Hay farsantes que se dedican a eliminar la luz de la vida de los hombres. El reino de la oscuridad, el reino de la ignorancia y la miopía donde todos hemos vivido anclados en estos últimos años parece tener los días contados. Y digo parece porque de nuevo los datos vuelven a ser alarmantes. La sociedad privada sigue asfixiada por las deudas. La sociedad pública también, y las fórmulas magistrales para salir de la crisis siguen siendo las mismas antagónicas de siempre: estimular el consumo privado a costa de la austeridad pública, cosa imposible porque lo segundo va intrínsicamente ligado a lo primero. Si no hay inversión pública no se crean puestos de trabajo y por lo tanto no se estimula el consumo. Y de nuevo la errante y caduca fórmula del crecimiento: hay que crecer a toda costa, olvidando las leyes naturales en las que los organismos no crecen eternamente, sino que, además de menguar su capacidad vital, inevitablemente mueren. ¿Estamos pues ante la muerte inevitable de un sistema, de una organización social que ya no sirve y tiene sus días contados?
El imperio de las ideas parece inservible. La luz de la verdad parece ajena al mundo en el que vivimos. El Señor del Mundo tiembla ante lo que se avecina, asustado y temeroso de perder su reinado. Los mercados están agotados, la sangre-dinero no circula. La asfixia se generaliza y el moribundo reclama un buen entierro. El contrato social se rompe en cuanto los gobiernos amenazan la integridad física de los individuos, como está pasando en los países árabes y quizás pronto en los países Occidentales. Los ciudadanos, sin casa y sin trabajo, se ven obligados a salir a la calle y reclamar un cambio. ¿Pero qué cambio es posible cuando los gobiernos del mundo se ven incapacitados para buscar soluciones? Deuda, tipos de interés, mercado, inflación y oscuridad. ¿Cómo salir de este atolladero?
Sólo sería posible con un reset colectivo. Con un stop global donde pudiera redefinirse un nuevo modelo, una nueva forma de organización. Esto solo sería posible garantizando dos cosas básicas a los individuos: trabajo y vivienda. Pero, ¿cómo es esto posible cuando las viviendas están en manos de los bancos y el trabajo en manos de las empresas que además dependen de los créditos de los bancos para seguir su actividad? Da escalofríos pensar que nuestras vidas están hipotecadas hasta tal punto que lo único que nos queda sea seguir pagando deuda de por vida o renunciar a todo y volver a empezar en otro tipo de organización social. Si el trabajo y la vivienda en último término está en manos de los bancos, el Señor del Mundo tiene un problema grave.
Hay evidencias claras de que el modelo ha fracasado y está agotado. Si Occidente deja de consumir, los países emergentes como India y China dejarán de producir y por lo tanto dejarán de comprar deuda a los países consumidores. Así se cerrará el círculo vicioso y la crisis será global en pocos años. Una nueva catástrofe como la de Japón podría sumir al mundo en al menos dos décadas más de tinieblas. Eso supondría tres generaciones perdidas sin capacidad de reacción ante los retos del futuro. Pero no hay retos del futuro si no hay futuro…
Así que toca vencer al Señor del Mundo, derrotarlo y volver a empezar… Cada uno con su responsabilidad individual y colectiva… Cada uno apostando valientemente por una vida singular, diferente, única y auténtica… Toca mirar de frente al Señor del Mundo para llenarlo de luz… y que la oscuridad de la ignorancia sea arrojada para siempre de este planeta…





















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