“Dios me concedió la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar…
Valor para cambiar las cosas que puedo…
Y sabiduría para saber la diferencia…”
Ese es el sonido que me acompaña estos días… Cada hora reclamando su segundo, cada instante una eternidad de despropósitos… Un anhelo inmemorial, agotado, con su profundo regreso a la oscuridad errante. Ahora entiendo todo lo que se desplegó ante mí… Entiendo como el universo es capaz de ofrecernos los mayores regalos jamás imaginados y como nosotros nos encargamos de mancillarlos, de aborrecerlos, de enterrarlos en nuestros dolores y partos. Sobre lo verdadero y lo falso no sabemos nada. Hoy terminará un nuevo día y no sabremos nada sobre el mundo y sus sueños.
Por suerte la esencia está intacta, por lo que de nuevo se abre el vasto dominio de la experiencia. Por eso no abandono las ansias de que cada día sea extraordinario. La poderosa obra continua. Emitiré los alaridos por el techo de este mundo porque deseo seguir soñando. Alejado de la mediocridad, del ruido infernal del no hacer nada, de no pensar nada, de no sentir nada. La vida por delante grita con su clamor para que estemos alertas, atentos a todos los regalos que han de llegar.
Los náufragos esperan su norte mientras el océano, tan misterioso, los acoge dócilmente. Me he atrevido a abrir la boca aunque el eco solo salpique la inmensidad que mece los tableros o un puñado de arena. Mi yo real está de pie, inmerso en su profunda meditación, contemplando el horizonte a la búsqueda de la sabiduría del mañana. Impasible, ileso, apartado de todo decoro. Plantado en su vertical perfecta, vigilante y expectante ante el imperio de la calma.
Serenidad, valor y sabiduría. La triada perfecta para contemplar el mañana y seguir adelante… ¿Quién anda por ahí anhelante?









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