Cosas del día a día

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Tras desayunar, me dejé llevar por la llamada de la vida. Terminé a media tarde en Madrid. Un viaje rápido, directo, clarificador. Diría que liberador. El corazón a veces te lleva a lugares donde la mente racional no puede continuar, donde la lógica no puede seguir. Abandonado a lo irracional, puedes llegar a cuotas lejanas de trascendencia, de realidad, de vida. Pasé la noche abrazado con fuerza al infortunio, pero deseoso de creer en la esperanza que nos hace humanos y capaces.

Al día siguiente, un hermoso paseo por la sierra norte de Madrid, contemplando el juego de colores y temperaturas que este invierno extraña a todos. A las pocas horas, estábamos sentados en el Plantío para celebrar la meditación del plenilunio de Capricornio. La gran fiesta, la reunión con el grupo subjetivo, con los amigos del alma, con el júbilo de compartir y dejar penetrar la luz. Luz, más luz, de nuevo.

Me sentía feliz, plenamente feliz. En paz, radiante, con cierta luz en los ojos, con cierto brillo en la mirada. El alma respondiendo de nuevo a la llamada. Y de repente, esa voz que te dice: “todo está bien”. Así lo sentía, así lo expresaba en total libertad. En el centro permanezco, desde donde surge el alma, trabajando, sirviendo, derramando por todas partes vida, desde el centro del corazón al mundo.

Noche de paz, noche de luz, noche de amor, dice la tradición. Noche de familia, de compartir, de regalar momentos, de festejar un acto que refleja la voluntad de muchos de proteger el bien, de sentir la mágica presencia de la esperanza, de soñar con un mundo mejor, con un mundo más humano, más angélico, más lleno de Gracia.

Feliz Navidad a todos, que la Luz nazca en la cueva de vuestros corazones, que caliente y aliente al amor y conduzca a la paz personal y universal.

Un pensamiento y un abrazo muy especial a los que hoy están, estáis solos. Especialmente para esa vieja amiga que me pidió que hoy la recordara y lo hago con mucha ternura y amor a pesar de tener al Atlántico que nos separa, pero al cielo que nos une.

Dejemos que el “Niño” nazca en nosotros y que la bella tradición nos salpique de confianza, Alegría y entusiasmo.

Hoy era un día para estar trabajando en el jardín, en manga corta ya casi en diciembre gracias al solecito y a los más de quince grados que nos acompañan estos días. He aprovechado el día también para hacer de peluquero con el perro “Rastra”… Es tan bueno que ni se ha movido. Da gusto tener amigos así. He limpiado un poco el desordenado sótano, los jardines y el comedor. He comprado pintura y quizás dedique algunas horas a retocar algunas paredes y techos.

Me apetecía un poco de actividad física después del susto que nos llevamos ayer. Iba con dos amigas a pasar una tarde agradable en Córdoba. De repente, en una rotonda, un camión empezó a dar marcha atrás arrastrando varios metros nuestro coche. El susto del accidente no fue nada en comparación con la actitud del conductor del gran camión, que bajó como un energúmeno y casi se lía a tortazos con nosotros, cuando había sido él el que había provocado el accidente. En fin… anécdotas para el recuerdo.

Por lo demás parece todo tranquilo. Intentando trabajar más de quince horas al día para que la campaña de Navidad sea más exitosa que estas duras semanas donde la actividad económica ha sido prácticamente nula. Supongo que todos están ahorrando lo que pueden para pasar unas Navidades lo más dignas posible. La vida sigue con sus cosas…

Sólo podemos alcanzar el éxito cuando somos capaces de elevar nuestros pensamientos. Ayer, en la meditación de la luna llena de escorpión que celebramos en el Plantío, se expresaba de forma parecida: “Guerrero soy y de la batalla emerjo triunfante”. Así se expresaba el pensamiento simiente de este mes y así lo expresé, tras dos horas de conversación telefónica, el día anterior. Hay que luchar por lo que queremos. Ese es el verdadero camino triunfante, el verdadero camino del éxito. No podemos quedarnos impasibles, inmóviles esperando a que la vida resuelva todos nuestros asuntos. Debemos elevar nuestros pensamientos por encima de todo aquello que nos perturba y saber apreciar qué es lo que realmente deseamos. La meditación que ayer practicamos tiene como objetivo reafirmar nuestro propio propósito en la vida, ser conscientes del Propósito Universal y fortalecer nuestra visión para alcanzar nuestras metas.

Es cierto que hay cosas que puedes abrazar con fuerte deseo y sentir como todo fluye de forma mágica. Pero eso solo es un regalo para recordarnos que tras la dádiva viene la lucha. Porque la vida siempre ha sido lucha y batalla. Incluso en el camino espiritual se habla constantemente del camino del guerrero. Debemos luchar por lo que queremos, por lo que deseamos ardientemente. Si no se lucha, si no le prestamos la mínima atención, las cosas se pierden por el camino.

Hoy es día once… del once… del once… Una fecha oportuna para interrogarnos sobre la vida… sobre la batalla, sobre la lucha… La importancia de estar alertas sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor tiene mucho que ver con esa vigilancia constante del guerrero…

(La ilustración ha sido creada por Diane Harvey en Sedona, Arizona, especialmente para esta meditación de plenilunio).

Cuando llegué la última vez de mi viaje a Madrid Luna estaba en la puerta esperando. No sé como había llegado pero desde el primer momento hubo una conexión hermosa con esa perra. De corazón noble, cariñosa y amable, venía todos los días para saludarme. La dejaba entrar en casa, estaba un rato a mi lado curioseando cada rincón de este lugar y luego se marchaba… Desde hacía unos días, sus visitas venían acompañadas de unos amigos al que bautizamos con el nombre de Rastra y Gorila.

Las dos perras eran todo corazón. Saltan de alegría cuando me ven, me siguen en los paseos por el monte, me acompañan a todas partes y se quedan a dormir, como hicieron ayer, vigilando la puerta de entrada y esperando mi salida… El perro Gorila, el cual bauticé así porque soñé con un gorila y me recordó a él, es orgulloso y obstinado. Al principio nos acompañaba en los paseos pero siempre desde la distancia, celoso por descubrir que había un nuevo macho alfa entre tanta perrita. Me era imposible tocarlo, y siempre que lo hacía se alejaba ladrando o gruñendo. Pero el paseo de ayer fue diferente. Soy muy obstinado y me gusta luchar por lo que quiero, por lo que deseo. Así que hice un ejercicio de paciencia en el paseo hasta conseguir que el perro no ladrara, y hasta que el espacio de seguridad fue amortiguándose y reduciendo. Me iba acercando cada vez más, hasta que cuando llegamos a casa, y galleta en mano, pude atraer su atención… Cuando le di la galleta, el perro terminó por convencerse de que no deseaba competir con él, sino que mi intención no era otra que la de hacerme su amigo. Y fue así como, tras un rato de miradas cariñosas, de repente se abalanzó hacia mí para lamerme y jugar como uno más.

La experiencia me entusiasmó, y descubrí como el orgullo puede impedir que las relaciones de amistad, las relaciones amorosas, nos alejen de lo realmente importante. Y ayer, mientras jugábamos los cuatro en el jardín, descubríamos que lo único importante eran esas caricias, esos abrazos perrunos y esos lametones a diestro y siniestro. El compartir ese buen rato tuvo su premio en el corazón, más allá de los roles o el estatus que el perro Gorila reclamaba desde el orgullo para sí. Cuando la barrera de la inseguridad desapareció, el amor perruno brotó como un manantial. Una experiencia muy hermosa que me recordó la que días antes tuve con el ratoncito de campo…

(Foto: Luna es la perrita negra, encantadora y amable, dulce y fiel, obediente y respetuosa con todo. Rastra es preciosa, y tiene las mismas virtudes que su amiga Luna, pero además tiene una mirada increíble. Gorila es el perro blanco, pequeño, gruñón, pero ahora amable y por fin cariñoso. El milagro de las galletas… )

Me escribe J. desde India, desde mi querida Mount Abu, aquel lugar donde alguna vez fui a meditar y desde donde él me relata sus impresiones inmediatas, cercanas y profundas al mismo tiempo. De alguna forma, el espíritu de Mount Abu se ha instalado en esta otra Montaña, porque las mismas personas que van allí a meditar vienen a hacer retiros aquí en mi casa. No deja de ser paradójico que esta casa se haya convertido para ellos en otra pequeña Mount Abu.

Y leía las impresiones de J. sobre el ver la grandeza en las pequeñas cosas, en los árboles, en los pájaros, en las nubes… Así que inspirado por sus palabras salí al jardín y empecé a respirar el aire otoñal bañado por un sol que a esas horas radiaba con fuerza. En ese instante pasó algo hermoso, muy hermoso, que relataba con estas palabras a J.:

“Esta tarde salía a disfrutar del jardín… Me encanta abrazar a los árboles y acariciar la hierba… De repente, mientras observaba las bellotas caídas y el musgo que empezaba a cubrir la tierra, ha salido un ratoncito que poco a poco se ha acercado sin temor y con curiosidad hasta donde yo estaba. Me ha olido las piernas y ha seguido hasta un rinconcito… Ahí ha quedado inmóvil, esperando. Me he acercado a él y hemos estado jugando un rato con un palo hasta que se ha marchado… Ha sido una experiencia increíble… Ha sido ver la gloria alrededor”…

Y esa gloria llegaba esta mañana tras tomar la quinta esencia del natrum muriaticum y más tarde la fuerza del lycopodium clavatum. Ha sido revelador ver como todo se conjuga de forma mágica, y como la alquimia interior va transformando la oscuridad, en luz. Una luz cálida, familiar, hermosa. Una luz capaz de transformarte con tan solo una llamada sigilosa, dulce y amable. Me siento afortunado por disfrutar de la Gloria alrededor tal y como expresaba J. desde la India. Me siento inmensamente feliz por comprobar que lo milagroso puede transformarnos y hacernos sencillos, afables y benévolos.

Hay personas que son capaces de sacarte la parte más oscura de cada uno. Esos son nuestros maestros porque nos ponen de frente al otro lado. Pero también hay personas capaces de sacar la luz más maravillosa que jamás hallamos podido contemplar. Esos son nuestros verdaderos guías, nuestros verdaderos compañeros de viaje. Así que gracias a los que hoy habéis colaborado en encender la Gloria alrededor…

Ando escuchando el doble concierto para violín en Re menor, el segundo movimiento, largo, de Bach, que dicho así es como decir mirad que chico más culto que escucha cosas raras de los clásicos. Pero nada de cultura, solo recordando viejos tiempos… Porque los nuevos se presentan tremendos…

Estoy algo contento porque en un arrebato de conversación con una amiga madrileña he ido al sótano, he rescatado una vieja pecera que traje llena de peces de Barcelona, la he limpiado, la he llenado de agua, he ido al pueblo de al lado, he comprado diez lindos pecesitos que ahora nadan contentos comiendo migas de pan de Portugal que trajo ayer el amigo Manuel. Qué cosas más raras… De nuevo peces en mi vida…

En Barcelona tenía esta pecera grande que con el tiempo se quedó pequeña porque los peces crecieron tanto que tuvimos que hacerles en el jardín un bonito estanque que compartían con ranas y tortugas. Quizás cuando estos empiecen a crecer me motiven para terminar el gran estanque que empecé a construir en este nuevo jardín y que aún sigue esperando cierta paz y tranquilidad interior para seguir y terminar la obra.

Ahora que los peces ya están aquí, me pregunto porqué ese arrebato. ¿Quizás una excusa para dejar de viajar tanto? ¿Para anclarme definitivamente a este lugar? ¿Para pasarme horas contemplando sus vidas minúsculas y debatirme entre la grandeza de la existencia? No lo sé… pero el arrebato ha sido bien extraño…

Vivimos en una especie de círculo vicioso donde los círculos se repiten. Estoy atento a los mismos desde hace algún tiempo y me encanta romperlos cuando veo que se están repitiendo. Repasando lo que hacía por estas fechas el año pasado veo que estoy siguiendo los mismos patrones que hace un año. Exactamente las mismas cosas, las mismas emociones, el mismo círculo. Es curioso…

Al ver la repetición, hace un par de días rompí una lanza para no caer en el mismo error. Lo hablaba el otro día con una amiga. Ella lo llama las pruebas del camino. Pues quizás sean pruebas que se repiten una y otra vez hasta que aprendemos, hasta que las superamos.

No deja de ser curioso como pueden cambiar nuestras vidas si tomas una u otra decisión. Hace dos días tomé una con fuerza y sentí cierto alivio, cierta paz interior. Fue la señal, inequívoca, de que hice bien. Ese suspiro interior, ese consuelo balsámico era la señal. Ahora me espera un fin de semana que promete ser duro en lo interior… Si todo sale como en el sueño que he tenido esta noche será maravilloso. Si se trunca por las cosas de la vida, pues entonces habrá que mirar al destino de frente y afrontar las cosas que pasan… De nuevo aceptación…

El caso es que hoy entramos en el otoño, en mi querido y esperado equinoccio. Siempre ocurren cosas bellas e increíbles. El equinoccio pasado, tras un duro verano, fue maravilloso. Ojalá este sea aún mejor…

(Foto: Ayer paseando por Córdoba. Atravesando puertas…)

Hoy es uno de esos días raros en los que empiezas a mirar el mapa con un deseo terrible no de huir de las responsabilidades, pero sí correr hacia la aventura del viaje por el mundo inabarcable… Quizás porque sea viernes o porque el orbe se ha parado o porque la gente ha desaparecido o porque el silencio se vuelca de forma intensa entre los recovecos de las rocas durmientes al borde del camino o… El caso es que me han invitado ir a Londres y la tentación ha sido grande… y llevo toda la tarde debatiéndome si ir o no ir… cosa que antes ni me lo pensaba, a favor o en contra, pero había certeza. Ahora hay duda, y donde hay duda hay vida…

La mañana ya empezó extraña. De esas en las que te levantas y de repente te sorprendes abrazado intensamente a la almohada intentando rescatar los recuerdos del sueño plácido… una almohada… Vaya… y lo otro, un sueño… vaya, vaya… con lo breve que es la vida… y abrazado a una almohada… Prometía a unos y a otros lo de esperar seis meses pero si sigo teniendo almohadas y sueños así, no sé si ese tiempo será prudencial o innecesario. Por un lado nace ese deseo de tener cierta paz interior y por otro, los interminables estímulos de la vida que no entiende de quietud. Por si acaso, le decía hoy a un amigo que abrazara intensamente a su pareja y le susurrara al oído ese “te quiero cariño”, que luego nunca se sabe cuanto tiempo tienes que estar arropado a la almohada.

En fin, como decía, un día extraño con casi 33 grados a la sombra y con unas mariposas aquí dentro que de nuevo quieren clamar algo… Veremos…

La mañana había transcurrido con mucho ajetreo debido a que Julia y yo debíamos bregar con las correcciones de más de cien poetas para un poemario muy especial que estamos preparando. Cien poetas que nos escribían ilusionados por el librito que pronto verá la luz (Poetas del 15M) y que ha supuesto un trabajo ingente. Y esos cien autores se entremezclaban con la visita inesperada de docenas de pájaros de todas clases que de repente hicieron parada en el jardín. Estaba acostumbrado a las golondrinas, las cuales entran en casa por una ventana y salen por la otra como si estuvieran en campo abierto. Pero la visita mañanera me sorprendió por lo inusual. Así que el día, todo el día, transcurrió a caballo entre poesía, poetas y aves del cielo. No está mal. Horas agradables con una temperatura agradable.

Por la noche vino a visitarme R., un autor novel y amigo. Me contaba lo feliz que estaba por la experiencia de haber editado su primer libro. Hablábamos de la angustia de los autores noveles, de su intenso deseo de editar su obrita y de lo afanoso que resulta, una vez cumplido ese sueño, seguir la senda de la escritura. Se llevó de casa uno de los primeros ejemplares de “Ama hasta que te duela”, cosa que me hizo ilusión, ya que el vivió en primera persona, cuando yo andaba por Alemania, ese amor doloroso.

Ayer, que empezó de nuevo a despertar la llamada de la aventura y a dibujar en el mapa lugares posibles para visitar, viajé de un lado a otro explorando con la imaginación aquellos sitios donde ir. Curiosamente el libro de R. está ambientado en la verde Irlanda, en la ciudad de Malahide, en el condado de Fingal. Allí transcurren los hechos de su historia, un lugar que no conozco y que quizás visite próximamente. También tenía programado, por temas de tesis, un viaje al sur dela Indiapara terminar de perfilar algunos flecos antropológicos. Veremos a ver si las circunstancias presentes y futuras lo permiten ya que se presenta un año muy movido en muchos aspectos.

Y bien, la buena noticia es que como ya sabéis “Ama hasta que te duela” ya está en casa… Ahora empieza un nuevo reto, porque este libro será una especie de transición en mi vida literaria. Una especie de puerta abierta para que Alexandra crezca en mis adentros y siga produciendo momentos únicos y misteriosos. Y digo misteriosos porque no hay vida sin misterio, y el misterio es un subproducto del amor, porque sólo amamos lo que encierra un secreto, solo amamos lo que nos hace sufrir por alcanzar la puerta de todo misterio, como nos recuerda el Tao. Por eso no hay amor sin dolor y no hay amor sin misterio. Por eso, ama hasta que te duela… produciendo momentos en los que la gestión del misterio pasará inevitablemente por comprender la síntesis del amando…

(Foto: cuando entras en mi casa, lo primero que ves justamente en frente es una reproducción de  ”El Hombre de Vitruvio”, de Leonardo Da Vinci).

Acostumbrado al incesante bullicio de Madrid, se me hace insólito este silencio. Silencio que por otro lado me es familiar, porque lo excepcional era Madrid, y el que yo estuviera allí. Extraño las risas del niño, sus conversaciones metafísicas, sus afirmaciones categóricas sobre la vida y la existencia. Por suerte para él y su desarrollo ahora tiene un sustituto, y eso hará sus tardes más livianas. Al menos las primeras, porque ya sabemos como son los niños con los juguetes nuevos.

Los recuerdos son inevitables, sobre todo cuando no ha transcurrido mucho tiempo de un ritmo de vida a otro, de un cambio radical a otro. Pero me refugio en cierta complacencia conmigo mismo y en seguir los rastros de aquellos que ahora están lejos, como L. que viajó a Miami o J. que anda con sus hijos por Río de Janeiro. Disfruto con las fotos que me envían y me despiertan de nuevo ese instinto aventurero que últimamente procuro que no me domine hasta no estabilizar un poco todo esto y aceptar el cambio ineludible. En un mes han sido muchas las invitaciones a viajes pero de momento prefiero seguir anclado en este lugar.

Cuando este verano paseaba por las calles de Helsinki intuía que todo esto iba a pasar. Me senté en un banco mientras agitaba una botella de agua con gas muy cerca de la estación de tren. Me preguntaba qué hacía allí, porqué había viajado a un lugar que carecía de sentido. Releyendo las cosas de mi diario en esos días solo percibo dolor y sufrimiento por el despotismo de algunas situaciones, por las injusticias ante el desconocimiento.

Si razonas el pasado puedes sacar intuitivas respuestas sobre el futuro. A veces es posible ordenar causas y efectos con cierta lógica científica. Pero tan acostumbrado a los milagros, a los hechos excepcionales, pensé durante algún tiempo que algo ocurriría, que algo caprichoso cambiaría la lógica. Y efectivamente ocurrió. Para acumular dosis de extrañamiento, lo que ocurrió realmente es que no ocurrió nada. Llana y simplemente nada. Y quizás eso fuera lo extraordinario, lo que perturbó la rareza de otras acciones. Quizás me hallaba ante una situación seca, ridícula, superficialmente triste y excepcional en mi vida. Quizás esa gran certeza de que debemos desconfiar de lo que se desea se puso de manifiesto en esos días. Por eso sólo podemos confiar en el silencio. Allí donde la calma parece querer decirnos algo desde lo más profundo, desde lo más angosto y apartado de nuestro ser. Y ahora, lejos de Madrid hay mucho silencio. Hoy especialmente un exceso del mismo. Y por eso es más fácil escuchar las vocecillas interiores que reclaman su dosis de vida y atención.

Esta noche, en la meditación vespertina, ordenaré sus reclamaciones. Quizás entonces se manifieste de nuevo la llama de lo extraordinario, como en la vida de Ouspensky, gran buscador y conocedor de los estados milagrosos. De eso que hace que las vidas pasen de un estado vulgar a otro apasionante, de una idílica normalidad a una ingravidez elusiva. No perderé la ocasión, en la meditación, de buscar los ojos que piden auxilio. Aquellos que deambulan sigilosamente por nuestras vidas a cada instante.

Cuando abro el tragaluz de esta ventana el aire es templado, pero refrescante. Se escucha el murmullo de los mensajes que llegan sin parar, con sus avisos, con sus palabras llenas de cariño, con sus desnudos de alma. Me gusta acariciar la multitud de promesas que se destilan en unos y otros con optimismo y alegría y me escondo en su anonimato para imaginar hermosas historias llenas de sentido.

Si miro un poco más afuera hasta llegar al jardín, veo como la hierba, con las lluvias de estos días, empieza a magullar el entramado de tundra. Detrás, los árboles que suspiran aliviados y las primeras florecillas esmaltadas de mil colores. Las nubes, ahí fuera, dibujan contornos increíbles. Poco antes he quemado algunos maderos y hojarastra y mi ropa aún huele a chimenea.

Echo de menos la Tormenta, pero sigo en el silencio tragando saliva ante la soledad de volverme a reencontrar con mi plenitud dorada, con mi mesa que es mi palacio, con mi silla que es mi trono, con mi jardín cargado de duendes y elfos que son mi reino y mi gente.

Es domingo, son más de las siete y acaricia el espacio unos agradables veintitrés grados. El bosque está tranquilo y el horizonte bulle de hermosura. Mientras trabajo en mi mesa, en mi templo, miro por la ventana las nubes… Me gusta imaginarme colgado a ellas, balanceándome de una a otra mientras a base de saltitos viajo por todo el mundo. Desde arriba veo como los rayos de sol acarician los cortinajes de las ventanas, los tapices de terciopelo, los sillones con sus gentes, los átomos de polvo y los peldaños de las escaleras que separan estancias unas de otras.

A veces me dejo caer por uno de esos rayos y me cuelo en la vida de esas personas. Me siento invisible a su lado, contemplando sus angustias, sus alegrías. Desconozco los paisajes que me rodean, pero al verlos tan vivos me siento como en casa y les hago compañía. Y abrazo a unos y a otros hasta que el rayo me sujeta y me estira hacia arriba, atravesando el tragaluz o las ventanas y volando hacia otra parte. Hay tantos lugares, hay tanta gente a la que abrazar, hay tantos besos inocentes y desnudos que compartir. Y cuando llega la noche, entonces me imagino las estrellas erguidas en su cielo. Enciendo mi luz y viajo hasta ellas intentando vencer la gravedad con esa levedad que la fantasía nos ofrece. Y en el ensueño, empieza una nueva jornada, un nuevo viaje, un nuevo abrazo… Y todo comienza de nuevo, en esa lisa y luminosa otra vida, observando en la oscuridad cuantas almas solitarias existen y cuan necesaria es la compañía que desde las estrellas o los rayos de luz se puede dar de forma generosa, invisible, silenciosa…

Nuestros mejores éxitos siempre son esos demonios que hemos conseguido domar. Y cuando has dominado unos pocos te das cuenta de que lo único que vale en la vida es poner todo el corazón y la consciencia entera en eso que llamamos amor universal. Es cuando ese estado de fe se reconcilia con la razón y surgen cosas maravillosas a cada paso, a cada instante. Maravillosas y milagrosas, porque cada día es un milagro y cada día es una oportunidad única de atravesar con nuestra alma toda esta vida.

Ayer, gracias a la fuerza de una gran amiga, recibimos más de mil trescientas visitas en este humilde blog. No son muchas quizás, pero son mil más de lo habitual, cuando la media roza entre trescientas y cuatrocientas diarias. Así que fue bonito cerrar agosto con ese regalo de amigos venidos de todo el mundo que pasaron por esta humilde casa para dejar su aliento, su poso virtual, su belleza y enigma. Silenciosos y sigilosos.

Y hoy septiembre. Un gran día y un gran mes que determinará las nuevas maravillas para el que se presenta como un año increíble, de crecimiento, de profundas experiencias y vivencias. Un año de seguir compartiendo los misterios de la naturaleza y seguir insistiendo en la urgencia del vivir. Un año para seguir creyendo, con rabia y dolor si hace falta, en el amor incondicional.

Tengo la sensación de estar sumergiéndome en los abismos de este océano, pero ya no como un náufrago, sino como un buceador que explora todo cuanto hay. Septiembre será un mes de grandes prodigios… Y los avatares de la vida estarán ahí para seguir cumpliendo con la promesa de orden dentro del caos. Y en lo invisible, en lo humilde, en lo secreto, seguiremos trabajando por esas pequeñas-grandes cosas que nos hacen humanos. Bienvenidos a septiembre… bienvenidos a un mundo y un tiempo de oportunidad…

Ayer terminé por fin el libro sobre el amor. Ayer por primera vez en casi un mes no me senté a esperar al lado del árbol que sobrevivió a la obra, junto al fósil. Ayer por primera vez sentía que los corazones habían hablado y había que seguir sus designios. Ayer me dejé fluir y de nuevo entró la actividad en mi vida. No caí en la cuenta pero la visita de veinte personas de repente en mi casa me recordó que antes mi vida era así, un reguero de visitas continuas, de gente extraordinaria y maravillosa que venía hasta la Montaña para ver a su loco, a su raro. Y cuando caí en esa cuenta, de repente el teléfono empezó a sonar y los mails empezaron a diluviar. Había terminado el encierro, había terminado el duelo, había terminado el dolor.

Y hoy vendrá desde Sevilla ese gran hombre, J., a pasar un buen rato de compartir. Y mañana vendrán de retiro unas treinta personas a mi casa para espiritualizar aún más este lugar. Meditarán y hablarán de pureza y paz, y eso será bueno para limpiar estas energías y purificar el ambiente. Y el sábado ya he quedado con la hermosa M. en Málaga para que me cuente sus andanzas por Hungría, y con la buena de D. y con Y. a falta de que me confirme por donde andará. De nuevo salgo de la cueva y de nuevo los milagros, como la llamada de C. de esta mañana ofreciéndome energía y valor para seguir luchando. Gracias C… la criatura, tú criatura ya está en camino…

El libro-terapia me ha salvado una vez más del abismo, y ahora toca disfrutar de nuevo del camino… Por eso, ayer, cuando lo subí a la imprenta, fue como cerrar una gran puerta y ver como se abrían cientos, miles de ventanas… Ya no hay pasado, ya no hay futuro, solo presente, solo ese eterno ahora, ese increíble gerundio… Y aquí estaré, de nuevo con ganas de abrazar a la vida…


Esta mañana ha venido a casa una bella adolescente acompañada de unas veinte personas de su misma edad. Tímidamente, me han pedido agua. Les he dado agua y magdalenas. Ella, con sus profundos ojos verdes, me ha preguntado: “¿Esto qué es?” Le he contestado: “una casa”. Ella ha dicho: “Pero es muy rara”. Y sonriendo, le he dicho: “Es que yo soy muy raro”. Se ha sonrojado quizás porque no esperaba esa respuesta. Tampoco yo esperaba esas preguntas. Me hubiera gustado invitarlos a todos a una charla divertida, como en los viejos tiempos, pero me he dado cuenta de que aún sigo enclaustrado en mí mismo, sin pocas ganas de salir al exterior. Momentos antes había estado R. un rato junto a A. Hacía cinco minutos que había terminado por fin el libro “Ama hasta que te duela” y cinco minutos que ya estaba en la imprenta. Realmente un título raro para un libro raro de una persona rara. Rara, raro, raro, como dijo MC en una presentación de un libro delante de un amable y paciente público. Sí, el niño nos ha salido rarito, decían mis padres. Sí, rarito cuando en vez de ir a las discotecas me encerraba en bibliotecas buscando en los libros esa sabiduría que el conocimiento nunca nos da. Me perdí la experiencia de estar ahí fuera, en la discoteca, leyendo del libro de la vida, creciendo en sabiduría vital. A cambio, un cúmulo de teorías sobre la vida y la muerte que nunca me sirvieron excepto para eso, para ser raro, como mi casa, como mi vida, como ese coche que no hace ruido y ese jardín plagado de duendes que esperan el regreso del niño que los creó. Sí, es que soy muy raro… Y ella bella, muy bella, con sus profundos ojos verdes.

Llueve en La Montañay eso me hace feliz. El día gris, ese fresquito que con gusto repele el calor de estos días… Llueve, me revuelvo entre las gotas que caen partidas por el diccionario de la naturaleza. Ese olor a tierra mojada que entra por el ventanal abierto… Esas nubes preñadas de agua…

Y me recuerda la parodia de la vida, donde se abre el telón, se nos arroja a la escena de la vida y tenemos que actuar, que ser sin un guión previo. De repente descubrimos en la seriedad del drama que todo es ficción. Entonces viene la diversión y nos tomamos un descanso existencial, un descanso de nosotros mismos, de la seriedad de la vida, de su dureza y tensión. Eso ocurría hoy mientras la Tormenta volvía, mientras leía entre sus mensajes un aliento fuerte de esperanza…

Esta mañana tenía preparada la mochila cargada de buenos deseos para estar dos semanas merodeando por el Camino… Pero cuando me levanté me di cuenta de que ese viaje iba a ser una huida hacia delante, y que todo lo que soy y siento me iban a acompañar. Así que desistí, con el deseo de terminar pronto los libros que estoy preparando.  Y ahora sigue la parodia, con deseo bello y sublime, a la espera, de nuevo, a que la vida se llene de milagros… Como la lluvia de hoy en La Montaña, como la Tormenta que arrecia todo cuanto soy…

Foto: gotas de lluvia hoy en La Montaña…

Tras unas horas dedicadas al jardín, he subido a una de las terrazas para contemplar de frente la luna llena y la lluvia de estrellas. Tras una pequeña meditación y algunos ejercicios de respiración, me he quedado inmóvil contemplando el increíble paisaje… Ahora estoy escribiendo, medio anestesiado, desde este lugar privilegiado… Es increíble lo que cambia la perspectiva de las cosas cuando, acostumbrados a la visión miope de la vida, de repente tenemos ante nosotros un vasto dominio de paisajes, naturaleza y vida en su máximo esplendor… La luna, pronto las estrellas, los bosques, los ríos, la campiña, las montañas al fondo, los cortijos andaluces blancos y opulentos, los tejados de las casas, la torre de la iglesia albergando las puertas sagradas al universo, el castillo con su historia olvidada… el silencio… Puedo ver con cierto orgullo como el árbol que sobrevivió a la obra ha sobrepasado ya las vistas de la primera terraza, apareciendo, algo tímidas, las primeras ramas sobre el tejado. Y siguiendo la vista hacia el sur puedo imaginar detrás de las montañas el inmenso mar, apenas a doscientos kilómetros de donde me encuentro… Hay tanta vida ahí fuera…

Cuarenta grados a la sombra pero de vez en cuando una agradable brisa acompañan los movimientos de mi mano derecha en el vasto campo de la actividad. En la India lo llaman el karma-kshetra, al cual se llega mediante el kshetra-gñá, es decir, el conocedor del campo, el alma espiritual.

Arriba, abajo, arriba, abajo. Mientras todos duermen su tradicional y necesaria siesta, mi mano prefiere pintar la casa, arreglar grietas, cuidar el jardín. Practicar sin descanso el karma yoga… Resulta ser una buena terapia. Compensa un poco el exceso de actividad mental con el ejercicio físico. Es una forma de que toda esa energía acumulada en la cabeza baje un poco al cuerpo y así se armonicen todos los centros.

Arriba, abajo, arriba, abajo. Hoy habré quitado unas cuantas grietas y habré pintado unas pocas paredes. Así la casa parece más joven. Rejuvenece al mismo tiempo que mi alma también lo hace. Pinto sonrisas en las paredes con la brocha mientras que en el lienzo del alma aparecen sin cesar. Ahora está todo más ordenado, más limpio, más hermoso. Como en las tres columnas de la tradición: Sabiduría, Fuerza y Belleza, las columnas Jónica, Dórica y Corintia.

Antes de empezar me he cortado el pelo casi al cero. Así el sudor del trabajo no se acumula en el cuero cabelludo y chorrea libre de entre los poros. Qué sensación más liberadora. Unión a través de la acción, o como dice el Bhagavad Gita: «Renuncia en Mí todas tus acciones y empeña la batalla libre de esperanza y egoísmo, posada la mente en el Supremo Ser»…

Pues eso… arriba, abajo, arriba, abajo… Mientras pinto, de reojo, con cierta desconfianza, miro lo que ocurre en Inglaterra, y en el mundo y reflexiono sobre ello. Porque como es arriba, es abajo, al igual que cuando la brocha sube y baja en un incesante bailoteo profundo y consciente…

Acaba de marcharse R. tras una hermosa charla aquí en La Montaña… Hoy el día amaneció hermoso, lleno de luz, con música sacra de Mozart que me acompañó de buena mañana. A las siete estaba ya meditando sobre la grandeza del mundo, sobre lo maravilloso de la vida. Hoy tenía ganas de terminar con el auto sabotaje y deseaba volcar mi parte positiva en todo cuanto pasara. Nada más bajar de la tercera planta, ahí donde he instalado el nido para dormir, bajé alegre porque había recibido un mensaje de T. Me sentí tranquilo. Sabía, intuía, que hoy iba a ser un buen día. Los pensamientos negativos hacía días que empezaban a desaparecer. También la rabia acumulada por no entender los procesos de la vida. Hoy me sentía limpio, diferente, me sentía más cerca de mí mismo, más reconciliado conmigo mismo. Más tarde, una bellísima persona me invitaba a viajar por medio mundo con ella. México, Honduras, la India… Me parecía increíble… tentador… especialmente para un antropólogo con ganas de seguir explorando mundos…

R. decía en su conversación que somos seres de luz… Nos alimentamos de plantas que además se alimentan de la luz del sol… ¿Acaso no nos damos cuenta de que hay vida antes de la muerte? Me gustó su racionamiento, tranquilo, maduro, sereno… Venía muy apropiado al estado de ánimo con el que me levanté. Quizás todo tenía que ver con el dulce sueño que tuve esta noche con T. Y luego, cosas de la vida, con su mensaje mañanero. El dolor había hecho su efecto y sabía que era cuestión de tiempo el volver de nuevo al ser, al sentir, al estar preparado para seguir disfrutando de la vida con corazón abierto, con coraje y valentía, con propósito, con generosidad. Me siento fuerte, dispuesto a retomar el trabajo de la vida, su gozo, su alegría…  Tengo ganas de seguir compartiendo todo cuanto tengo, todo cuanto soy… Esa es la mejor forma de sentirnos humanos… Ese será siempre nuestro mayor aprendizaje…

Estaba paseando por los cuatrocientos metros de casa. Subiendo de una planta a otra. Buscando formas de cambiar muebles y analizando cual sería un buen rincón para resituar mi escritorio y emprender desde ahí nuevos sueños, nuevos futuros. Una casa tan grande y sin encontrar aún el lugar idóneo. Buscaba entre los ventanales para tener al menos hermosas vistas mientras escribía y atendía llamadas. Miraba los planos originales del arquitecto para cerciorarme de los metros exactos. Palmo a palmo intentaba buscar el lugar idóneo mientras revisaba las ampliaciones que la casa había sufrido en estos difíciles años. El Aguililla me informaba que una amiga suya quiere abandonar su casa y que si la podía acoger en la mía. Le dije que sin ningún problema siempre que ayudara en las tareas del jardín… Cuatrocientos metros dan para acoger a mucha gente, pensé. Podría tener un jardín magnífico. La amiga X. vendrá a pasar unos días esta semana y M. me invitaba a ir a Galicia de nuevo. Le dije que estaba chungo pero que iría en un par de semanas, cuando recuperara el ánimo. SP me invita a pasear por las volcánicas playas de las Islas Afortunadas… qué tentador si no fuera porque prefiero seguir sus sabios consejos… Luego toqué algo la guitarra y mientras sonaban algunos acordes de repente el cielo se oscureció y apareció un viento huracanado que daba miedo. Subí a las terrazas de la tercera planta y el espectáculo era apocalíptico. Toda la campiña estaba oscurecida, tapiada por un manto de polvareda provocada por el viento. Hacía fotos mientras me daba la sensación de que las casas se movían. No recordaba algo igual por estos lares. Era como si una auténtica tormenta hubiera penetrado este lugar. Y de repente sonó el pitido del móvil. Era un hermoso mensaje conciliador. Me alegró el corazón y sentí que la tormenta estaba aquí, presente, rozando cada palmo de este mundo. Me sentí tranquilo y en paz mientras miraba por la ventana. La vida sigue, la vida es magia.

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