
El nieto lo meditó por un minuto y luego preguntó a su abuelo:
“¿Qué lobo gana?”
El viejo Cherokee respondió: “Aquél al que tú alimentes.”

El caballo corre como el viento, con el viento, sobre el viento. Es viento. Me deslizo por su lomo y lo alcanzo rodeando la colina más allá de Epsilon. Me agarro con fuerza a su crin y salimos disparados hacia la estrella. Me abrazo a su cuello a medida que crece en velocidad y fuerza. Aprieto las piernas a sus robustos costados y siento su aliento golpear la cresta del haz de luz. Salen sus alas majestuosas, blancas, cargadas de firmeza. Se transforma en el Pegaso de antaño. “De aquella sangre derramada saldrá un alma nueva, un caballo alado”, contaba la profecía.

Mis manos sedientas acarician el espectáculo mientras el viento conquista los elementos y la hipérbole de los tiempos.

Me siento Perseo. Me siento resucitado a lomos de la experiencia, dando muerte a la Quimera de la vida, al juego macabro, al líquido azufre capaz de envenenar el alma. Me siento capaz de buscar a esa Andrómeda atrapada en la roca, junto al mar. La emoción se concita en los crepúsculos. La hazaña muestra la luz turquesa del alma, que respira anhelando el vapor que nace de los adentros. Y es ahí cuando me sacudo ante las sabias palabras del poeta: “Solamente cuando nos perdemos por los musicales senderos de la selva panida, podemos oír los pasos y evocar la sombra del desconocido que va con nosotros”…

Cierto es que ante la adversidad y la ruptura con el ideal, nace ante nosotros la nueva visión. Que Pegaso nos lleve lejos y gentiles… hasta la roca y el mar y sus círculos… Hasta ese lugar capaz de cunar nuestros males y abrazar nuestras penas…

Vivir sin miedo

Es toda una experiencia vivir con miedo. Soportar el peso de lo que ha de venir con las pobres herramientas de las que nos dota el infortunio. Esta mañana salía a la calle como todos los días para llevar los escasos paquetes que este mes devora la oficina de correos. Por el camino hablaba con unos y con otros y saltaban las dudas con respecto a todo cuanto nos rodea: la vida, la muerte, el amor. El miedo siempre presente a no saber vivir, a morir cualquier día, a no poder amar. Eso es lo que significa ser esclavo.

Volvía con un pequeño saco de pienso para los nuevos inquilinos. Algo de comida perruna, aún con la incertidumbre de que hace más de dos días que no veo a la perra Luna. Quizás esa incertidumbre haya hecho que deje las galletas a un lado y procure una mejor alimentación. Recuerdo a Luna con cierta nostalgia… ¿Dónde estará? Recuerdo todos los momentos a su lado, jugando, paseando por el bosque, interpretando el papel que nos toca en la vida, a sabiendas que todos esos momentos se perderán en el tiempo cuando la noche amarga, cuando el último trago nos eleve a otras dimensiones.

El tiempo nostálgico de otoño tiene su propia magia. Hay caminos que se yerguen salvos y otros que se incrustan en la tierra amasados por las pisadas añejas. Me siento extrañamente ausente de los caminos. Flotando en una especie de limbo con el deseo de que sea la vida y no yo la que determine la mejor senda.

Eso me recuerda una frase que durante años impregnó mi vida: hollar el sendero. Ese sendero se enfrenta a todos los miedos del ego. Ese sendero que a veces intentamos ignorar pretende elevarnos sobre los caminos para adentrarnos en la vida sin corazas, sin defensas, a pecho descubierto para que el alma se manifieste sin ataduras y sin vendas. Por eso, y más allá de los ocasos y los abismos, es toda una experiencia vivir sin miedo.

Este es el lema que rezaba en los cartelitos que había pegados en la puerta de casa a razón del retiro que este fin de semana se ha celebrado enla Montañade los Ángeles. Veo en el programa que a las cuatro de la mañana ya quedaban para celebrar el “Amrit Vela”, a las seis una meditación, a las siete la “murli”, a las ocho ejercicios de estiramientos en la gran azotea para recibir al sol, y luego, las sesiones para explicar los métodos para conquistar los pensamientos inútiles.

Me ha llamado mucho la atención el título. Tras un fin de semana diferente, bonito, lleno de hermosas experiencias y reencuentros con almas queridas, quizás se podría concluir el viaje pensando y reflexionando sobre la conquista de lo inútil a base del poder de los buenos deseos y los sentimientos puros.

Ayer tuve una experiencia de ese tipo. Solo deseaba lo mejor para los seres queridos. Que eligieran el mejor de los caminos, la mejor decisión para seguir felices en la aventura de la vida. Sin forcejeos, sin rabia, sin desesperación. Fluyendo con lo que la vida nos da y nos quita y expulsando de nuestras vidas todo aquello que resulta inútil e innecesario como la ira, el rencor o la furia.

Y así me sentía esta mañana cuando despertaba lluvioso el día. En paz por saber que el fuego del hogar se crea a base de corazón, y no de exigencias o rabia. Por saber que el calor humano se comparte con intensidad en las miradas, en las sonrisas, en la complicidad de un momento único, y no en la falsa ilusión de la exacción, de reclamar cosas ilusorias que a nada nos conducen. Por eso es necesaria cierta conquista de lo inútil, para retirar de nuestras vidas aquello que no sirve, que no fluye, que no emana y dejarnos llevar por todo aquello que desea “cuidarnos”, como decía la canción de cuna que ayer noche recibí.

La vida nos habla constantemente. Nos envía señales. Hay símbolos en todos los caminos que nos indica la dirección, o las direcciones. Y arquetipos que con su fuerza nos pueden inspirar los pasos correctos. Pero en el fondo todo es un escenario donde caminos la mayoría de veces a ciegas.

Somos creadores de escenarios, excelentes maquetadores de vidas y paisajes que adornan, desde lo más profundo de nuestra psique, todo aquello que nos haga más fácil la vida. Pero la vida tiene sus propias reglas, y el que es capaz de interrogarse sobre las mismas puede hacer que el escenario se convierta no en algo fijo y estático, sino en algo dinámico, modificable, alterado y adaptado a cada guión.

Somos especialistas en condicionar nuestras vidas con nuestras rígidas estructuras mentales, con nuestras propias verdades sobre la existencia y el como deberían ser las cosas. “Esto debería ser así y aquello debería ser asá”. Y es así como dibujamos una prisión conceptual desde donde impedimos explorar nuevas realidades.

El otro día en la meditación de plenilunio se hablaba de despertar. Me gustó el término, pero me gusta más aplicarlo al distintivo de despertares. Porque no se trata de despertar a una nueva realidad, sino de transformar todas las realidades constantemente. O si damos una vuelta de tuerca, se trata de trascender toda realidad desde la quietud estática, esa divina proporción que nos permite verlo todo como un espejismo y ser sabedores de que todo, absolutamente todo, son escenarios irreales.

¿Y qué ocurre cuando eso ocurre? Absolutamente nada. Tener mayor o menor visión con respecto a las cosas, con respecto a los paisajes, no modifica esencialmente nuestras vidas. Lo que modifica nuestra existencia es cuando somos capaces de adentrarnos en la visión, en la nueva o la antigua, y comprender que incluso eso es un absurdo metafísico. Por eso lo importante no es la visión que tengamos de las cosas, ni el camino o el escenario que hayamos elegido para nuestras vidas. Lo importante, y ni siquiera sé si esto puede llegar incluso a serlo, es simplemente gozar de nuestra visión, sea amplia o reducida, gozar de nuestro camino, sea hacia el mediodía o el septentrión, el oriente o el occidente. Lo importante es gozar de todo cuanto hagamos, de todo cuanto pensemos, de todo cuanto sintamos. Gozar con alegría de aquello que la vida nos ofrece en cada momento.

Mañana no estaré solo. Las cumbres repetidas darán paso a las montañas soleadas y compartidas. A los paseos bajo el valle, al respirar el mismo aire con el aliento que sea capaz de soportar las horas intensas.
Mañana no estaré solo y ya no me sentiré, como dijo el poeta, como ese acantilado donde todas las olas sucumben con fuerza. Sino que seré como un cielo abierto a la ternura y al compartir, a la risa y al llanto si viniera acompasado con cierta generosidad.
Mañana, que no estaré solo, querré ser como ese manantial que calma la sed, o como esa roca capaz de sostener cualquier envite. En la otoñada de hojas secas, encenderemos en su crujir los atisbos del guiño y la complicidad. Y los últimos alaridos de la noche será calmo con sonrisas y buen hacer.
Mañana no estaré solo. Aunque hoy, siguiendo la poesía, me sienta como laguna insomne, impaciente, pero también inmóvil y expectante por ver esta vez qué depara el destino. Confiado en que lo único que importa es el presente, porque el viejo pasado ya sabemos qué fue de él y el futuro, ese joven atrevido, está por venir.
Es cierto que mañana no estaré solo. Por eso hoy surge una llama. Que luce y reluce con ganas de seguir viviendo. Con ánimo de seguir abriendo las puertas de soles y lunas, y estrellas y vientos y mares y montes y caminos y veredas llenas de musgo y relámpagos cristalinos en un cielo que reclama rojizo un descanso sempiterno.
Mañana todo será diferente. Lo he notado cuando hoy, en mi soledad, recogía escoba en mano todo polvo y toda sombra. Cuando hoy, trapo para arriba y para abajo, limpiaba hasta el último rincón con ganas de agradar, con ganas de sembrar confianza y juicio.
Me descifro extraño y solo. Frente al mar de las preguntas ciegas, frente al cenáculo las respuestas rotas. Me quedo sin mis dudas pobres y malheridas. Me quedo con el falso abandono y con la pena, repartido todo entre días y noches que se alargan entre huellas y horizontes. Pero ya no me importa, porque mañana, mañana no estaré solo.

A veces la vida puede ser milagrosa, no porque ocurran grandes cosas, sino, quizás, porque no ocurra nada especial. Tal vez un pequeño paseo, una llamada, dar de comer a los peces, escuchar música, respirar profundamente y sentir la vida dentro de nosotros, y fuera, también fuera…
A veces la vida puede ser milagrosa, no porque seamos extremadamente pobres y ricos, sino porque soñamos que todos son extremadamente afortunados en sus grados y condiciones. Podemos recordar a los más necesitados y sentir su dolor, su hambre, pero también su esperanza y su valentía por despertar un día más.
A veces la vida puede ser milagrosa, porque sabemos que cada día puede ser un buen momento para reaparecer en protagonismo, para congratularnos de lo que somos y de lo que aspiramos, por sabernos partícipes de algo mayor, de algo inmenso, de algo extraordinario.
A veces, la vida es milagrosa, porque somos capaces de bailar con ella incluso en los momentos más difíciles… Aleluya…

Pd.- Estamos vivos… ese es el gran milagro…

Esta mañana me despertaba a las cinco de la madrugada. Hacía una pequeña meditación y daba gracias por el nuevo día, que a esas horas aún era la moribunda noche, silenciosa y tenue. Me sentía despejado, despierto, con ganas de hacer muchas cosas en este tiempo finito que la vida nos otorga. Sentía la urgencia de vivir intensamente cada segundo. Sentía la urgencia de respirar en consciencia y sentir lo afortunados que somos.

Antes de llegar a este quietismo estético pensaba en la presentación que hoy tenemos en Sevilla, en la Carbonería a las ocho de la tarde, por si queréis ir a escuchar un recital de poesía indignada (Poetas del 15M). Pensaba en las palabras de un amigo que dice que el movimiento del 15M carece de inteligencia. Bueno, puede que tenga razón, pero a partir de ahora, tendrá poesía, que es la quintaesencia de la inteligencia, y que, además, es la voz del divino deleite.

Con o sin inteligencia, hay un movimiento que reclama su espacio, su tiempo. Y la abstracción del mismo nos conduce inevitablemente a los errores de nuestro pasado más próximo. Y en esos errores esta la obcecada pervivencia con la sinrazón, la vanidad y el orgullo.

Ahora que soy consciente de ese egoísmo que nos ha cegado, solo me apetece seguir avanzando por la ciénaga que ha sido cavada por las huellas del espíritu. Solo me apetece conducir mis pasos hacia la luz que transporta verdad y amor. Aún es temprano, pero hay mucho trabajo por delante. El vasto mar de la experiencia desea de nuevo expresarse y adelantarse a los tiempos. Sigue la fábula, sigue el continuo devenir…

Appasionata

Hay cierta aridez en la insensata calma. Qué mezquino cuando lo torpe se adueña de nuestras decisiones. Qué difícil balbuceo cuando el deleite desaparece entre las sombras añejas. Los recuerdos fugaces relampaguean en la memoria frágil. Lo inefable reposa doliente en un día de lluvia, el primer día de lluvia después de mucho tiempo. La tormenta ha llegado, de nuevo. El otoño ha llegado, por fin. Y como la noche está triste la acompaño con el suave sonido de la Appasionata. Es maravilloso dejarse atravesar el alma por la conquista suprema de esa brisa que respira en el violín, de ese canto invisible que llega desde sus cuerdas. Cuando uno se hunde hasta lo más hondo pronto aprende a bucear y sentir cierta libertad en esas profundidades. Y los abismos se contemplan simplemente como un ser que se prolonga, que se difunde entre gota y gota en los ásperos recovecos de lo eterno.
La tristeza no es mala… también puede ser una aliada. Los deseos que acompañan a la sombra que somos, a esa personalidad del bajo vientre, también pueden ser una llama. Una rigurosa vivencia bordeada con cáñamo, el goce de ser cautivo de esa emoción pura, el hondísimo apetito de seguir resistiendo a lo perecedero.
Me hallo ante una comprensión cíclica. De nuevo octubre, de nuevo la tormenta, la lluvia, el deseo. Mi conocimiento cronológico me hace pensar que de nuevo todo es posible. Por eso junto mis manos, como si fuera a rezar, presagiando desde la quietud, la llave que debe abrir las puertas del amoroso deleite.

Hay lugares donde la voz humana no puede llegar. Tampoco sus ecos. Se abre una sima de emociones e intuiciones que sobrepasan lo meramente físico. Hay un placer en sus recovecos, en sus anhelos. Hay un misterio que resolver en cada asunto que distrae nuestras vidas.

¿Sabéis lo que es un hombre de paja? ¿O un hombre de humo? Hay personas que prefieren aferrarse a la paja o al humo… Alguien se quejaba de que era poeta. Como si eso fuera una enfermedad o algo dañino, capaz de hacer daño, incluso daño físico. Me sorprendió el miedo que puede ocasionar un poeta, un ser sensible hacia ese otro mundo que no todos podemos percibir por falta de tiempo o de libertad. Pero el verso de un poeta es como un diamante de luz capaz de llenar las vidas vacías, capaz de arrastrar almas hacia las puertas de la dicha. Un poeta puede ser capaz de transformar la vida de muchos con tan solo acercar la luz lejana de la que es precursor. Es capaz de mover toneladas de deseos y por así decirlo, es capaz de impresionar al mundo con tan solo el vuelo mágico de su destreza. Pero, ¿qué es capaz de hacer un hombre de paja o de humo? Un hombre falto de libertad… un hombre incapaz de mostrarse sensible ante una mirada.

Tengo en mi mano izquierda un corazón verde. Y no sé qué hacer con él. Le doy vueltas para ver si señala hacia algún norte. Lo miro una y otra vez recordando las sabias palabras de aquel que dijo que solo el amor prende en la verdadera vida. Pero es un enigma que no puede cifrarse en signos ni en voces. Por eso recurrimos al poeta, para que nos llene la vida con aquello que el humo y la paja jamás podrá conseguir.

Incluso de noche hay explosión de vida. Incluso en la noche más oscura hay poesía. Así acontece en la contradicción de habitar en un cuerpo tantas y tantas voces, tantos y tantos deseos. Eso es la vida. Ser libres para decidir a cada momento ir hacia el norte, y voltear, al antojo del corazón, ir hacia el sur. ¿Sabéis ahora lo que es un hombre de paja? Aquel que, atado en cuadrado perfecto, solo puede moverse merced al viento o al humo que lo consume.


Me comentaba la amiga Y. que cuando el viento otoñal, según la sabiduría china, sopla sobre las estepas de nuestras almas y estos se juntan con los desequilibrios de la vesícula, aparecen brotes de agresividad e ira contenida que desean salir como sea. No lo había pensado, pero llevaba unos días, desde el viernes, con un ataque de ira incapaz de controlar. No sé si me habían poseído los siete jinetes del Apocalipsis, o la luna creciente de libra me estaba afectando a los “yoes” o la bilis se había transformado en ajenjo y azufre.

Los que me conocen bien saben que por norma disfruto de un carácter amable y pacífico, quizás un carácter marcado por ciertos halos de rabia por las injusticias de cualquier tipo, ya sean sociales, universales, personales, emocionales… La rabia actúa a veces como ese fuego purificador que desea destruir lo añejo, lo injusto. Y a veces creo que funciona siempre que sea un fuego controlado donde se vayan echando a sus llamas los espectros del pasado o las amarguras y grilletes de lo inicuo.

Al parecer, estos días han sido una procesión de leños que iban a la pila depuradora. Un leño verde, un leño seco, un leño podrido. Todos dentro, pagando las tributaciones y las tribulaciones que la vida nos pone delante.

Así que ahora, de nuevo, otra vez, una vez pagado el peaje, toca mirar hacia delante. Con fuerza y optimismo, con energía renovada para seguir caminando en esta pequeña mota de polvo estelar. Toca rendir homenaje a la triple llama, a las voces que se alzan sobre las colinas y siembras, sobre las veredas verdes y los floridos caminos. Dejaré que la divina música golpeé de nuevo las brasas del abismo para ser transportado en arrebato hacia las cumbres sabias. El verbo poético, que venga a nosotros de nuevo, y nos posea el espíritu de la comprensión clara y sucesiva. Que el Misterio siga los avatares del trono milagroso. Que la dulce sonrisa haga temblar al corazón frío.

Suspiro… suspiro… suspiro… para que los vientos otoñales limpien la estepa clara y deliciosa de este lobo que canta de nuevo a la rosa, a lo frondoso, al campo, al céfiro poniente, al susurro… Ofrezco de nuevo mi corazón a cambio de mi pobreza… ¿Dónde estás de nuevo, hechicera?

Hoy hablaba con X. la cual siempre desea protegerme porque son muchos años de amistad y no le gusta verme sufrir por imposibles. “Eres muy obstinado y cabezón”, me repite una y otra vez. Debes fluir con el universo, y si el universo no quiere eso para ti, debes soltarlo, debes dejarlo marchar… Entiendo que tiene razón aunque lleve más de dos meses intentando rebelarme contra lo evidente. Así que hoy acepto la rendición ante la evidencia y me dejo fluir a partir de ahora por los regalos que me da la vida.

Es evidente que luchar contra corriente puede llenarte de fuerza y satisfacción, pero también puede ondear las peligrosas banderas de la decepción y la apatía. Y no hay tiempo para el derrumbe. Es tiempo de fluir hacia todo aquello que desee fluir con nosotros. No hay que forzar nada, hay que rendirse ante las evidencias y saber soltar todo aquello que nos ate a la obstinada renuncia de nosotros mismos.

Hoy recibía una bonita carta de O. Me ha gustado precisamente porque me ha recordado todo esto que digo. Me ha recordado que en cualquier momento los milagros pueden llamar a la puerta sin necesidad de ir a buscarlos con cerrazón y desespero. Solo hay que mantenerse firme en nuestros propósitos internos y seguir mirando hacia delante… Así que gracias a todas las luminarias que adornan el camino y lo hacen más agradable… Gracias a aquellos que construyen y encienden chimeneas en el frío invierno…

(Foto: el otro día por tierras de Castilla-León, por caminos desérticos y abandonados, teñidos de cruceros y campanarios encantados, dejándome fluir por el Camino…)

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