Herejía

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Esta mañana despertaba en Madrid. La ciudad parece igual, con sus encantos, con su frío arropado por la contaminación y cierta luz mañanera que presagia eso de que la vida sigue. Madrid parece que se ha convertido en un referente irrenunciable. Parece como un trampolín hacia el otro lado, hacia la próxima estación.

Mientras miraba por la ventana el paisaje, recibía de un amigo un animoso recorte de prensa que acompañaba con título sugerente: “estamos caminando”. De forma rápida, le he contestado con una breve nota: “¿hacia donde?” Uno puede caminar hacia la luz, hacia la oscuridad, de frente, de lado, hacia atrás, inclusive se puede caminar hacia el abismo o hacia la desesperación o decadencia.

La nota de prensa hablaba de un lobby que al parecer está caminando hacia la derecha de la derecha, es decir, hacia la extrema derecha. ¿La rancia y extrema derecha? Me ha confundido el entusiasmo por declarar que estamos caminando hacia los extremos, sin importar mucho que sean hacia la rancia derecha o la rancia izquierda. Pero como todo está sujeto al mundo de lo simbólico y la más subjetiva de las interpretaciones, he recurrido al diccionario para ver qué se entiende por extrema derecha y he leído cosas como: ultranacionalismo, xenofobia y autoritarismo y populismo e ideas reaccionarias.

Y resulta que cuando pasaba de lo abstracto a lo real, observaba que la plataforma de la cual surge este “estamos caminando” tiene mucho de estas cosas. Tantas que para aclararme, sin caer en la tentación de lo inadmisible, he escrito una pequeña postdata al arquitecto principal de dicha obra diciendo lo siguiente:

 

Pd.- Lo de “me estás dejando de piedra” es por la deriva de los titulares y de lo que la historia contará a no ser que el rumbo del navío gire radicalmente. Hace un par de años el preso que injustamente había sido enchironado se convertía en un componente moral y espiritual para una sociedad en crisis. Ahora resulta que el preso, al parecer justamente enchironado, gira hacia un movimiento de extrema derecha… La verdad es que es sintomáticamente decepcionante… No para mí, sino para la sociedad en su conjunto, que necesitaba un referente moral y espiritual, y no un chupatintas cantamañanas más de la extrema derecha… o de cualquier extrema… ¿estamos caminando? Sí, claro que si, pero hacia la más absoluta decadencia (ultranacionalismo-tema euro-; autoritarismo -véase el blog y el foro- populismo -intereconomía y baño de masas- y reaccionario -véase en profundidad el caso Garzón-)… Toda una pena para lo que parecía un bonito caminar… 

Que no te tomen el pelo: Vota Rasputín!!!!!

Día de la Hispanidad, la Diada, Aberri Eguna… patéticos símbolos arcaicos de los estados-nación… Ejército, reyes, curas, políticos… Leía en algún blog algo así: “¡Démosles caña! Borbones, banqueros chorizos, empresarios esclavistas, políticos corruptos. ¡Todos a la calle para echarles a la calle!” Otro más gracioso decía: “El Papa, el Rey, el torero, la folclórica y la cabra de la Legión. ¿Esta es la España que quieres?” Otro más elocuente se refería en estos términos: “Porque la verdadera Patria son sus ciudadanos. Porque somos un ejército…” Y la guapísima Paloma Álvarez inspirada con su lucha: “La ridiculez y la patanería desfilando con uniforme. Eso es lo que se está celebrando hoy”.
Sin duda he sentido una especie de vergüenza como ciudadano. Una especie de sentido del ridículo, un pavor y encogimiento cuando veía en alguna foto todo este estallido de absurdo mediático.
¿Qué celebramos cuando ponemos el ejército en la calle? ¿Lo que nos gastamos en bombas racimo? ¿Lo que cuesta el poder asesinar a sangre fría a ciudadanos de otros países? ¿La guerra? ¿Los helicópteros de última generación, con sus rayos láser mortíferos? ¿No os resulta absurdo y patético este engaño nacional?
¿En qué era vivimos? ¿No estábamos entrando ya en la Era del Saber? Esto es una evidencia inequívoca de que la Deudocracia nos va a conducir irremediablemente a la desaparición de los arcaicos estados-nación. Y la consciencia global va a parir el nacimiento del ciudadano libre y comprometido con el universal sentido de Unidad.
Somos Uno, así que abajo las patrias y las naciones. Arriba el ser humano hermano de su hermano, libre, igual, fraternal.

Estimado Señor (ía) Durán i Lleida,

Este que está tumbado lamentablemente en mi sillón se llama Fran, es de la especie andalusí que usted tanto ha criticado en sus polémicas declaraciones. Dormía a eso de las once de la mañana tras leer el primer capítulo de mi último libro. Se quedó frito, el pobre. Como ve, el bueno de Fran no estaba en el bar, estaba leyendo un libro por el que le pago, de forma sumergida, diez euros. Como solo le pagaré esos diez euros por sus correcciones y comentarios en las próximas dos semanas, pues dosifica el trabajo, y de vez en cuando, se echa una “cabezailla”, como aquí lo llaman, en mi sillón. Con esos diez euros, que también dosificará, quizás pueda recargar el móvil, o echar algo de gasolina para ir al instituto. Poco más. Claro, no hay mucho más trabajo por aquí cerca. Ni siquiera subvenciones para que el pobre Fran vaya al bar. Y yo, que soy ciudadano de buen corazón, pues intento ayudarle en lo que puedo, aunque sea con diez euros. Por eso de practicar eso tan anarquista y revolucionario del “apoyo mutuo”. Es lo que hay en los tiempos que corren… Diez euros no es mucho, pero da para algo…
Quizás, con el salario que usted perciba, podrá dar diez euros de propina al restaurante donde todos los días come. Su lujoso coche, su lujoso apartamento en Madrid, sus lujosos trajes, sus lujosos paseos por la Castellana han sido pagados por todos nosotros, con nuestros impuestos, con nuestros sudores.
Pero a partir de ahora, no por Fran, ni por mí, porque esos miserables diez euros no están declarados, ni pagarán más impuestos. Es dinero negro, puro y cristalino, sacado de la evasión de impuestos, de la economía sumergida, de la necesidad de ahorrar hasta el último céntimo para que Fran pueda dosificar su trabajo y yo… pues seguir ayudando a quien pueda.
Así que aprovechando que ustedes empiezan a recortar de la sanidad y la educación y no a recortar sus maravillosos sueldos y privilegios, nosotros, el ciudadano común, también vamos a empezar a recortar… Así de claro se lo digo, su señoría, así que guárdese sus diez euros de propina, sus subvenciones y su cara dura hasta que nuestros recortes asfixien también su vida. Como dijo Luther King, me niego a colaborar rotundamente con un sistema injusto.

 

Pd.- Dicho esto, opino como usted con respecto a los subsidios… Eso sí, nosotros también queremos dejar de subsidiar a la casta política…

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto:

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

y que el miedo del hombre,

ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,

pero me han dormido con todos los cuentos,

y sé todos los cuentos”.

León Felipe

Cuando estás rodeado de mentira y engaño resulta difícil abstraerte de lo que debería ser moralmente correcto o éticamente admisible. Hay trabajos que se alimentan de la hipocresía y la falsedad, de la apariencia y lo irreal. Hay personas que van por el mundo engañando y mintiendo como única alternativa a la vida real. Quién no ha tenido alguna vez un amante, quién no ha traicionado a un amigo, quién no ha mentido a unos padres, quién no ha engañado a una esposa… La mentira se ha vuelto costumbre y norma, porque vivimos en un mundo engañoso y mentiroso.

Estos días me he debatido largamente entre la sabiduría del silencio y el perdón y la antipatía por dejar que la mentira fluya a su antojo. Por eso a veces la indignación y la rabia, porque no puedes soportar tanta crueldad embustera. Es inevitable que vivamos en un mundo de tramposos porque nos educan, desde pequeños, a ser farsantes compulsivos. Somos conscientes de que muchas de las cosas que nos dicen no pueden ser ciertas. Nuestro propio sistema de valores está tan dañado que preferimos dejarnos llevar por el curso de lo corriente, de la norma, antes que rebelarnos ante ella. Por eso cuando se destapa alguna verdad nos duele tan poderosamente. No podemos resistirnos al llanto porque la ficción en la que vivíamos era excesivamente poderosa.

Las consecuencias de todo eso ya lo conocemos. El fanatismo, lo radical, lo desesperante y por último, la locura colectiva.

La sensación de que nos mienten desde que nos mecían en la cuna es tan grande que ahora, cuando cierto atisbo de luz se apodera de nosotros para iluminar un marco mayor de realidad, resulta ser una impresión demoledora. Ya lo decía León Felipe en su célebre frase: “cuentos, todos son cuentos, no me contéis más cuentos”.

De ahí que nazca cierto recelo ante la norma y ante cualquier clase de autoridad nacida de esta gran mentira en la que vivimos. Una actitud escéptica ante todo aquello que crece de esta podredumbre.

¿Y qué hacer ahora? De momento seguir buscando la verdad y compartirla. Aunque cuando lo hagas, esto produzca dolor, mucho dolor…

 

Ayer, en un arrebato de desesperación enfilé el coche dirección norte, en vez de dirección sur. Circulaba en una autovía donde, en algunos tramos, había que conducir a cincuenta. Como es natural, nadie en su sano juicio frena su coche para en esos tramos ir a cincuenta en una autovía de doble carril. Incluso resulta peligroso circular a setenta, que es la velocidad que yo llevaba. Pues bien, allí estaba la policía para recordarnos que de lo absurdo también se puede vivir, y por ir a setenta en una autovía de doble carril, como hace todo el mundo en su sano juicio, me pusieron una multa de trescientos euros. Fue tal mi indignación que empecé a enfrentarme a los policías, cosa que jamás había hecho. Les dije que no tenían vergüenza, que eso no se hacía, que se fueran a buscar a ladrones y delincuentes y dejaran a la gente decente en paz.

Fue tal el cabreo supino por ese tipo de atracos de guante blanco que el Estado realiza sobre el ciudadano que de repente me imaginaba estrellando mi coche contra el coche de policía. A tomar por culo. Fui un cobarde porque no lo hice, pero debería haberlo hecho, ejercer un acto violento como respuesta a una tomadura de pelo que dura ya demasiado tiempo.

Mientras pensaba esas cosas tan terribles y a la vez tan reales me preguntaba de donde surgía esa violencia, de donde había brotado ese halo de indignación y rabia. Empecé a reflexionar sobre todos esos atracos a mano armada que realizan constantemente contra nosotros desde ese Sistema que hemos montado en nombre del progreso. Y el progreso no es más que una recaudación constante y milimetrada de dinero por parte de los de siempre. La servidumbre a la que estamos sometidos en nombre del progreso es irrespirable e insoportable. Impuestos en la gasolina, impuestos cuando vas a comprar tomates, impuestos de catastro para pagar las diputaciones, impuestos en la renta, impuestos en las nóminas, impuestos en la luz, en el teléfono, en el agua, impuestos en los viajes y en la prensa, impuestos, impuestos, impuestos…

Y la trampa bien argumentada y demagógica para seguir manteniendo a los mismos es que hay que pagar las pensiones, la educación y la sanidad.

Por supuesto no soy matemático ni economista, pero si hacemos cuentas de todos los impuestos que pagamos al año en todo lo que hacemos, me parece que los cálculos no salen y alguien se está aprovechando de todo esto.

Y cuando esto ocurre y nos quedamos sin trabajo, sin coche, sin vivienda y como sigan así las cosas pronto sin educación, sin pensiones, sin sanidad y sin pan, un espíritu de indignación violento se apodera de nosotros. Y esa rabia que me poseyó ayer de forma endiablada es de nuevo el Espíritu de los Tiempos que se avecina. Si las cosas siguen así, los movimientos dejarán de ser pacíficos porque la indignación se convertirá en rabia y la rabia se encauzará hacia los políticos, hacia los bancos, hacía las instituciones, hacia todo lo que tenga que ver con el Sistema. Y entonces nos acordaremos de las palabras de Thoreau sobre la obligación de la desobediencia civil. Debemos negarnos a cooperar con un sistema injusto. La no cooperación con el mal es una obligación moral en la misma medida que lo es la cooperación con el bien, nos recordaba Martin Luther King.

La ventaja de ser antropólogo es que puedes entrar a lugares excepcionales y conocer a gente excepcional. Durante estos últimos años he tenido experiencias increíbles en lugares aún más increíbles. He conocido a gente que parecían sacadas de novelas. Si además de ser antropólogo eres editor y si además tienes la suerte de tener una peculiar red de contactos, entonces la mezcla puede llegar a ser como mínimo surrealista. Y cuando la mezcla, además de surrealista puede incluso tornarse oscura o peligrosa, hay que seguir la recomendación de Azaña: si quieres que una verdad se sepa, escríbela en un libro. Como los tiempos cambian y ahora hay blogs, daré algunas pistas de lo ocurrido hoy porque nunca se sabe. ¿No fue una famosa actriz la que puso, ante el miedo inminente, una denuncia para cubrirse las espaldas? Si denuncio, pensaría ella, y luego ocurren cosas, todo va a ser más sospechoso. Muy lista esa actriz… Pues eso…

Hace unos meses, mientras vivía en Madrid, recibí de forma misteriosa un aún más misterioso escrito sin firmar. Sólo venía una cuenta de correo electrónico y una breve nota. Leí el manuscrito en menos de tres horas. Desde que aquella noche de primavera había leído aquel otro libro de más de mil páginas con contenido inédito sobre las cloacas del Estado y el cual me dejó colocado durante más de dos meses, no había leído nada parecido. Cuando terminé de leerlo sentí cierto miedo, casi terror por su contenido. Escribí con cierta ansiedad al correo que el “autor” me había facilitado. Con ansiedad y angustia. Por dentro sabía que en ese momento no podía editar ese libro. Tendría que dejar Madrid, quizás también mi relación de pareja por eso de los conflictos inter-pares y quién sabe si también España. Sentí pánico y en cierta forma me obsesioné con la idea de tener ese libro entre mis manos. De momento me vinieron a la cabeza todas esas historias de espías y contraespías y personas resentidas con el Sistema que buscaban su propia venganza…

Para cubrirme las espaldas, como hizo la actriz famosa, quedé hoy en la estación del AVE. Busqué a personas conocidas para que casualmente pasaran por ahí a esa misma hora. La verdad es que no pensé que todo saliera tan bien porque a esa hora pasó la alcaldesa del pueblo y X. acompañado de un interesante catedrático de Harvard.

Tom Farrell, que así se hace llamar para no dar más pistas sobre su identidad se sintió algo molesto por tanto casual encuentro. Yo me sentí tranquilo. Algo he aprendido de los “muchachos” en estos años… Así que cinco horas de charla misteriosa, plagada de prudencia y anonimato que ha servido para conocer de frente al misterioso personaje. El motivo del encuentro, el libro-bomba. La pregunta interna: ¿qué hacer? Como en una película de espías, Tom Farrell me dio en un microchip (pendrive) el texto ya que el original lo había mandado en papel, a la antigua usanza. Sus últimas palabras de despedida en el AVE tras cinco intensas horas de charla: “Me pondré en contacto en diez días para ver qué has decidido”.

Así que mientras lo decido, y por si acaso, aquí lo dejo, como dijo Azaña y como aprendizaje de la inteligente actriz. Hoy día nunca se sabe…

Cuando se ningunea a los tribunales que están al servicio de las fuerzas públicas, cuando los políticos crean privilegios para ellos mismos que niegan a la ciudadanía. Cuando en nuestros pueblos vemos como los de siempre alcanzar el poder para enchufar a primos y hermanos. Cuando los políticos tienen como objetivo primordial proteger a su propia casta, a los suyos, e inventan organismos, instituciones y demás parabienes para unos y otros. Cuando las leyes son creadas para proyectar sus extravagancias y desvaríos y no para ordenar el progreso de la sociedad en su conjunto. Cuando crean sistemas ideológicos donde refugian sus frustraciones y desmanes, desdeñando cualquier posibilidad de libre albedrio. Cuando la libertad, la fraternidad y la igualdad son desprotegidas y pisoteadas en nombre de cualquier bandera o nación. Cuando el tirano de turno se defiende de los suyos ordenando con desprecio a las fuerzas del orden público. Cuando la educación y la sanidad, conquistas sagradas de nuestra historia son tratadas como prostitutas vendidas al mejor postor. Cuando todo huele en exceso en las arcas del poder y los templos del saber son mancillados con insultos y risas. Cuando el circo sigue gobernando nuestras vidas y el pan escasea. Cuando las cloacas de estados y gobiernos empiezan a pudrirse y el tufo ya se muestra insoportable y hemos convertido la democracia en pedocracia y el mal olor se expande por todos los vértices de la vida… Cuando eso ocurre y el gran pedo social estalla, no queda otro remedio que limpiarnos el culo por haberla cagado.

Ese jodido sapiens

Me fui de Cataluña cansado y aburrido de escuchar el mismo discurso político-patriótico-nacionalista de más patria, más nación, más territorio. En la calle jugábamos al futbol y a las canicas en catalán y en castellano, y nadie tenía ningún problema, excepto esos que “inventan conflictos y falsean la realidad”.

Me sentía enclaustrado en una edad media ideológica, encasillada en los avatares de las fronteras, de las leyendas míticas de los héroes de la patria, de los abanderados y constructores de naciones oprimidas por el enemigo.

O peor aún, sentirte preso en una jaula donde debes defender la suela de tus zapatos, que es tu territorio, y pedir al orbe universal –la jaula- que reconozca esa suela como un hecho diferencial, independiente, con carácter e identidad.

Algo absurdo y vomitivo en pleno siglo XXI, un siglo que será el comienzo de un mundo sin fronteras, un mundo que cabalgará por la Era de Acuario, la Era del Conocimiento, del Saber… Y el saber estipula que la tierra en su conjunto no conoce de fronteras, excepto las inventadas por el estúpido humano en su medieval historia.

Fronteras ideológicas, políticas, culturales, económicas, raciales, sociales… En vez de ver al otro como un ser humano, lo vemos como un negro, como un catalanoparlante, como uno de derechas o de izquierdas, como un gitano o judío… En este mundo de totalitarismos y xenofobias ideológicas, no somos capaces de ver al otro como lo que realmente es, como un jodido ser humano.

La sociedad no debe seguir caminando por la oscura senda del separatismo, sino por la clara luz de la interdependencia. Todos dependemos de todos, todos necesitamos de todos. El autogobierno debe ser legitimado por la razón, obtenido no por la lucha contra el otro, sino por el reconocimiento maduro del otro. Por la fraternal, libre e igualitaria aceptación del otro. No quemando banderas a cual trogloditas, sino aceptando la historia y la identidad de todas ellas. No queremos países independientes, queremos países interdependientes, y si apuramos hasta el máximo, no hablemos de países, hablemos, por favor, de personas, de ciudadanos. No queremos un mundo excluyente, sino un mundo que acepta su complejidad asumiendo sus diferencias y respetándolas.

Botiflers y Maulets

Los partidarios de Felipe V o los partidarios de Carlos III se siguen reencarnando generación tras generación defendiendo, igual que en aquella época, motivos económicos y sociales que pretenden un mayor beneficio para unos o para otros. Y todo en torno a un territorio, a una cultura, a un pueblo. Olvidando los principios globales de paz fraternal, armonía igualitaria y libertad universal. Seguir pensando en territorios y no en personas, en fronteras y no en lugares comunes es seguir empeñados en retroceder a los instintos primarios de las cavernas. La libertad de los pueblos no se consigue, como se conseguía antes, a base de guerra y cañón, de juicios peyorativos contra el enemigo, de quema de banderas y corte de cabezas a diestro y siniestro. Hay otras formas menos patrióticas y menos nacional-nacionalista de llegar a una emancipación total. No buscando posiciones contra unos y otros, sino siguiendo la senda de la madurez como pueblos, pero sobre todo, como ciudadanos.

Estoy de acuerdo en que se supriman las diputaciones, pero también en que se supriman las regiones, las autonomías y los estados, y que el verdadero poder recaiga en el pueblo, en los ayuntamientos, en las ciudades. No queremos más patrias, más Estados, más naciones. Que caigan todas las patrias y naciones y que seamos una humanidad, un pueblo, un mundo de personas humanas, de carne y hueso, respetando nuestras diferencias e idiosincrasias. Estamos cansados de gastar fuerzas, energías y esfuerzos en las divisiones inútiles. Es hora de sumar y de ver al otro no como a un enemigo a batir, sino como a un aliado con el que llegar más lejos… Las libertades se consiguen desde la libertad, el diálogo y la razón. La visceral conducta de ensalzar las diferencias acabará con nosotros. Somos una raza, somos un planeta, somos un pueblo. Aprendamos a mirar hacia arriba, y no hacia abajo.

 

Escribía una amiga un hermoso artículo donde intentaba encontrar el sentido de hombre en nuestro tiempo. En un comentario posterior escribía: “En este post pretendía destacar la carencia de valores que en su día hacían que una mujer que estaba al lado de un hombre fuera la mujer más valorada y protegida. En ciertos aspectos de la vida no me gustan las diferencias entre hombre y mujer, pero en mi trabajo y vida privada me gusta mucho sentir que el hombre tiene el “poder”, de manera que me haga crecer como mujer, que me haga sentir ÚNICA para él”.

Podía entender sus palabras porque las mujeres de hoy día reclamáis cierto sentido de poder. Ya sea este un poder sexual, financiero o social, no os conformáis con esa imagen de hombre sensible, débil, maniatado ante las exigencias de una mujer cada vez más fuerte e independiente, y además, “amo de casa” afeminado a veces. Ese hombre que la sociedad actual y sus modas esta relegando al hombre postmoderno no seduce, sino que da lástima.

Pero admito, como hombre, que nuestro género lo tiene complicado ya que los roles se han desvirtuado tanto – a veces incluso invertido- que no sabemos acomodarnos o actuar ante los nuevos retos. La imagen de ese hombre fuerte, arrogante, fumando espero, con copa de vino o coñac y bigote bien cortado ya no está de moda. No cuadra con esa imagen de mujer independiente y libre que desea a un hombre aún más independiente y aún más libre.

Hablaba insistentemente de todo esto con mis amigos, todos perdidos porque son incapaces de desarrollar una actividad hormonal, sexual, familiar y de pareja con cierta normalidad. El núcleo familiar se ha perdido, se ha roto o transformado en parejas de hola y adiós, con fecha de caducidad que duran lo que dura un instante, a veces de placer, de sintonía o de simple interés social. Como eso no son valores que perduran en el tiempo, son pilares que se rompen a la mínima de cambio, las parejas son frágiles y de escaso valor.

¿Qué hacer? ¿Cómo redefinir nuestros roles? ¿Cómo volver a lo que esta amiga llamaba el hombre de verdad, el hombre-hombre? En cierta forma es difícil porque nos sentimos capados, perdidos, aturdidos. No sabemos como actuar, como dar lo mejor, como ser sencillamente naturales y expresivos. Si damos mucho es malo, si damos poco es malísimo. Es difícil el justo equilibrio, sobre todo cuando es el hombre que, cansado de tanta modernidad, reclama volver a cierto acomodo conservador. En cierta forma, estamos cansados, y queremos de nuevo volver a ciertas raíces y costumbres. Sí, admitámoslo. El hombre posmoderno desea casarse, y tener una familia, y un hogar. Está enervado de ser el títere maniqueo de los experimentos sociales y modernos. Queremos ser como antes, y hacer que nuestras mujeres se sientan únicas… Pero ahora lanzo la pregunta al aire, y por favor, participad ardientemente: ¿cómo deseáis vosotras al hombre-hombre? Necesitamos, suplicamos respuestas…

 

Hablábamos de la corrupción a todos los niveles con un alto representante del Banco Mundial de visita familiar por Madrid. Resulta curioso observar como la corrupción en los países con menos tradición democrática salpica a todos los estamentos sociales. Sin embargo, en los países con mayor tradición democrática, la corrupción sólo aparece en los altos estamentos. Es Wall Street quién dirige a Washington, y no al revés, en pocas palabras. Tratábamos estos temas en San Ginés, una de las chocolaterías más tradicionales de Madrid, y luego en casa, mientras veíamos la hipocresía de las Naciones Unidas a la hora de referirse a la situación Libia. Mientras el loco dictador Gadafi se ceba con la población civil, el Consejo de Seguridad de la ONU se limita a decir, tras más de diez horas de negociación, que Gadafi no podrá viajar al extranjero y además, se le congelarán sus fondos. Bendita lluvia de declaraciones hipócritas. Menos mal que ante la indecencia de todo lo que está pasando, además, le han declarado, por si acaso, criminal ante la opinión internacional. Bendita también la opinión internacional que tan alejada se encuentra de la realidad. Y la realidad es que ya no se sabe cuantas personas han sido eliminadas en Libia y cuantos se han visto obligados a refugiarse en otros países. No deja de ser paradójico que el declarado “Líder y Guía de la Revolución” Libia sufra una revolución en el seno de su país. No deja de ser paradójico que Estados Unidos se alíe con los revolucionarios árabes. ¿Dije Estados Unidos? Perdón, quise decir Wall Street… Y la ONU, pues que siga con su burocracia dando palmaditas a unos y otros. Nauseabundo.

A veces la realidad supera la ficción, y cuando eso ocurre, es mejor callarla, mantenerla de forma discreta, inclusive secreta si se trata de algo que supera lo cotidiano en exceso. He conocido a lo largo de la vida a gente extraordinaria, diría que excepcional. Callaban más que hablaban porque su condición no necesitaba comas, ni paréntesis, ni interrogantes. Veían la vida con cierta distancia, a pesar de que la sentían con la mayor de las intensidades. Y callaban entendiendo que el poder del silencio es mucho mayor que el de la palabra. La palabra es creadora, construye, el verbo posiciona la construcción, pero todo nace del silencio, por eso el silencio es más poderoso.

Y por eso el mundo a veces aborrece a los que hablan mucho y no hacen nada, a los que pretenden gatear en la escala de la vida a base de cumplidos, de promesas, de fantasías. Hay gente que no necesita nada de eso. Su propio carisma, su poder interior, les permite atravesar cualquier barrera y situarse justamente allí donde más se necesita. ¿Para qué contar más? Mejor el silencio, y como decía León Felipe, no me contéis más cuentos…

“Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto:

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,

pero me han dormido con todos los cuentos…

y sé todos los cuentos”.

Lucas 9

“No llevéis para el camino ni bastón ni alforjas,
ni dinero, ni tengáis dos túnicas…”
Lucas 9

El microbús estaba lleno de personalidades. Ocupé las plazas de atrás y me sentí cómodo en los asientos de cuero negro. El conde de M. hablaba de unas tierras y de lo difícil que resulta ser un aristócrata hoy día, el alcalde de B. refinaba su diálogo y el gran jefe contaba anécdotas sobre el cabeza de un lobby de poder en Washington con el que cenó hace unas noches. Los tres catedráticos recitaban versos de Schiller en alemán mientras que uno de ellos hablaba de su último trabajo sobre Roso de Luna. J. me incitaba a volver a volar mientras soñábamos con aviones y vuelos. Hay tantos universos como seres humanos soñando…

Llegamos al monasterio y nos recibió uno de los monjes benedictinos. En la entrada coincidimos con Pilar Rahola. La saludé y le recordé los viejos tiempos. Aún recordaba al chico de la “silla azul”. Como pasa el tiempo. En la reunión se sugirió como nuevo compañero al aspirante a premio Nobel. Lo veremos en la próxima reunión en Madrid. Así, la élite bondadosa, los constructores del adytum, terminaron una jornada en la que se expuso las intenciones y el nivel del ser que atrae nuestras vidas. Todo fue tranquilo, equilibrado y de un gran nivel intelectual. Me sentí un peregrino del espíritu que observaba curioso y silencioso todo el cúmulo de anécdotas y saberes.

Ayer J. me escribió preocupado por lo que está pasando en Irán. Quizás Estados Unidos e Israel estén preparando ya una nueva guerra. No me extrañó esta noticia. Las dos mayores industrias del mundo son las de armamento y las farmacéuticas. Así que seguramente en algún oscuro despacho se esté buscando nuevos clientes para dar salida a armas y medicamentos. Y nada mejor para esto que una nueva guerra o una nueva gripe. Dicho así parece escalofriante. Pero lo más escalofriante es que nadie denuncia todo esto. Nadie advierte de los peligros de tener industrias de guerra, fábricas donde se fabrican armas de destrucción masiva, lugares donde la tecnología tiene que ver con como matar a seres humanos. Y esas fábricas necesitan cash flow y balances financieros que sólo pueden existir si hay guerras. Así que, aviso para navegantes: un nuevo conflicto se está tejiendo en alguna parte del planeta.

Hay economías sumergidas que no me parecen legítimas, sobre todo las de las grandes empresas y organizaciones que tienen una caja B, C y D y defraudan con ello impuestos importantes. Necesitamos esos impuestos, queridas grandes empresas, para pagar el ejército, las autopistas de peaje, los radares, la buena vida de la casta política, los burócratas y el Aparato del Sistema, ah!, y que no se olvide, también para pagar algún hospital que otro, la justicia, los colegios y las pensiones.

Hay sin embargo otras economías informales que no me parecen tan atroces. Sobre todo aquellas que tienen que ver con la supervivencia pura y dura. Esos padres de familia que tienen que trabajar a destajo, como sea y donde sea para poder llegar a fin de mes. Esos vagabundos del sistema que hacen alguna chapuz, como diría aquel, para llevarse algo a la boca. Ese africano emigrado que vende pañuelos de papel en las esquinas de nuestras ciudades y no paga impuestos, ni nos hace facturas al comprar el pañuelo. En fin, hay economías sumergidas y economías sumergidas. Las de cuello blanco no deberían ser peores o mejores que aquellas que ni siquiera tienen cuello.

Ayer estaba leyendo el libro de Pedro García titulado “El educador mercenario”, de la editorial amiga Brulot. Sus tesis atacan directamente al sistema educativo negándolo e invalidando sus programas. Soy una muestra viva del fracaso escolar, o mejor dicho, del fracaso del sistema escolar. Siempre fui un muy mal estudiante. En aquello que antes se llamaba Educación General Básica no daba pie con bola. Recuerdo que una vez vino a mi colegio un ejército de psicólogos para hacer un estudio exhaustivo. Pidieron que se eligiera al mejor estudiante de todo el colegio y al peor. Como mejor estudiante eligieron a Olga, una niña muy educada y hermosa que aún recuerdo. Como peor estudiante me eligieron a mí. Al terminar las pruebas que duraron meses y sacar la tabla de actitudes y aptitudes de cada uno, resulta que mis resultados fueron los mejores, dando en algunos valores aquello que por aquel entonces llamaban “inteligencia superior”. Fue un escándalo notorio. ¿Cómo aquel niño vago, perezoso y que no daba pie con bola podría tener una inteligencia superior y además dar como “superdotado” en los test psicológicos? Como por aquel entonces era muy niño no entendía nada de lo que hablaban, ni tampoco nada de sus enfados. Desde aquel día no cambió absolutamente nada. Me seguían tratando igual, seguía embobado con las musarañas, bostezando en las clases y siempre con problemas de adaptación y atención. Al terminar la EGB, sin haber recibido ningún tipo de estimulación extra, seguía siendo el peor estudiante. Recuerdo que la orientadora del instituto aconsejó a maestros y padres que estudiara formación profesional. Así lo hice sin mucho éxito. Recuerdo que por las mañanas me escapaba al instituto de al lado para ser oyente en las clases de BUP, ya que mi sueño era estudiar filosofía y eso era algo que no podía hacer desde la FP. Pasé allí siete años de mi vida de los cuales no recuerdo absolutamente nada. Nada aprendí sobre balances, ni sobre tratos comerciales, ni sobre albaranes o facturas. Un auténtico fracaso. Siete años absolutamente inútiles de los que no he podido aprovechar nada. No había motivación, y por lo tanto, no había aprendizaje. Algo ocurrió, sin embargo, en mi primer año de universidad. Como no había estudiado nada en la EGB ni en la FP, no sabía ni siquiera hacer un comentario de texto. El primer año en la universidad fue un auténtico fracaso. No aprobé ninguna asignatura en un sistema que primaba la memoria y no la crítica o la deducción o la imaginación o… Gracias a la buena voluntad de un profesor que me aprobó una asignatura para evitar que me echaran de la universidad, pude seguir estudiando. Y seguí hasta que comprendí que la motivación tendría que salir de mí mismo si quería llegar a alguna parte. Y así aprobé mi primera carrera universitaria con cierto éxito, la segunda con mejor éxito y pude entrar gracias a mis expedientes en los programas de doctorado. He querido relatar esta historia personal para alabar las tesis de Pedro García. El sistema educacional es un auténtico fracaso. No nos hace más libres, sino que nos adoctrina y nos alinea en un sistema perverso donde la competitividad está por encima de la colaboración o el apoyo mutuo, donde la memoria es la reina de todos los saberes en contra de la espontánea imaginación o el cultivo de nuestras propias capacidades. Realmente, con mi propia experiencia, no puedo creer en el sistema educativo actual, a pesar de que una de mis vocaciones es la de ser profesor, o quizás, aún mejor, como Pedro García, un antieducador, que es lo que siempre he sido cada vez que he dado alguna clase en el instituto o en la universidad. Un antieducador que enseña a sus alumnos a ser independientes y libres, a pensar por ellos mismos y a ser críticos con la realidad. Por eso creo en la desobediencia educacional. Si tuviera hijos, me encantaría poder educarlos en un entorno totalmente diferente. Me seducen las escuelas Waldorf por su pedagogía totalmente diferente, o incluso, me seduce esa pedagogía que nace en casa, en el hogar, fuera de las aulas. Esa pedagogía insumisa que pretende educar a los hijos, hasta cierta edad, en casa, y no en las escuelas, proveyendo al niño de un ambiente no competitivo sino cooperador, altruista y generoso. Quiero niños que piensen, no quiero niños que respondan como autómatas o loritos a entornos vacíos de contenido y motivación… El arte de hacer pensar tendría que ser una asignatura no solo para los niños, sino también para sus educadores. El arte de inculcar nuevos valores de libertad y fraternidad, de igualdad y solidaridad tendría que ser asignaturas obligadas.

Resulta difícil valorar qué es lo más correcto en situaciones límite. El Estado del Bienestar tiene sus propias contradicciones y a veces, resulta que también es partícipe en ser creador de escasez, sobre todo en tiempos como los que vivimos. Las fórmulas keynesianas no son perfectas, se ha demostrado que el modelo de protección social sufre una crisis postmoderna que supone un reto importante. Si no existen políticas sociales adecuadas a cada tiempo, la democracia carece de sentido argumental. La redistribución de la riqueza debe atender a las necesidades de los ciudadanos para que además, estos se sientan solidarios con los demás y responsables con sus prójimos. Pero, ¿qué ocurre cuando fallan los mecanismos de solidaridad? Existen sectores muy privilegiados que no atienden a los problemas de la cada vez mayor clase desfavorecida. Su egoísmo social pasa por la ignorancia de esos problemas. Cuando el Estado, que es el regulador de los principios de solidaridad y bienes social, no solo falla sino que se convierte en un depredador para asegurar su propia supervivencia, la sociedad afectada, la sociedad civil, se convierte en un caldo de cultivo para que la desobediencia empiece a desarrollarse e incluso a organizarse. Es entonces cuando las teorías de anarquistas como Thoreau empiezan a tomar forma. Negarse a cooperar con un Sistema injusto son los principios básicos de estas ideas. Y así, como algún día dijo Martin Luther King releyendo la obra de Thoreau, “quedé convencido de que la no cooperación con el mal es una obligación moral en la misma medida que lo es la cooperación con el bien. Somos los herederos de un legado de protesta creativa”. La acción trituradora del Aparato, del Sistema, no se detiene. Necesita sobrevivir para poder alimentar a sus zánganos. Y mientras esto ocurre, una guerra oculta nace de entre esos cuatro millones de parados que ven como el Estado del Bienestar los abandonan a la mínima de cambio. Sin trabajo, pronto sin casa por no poder pagar la hipoteca, sin esperanza y sin futuro, será inevitable que la sociedad civil se organice. Y así, su desobediencia no sólo será legítima, sino que además aconsejable para que el cambio hacia algo mejor se consuma de una vez.

Qué rancio e hipócrita parece todo. No me imagino a los parlamentarios catalanes haciendo alarde de compasión hacia el reino animal. No me los imagino, de repente, volverse vegetarianos porque piensan que es cruel comerse a los hijos recién nacidos de los toros y de las vacas. No me imagino una ley que suprima los mataderos en Cataluña, que prohíba la caza y la pesca y que multe a todo aquel que ose matar a un animal para colgarse, día más tarde, sus pieles recién arrancadas. Patético escenario el de nuestra piel de toro. No amigos, no se ha suprimido la tauromaquia, ni la sangre en el ruedo. Se ha suprimido un símbolo, una fiesta rancia y apestosa que llaman nacional, y que huele, en exceso, a españolismo. Eso es lo que han suprimido los hipócritas catalanes. La fiesta nacional, la fiesta española. Aún así, bien hecho, aunque los motivos sean obviamente no a favor de los animales sino a favor de la animalidad nacionalista. Por cierto, ¿qué harán con los correbous? Lo que sí que han hecho los animales políticos catalanes es, tras la votación, comerse una ternera vuelta y vuelta, para celebrar tan importante día. Qué animalada… Cuanta hipocresía…

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