Mística

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La Tierra Pura

El místico que ha observado la templanza y horadado el sendero que conduce hacia la puerta estrecha tiene capacidad para elevarse hacia la montaña cósmica, hacia las tierras puras que son descritas desde el budismo como ese lugar simbólico donde todo está nivelado, es homogéneo, sagrado, inusual. Es capaz de visualizar las cuatro fuentes de la vida, los árboles floridos del edén, meditar junto al lago azul atravesado por juncos que crecen libres hacia el cielo. A menudo, en las noches calurosas de verano, se acuesta desnudo en ese manto sublime, escuchando el murmullo de las cosas pequeñas, el rumor de cuanto existe, la grandeza de la noche elocuente que clama ante el sueño. Como una planta, sin dolor, sin sueños, sin deseos, elevado a la tierra pura donde el valle reclama rodeado por peñas infranqueables y corazones que laten su pureza. Cubierto por remolinos de flores y hierbas altas, aromáticas, que crecen como manto de vida. Hay en esa tierra abejorros vestidos de terciopelo y mariposas azules. Y bosquecillos plagados de colmenas que tejen la miel del espíritu, compartida con generosidad entre aquellos que atraviesan sublimes los ásperos contornos de la dualidad. El río, siempre fresco, transporta la arena de oro, las esmeraldas que el espíritu recoge para ser compartidas en los palacios de mármol, como esas ricas islas con grandes jardines de laurel que esparcen su riqueza hacia el mundo. El místico que se eleva a esa tierra pura solo desea volver para compartir esas riquezas…

Porque esa tierra pura es como la isla de los Bienaventurados. Los iniciados lo saben, y por eso, cuando son capaces de elevarse hasta sus alturas, anulan la realidad que está debajo de ellos, produciendo un efecto placentero, de vida heterogénea, más allá de lo diverso y lo incompleto. En ese plano paradisíaco son capaces de percibir la superación de la condición humana como requisito imprescindible para comprender la pluralidad dentro de la unidad, la acción dentro de la quietud. La realización lo rescata de la vida, lo mantiene firmemente anclado al propósito de todo cuanto cubre las esencias de las cosas. Intuye el próximo nivel de realidad sin aniquilarla, por eso fluye manso hacia las esferas de la creatividad abstracta. La tierra pura es un lugar hermoso donde se puede reposar tras la batalla del ego, tras las adormideras de la ilusión, tras comprobar que la vida finita donde nos movemos, vivimos y tenemos nuestro ser no deja de ser un espejismo mental que creamos según las derivadas y obstinaciones de nuestra finitud. El iniciado, al igual que el místico, regresa generoso, honrado, útil, y emprende la laboriosa obra de ser silencioso y a la vez grande en el tejido cósmico de la amplitud.

El adepto, más allá del místico y el iniciado, asume la obra y esparce su vida por la tierra pura…

Pensaba en la vida como en un reguero de ocasiones. Algo intemporal, eterno, que puede tocarse con tan solo cerrar los ojos y ver el paraíso que se haya ante la cúpula del reino interior. Allí todo parece plácido. Un buen refugio para desprendernos de las diez mil cosas que nos atan día y noche a las esencias de la vida. Por toda la calle Serrano se podía escuchar los ruidos de la gran ciudad. Puedes pasear hacia los adentros al mismo tiempo que escuchas los afueras. Resulta un juego divertido. Respiras y todo lo de fuera entra en ti. Inspiras y ocurre a la inversa, todo el universo interior se comparte con el mundo. Había una amiga que lo llamaba conspiración con la respiración. Resulta maravilloso conectar ambos mundos, el finito y el infinito, con tan sólo mostrar atención a la respiración. Y ese tipo de consciencia te lleva más allá, pues ocurre que cuando se tiende el puente del antakarana, ese hilito dorado que transporta todo cuanto ocurre en la memoria de la naturaleza, eres capaz de fusionar cierta consciencia con todo el mundo subatómico que te rodea. Entonces formas parte de lo que en la India llaman el Manas, ese Ser Supremo que a diferencia de Occidente carece de barba blanca y bastón. Lo increíble es que ese Manas forma parte de nosotros, en esa especie de panteísmo donde Dios lo cubre todo, y además, tiene consciencia de cuanto existe. Por eso, en la maravillosa transformación que ocurre cuando conspiramos con la respiración, es posible atravesar en un solo instante la consciencia de todas las cosas que nos rodean, y por lo tanto, del absoluto. Podemos, con el triple hilo del Absoluto, absorber desde el espíritu a través del corazón el hilo de vida. Desde el alma al cerebro el hilo de la consciencia y desde la personalidad hasta la garganta, el hilo de la creatividad. Resulta emocionante pensar en todas estas cosas mientras se pasea por la calle Serrano y se dibuja en sus suelos, ruidos y asfaltos todo un cúmulo de maravillas ocultas…

Habla simplemente cuando sea necesario.

Piensa lo que vas a decir, antes de abrir la boca.

Sé breve y preciso, ya que cada vez que dejes salir una palabra, dejas salir al mismo tiempo una parte de tu energía. De esta manera aprenderás a desarrollar el arte de hablar sin perder energía.

Nunca hagas promesas que no puedas cumplir.

No te quejes y no utilices en tu vocabulario palabras que proyecten imágenes negativas, porque se producirá alrededor de ti todo lo que has fabricado con tus palabras cargadas de negativismo.

Si no tienes nada bueno, verdadero y útil que decir, es mejor quedarse callado y no decir nada.

Aprende a ser como un espejo. Escucha y refleja la energía. El Universo mismo es el mejor ejemplo de un espejo que la naturaleza nos ha dado, porque el Universo acepta sin condiciones nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras palabras, nuestras acciones, y nos envía de vuelta el reflejo de nuestra propia energía bajo la forma de las diferentes circunstancias que se representan en nuestra vida.

Si te identificas con el éxito tendrás éxito. Si te identificas con el fracaso, tendrás fracaso. Así podemos observar que las circunstancias que vivimos son simplemente manifestaciones externas del contenido de nuestra habladuría interna.

Aprende a ser como el Universo, escuchando y reflejando la energía sin emociones densas y sin prejuicios, porque siendo como un espejo sin emociones, aprendemos a hablar de otra manera, con el poder mental tranquilo y en silencio, sin darle oportunidad de imponerse con sus opiniones personales y evitando que tenga reacciones emocionales excesivas, simplemente permitiendo una comunicación sincera y fluida.

No te des mucha importancia y sé humilde, pues cuanto más te muestres superior, inteligente y prepotente, más te vuelves prisionero de tu propia imagen y vives en un mundo de tensión e ilusiones.

Sé discreto, preserva tu vida íntima, de esta manera te liberas de las opiniones de los otros y llevarás una vida tranquila volviéndote invisible, misterioso, indefinible, insondable.

No compitas con los demás, vuélvete como la tierra que nos nutre, que nos da lo que necesitamos. El espíritu competitivo hace que crezca el ego y crea conflictos inevitablemente.

Ayuda a los otros a percibir sus cualidades, a percibir sus virtudes, a brillar. Ten confianza en ti mismo, preserva tu paz interna evitando entrar en la provocación y en las trampas de los otros.

No te comprometas fácilmente. Si actúas de manera precipitada sin tomar consciencia profunda de la situación, te vas a crear complicaciones. La gente no tiene confianza en aquellos que muy fácilmente dicen (sí), porque saben que ese (sí) no es sólido y le falta valor.

Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tu decisión después. Así desarrollarás la confianza en ti mismo y la sabiduría. Si realmente hay algo que no sabes o no tienes la respuesta a la pregunta que te han hecho, acéptalo. El hecho de no saber es muy incómodo para el ego, porque le gusta saber todo, siempre tener razón y siempre dar su opinión muy personal. En realidad el ego no sabe nada, simplemente hace creer que sabe.

Evita el hecho de juzgar y criticar, sé imparcial. Cada vez que juzgas a alguien, lo único que haces es expresar tu opinión muy personal. Juzgar es una manera de esconder las propias debilidades.

El sabio tolera todo y no dirá ni una palabra. Recuerda que todo lo que te molesta de los otros es una proyección de todo lo que todavía no has resuelto en ti mismo. Deja que cada quién resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida.

Ocúpate de ti mismo, no te defiendas. Cuando tratas de defenderte, en realidad estás dándole demasiada importancia a las palabras de los otros y le das más fuerza a su agresión. Si aceptas el no defenderte estás demostrando que las palabras de los demás no te afectan, que son simplemente opiniones y que no necesitas convencer a los otros para ser feliz.

Tu silencio interno te vuelve impasible. Practica el arte de no hablar. Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial, dejando aparecer la luz de tu corazón y el poder de la sabiduría del silencio. El poder permanece cuando el ego se queda tranquilo y en silencio. Si tu ego se impone y abusa de este poder, el mismo poder se convertirá en un veneno y todo tu ser se envenenará rápidamente, perdiendo la paz.

Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo.

No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son, o lo que tienen la capacidad de ser.

Autor Desconocido

Esforzaos por el futuro y muchas fuerzas serán convocadas a vuestra ayuda. De diversos instrumentos se compone la orquesta, mas una sinfonía acaba pronto y sus sonidos se desvanecen a través de la ventana abierta. Es mejor pagar cuantiosamente, para así aprender antes el sendero predestinado. El ojo percibirá, en vez de zarzas, un jardín alimentado por el amor. El corazón es consciente de los fantasmas de la mente, pero el conoce la verdad”.

Este es un fragmento, el 128 exactamente, del libro “Hojas del Jardín del Morya”. Y ayer, de nuevo en el jardín de J., percibí ese jardín alimentado por el amor. Un jardín, como el de Morya, que se parece a una pequeña Shambhala donde es posible andar descalzo mientras pensamos en las cosas imprescindibles.

Por eso cuando voy me siento como en casa, especialmente cuando J. me deleita con esos libros con los que tanto disfruto. Hablamos de eso, de lo ineludible, de lo preciso, de lo que nos hace vibrar, de lo que había disfrutado estos días maquetando el librito de Roerich titulado “Shambhala, la resplandeciente”. Un libro que editaremos próximamente en nuestro sello editorial Nous y que me trasporta a esos lugares que nos acercan al sendero predestinado.

El día anterior habíamos estado en casa de MC charlando en el marco de la fundación sobre todo lo que había ocurrido con las elecciones y el movimiento 15M. Al día siguiente tocó una nueva visión, esta vez más cercana, de manos del hijo de J. Recordé mis tiempos en los que me enfrentaba a mil causas con esa rebeldía insaciable de quien desea cambiar el mundo. Y de esa rabia, años más tarde, por ver, como dije, que en el movimiento 15M estábamos los de siempre.

Por eso, o quizás por la edad, prefiero la invisibilidad de un jardín o el llanto amable de un amanecer. Y mi rabia y mis causas ahora son invisibles. Trabajando en silencio e intentando aportar, desde el servicio sincero pero sigiloso, todo cuanto pueda. A veces, una pequeña Shambhala puede ser también un centro de poder y decisión, un centro de rebeldía y cambio… una auténtica revolución cargada de propósito… Por eso las hojas de sus jardines tienen tanto que decir y expresar…

 

Wesak

Ayer había unas setenta personas. J. me invitó amablemente a que leyera el texto que hacía referencia al festival de Wesak, la celebración espiritual de la luna llena de tauro, que era lo que nos reunía en la sala común de la casa donde todos los meses, allá en El Plantío, nos reunimos, física o mentalmente, para celebrar cada luna llena. Esta fiesta budista que celebra el nacimiento y la muerte del Buda, ha penetrado en las consciencias de muchos servidores que aprovechan las meditaciones para reencontrarse con el propósito vital de la existencia.

No resulta fácil intentar explicar para qué sirve la meditación. Tras muchos años practicando el raja yoga y algunos de profundización en el agni yoga, uno llega a la conclusión de que todo lo que consigue es mover apenas un ápice de consciencia hacia los planos de la realidad manifestada. Y digo un ápice porque el esfuerzo resulta vano cuando las diez mil cosas de la vida diaria descentran nuestra atención. La disciplina sin consciencia no sirve de nada, al igual que no sirve de nada intentar vaciar una piscina que ya está vacía.

Entonces, ¿para qué meditar? Sólo para recordar diariamente quienes somos y cual es nuestro papel vital en este mundo. No nos hará mejores, no nos hará más perfectos, pero sí nos conducirá hacia el recuerdo, principio evocador de cuanto somos. Si recordamos quienes somos, nos esforzaremos más hacia el propósito de nuestra vida, y eso nos hará más felices.

 

El fin del camino interior no es la felicidad. La felicidad es un síntoma claro de que se está en el camino, en nuestro camino, y no realizando el camino de otro, o perdido en los diez mil caminos. La felicidad tampoco es un estado hipnótico donde parece que todo está bien. Eso es iluso, porque vivimos en un mundo complejo donde la dualidad se refleja en todas las cosas, en las interiores y en las exteriores. A veces hace frío, a veces calor, unas horas es de día y otras de noche, verano e inverno, norte y sur. En lo humano ocurre lo mismo, a veces se está alegre y a veces se está triste, y no es malo ni bueno más felicidad o más tristeza. Sólo debemos aceptar esos estados como parte de la vida, como consecución irremediable de la dualidad vital. No podemos aspirar a ser dioses, sino a ser buenos humanos, por eso debemos aprender a amar humanamente, dando y recibiendo, compartiendo y expresando. Debemos caminar en nuestro camino como un deber, como una obligación y como un derecho. Nos equivocaremos, nos tumbaremos, a veces tendremos a alguien a nuestro lado que nos animará y nos ayudará, otras veces, la mayoría, estaremos solos enfrentándonos a las grandes incógnitas de la vida. Y el fin último, el fin de todos los caminos siempre serán las cosas sencillas. El poder compartir un sueño o una esperanza, el poder abrazar a unos y a otros, el respirar juntos en esa conspiración ideal. Todo lo demás es ilusorio y nos sirve para seguir jugando. Todo lo que hay fuera es un maya, un matrix que pervive como un escenario donde cada uno representa el papel que desea como protagonistas o espectadores, dependiendo, en todo caso, del grado de compromiso con la película. Algunos aspiran a sentarse en la butaca, que le sirvan un buen plato y una buena bebida. Otros desean sentir, sufrir, respirar en el ser o no ser, embarrarse en las entrañas del delirio humano. La pasión, la fuerza y el destino serán vocablos indispensables. Si limpiamos nuestras vidas de los escombros externos y sentimos la experiencia del vivir directamente, seremos amos de nuestra ingeniosa manifestación.

 

 

Habían quedado en un remoto lugar para tomar ayahuasca, una planta alucinógena muy usada en América por los chamanes y popularizada especialmente por los libros del antropólogo norteamericano Carlos Castaneda en los movimientos milenaristas y de la nueva era. Eran una veintena, y el Camarada Cuerpo Espín, que así se hacía llamar en nuestros años universitarios, tuvo que tomar doble dosis para que el efecto empezara a funcionar. Era de noche y todos empezaron a entrar en la oscuridad de sus miedos, de sus fantasmas, de sus miserias. El camarada, más que nadie, penetró en un laberinto terrible, de dolor y tensión profunda. De repente, entre el miedo y la bruma, apareció un ser luminoso tocando la flauta. Entre sus bestias y horrores, apareció ese manto blanco lleno de luz. Era H., que había oído voces terribles cerca de su casa y fue a ver de qué se trataba. Al ver el dantesco espectáculo, decidió tocar su flauta, y así fue como el camarada conoció a H. y se transformó al Islam dejando atrás una vida de excesos y desvaríos.

Conocí al camarada en los años noventa. El había terminado psicología y emprendió en mi facultad la carrera de trabajo social, siguiendo más tarde con sociología. Era un tipo inteligente, de una memoria y cultura amplia y muy crítico en todo lo que concierne a la vida cotidiana. Militante activo del partido comunista, mantuvo siempre puestos relevantes en el mismo, llevando su militancia inclusive a un intenso contacto con el entorno de ETA. En la época de estudiantes, criticaba mi radical compromiso con la mística desde su ateísmo también radical. No entendía mi purismo vegetariano, mi abstinencia con respecto al alcohol y las drogas especialmente en una época en la que los estudiantes entremezclaban todo eso en una vida desordenadamente académica.

Hace un año, R. llegó una mañana a mi casa interesado por conocer a ese ermitaño de la Montaña vestido de modernidad. Hablamos de misticismo, de las nuevas tendencias espirituales y pronto se entusiasmó con mi biblioteca, hasta el punto que terminé regalándole 24 tomos de las obras completas de AAB. A los pocos meses me presentó a J.A., un militante con todo lo referente al mundo de la homeopatía. El me mandó tiempo más tarde un libro escrito por un musulmán de nombre S. y titulado “El desvelo del ser amado” para intentar publicarlo en Séneca. El libro me entusiasmó y le pedí paciencia para poder hacerlo, dados los tiempos que corren.

Ayer conocí a H. En la finca, cosas de la vida, estaba además el camarada Cuerpo Espín, que fue rescatado por el flautista H. hace algunos años de su atormentada vida. Además, cosas de la vida, el camarada era el mismo S. que había escrito el libro que tanto me había gustado y que me había enviado su cuñado, J.A. Cuando lo vi allí, transformado en un creyente islámico, casi no daba crédito a lo ocurrido. ¿El mundo como pañuelo o las sincronías de nuevo haciendo de las suyas? Lo cierto es que la vida está entrelazada y a veces hay nudos que se cruzan una y otra vez, como si quisieran transmitir algo, como si quisieran guiarnos hacia alguna parte. Mientras sigo escribiendo intensamente y con pasión mi novela Alexandra, entremezclo las vivencias de ayer en el relato mítico de la experiencia. Y la princesa Alexandra, una disipadora de la oscuridad, absorbe con viva voz todas estas riquezas. Que la luz brille en los corazones de los hombres, y que Alexandra resplandezca desde su isla incógnita.

 

An-Nur

 

Estaba escribiendo algo sobre mi libro Alexandra, en el capítulo que habla del emperador Asoka y la Rueda de la Ley. En ese momento, una hermosa mujer se acercó decidida al stand de Séneca y me dijo: “tú eres Javier León”. Afirmé no muy extrañado porque esta semana ya me habían visitado para pedir autógrafos o firmas o cosas. La mujer continuó hablando. “H. te quiere ver a las seis. Quedamos si te parece en la iglesia Santa Marina y de allí vamos a su finca”. La verdad es que la contundencia de la cita me obligó a decir que sí. Sobre todo porque llevaba días tras H. con la intención de hacerme un perfil sobre él. Me habían pedido, dado el nerviosismo que existe por la muerte de Bin Laden, que contactara con la comunidad islámica en Andalucía para comprobar su sentir. Y de alguna manera, ella había contactado conmigo. Mi sorpresa fue que cuando llegué a la finca, todos me conocían, habían leído mis libros sobre masonería y utopías y tenían un perfil muy confeccionado sobre mi persona. Estuvimos casi cuatro horas de charla agradable. A las nueve y siete minutos, hora en que el ocaso empezaba, participé en el salah, el rezo musulmán, uno de los cinco pilares del Islam. Nos colocamos mirando a la Meca y por primera vez pude inclinar mi cabeza por debajo del corazón. Bonita alegoría mientras recitaban un sutra dedicado a An-Nur, la Luz. Los miembros de la comunidad, practicantes en su mayoría de la rama sufí, me sorprendieron por su alta cultura, su basto conocimiento de casi todas las materias tratadas y su infinita sabiduría con respecto a cuestiones profundas. Disfruté de una charla agradable y de un sentimiento renovado con respecto al Islam. Nunca pensé que podría fascinarme por el Corán o por sus enseñanzas como lo he hecho esta noche. Sin duda, una experiencia con hombres notables que me ha llenado de sorpresa y admiración. H., un ser pacífico que aborrece la violencia, me ha perfilado un Islam muy diferente al que se vende en los medios de comunicación. Assalamoe `alaykum para todos los hombres y mujeres musulmanes de buena voluntad.

 

Alá es la luz de los cielos y la tierra. Semeja su luz a una hornacina en la que hay una lámpara. La lámpara está dentro de un cristal; el cristal es un astro brillante. Se alimenta  del aceite de un olivo bendito, que no es ni de oriente y ni de occidente, cuyo aceite resplandece aunque no haya sido tocado por el fuego. Luz sobre luz. Alá guía hacia Su luz a quien quiere. Dios propone parábolas a los hombres; y Su sabiduría está por encima de todas las cosas”. (24:35)

 

Días intensos, muy intensos. De mucho agotamiento físico, emocional y mental. De mucho trabajo en planos intangibles, allí donde se teje el destino y desde donde administramos la energía y la fuerza que nos ha de llevar por la vida. Viajes, muchos viajes… Uno muy especial el sábado hacia la muerte y la resurrección. Me tocó, en la ceremonia de exaltación de dos nuevos maestros, interpretar según el arcano ritual, la elevación mediante la garra del Rey Salomón, siendo Príncipe y representante de tan admirable patriarca. Los muertos yacían sobre el ataúd simbólico. Los cogí con fuerza y los elevé a la nueva vida. En mi alocución, tras investirlos como maestros del arte, les advertí sobre la necesidad del servicio, de la entrega y de la renuncia personal en pro del advenimiento de la luz en la consciencias de lo humano. Cuando la espada flamígera golpeó sus cabezas, a la antigua usanza caballeresca, me sentí un poco privilegiado por poder transmitir los conocimientos perdidos, la sabiduría arcana, el proyecto genéticamente simbólico de la psique humana. La transmisión, esa potente arma contra la ignorancia y los vicios que nos pervierten como individuos y como raza, ha sido de nuevo depositada. Ahora toca silencio, trabajo y esfuerzo, porque aún hay mucho por hacer… Seguiremos invisibles hasta que el crisol sea completado, hasta que la alquimia sea transmutada. Mañana más viajes, esta vez hacia el sur… o mejor dicho, hacia el Mediodía…

 


Me envía mi padrino espiritual un hermoso texto que recoge sabias palabras sobre el acróstico de los magos: el Querer, el Saber, el Osar y el Callar. Esa cruz mágica que se puede encontrar en muchos templos abandonados y que por suerte, algunos rescatan y protegen para ser transmitidos en la cadena inmortal de la Enseñanza. Había en el texto una frase que me ha gustado sobradamente y que venía a cuento de una hermosa conversación que esta mañana tuve con A. “La valentía unida a la inteligencia es la madre de todos los éxitos en este mundo. Para iniciar, uno debe conocer, para cumplir uno debe querer, para querer realmente hay que atreverse, y para recoger en paz los frutos de la propia audacia hay que mantener silencio…” La frase, de Eliphas Levi, entraña en sí misma un valor incalculable en cuanto a la intuición de nuestro sendero, de nuestro propósito en la vida, de nuestra apuesta por diseñar y ser partícipes de la existencia. No se trata meramente de palabras, si bien las palabras también pueden ser fuente de inspiración y creación, sino de puesta en práctica de un cúmulo de enseñanzas que incitan precisamente a la acción.

Decía A. que para poner en práctica proyectos era indispensable la ayuda de la gente. Sin duda tiene razón, porque nada hay más triste en la tierra que intentar emprender proyectos en solitario. No se puede crear una familia en solitario, ni construir una catedral de forma individual, aunque haya un hombre, Justo, que lo esté intentando el solo en Mejorada del Campo, cerca de Madrid. Pero sí que hay un recorrido solitario donde tienes que atravesar cierta travesía en el desierto para comprender y entender en toda su medida cual es tu verdadero proyecto vital. Ese esotérico “yo persisto”, que pretende tomar consciencia de todo cuanto se es, dominar la energía misma porque nosotros somos en sí la energía. El que domina y el dominado son uno, y por eso su afán es seguir trabajando en silencio, porque el trabajo creador nace de la consciencia del creador que cada uno es. Y cuando esa consciencia se revela, el único afán es el de servir. Ser un servidor del Propósito.

 

Narayanas

Cuatro de la madrugada. Pude escuchar como se dirigían al salón para su meditación vespertina. No tenía fuerzas para acompañarlas, pero sí lo hice en la segunda meditación que hacen a las seis. A las cinco y media ya estaba listo, esperando ante el clamor de la madrugada cualquier atisbo de luz. Meditamos durante una hora y luego leyeron “la murli”, la clase matinal que pretende despertar consciencias. Me gustaron algunas cosas de las que hablamos, sobre todo de la importancia de ser como “narayanas”, hombres y mujeres que buscan la pureza. También se habló de la tolerancia como principio básico para poder superar nuestra condición humana. Y me fijé atentamente el como conjugaban estas palabras en contra de maya y de las necesidades infinitas. Pensé en la gente que teniendo una casa desea una finca, teniendo esa finca, insatisfecha, desea un palacio, y así hasta el infinito. Esa gente que no contenta con tener a un hombre o una mujer perfectas a su lado, los dejan en la cuneta, los echan de casa ante la ilusión de poder encontrar algo mejor. Gente que no es capaz de disfrutar de lo que tiene, sino que vive en la ilusión de aspirar a algo mejor, confundiendo “algo mejor” con aquello que no se posee. Y lo mejor es lo que tenemos, porque es lo que el Universo nos ha regalado. Ahí hay una enseñanza, una comprensión, un conocimiento. Y debemos cuidar todo aquello que el Universo nos ofrece, porque de no hacerlo, nos lo arrebatará a cambio de sufrimiento y dolor… Interesante todo lo que se puede hablar a altas horas de la madrugada… Así que amemos, cuidemos y protejamos lo que tenemos… Que esa sea nuestra más pura y sincera ambición…

 

Llegué cansado, más psíquica que físicamente. Pero llegué. Hoy no tendría que estar aquí. Pero aquí estoy. Y sin saber muy bien hasta cuando, porque el universo nos enseña a desapegarnos por las buenas o por las malas de aquello que queremos y amamos. Pero el viaje mereció la pena porque cuando llegué había dos ángeles en casa que habían transformado radicalmente la decoración de la misma para adecuarla al retiro de yoguis de este fin de semana. El salón de setenta metros cuadrados parecía una sala oriental preparada para recibir a un aluvión de meditadores. Estaba todo limpio, irreconocible, con olor a incienso y luces tenues que, junto a una música agradable, hacían de este hermoso lugar algo irresistible. Los dos ángeles hicieron una meditación a la que me invitaron. Me cambié las ropas y busqué algo blanco. Rescaté mi pantalón de yogui comprado en los años noventa en el templo que los Hare Krishna tienen en Barcelona. También me puse el polo blanco que me los BK me regalaron en India, un polo con la inscripción bordada en hilo dorado “om shanti”, que significa “yo soy un hombre de paz”. La verdad es que esa hora de meditación raja yoga me ha dejado como nuevo. Tras un fin de semana y una noche bastante dura en Madrid, el acogedor recibimiento ha sido como una cura para el alma. Me siento en paz conmigo mismo. Gracias E. y A. por vuestra mágica presencia… Así que ahora a seguir adelante, hasta donde la vida nos lleve…

 

Estoy retirado en un lugar tranquilo, intentando poner cierto orden en la tesis doctoral. Estaba repasando mi diario en la época en la que vivía en Escocia. De allí rescato una frase que me impactó y que leí de la fundadora de la comunidad de Findhorn: “no hay que seguir nuestro camino, sino el camino de Dios”… Esa frase, de golpe, me trasladó a aquel mágico tiempo en el que paseaba por aquellas frías tierras altas. Fue un tiempo de cambios, de siembras, de increíbles aventuras y revoluciones interiores. Conocí a gente que marcó mi vida y que me situó en un lugar poblado de vínculos… Precisamente, en mi diario, tenía una frase que decía algo parecido: “Dios no es una abstracción, sino un vínculo”. En el equinoccio de primavera de aquel año, vivía con intensidad el experimento místico de la unión con el absoluto: “¿Quién, si yo gritara, me escucharía desde los órdenes angélicos? Y suponiendo que un ángel de pronto me tomase contra su corazón, ¿me extinguiría ante su existencia más fuerte?” Paradójicamente, unos días después de escribir estas líneas, el ángel pasó y me rozó con su aliento, y casi me extingue con su haz de luz… Y entre la supervivencia al recuerdo y la inexorable praxis del presente, en aquellos días escribía también cosas para mi tesis. Hablaba en ella sobre la revolución silenciosa, como así la llamó Inglehart en 1977. Una revolución que tiene que ver con la teoría del desarrollo humano, con la tendencia del cambio de valores en las sociedades occidentales basado principalmente en ideas de autorrealización y participación (posmaterialismo) más allá de las preocupaciones anteriores fundamentadas en la ampliación de la seguridad económica y la seguridad ciudadana (materialismo). Cosas así escribo en mi tesis y cosas así me vienen a la cabeza cuando me invento unos días de concentración y aislamiento académico… Qué Dios y sus vínculos se apiaden de mi alma…

 

Agni Yoga

El Yoga – puente supremo hacia el logro cósmico – ha existido en todas las épocas. Toda Enseñanza abarca su propio Yoga, aplicable al paso de la evolución. Los Yogas no se contradicenentre sí. Como ramas de un árbol, esparcen su sombra y refrescan al viajero exhausto por el calor.Recobradas sus fuerzas, el viajero continúa su camino. No toma nada que no le pertenezca, ni se desvía de su esfuerzo. Adopta la benevolencia manifestada del espacio. Libera las fuerzas predestinadas. Domina sus pertenencias simples.No rechacemos las fuerzas del Yoga, carguémoslas a cambio, como luz hacia el ocaso de la labor sin realizar.Por el futuro, nos levantamos de nuestro sueño Por el futuro, renovamos nuestras vestimentas.Por el futuro, nos alentamos. Por el futuro, nos esforzamos por nuestros pensamientos. Por el futuro, cobramos fuerzas.En primer lugar, aplicaremos los consejos de la vida. Luego pronunciaremos el nombre del Yoga en el tiempo que se acerca. Oiremos los pasos en progreso del elemento del fuego, pero ya estaremos preparados para dominar las ondulaciones de la flama.Por lo tanto, aclamemos el yoga del pasado: el Raja Yoga. Y afirmaremos el del futuro: el Agni Yoga.

“Agni Yoga”, Prefacio. 1929.


El origen de todas las cosas es la naturaleza, creada, además, por Dios. Así lo creía la inquebrantable fe de Gaudí, el cual apostó toda su vida por imitar la maravillosa eficiencia de la ingeniería natural. Reflexionaba sobre ello esta mañana movida, tras una breve charla con Mc que me sorprendió cuando desayunaba a punto de irme a Córdoba. Tras pasear por los interminables subterráneos del campus universitario me dirigí a un insustancioso tiempo en el taller mecánico que aproveché para repasar todo el correo postal de esta semana y algunas revistas recibidas, entre ellas, el número de este mes del National Geographic. Allí me empapé de la vida y obra de Gaudí. Me encantó la frase que encabezaba el artículo: “mi cliente no tiene prisa”, refiriéndose a Dios. Lo cierto es que si la naturaleza es la obra de Dios, hizo bien este excelente arquitecto en aprender de él e imitar en todo cuanto pudo a ese otro Gran Arquitecto del Universo. Realmente la geometría natural es increíble… ¿Geometría sagrada? Podemos verla en cualquier parte del cosmos. En las alas de una libélula, en el caparazón de un caracol, en el vuelo de un abejorro, en la esbelta figura de un sauce o un baobad, pero también en el sol, en las estrellas, en el viento, en la luz, en la energía, en la fuerza, en las fuerzas… Todo lo creado está perfectamente ensamblado, perfectamente pensado (¿?) y construido. La técnica natural, la metodología cósmica es asombrosa.

Hay que ver las cosas en las que se piensa en un taller mecánico… bueno, en estas y otras… especialmente las relacionadas con la Tormenta…

Al-Malâmatî

Hablaba hoy con E. en la comida sobre la entrega en el campo de batalla. Sobre la necesidad de romper con el ego que nos ata a las cosas temporales para profundizar en la enseñanza del servicio y la entrega. Y hacerlo de forma invisible y desapegada, de forma en la que nadie sospeche sobre tu propósito o vacuidad. No hay mayor gloria que la de sentirte sensible a las cosas que merecen la pena como el amor, la amistad, la mejora de una raza humana que necesita con cierta urgencia y desesperación ese tipo de esfuerzos. En las creencias sufís, existe una categoría de hombres santos que llaman al-Malâmatî o «el hombre de la censura». El Malâmatî es un Santo que esconde su aptitud espiritual ante la gente, aspirando ser el objeto de su censura para liberarse de la influencia del Nafs (el ego). Esa actitud tiene mucho que ver con la figura del Bodhisatwa en la tradición budista o la del propio Jesús el Cristo en el cristianismo, el cual no tenía ningún reparo en decir las cosas como las sentías y predicar sobre todo con el ejemplo, independientemente de la censura de su tiempo. En el fondo se trata de eso. Uno debe ser fiel a sus principios, debe luchar por aquellos valores que desempeñan un modelo exigente pero necesario para la mejora de todos. Y debe premiar con la generosidad del compartir todo aquello que recibe a diario. Y no hay nada mejor para ser feliz que compartir todo cuanto se tiene, ya sea tiempo, esfuerzo, trabajo, objetos, deseos, pasiones, modos de vida o… Cuando damos recibimos algo que no tiene precio, y es la sonrisa del otro, la mirada del otro, el amor del otro. Cuando damos somos humanos de verdad y vencemos las barreras de todo cuanto creemos… Dar es recibir, y ese debería ser el principio y el valor máximo de nuestra existencia. La banda sonora de nuestras mágicas vidas…

He hablado en este espacio muchas veces sobre el movimiento y la quietud. Son términos filosóficos que se han discutido hasta la saciedad en diferentes lugares y tiempos. El taoísmo sabe mucho de ello, pero también místicos como el español Miguel de Molinos indagaron en la necesidad de la contemplación para que la voluntad superior guiara los pasos de las pequeñas voluntades de los hombres. Tiene su analogía con el budismo clásico en su búsqueda del nirvana mediante la pasividad en las acciones, la quietud, la meditación y la contemplación más absoluta. El zen pretende la quietud, la atención concentrada en el fluir de las cosas. Algo así como estar parado en mitad de un huracán, inamovible, viendo desde su centro todos los aconteceres diarios. El vacío que se genera en el ojo del huracán es análogo al vacío que se genera en el ser que se muestra quieto y actúa según los preceptos de la unión mística.

Pero lo que me apasiona de toda esta discusión filosófica es su aplicación práctica a la vida. Muchas veces ocurren cosas que nos pueden llegar a desequilibrar. Normalmente porque no las entendemos o porque, de forma voluntaria o involuntaria, hemos obrado mal o nuestras acciones han hecho sufrir a otra persona. ¿Y qué clase de virtudes pueden reparar ese daño ya hecho?

La primera buena acción debería ser tomar consciencia del daño. La segunda, pedir disculpas pública o privadamente sobre el mismo. La tercera, intentar en la medida de lo posible, si es que eso es posible, repararlo. Si te enfrentas ante personas buenas de corazón, sabes a priori que los errores son motivados por ignorancia o sinrazón. Siempre he dicho que un mal día lo tiene cualquiera. Si el daño es cometido a conciencia, ahí las armas arrojadizas son otras, y la cautela siempre presume de distancia. El arte de la prudencia siempre es nuestra mejor aliada ante cualquier situación, con o sin movimiento. Y la prudencia siempre nace de esa quietud que todos los sistemas filosóficos arguyen como mejor actitud para potenciar la virtud y alejarnos del vicio, del sufrimiento y del error.  Los huracanes y los ciclones siempre existirán en los viajes de la vida… Pero si estamos sumidos en su centro, podemos atravesar cualquier dificultad bajo el poder de la quietud y la calma.

“En tiempos de mentira universal, decir la verdad es revolucionario”.

George Orwell

El matiz en las palabras a veces requiere exploraciones semánticas y filológicas que nos hacen pensar en su origen y en su significado profundo. He discutido muchas veces sobre el mal uso, sobre todo en ámbitos de calado místico o espiritual, de la palabra conciencia y desearía profundizar algo más en sus ramales lingüísticos para definir acertadamente o no sobre su desambiguación.

Conciencia viene del latín conscientia, -con scientia, con conocimiento- que expresa conocimiento compartido. Pero en la riqueza de nuestro idioma hablamos además de la consciencia, que es aquello por lo cual nos hacemos conscientes de ese conocimiento, es decir, aquello que nos permite sabernos ya no separados del mismo, sino en particular interrelación con ese conocimiento desde una postura revelada. Es un conocimiento inmediato sobre uno mismo, sobre nuestros actos, emociones y pensamientos en interrelación inmediata con el mundo. Es mucho más que esa capacidad de reconocernos a nosotros mismos y de juzgarnos sobre esa visión y reconocimiento (conciencia). Es el arte de intuirnos parte de un todo mayor, gotas de un océano infinito y omniabarcante (consciencia).  Abarcar lo inmanente y lo infinito. Ser dioses, porque esa parece ser la finalidad última de la naturaleza.

Los filósofos alemanes utilizan una palabra peculiar para profundizar en los designios y propósitos de la consciencia: Dasenin, cuya traducción literal significa estar ahí, existencia. Así, el matiz entre conciencia y consciencia vendría literalmente de un atributo al que podemos llamar ser. Un ser que no sólo ve la realidad envolvente y la analiza (conciencia) sino que participa de ella de forma activa, presencial, existiendo en ella y por ella (consciencia).

En el budismo y sus tradiciones se habla del ichinen, es decir, del sujeto que se fusiona con la energía cósmica, del ser que se fusiona con la mente una, “realidad última que en todo instante se manifiesta en el mortal común”. Es alcanzar la budeidad desde la cual la vida se manifiesta de forma universal.

Desde esta perspectiva amplia, podemos ver la complejidad de la naturaleza que pasa de la simple manifestación física a la vida, de la vida al movimiento con los pulsares emotivos, de ahí a la mente, a la inteligencia para más tarde desembocar en la conciencia y luego abrazar, en un respiro más profundo, a la consciencia del ser, del alma y la unidad con todas las cosas, a la existencia total y plena en un mundo vivo y dinámico.

Pero si pensamos en todo esto, el mismo significado que le damos a las cosas contrae dentro de sí una postura personal. No es lo mismo vivir la vida de forma conciente que consciente. El matiz o la “postura” diferenciadora, como expresan los budistas, permite comprobar la calidad de nuestro paso por la vida.

Existe un estado interior en todas las criaturas. Algunos despiertan a él y experimentan el significado profundo de la existencia como una experiencia que, sin la misma, todo carece de sentido. Esto es lo que decide a qué deseamos consagrar nuestra vida, cual es el propósito real de todo cuanto hacemos, pensamos y sentimos.

Lo que determina nuestra vida, y por lo tanto su calidad, es aquello donde ponemos nuestra “consciencia”, nuestro corazón, nuestra alma.  Es la determinación y el compromiso más absoluto con nuestros más altos ideales, con nuestras más altas aspiraciones. Ahí reside la importancia de la decisión. ¿Qué deseamos ser? ¿Hacia donde dirigimos nuestros pasos? ¿Qué tipo de consciencia nos revela el camino a seguir? ¿Estamos lo suficientemente abiertos, despiertos y activamente empáticos con nuestros deseos más íntimos y verdaderos? ¿Somos capaces, en consciencia, de conectar con nuestra más sublime esencia? ¿Qué palpita dentro de nosotros?

Quizás sea cierto eso de que cada momento de la existencia posee tres mil estados. ¿En qué estado nos encontramos nosotros? Posiblemente en el mismo en el que se encontraban poetas y místicos, pensadores y filósofos, activistas y “despiertos”: el estado de auténtica vigilia, el estado de auténtica revolución metafísica, el estado del eterno recuerdo de nosotros mismos. Estar ahí, presentes, vivos, dinámicos, despiertos.

Para los que no sepáis aún qué hacer este puente, y quienes sintáis cierta cercanía con las enseñanzas del Maestro Djwhal Khool, El Tibetano, el amigo K. organiza en Artaza, Navarra, unas convivencias para profundizar en su mensaje los días 9, 10, 11 y 12 de octubre. Tenéis más información en este enlace:

http://www.artegoxo.org/doc1144.htm

Ayer tuve una interesante conversación con C. Hablamos de consciencia e insconciencia. De grados de conciencia, si se puede llamar así, o quizás, de cualidades de conciencia. No es lo mismo la consciencia de una ameba que la de un ser humano. Sin embargo, hablar de consciencia resulta complejo, dado lo difícil que supone ser conscientes de que somos conscientes o de que, en general, no lo somos. Requiere disciplina, control, introspección y un cierto despertar interior que nos avise. En “Creando Utopías” añadía el tópico de que esa consciencia sólo se manifiesta ante una rebeldía metafísica. Sólo cuando nos rebelamos contra nosotros mismos, contra las circunstancias que nos rodean y contra todo el orbe que hemos asumido en nuestra vida, existe o se manifiesta un grado mayor de consciencia. Y Camus añadía que el hombre rebelde es aquel que dice “no”. Así, la consciencia es rebelde, se rebela una y otra vez para hacernos crecer, progresar y evolucionar. Para “evolucionar”, en palabras de Gurdjieff, es necesario voluntad y consciencia, señalaba C. Ayer, sin embargo, cuando llegué a casa, le envié un mensaje tras la apasionada discusión: “la consciencia no nos pertenece. Nosotros no somos consciencia”. Sea como sea, en la conversación tuvimos un cierto grado de consciencia que nos hizo ver con cierta claridad hechos que estaban ocurriendo en nuestras vidas. Y la conclusión fue clara: estos días requieren rebelación y van a existir muchos más “no”.

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