Reflexiones

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¿Cuánto pagaríamos por viajar en un maravilloso crucero alrededor del sol? ¿Y cuanto pagaríamos por ir al planetario más espectacular del universo? Esas cosas son gratis. Todos los años hacemos un viaje alrededor del sol en la nave tierra. Todas las noches podemos asomarnos y disfrutar del universo entero mirando por nuestra ventana. Y si además de tener capacidad para ver esas cosas, la tenemos para observar en lo pequeño, no dudéis en agachar vuestra vista en el próximo jardín que veáis. Hay un mundo ahí abajo lleno de miles de criaturas. Cuando paseo por mi jardín me gusta hacerlo agachado, inclinando la vista a cada uno de los rincones. Os aseguro que la visión es increíble. Es como si otro mundo viviera ahí debajo de nuestros pies y no fuéramos capaces de verlo. Pero cuando aprendemos a observar en silencio y escuchamos los conciertos de la naturaleza, sus majestuosas vistas y a todos los placeres que nos rodean, uno no puede más que estar agradecido maravillado por tan generoso espectáculo. ¿Qué más podemos hacer gratis? Solo debemos agudizar el ingenio y la visión, tener consciencia de todo cuanto se nos da a cada momento y sabernos partícipes de este maravilloso regalo que es la vida.

¿Qué más podemos pedir? Constatada dicha generosidad, ya solo nos queda participar en la misma y entregar nuestra parte. Y que dicha parte sea una constante renovación interior, un fortísimo anhelo de cambio hacia mejor, una proyección positiva sobre la vida, pero también una revisión crítica y autocrítica de aquello que pueda mejorar. Un idílico romance entre el yo y el superyo, entre la personalidad y el alma, entre el nosotros y el ellos. Una apuesta firme por sentirnos merecedores de todo cuanto nos hace vivir todos los días.

Han pasado algunos minutos desde que empezaste a leer este texto. Han sido unos minutos de intensa vida. Da gracias por ello, da gracias por sentir y estar aquí, da gracias por crear una realidad más amable.

¿Qué sientes cada vez que alguna pérdida golpea de cerca? ¿Qué sentimos cuando perdemos el amor, cuando la persona a la que amas nos arroja de su vida? ¿O cuando muere, de repente, abandonando proyectos y sueños? ¿Qué ocurre cuando lo perdemos todo?  A ciertas edades la pérdida da miedo, diría que pánico. Cualquier dolor, cualquier síntoma extraño, nos alerta y nos pone en guardia, presagiando quizás un final irremediable. Sólo hay algo que vence ese temor.  Lo decimos muchas veces de alguna u otra forma: el amor. Dicho así, eso de “el amor” puede sonar a vacío, pero creo que la moraleja de la vida tiene que ver con eso.

Por eso gustan las parábolas de la vida que tienen que ver con el aprendizaje sobre el amor. No porque reclamen algo justo o sincero, sino porque reclaman algo que la sociedad pide a voz partida. Necesitamos reconstruir todo esto desde el susurro de lo humano, desde el temblor de sentirnos solos ante el universo, pero irremediablemente acompañados por los otros. El sentido del tacto humano es lo que aprendemos con cada pérdida. Volver a lo sencillo, volver a lo real, significa adentrarnos en nuestra fragilidad.

Hoy alguien me decía que no me preocupara, que cuando se toca fondo ya no puedes ir más abajo. Pero ese “más abajo”, en un abismo sin fondo, resulta que no existe. Es decir, que aún puedes seguir cayendo hasta no se sabe donde. Hoy lo sentía en primera persona. De repente he visto ese “más abajo” y me ha dado cierto vértigo. Especialmente porque uno nunca sabe hasta qué punto las alas podrán resistir la caída libre. Pero pensaba en aquellos que lo perdían todo en una guerra: familia, hogar, pareja, hijos, padres… Me preguntaba de donde sacaban la fuerza para seguir adelante. ¿Qué clase de instinto poderoso les hace continuar? Las crónicas de guerra nunca cuentan a todos esos que prefieren pegarse un tiro porque no encuentran otra salida a su desesperación.

Más abajo, muerte o amor. Sólo tenemos que elegir a cada instante. Recuerdo que hasta no hace mucho tiempo algunos reclamaban más y más: “debes facturar un millón, debes tener una casa más grande, una finquita más grande”. Pero resulta que el absurdo de la vida pide exactamente lo contrario: tener cada vez menos para aprender a amar desde la sencillez, a vivir desde el respeto y la comprensión.

¿Dónde está el verdadero desafío? En saber que no tenemos nada, y que todo lo que la vida nos da es un regalo provisional. La vida es provisional, los abrazos son provisionales, el amor es provisional. Mañana podemos perderlo todo, incluso a nosotros mismos. Somos interinos de la existencia, fugaces temporeros del ahora.

Hoy atravesaba montañas y valles y terminaba en el mar. Nací en el Mediterráneo, junto a su orilla, así que siempre que escucho el oleaje en alguna playa perdida, me sumerjo en los recuerdos de esa verdadera patria que es la infancia. Y allí estaba hoy, sentado en la orilla, escuchando el susurro de las olas, el temperamento de la naturaleza pausada, ensimismada en sus ciclos.

Siempre hay algo de plenitud cuando dejas arrastrar la mirada hacia los dos infinitos: el del océano fusionándose con el cielo. Ambos azules, uno espejo de otro, ambos ilusorios, porque ninguno atesora su color real. Y en esa fina línea divisoria imaginas horizontes imposibles. ¿Qué habrá detrás de esa línea? La pregunta nunca es baladí, porque es la que siempre lanzó a la imaginación de los hombres a la exploración y el conocimiento. ¿Qué habrá más allá?

Así que la excursión ha sido hermosa, transparente, sencilla. Sin ningún propósito especial más que el de disfrutar del paseo y del paisaje. Necesitaba sumergir la luz de la mirada en el trasfondo natural de la ausencia. Necesitaba coger algo de distancia para comprobar que en el fondo, a pesar de las drásticas decisiones tomadas, todo está bien.

Elegir la vida y no la muerte, y no me refiero a la muerte física sino a la del alma, es lo mejor para seguir adelante. Porque la vida siempre está de parte de aquellos que asumen el riesgo para ganar un horizonte mayor. Como ese que había allá en el mar. ¿Qué habrá más allá? Pronto lo sabremos…

¿Cuál es el camino? ¿En qué lado de sus bordes debemos descansar? ¿Somos espirituales? Ya sé que no lo somos por ser vegetarianos, o por meditar a las cinco de la mañana, o por hacer ayunos o por recitar durante horas eternos mantras. Esto forma parte del ego, por eso cuando lo hacemos nos ponemos serios y reverenciales. Para manifestar la importancia del rito, del acto. Pero la espiritualidad no es rígida. Es simple, sencilla, alegre, y se revela en los actos más sencillos de la vida cotidiana.

¿Qué más debemos entregar para ser dignos de respeto en cuanto a seres dignos? ¿Dónde reside el arte de hacerse respetar? No hay tratados sobre el honor. No hay caminos seguros. Hoy estamos vivos, mañana todo dependerá del infortunio, o de la fortuna.

¿Debemos esforzarnos por buscar la autenticidad? Dicen que eso provoca belleza. La belleza es uno de los tres pilares del Arte. Belleza, fuerza, sabiduría. Ser auténticos nos aproxima al triunfo en la vida. ¿Será ese el camino? ¿Será eso ser espiritual? Quizás ser espiritual sea tener anemia, ser efímeros. Simples. Silenciosos. Discretos. Respetando siempre el curso de la naturaleza. Sus fuerzas. Sus criterios.

¿Qué más debemos entregar? Todo.

La vida es un constante desafío. Hoy vagábamos como todas las tardes por el bosque. Veíamos el sol en lo alto entrecortado por el vagar de nubes que venían amenazadoras desde el septentrión. Hacía frío. El invierno ha llegado. Lo notábamos en nuestro rostro, en nuestra nariz, en nuestras manos. Los perros corrían por el manto verde y observábamos en el camino todo cuanto ofrece la naturaleza. Las flores, la música de los pájaros, la luz del sol, el frescor de la tierra húmeda por las lluvias de la mañana. El manto de colores en el suelo cargado de hojas. Vimos las ramas que había por todas partes y sin querer hicimos un pequeño montón. Observamos que con poco esfuerzo habíamos acumulado una pila perfecta para la chimenea de la tarde. De todas las ramas cogimos dos grandes troncos, de forma espontánea, que llevamos hasta la casa. Nos gustó ese acto de psicomagia. La familia adentrándose en el oscuro y peligroso bosque para traer sustento y leña para el hogar. Los perros parecían alegres por la adquisición pero no dejaban de mirarnos de forma extraña. Una felicidad extrema. Respiraba profundamente el momento mientras recorríamos el camino plagado de flores blancas y nubes de jilgueros que deambulaban entre nuestros pasos. Había cierta armonía en nuestros pasos, cierta provocación, cierto reto. Sentía cierta libertad interior mientras cortaba la leña recogida y recordaba el momento introduciendo los trozos menudos en la chimenea. Y luego el fuego y su magia, y el calor de las brasas, y el compartir en los abrazos sentidos. Un compartir generoso, en silencio, de mirada cómplice y suspiros bienvenidos. Había un lazo de fuerza, un lazo de vida que nos unía.
Nada más llegar, J. nos traía de otro bosque una caja llena de mandarinas y naranjas. Agradecimos el gesto con alegría, esa alegría de ver como la naturaleza responde con sus frutos. Leña, naranjas, mandarinas y alegría. Una combinación perfecta para seguir conspirando con la vida. Una forma alegre de seguir con el desafío constante. No es uno el que hace el viaje, sino el viaje el que lo hace a uno. Tiempos vendrán, me decía recordando las palabras del viejo Séneca, en los tardos años del mundo en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una gran tierra… La tierra de la vida y la esperanza…

Estaba escuchando una charla de Victor Brossa y en alguna parte hablaba sobre la magia blanca y la magia negra, sobre los magos blancos y los magos negros. ¿Quién es blanco y quién es negro? Según Victor, el mago negro es el que nos manipula, el que nos engaña, el que desea algo de nosotros de forma egoísta, el que nos hace adelgazar, el que exige sin dar, el que reclama sin ver al otro, el que en definitiva, de alguna forma, nos perjudica. El mago blanco es aquel que nos protege, que nos ayuda, que nos inspira, que nos da confianza, que está ahí, que da sin esperar nada a cambio.

Hay personas que se acercan a nosotros y nos destrozan la vida. Tienen esa capacidad, quizás no por ellas mismas, sino porque nosotros nos encontrábamos en un momento de debilidad, de pérdida, desorientados. Hay personas que en esas mismas condiciones son capaces de transformarnos, de elevarnos, de apoyarnos de tal forma que enseguida vemos esos cambios positivos en nuestras vidas. Personas que tienen la capacidad de exaltarnos a mundos increíbles. No hay gente buena o mala en el mundo, hay solamente personas capaces de hacer magia, magia de la buena, magia que nos ilumina, que nos alegra, que nos muestra, que nos hace felices. Magia de verdad, porque la vida es magia, y ahí fuera hay gente mágica. Magos y magas capaces de despertarnos a un mundo mejor.

La sombra

Unos días en Madrid me han servido para darme cuenta de la sombra, de nuestra sombra, de esa que a veces dirige nuestras vidas, otras la obstaculiza con miedos y pesadillas, y otras, simplemente nos posee para hacer de nosotros lo que nuestro estómago, y no nuestros elevados anhelos, desea. Me doy cuenta de cómo a veces deseamos o preferimos vivir en una cárcel, siempre segura y aclimatada para nuestras necesidades más inmediatas, antes de ser capaces de salir de nuestros espacios de seguridad para ser libres. Y ser libres no es más que seguir los designios de nuestro corazón, y no los caprichos de nuestra sombra. Lo increíble de esa sombra es que nos anula por completo. Nos aterra salir de ella, desprendernos de ella. Y cuando lo intentamos, los guardianes del umbral se encargan de recordarnos los peligros que hay ahí fuera. Pero está bien sentirnos poseedores de cierto sentido común. Hoy toca de nuevo viaje. De nuevo vuelta a La Montaña, mi espacio de seguridad. Pero lo hago con cierto poder. El poder de haber hecho lo que decía el corazón, y no la sombra.

Ese es el más poderoso de los amores. Acostumbrados a agarrar, a hacer del otro algo nuestro, el mejor amor es ayudar al otro a volar más lejos, más alto. Cada latido de nuestro corazón debería responder a la llamada de hacer algo hermoso por el otro. De hacerlo grande, de sacar el brillo de su alma hasta la más pura exhalación. Pero resulta difícil, muy difícil, llegar a estas conclusiones. Resulta difícil amar sin poseer. Resulta difícil darse cuenta de donde estamos, de todo lo que cuesta recolarnos a cada instante, de todo lo comprometido de hacer las cosas bien. Cada día debemos esforzarnos para sabernos en nuestro centro y desde ahí, dejar que la vida dirija nuestros pasos y nuestros ritmos. Dejar que la vida nos guíe. Amar, amando, de forma libre, de forma desapegada.

La vida es la única verdad real. Nuestro destino consiste en vivirla y desnudarnos ante ella es nuestro único deber. No deben asustarnos las ruinas. Llevamos un mundo nuevo aquí dentro, en nuestros corazones, un mundo que está creciendo a cada instante, un mundo que reclama para sí mismo una oportunidad de nacer. Durante siglos hemos arado las praderas y construido ciudades, templos, puentes, caminos. Podemos volver a construir de nuevo, podemos volver a empezar de nuevo, podemos volver a creer de nuevo. Creer es crear, crear es construir el mañana de las nuevas generaciones, de los herederos de nuestros actos. ¿Cuál es nuestra aportación? ¿Cuál será nuestro legado?

Llevamos un mundo nuevo impreso en nuestras almas, esas que suspiran por llegar a nosotros, por influir en nosotros, y que son capaces de manifestarse en los momentos de absoluta soledad, de absoluto silencio. Un mundo que debemos compartir, que debemos aproximar al sentido de todas las cosas. La misma fuerza que nos hizo construir pirámides y naves espaciales nos ha de permitir conspirar por un mundo mejor, por una vida mejor.

En esta época hay una gran necesidad de expertos en la vida del alma. Debemos por tanto emprender el gran experimento hacia la transición, agregando nuestro más íntimo testimonio de que eso es posible. Hay luz en el sendero, y nosotros, los tejedores de esa luz, estamos destinados a preparar la víspera de la gran fiesta. Debemos tener fe, porque la fe es la sustancia de las cosas que no se ven, es la fuerza que nos proporciona absoluto valor.

Ya no tenemos necesidad de apaciguar a los dioses. Ya no tenemos necesidad de seguir luchando los unos contra los otros. La ayuda mutua cambiará la faz de la Tierra contra la antigua herencia de la lucha mutua. De nuevo, un hombre nuevo desea nacer.

Luz, más luz en este nuevo año. Feliz 2012 a todos…

A nivel mundial ha sido un año desastroso, pero no tanto como esperábamos. Al final hemos sobrevivido. Hemos evitado, a pesar de las revoluciones árabes y mundiales, un estallido excesivo de violencia tal y como estaba el patio. Algunos gobiernos han respirado aliviados por sostener una situación bastante delicada.

Una de las mayores noticias y que para muchos ha pasado desapercibida ha sido la puesta a la venta de los primeros coches eléctricos. Nadie se ha dado cuenta, pero esa será una de los grandes acontecimientos que se recordará en el futuro próximo. La revolución eléctrica cambiará mucho el panorama en los próximos cien años. No sólo los coches serán eléctricos, sino que todo será eléctrico. Y la segunda revolución energética está por llegar. En los próximos cien años, la energía será limpia y libre, y cada unidad energética, cada hogar, será capaz de suministrarse libremente esta energía sin coste alguno, de forma autónoma y sostenible. Ya hay pioneros que lo hacen a base de placas solares y energía eólica. Pronto ese modelo se extenderá para INRI de los grandes intereses energéticos como el nuclear, el eléctrico, el petróleo, el gas… Estamos ante una gran revolución, y esta crisis será el principio de la misma.

 

A nivel personal ha sido un año convulso, de muchas experiencias desde el silencio y la falta de serenidad. Un año donde he podido ver con tristeza como los intereses de algunos estaban por encima de la amistad, la lealtad y la honestidad. Un año donde el miedo, los miedos han vencido en muchas batallas al amor. Donde la rabia acumulada ha cegado la balanza de la justicia y el tesón, la fortaleza y el orden. Un año donde fui venerable maestro en los planos interiores pero desastrosamente un palurdo guardatemplos en los exteriores. Un año donde viví en palacio exteriormente pero en la miseria interior. Un año donde económicamente hemos sobrevivido con cierta dignidad y con una única obsesión: pagar, pagar y pagar deudas, privándome a cambio de lujos y privilegios. Todo tiene un triste precio. Un año donde no he invertido en grandes empresas, ni en tecnología, ni en finanzas, pero sí he seguido renovando mi apuesta por la cultura, es decir, he seguido apostando por el alma, por el espíritu, por la fijación en dejar descrita una época cultural única en un tiempo único y en un espacio único. Séneca y Nous, cada una a su manera, se han encargado de digerir esas ansias por perpetuar la memoria espiritual, el ánima mundi, el espíritu de los tiempos. Y también afortunado en la tesis, donde parece que se dio un gran salto cualitativo.

Pero el balance es de cierta tristeza y cansancio. Demasiados frentes, demasiadas batallas, demasiados altibajos. La crisis, dicen. Confío en que de aquí a algunos años recordaré estos tiempos como eso, como una crisis, la gran crisis, espero. La personal y la global. Años de crisis, años de aprendizaje, de supervivencia.

Por suerte no hubo guerras. Solo la puesta en marcha de la revolución eléctrica, la revolución tecnológica al servicio de la ecología, que es como decir al servicio de nosotros mismos, de nuestra supervivencia y la de nuestros descendientes.

En lo personal he dejado a muchas personas queridas, muy queridas en el camino. Esa ha sido mi particular guerra donde el balance es de pérdida, mucha pérdida. De ahí la tristeza, de ahí el cansancio…

Por eso ahora me retiro solo y en silencio unos días, para reflexionar sobre el próximo año. Y si no nos vemos… Feliz entrada de año nuevo…

Esta mañana me he cruzado con mi vecina de Iowa. Hace poco que se ha instalado tres casas más abajo y siempre me preguntaba el porqué una persona de tan lejos elije un lugar tan perdido como este para vivir. Todas las mañanas se va a correr por la campiña o el monte. A veces me la cruzo en algún camino perdido o paseando con sus hijos made in USA. Quizás en Iowa ahora haga mucho frío mientras que aquí, en el sur andaluz, aún podemos pasear sin abrigo y disfrutar del sol y el cielo azul.

Cuando alemanes e ingleses se instalan en estas tierras siempre lo argumentan de la misma forma: por el clima. Paradójicamente yo vivo aquí, pero me encanta el clima del norte. Quizás por eso me sentía como en casa en las llanuras y los profundos bosques alemanes, alimentando las chimeneas de la granja de caballos y paseando al viejo perro Nikodemos mientras se cruzaban zorros, grullas y ciervos. Me sentía feliz en ese estado semi salvaje, sin un exceso de preocupaciones excepto las del día a día.

También esta noche he recordado mi viaje a Dinamarca y Suecia y Noruega de hace unos años. Lo he reproducido en sueños, porque recuerdo que fue por estas fechas. No sé porqué después de tantos años aún hay situaciones que impactan tanto en el subconsciente. No es importante, pero uno siempre siente cierta añoranza de situaciones específicas, de lugares, de personas, de momentos únicos e irrepetibles.

Alguien me decía hace poco que la vida es relación. La contundencia venía de una frase que me impactó: “las personas que se relacionan de manera negativa están más vivas que las persona que se relacionan poco”. La ausencia de relaciones, disfrazada de una falsa serenidad, es mucho menos valiosa por lo tanto que el estar metidos en cientos de fregados de los que a veces sales escaldado, dañado o asfixiado. Ahí al menos hay vida, atracción, experiencia, aventura. Por eso ahora, con el paso del tiempo, puedo recordarlas, e incluso soñar con ellas.

Estos días donde la única relación que tendré será con los perros y los objetos inanimados de la casa habrá tiempo de seguir soñando con las relaciones, aunque duelan, aunque se sufran, aunque supuren. Las relaciones puras y armónicas solo pueden nacer de personas puras y perfectas. Las nuestras, las de los mortales imperfectos, producen cosas imperfectas como dolor, rabia y sufrimiento.

En todo caso, la capacidad de relacionarnos dependerá siempre de nuestro grado de consciencia. Los que se atreven sin miedo, involucrándose a fondo, sin cobertura protectora que los aísle en contra de las experiencias y los sentimientos, estos aman, porque se permiten amar gracias a una despierta voluntad interna y una buena disposición para hacerlo. Luego vendrán las respuestas, las experiencias, pero si hay relación, habrá vida, mucha vida.

Por eso me gusta ver como mi vecina de Iowa se relaciona con sus hijos, con su marido, con el bosque, con los caminos, con el entorno que ha elegido para vivir, con sus vecinos. Sin conocerla, se nota que es una mujer viva capaz de expresar esa vida en su América de origen o en la vieja Europa de sus ancestros. Esa percepción vital me parece fascinante…

Tras pasar una larga noche de frío e insomnio en el hotel Prius, he llegado tarde, demasiado tarde a todas partes. Y cuando llegas tarde resulta que todo el mundo se ha marchado y te preguntas porqué llegaste tarde y porqué todo el mundo se marchó.

Como el Asterión de Borges, he llegado a mi inmensa casa con infinitas puertas sin cerradura, llena de pasadizos sempiternos. De nuevo vagando por esta interminable morada. Como Asterión, tengo la esperanza de que algún día llegue Teseo para liberarme de los interminables pasillos vacíos y huecos, de esa soledad tan desolada.

Y mientras eso ocurre, recuerdas los accidentes, las caídas, el esfuerzo inhumano por llegar a la cima y ver como tus dedos se resbalaban en el último instante. Y luego la caída… Esa caída que en términos absolutos significa perderlo todo. El tiempo, los recursos, el esfuerzo, la ilusión, la esperanza, la lucha, las personas… Todo para nada, porque todo puede resumirse en una corta frase que habla de rabia y venganza. Una frase que puede dinamitar todo un futuro, toda una vida. Una frase lapidaria que puede terminar con la ilusión de volver a empezar una vida plena y llena y borrar de un plumazo todo un pasado corto pero intenso, enterrado en cualquier sótano.

Al menos cuando he vuelto estaban los perros y su alegría. Esta vez esperaban con un nuevo amigo que promete convertir esta casa en una perrera llena de galgos y podencos, de perros que muerden su vida perra. Al menos ellos permanecían ahí, impasibles al tiempo y a la ausencia. Elevados de alegría cuando vieron atravesar el pórtico ante la inclinación del coche cargado de libros, de antiguos libros que pude recuperar de mi vieja casa. Libros, más libros, en un tiempo donde tener uno de esos ejemplares resulta ser como mínimo un acto de coleccionista. Pero hay tantos pasillos por rellenar, tantas habitaciones por completar de sabiduría y conocimiento.

La noche ha sido larga y fría, pero por fin llegué a casa, a esta casa que esperaba paciente en un día plagado de primavera, con florecillas y sol radiante, con cielo azul y un toque mínimo de esperanza.

Es extraño estar en este laberinto que no hemos buscado. De repente me siento un Minotauro encerrado en un galimatías diseñado expresamente para no poder salir del mismo. Y durante meses he estado alimentando a la bestia con sacrificios innecesarios, con personas inocentes que fueron ofrenda para mantenerlo con vida. Por eso ahora suplico, pido a voces que pronto llegue Teseo y de muerte a la bestia. Será la única forma de salir del laberinto, será la única forma de que ningún inocente más sea devorado por las ansias de la perdición. El hilo de la fábula siempre nos lleva a experiencias extrañas y difíciles. La vida, dicen…

La última vez que estuve en el Zurich de Barcelona había quedado con una escritora catalana de éxito que conocí en una charla que dio en la universidad. Me gustó su tono y experiencia y pronto nos hicimos amigos. Ella, entusiasmada, quiso hacer de madrina literaria de un joven que de forma tímida daba sus primeros pinitos con la escritura. Me llevó a la radio, a fiestas de escritores, me presentó al presidente de Planeta y me puso al día de ese enrarecido mundo del famoseo, la escritura, los éxitos y los fracasos.

El viejo café Zurich seguía allí, pero había cedido a la modernidad insertado en el nuevo complejo comercial de El Triangle. Ha perdido algo de su antiguo encanto, pero la gente sigue quedando frente a su terraza para iniciar algún paseo por la ciudad condal. Y ahí fue donde quedé ayer con C., una joven y entusiasta arquitecto plagada de sueños e iniciativas. Hablamos de libros, de amigos y de muchas otras cosas.

Me gustó la charla sobre la importancia de trabajar en la sombra. El valor humano y la fuerza que tiene el hacer grandes cosas desde el anonimato, lejos de aquel mundo que aquella escritora me quiso mostrar y al que me quiso introducir a cambio de participar en fiestas hipócritas cargadas de alcohol, drogas y deslices. En ese mundo había mucho ruido, y aprendí el valor de no venderse, de seguir trabajando duramente en el camino del esfuerzo y el continuo trabajo, en silencio, en la sombra. Hubiera sido fácil, muy fácil, dejarme seducir y apadrinar por aquel mundo, por aquella amiga. Pero había algo en mí que rechazó aquella oportunidad. Y luego vinieron más tentadoras ofertas, porque la vida parece que desea algo, pero siempre hubo cierto rechazo a esa llamada. El trabajar siendo invisible, silencioso, desde el más absoluto anonimato siempre me ha seducido mucho más que el ruido de los focos y la fama. Por eso me gustó la valiente decisión de la joven arquitecta que pudiendo estar en primera fila, prefiere estar detrás del escenario, trabajando anónima por la buena voluntad al bien.

¿Qué es eso que no nos pertenece, que nos aleja de nuestra esencia? Vivimos en una parte de nosotros mismos, en una parte ridícula, casi inexpresiva. Vivimos dormidos en nuestra prisión, ignorando la inmensidad que somos. Vivimos apartados de las maravillas del universo que nos rodea, de los secretos de la naturaleza, de la inspiración profunda, de la felicidad sin causas. Vivimos desplegados o recogidos según nuestras miserias, nuestras insidias, nuestros miedos, nuestras limitaciones. Pero no somos limitados, tan solo nos limitamos a nosotros mismos. Solo debemos dilatarnos un poquito y atravesar el muro que nos condensa. Solo debemos hinchar los pulmones de vida y ver más allá de nuestras cuevas. Somos tan grandes e infinitos, que ignoramos todo ese cúmulo de posibilidades que nos esperan ahí fuera. Solo debemos atrevernos a atravesar la línea, a dar un pequeño paso hacia lo desconocido, hacia el abismo del más allá. Sin temor, trabajando detrás del velo, pero aspirando a salir de nosotros mismos para trascendernos.

Gurdjieff y Ouspensky introdujeron las ideas del Cuarto Camino para quienes buscan la verdad sobre la existencia del hombre sobre la tierra. Dijo Gurdjieff: “¿No te das cuenta de tu situación? Estás en una prisión. Lo único que puedes desear, si eres un hombre sensato, es escapar. Pero, ¿cómo hacerlo? Nadie puede escapar de una prisión sin la ayuda de quienes han escapado antes”. Pero más allá de nuestra prisión, de sentirnos presos de nosotros mismos, de nuestras pequeñeces humanas, debemos descubrir que no somos cárcel, sino cielo abierto. No somos jaula, sino viento con capacidad de esculpir en los susurros del tiempo bellezas incandescentes.

De nuevo vagando por el mundo. De nuevo como peregrino, o casi diría como ermitaño mendigante, de esos que dormían en cualquier cueva o comían cualquier cosa sin un exceso de preocupación por lo uno o por lo otro. Lo importante es la experiencia del camino, el dejarse guiar por el sonido de las grullas, por la luz de alguna estrella o por la oportuna elección de no saber hacia donde ir, excepto hacia los propósitos del alma.

Aún recuerdo aquel cuadro de Klimt que posaba a mi izquierda. Me quedaba horas mirándolo, intentando descubrir la esencia de ese abrazo sentido que parecía cargado de un mensaje desbordante. Y recuerdo cuando a su sombra el abrazo se hacía realidad, sintiendo en parte el significado profundo de sus secretos. Cuando viajo y hace frío, y el frío atraviesa el alma y el alma atraviesa la existencia pura, recuerdo ese cuadro y sus sombras.

Esta noche será fría, dicen que muy fría. Mañana… quién sabe mañana donde amaneceré. Quizás debajo de un abeto navarro o cerca de las playas de San Sebastián. Lo importante será no morir congelado, porque los alaridos del alma pueden congelar cualquier instante.


De nuevo viaje hacia el norte… Lleida, para celebrar el solsticio de forma ritual, Navarra, para ensayar algunos acordes para nuestro próximo viaje en febrero, y Barcelona para terminar pasando las fiestas en familia.

Extraño, todo muy extraño porque siempre pienso que cuando uno piensa a cierta edad sobre la familia intenta buscar señales horizontales que nos acerquen a “nuestra” familia. Si miramos hacia arriba está la familia de nuestros padres a la cual pertenecemos por filiación. Si miramos hacia abajo está la familia de nuestros hijos. Pero muchos de nuestra generación aún no pueden mirar hacia abajo, ni siquiera tienen la capacidad de mirar hacia los lados, buscando el abrazo de tu pareja y de los tuyos porque muchos, perdidos en esta generación de absurdos, aún no han encontrado ese vínculo sagrado.

Por eso este año será una fiesta de disimulo. De intentar mirar a otra parte cuando te pregunten por tu pareja, por tu familia. De intentar no bucear en exceso en las circunstancias que te han llevado a estar de nuevo solo, insípidamente y absolutamente solo. Y los recuerdos del año pasado se agolparán irremediablemente y habrá llanto y lágrima y deseo de al menos, permanecer lo más invisible que uno pueda.

Habrá muchos solitarios que esos días brindarán y se preguntarán porqué terminaron eligiendo ese destino. O porqué el destino terminó eligiendo ese camino tan alejado de las esencias y lo consagrado. Mi brindis, que será con agua, va para ellos. Ese día espero estar arropado por la tormenta, por el trueno y por la sabia concepción del nuevo amanecer.

Asoma la niebla

«Como un marinero incauto que sale del puerto justo antes de una tormenta, renuncié a las esperanzas y consuelos del evangelio cuando todos los demás consuelos estaban a punto de abandonarme».
John Newton, 1824

 

Hay mucha niebla hoy en La Montaña…me encantan los días de niebla porque se ve poco y entonces hay que agudizar la luz interior, la linterna mágica que llevamos dentro y que nos ha de guiar por la oscuridad del mundo.

Las voces oscuras del recuerdo y la melancolía asoman fuertes en estas fechas. Pero no deseo que dominen ningún panorama. Prefiero dejarme guiar por la perseverancia del Gran Poder que se manifiesta en las pequeñas cosas, en los pequeños actos de la vida cotidiana, en las pequeñas y amables voces que desean cuidarnos y amarnos. Prefiero dejarme arrastrar por el sonido del silencio, por el rumor ardiente y místico de las olas de nuestra alma. Por el vaho del horno que late dentro y por el murmullo de la marea que el espíritu arrebata al cosmos más inalcanzable.

En esa tristeza siempre nos asiste el amor de las musas, como aquella que inspiró en alguna plaza conquistada ese duele hasta que amas, retorciendo el adjetivo y el predicado hasta convertirlo en verbo. Esas musas que aún inspiran porque nacieron del deseo ardiente, de la loca y ciega, enfermiza a veces, renuncia a uno mismo.

Ya no ambiciono beber en la sagrada fuente. Solo deseo dejarme arrastrar por el fervor que cada día nos trae. El futuro nunca es oscuro ni claro, simplemente porque no existe. Al igual que el pasado, que solo vive y revive una y otra vez en nuestras mentes o corazones. Así que somos inmensamente ricos o inmensamente pobres según la importancia que demos al momento presente. Y puedo prometer y prometo que es lo único que me queda, aunque esto último sea producto más de la niebla y su confusión que del deseo profundo. Llegará el tiempo de los acordes prohibidos en las gaitas prohibidas…

Durante la Edad de Hielo, muchos animales murieron a causa del frío.
Los erizos dándose cuenta de la situación, decidieron unirse en grupos. De esta manera se abrigarían y protegerían entre sí, pero las espinas de cada uno herían a los compañeros más cercanos, los que justo ofrecían más calor.
Por lo tanto decidieron alejarse unos de otros y empezaron a morir congelado
Así que tuvieron que hacer una elección, o aceptaban las espinas de sus compañeros o desaparecían de la Tierra.
Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. De esa forma aprendieron a convivir con las pequeñas heridas que la relación con otro muy cercano puede ocasionar, ya que lo más importante es el calor del otro.
De esa forma pudieron sobrevivir.

MORALEJA DE LA HISTORIA:
La mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a convivir con los defectos de los demás y a admirar sus cualidades.

La casa ya se quedó vacía pero paradójicamente llena. En el rellano siguen los dos guardianes, fieles, amables, esperando una onza de caricia. Y todo en silencio, un silencio extraño, muy extraño.

Hay algo irremediable que me ata a este lugar. No se sabe hasta cuando ni porqué. Pero aquí sigo, solo, solitario, solícito, desierto, deshabitado, despoblado, desolado, desguarnecido, peregrino.

Es todo extraño, muy extraño. Y me interrogo sobre esa extrañeza. Sobre esos versos que ya no se escuchan ni esa poesía amable que susurraba promesas al atardecer. De nuevo me pregunto, me interrogo sobre las cuestiones del corazón, sobre sus laberintos, sobre sus infinitos misterios, sobre esos anhelos insólitos que deambulan en la emoción concita. Lo escucho con atención, pero no logro entrever entre sus deseos cual es el camino noble, el camino correcto y correspondido.

Todo resulta ser una larga espera. Sentarse en algún rincón, mirar el paisaje, prever algún destino incierto, sosegar la vida, perderse en las veredas del llanto. ¿Por qué estamos tan solos? Impregnados de redes sociales, de llamadas de teléfono, de encuentros ocasionales para recordar algo de nuestra humanidad perdida, pero solos, siempre solos. ¿Por qué la complicidad dura tan poco? ¿Por qué los alaridos del alma resuenan de tanto en tanto?

No quiero aprisionar el milagro ocurrido, ni desviar la atención del canon estético que nace sublime ante la semilla plantada. Solo deseo lo que desea cualquier hombre cabal, que el encanto que estriba en el misterio perdure por siempre. Que el abrazo sentido y la llama no se extingan, que el cúmulo de vida pueda ser compartida, siempre. Solo deseo dejar de sentirme huérfano en este reino disoluto. Solo deseo que el alarido profundo impregne siempre la metáfora de lo real. ¡Ay profundo suspiro! ¡Ay alma perdida en los aledaños de la fugacidad!

Enlazando reinos

Hace unos días de primavera preciosos aquí en Andalucía. Está toda Sierra Morena verde, con ese manto de flores que anuncian un tiempo extraño y que empieza a sortear la caída inevitable de algunas hojas en riberas y aledaños. Dejándome llevar por el esplendor de estos días, ayer hice alguna poda en el jardín. Dicen que el reino vegetal carece de cuerpo mental y emocional. Qué simplemente se deja llevar por los estímulos de la vida y crece hacia abajo, buscando agua y oscuridad, y hacia arriba, buscando luz y aire. Es lo más parecido al quinto reino, ese que alza el espíritu hacia arriba, hacia lo más puro, buscando luz, para luego derramarla hacia abajo, a la oscuridad. Son pura energía que busca energía. Por eso cuando llega la otoñada y empiezo a podar sus ramas para que ese arrebato de búsqueda tenga algún sentido me siento extraño. ¿Por qué la mente desea siempre ordenar las cosas?

Mientras podaba jóvenes lentiscos y acebuches, cipreses y encinas, los perros jugaban entre la hierba. Veía sus caras de felicidad por poder compartir ese momento juntos. Dicen que el reino animal se caracteriza porque está desarrollando su cuerpo emocional. Son capaces de dirigirse de un lugar a otro impulsados por cierta voluntad. Pero de nuevo mi mente organizando los eventos, guiando sus juegos. Ahora aquí, ahora allá…

Observaba todo eso y me daba cuenta de lo poco que está desarrollada nuestra mente. Vive en una especie de adolescencia que desea autoafirmarse, autodeterminarse, autoimponerse normas y leyes ignorando las normas y las leyes universales. Una especie de adolescencia que necesita rebelarse contra el orden establecido para poder adquirir personalidad, identidad e independencia. Realmente somos así desde un punto de vista orgánico. Una raza mentalmente adolescente. De ahí la necesidad de patrias, de naciones, de independentismos y nacionalismos. Somos una especie adolescente, desconectada de la familia grupal, de todo aquello que nos envuelve de forma armónica. Por eso necesitamos fronteras, palacios, castillos que nos den seguridad contra el enemigo… Nos empeñamos en alejarnos de los campos anchos y amables para refugiarnos en nuestros miedos, en nuestras inseguridades. Tememos a la poesía porque es libre, y preferimos comprar un kilo de garbanzos para almacenarlos rechazando la idea de que el espíritu también necesita alimentarse.

Renegamos de nuestra madre Tierra y de nuestro padre Sol intentando resolver una especie de complejo de Edipo grupal. Un conflicto demasiado profundo para ser desenredado en poco tiempo.

Pasaba hoy un nuevo rato en el jardín y pensaba en estas cosas mientras jugaba con las emociones de los perros y la energía vital de las plantas, esta vez sin razonar sobre ese momento, simplemente fluyendo con los deseos amables de saberme partícipe de la Vida y conectado, humildemente, con todos sus hilos y lazos vitales. Me sentía conquistado por la compleja sencillez de la existencia…

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