Todo está en el universo. Las tortillas de patatas y el gazpacho que tan ricamente nos ofreció Eva, las meditaciones sentidas de Krista y las sublimes palabras de su “maestro” Facundo que decían eso de que la sabiduría no está en las preguntas sino en la alegría y que para vivir mejor, hay que ser mejor…
Los poemas de amor de Carlos y su lúcida representación de Hamlet en el idioma original, la sonrisa interminable de Cristina, su complicidad y amor que junto a la generosidad infinita de Carmencita, mi querida Carmencita, formaban una ola de potencia sempiterna. La gracia y profundidad de Manuel, ese hombre elegante y señor de reinos y potestades que junto a la supremacía del gran Jaime, al que deberíamos llamar Primero o El Grande, por ser monarca y majestad de palacios interiores, conseguían hacer de este lugar un auténtico castillo de cuento de hadas… Las ocurrencias del niño, al que la maestra de ceremonias le quitó un dolor de cabeza insufrible y dotó de ternura el encuentro con su presencia…
María, que tenía la gracia de sacarnos una cómplice sonrisa con sus ocurrencias mientras era capaz de deleitarnos con sus despistes y salidas… Y Javier, que elevó a las estrellas las dudas que teníamos sobre las esencias del espíritu y de la espiritualidad, dejándonos a todos capaces de alcanzar el cielo si ese era nuestro propósito.
Y Yolanda, la maga, que iba y venía, apareciendo y desapareciendo de un mundo a otro pero siempre deleitándonos con su infinita belleza a dos bandas y su cariño, tan perfecto y hermoso. Y el Tetus, mi querido Tetus, que vino y se fue como un ladrón en la noche, como hacen los ángeles nocturnos que cuidan de nuestros sueños e inspiran, como él siempre hace, nuevas metas y retos.
Y Lourdes, mi querida Lourdes que solo con su presencia era capaz de transformar un reguero de luz violeta en algo comestible para el alma. Y luego las mágicas visitas de Mari Carmen, de Mercedes y de Montse, que pudieron ser ángeles que extendían sus alas hacia todos… Y los perros, y los peces, y la llama de la chimenea, y la madrugada, y los cantos, y los bailes, y los amaneceres y los atardeceres, y los árboles, y la leña, y las comidas interminables, sabrosas y perfectas. Todos y todo “apetuñados”, que se convirtió en la palabra clave, porque había amor, y amistad e impermanencia, ese estado en el que las almas se conjugan sin valorar tiempo ni espacio, compenetradas, sensibles, como un todo en un uno, como un suspiro que conspira con una respiración inalterable, rítmica, profunda.
Y aquellos que no estuvieron pero que estuvieron, como Luna y Joaquin, que no olvidaron con su siempre infinita generosidad en ningún momento estar ahí de alguna forma u otra, estar presentes, estar “ahí” y “aquí”. Y los que quisieron venir y no pudieron, pero que sí, que también estaban aquí, “apetuñados”, acariciando con su rostro invisible los momentos interminables. Y la luz de las velas, y la música, siempre la música, y la guitarra, y las risas y los llantos, que también hubieron porque el alma se abría y necesitaba expresar todo lo que llevaba dentro. Y la rítmica armonía, siempre todo armónico, mágicamente armónico…
Todo estaba en el universo, en esa ensoñación, en ese momento único, en ese extracto de tiempo recóndito en esta estrella, en este planeta llamado La Montaña, y para más colofón, de los Ángeles. Porque eso sois, ángeles que claman su parcela de cielo, y por eso aquí habéis encontrado ese anhelo, ese jardín, ese paraíso perdido. Ángeles con deseos, ángeles con ganas de vivir, ángeles con ganas de expandir la generosidad, el apoyo mutuo, la nueva cultura ética, el sabor de la fruta que proviene de las serafines potestades. Que Dios reclame para sí vuestra parcela de Vida y os done la sabiduría de la Alegría que ya lleváis impresa. Gracias, de corazón… Gracias desde el Alma…





























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