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Siempre he sido muy crítico con las adormileras del espíritu. Aquello que nos mece la cuna, como decía León Felipe, para que posemos nuestros deseos al vaivén del dictamen común. Realmente nos espanta buscarnos a nosotros mismos. Pero lo que más terror nos produce, mucho más que cualquier acto de interiorización y búsqueda es el leve esfuerzo de crearnos a nosotros mismos. Porque cuando llevas cien mil años rodeado de disciplinas interiores, podría ocurrir tal vez que te encontraras, que te descubrieras desnudo frente a frente, sumido en la reserva cosmológica de saberte algo, alguien. Y en ese encuentro desesperante podría nacer la terrible pregunta: ¿Y ahora qué? Y la respuesta aparece clara, fuerte, concisa: ahora hay que crearse.
Pero muchos prefieren la somnolencia del día a día. El automatismo de la vida frecuente. ¿Para qué esforzarnos en mejorarnos? ¿Para qué dejar, por poner un ejemplo absurdo, de beber alcohol o de fumar? ¿Para qué tener un cuerpo limpio, por dentro y por fuera? ¿Para qué vestir con decoro o tener el patio, el de fuera y el de dentro, limpios como paneras? Supongamos que tuviéramos que hacer el ingrato esfuerzo de ser mejores. Eso supone levantarte todas las mañanas con una intención, con un propósito claro que como poco, nos exigirá esfuerzo. Y esfuerzo, ¿para qué? ¿De donde debería surgir la necesidad de ser mejores? ¿Qué clase de personas seríamos si no nos dejáramos arrastrar por el suave canto del mediodía?
Resulta ya pesada la mera supervivencia. El ir al médico cuando nos duele el estómago y además soportar el grito del prójimo, ya sea porque tiene hambre, sueño o está saturado de casi todo. La preñez del placer provoca vómito, náusea. Por eso llenamos nuestros vacíos con grandes abrigos de visón, normalmente para que no vean nuestra verdadera y pobre epidermis, o con objetos más grandes y lujosos que pretenden llenar esos inmensos vacíos del alma humana.
Hay en la memoria colectiva una necesidad de vagar por el mundo con el color grisáceo del asfalto envolvente. El servilismo se disfraza de necesidad. Necesitamos tantas cosas que eso es suficiente motivación para seguir adelante. A las siete, sino antes, enchufamos el play existencial. Nos duchamos, desayunamos, vamos al trabajo… Cuando volvemos estamos cansados y satisfechos porque un día más, o un día menos, a transcurrido sin trastornos, sin esfuerzo exagerado, sin penurias, y sobre todo, sin necesidad de cambio. Si a eso añadimos alguna dosis de sexo, de flirteo con aquel o con aquella, de derroche desmesurado en situaciones que imaginamos como posibles, de aventura sin desventura basadas en la falsa ilusión de la conquista y le añadimos unas gotitas de locura condensada los domingos por la tarde mientras vemos el futbol, entonces nuestra vida habrá superado un día más.
Tan estúpido somos, tan llenos de idiotez y tan cargados de pantallas de plasma que supuran la única oportunidad que tendremos para sentir y experimentar la vida, tan llenos de tedio estamos, que moriremos sin ser recordamos más allá de la generación que soportó nuestras penas y alegrías. Y aún así, algunos pensarán que eso ya supuso un extremo esfuerzo… Pero decidme, ¿hay algo más espantoso que morir en vida?
Propongo un juego: Desnúdate. Descúbrete. Destrúyete. Constrúyete. Créate. Experiméntate. Vívete. Siete movimientos para efectuar un magnífico jaque mate al muerto viviente que somos. Lo maravilloso de todo no es descubrir quién eres, de donde vienes y a donde vas. Lo realmente maravilloso es saberte vivo y uno con la Vida. Seamos pues partícipes, con pleno derecho, conscientes, de esta única y hermosa oportunidad.

El deambular de las almas de un estadio a otro, de un tiempo infinito a otro, de una mortalidad limitada a una experiencia absoluta siempre ha estado en las creencias de todos los pueblos. Los sistemas varían según el marco cultural o ideológico de cada lugar, pero en síntesis, podemos hablar de una creencia común basada en la esperanza de la supervivencia más allá de este mundo. La consciencia del humano permite diseccionar el tiempo, produciendo una sensación angustiosa que nace de su posición finita y se remonta hasta el infinito de su mirada. El tiempo, y la consciencia del mismo, provocan la angustia de vernos limitados ante un cosmos absoluto e impermanente. Como consolador de angustias, aparecen este tipo de creencias que sin duda demuestran hasta qué punto la inventiva del hombre puede alcanzar cuotas ilimitadas. Sin embargo, resulta asombroso acercarnos a la vida para comprobar que algo extraño ocurre en la misma. Nuestro planeta es un hervidero de misterios sin resolver. La misma vida y su coronación, la inteligencia, son muestras de cuan sofisticado es el orden universal y cósmico. Los interrogantes nacen a cientos, y las respuestas, hipótesis y creencias acompañan sus infinitas cuestiones. La ciencia, tan limitada y perdida, no puede afirmar nada claro excepto algunas leyes derivadas de la física. Lo cuántico, sin embargo, provoca intencionadamente nuevas cuestiones, nuevos interrogantes y sobre todo, tal y como aparecía en la puerta de la Academia griega, un conocimiento nacido del asombro. Porque vivir es estar en un permanente estado de asombro ante la perplejidad de la existencia.
Los matices sobre si la reencarnación puede ser en humanos o animales, si puede ser en este u otro planeta, en esta u otra dimensión, carecen de importancia. La energía ni se crea ni se destruye. Y a partir de esa máxima, podemos interrogarnos si ocurre lo mismo con la inteligencia, el principio psique de los griegos, el alma. ¿Se transforma? ¿Se diluye? ¿Sobrevive? Las creencias esotéricas, quizás más sofisticadas en estos tiempos de angustias, suponen que lo que realmente sobrevive no es la personalidad del individuo, ni tan siquiera eso que vagamente llamamos idiosincrasia o carácter. Sino algo más minúsculo que los antiguos sabios llamaban el átomo simiente. Un pequeño átomo, el alma, capaz de recoger todas las experiencias vitales y sumarlas a la psique universal, al espíritu, al nous de los tiempos. Y en ese océano, una vez desaparecida la diferenciación que nos limita en la tierra, esperará en la Unidad a que un nuevo rayo de sol le ilumine y la dote de personalidad propia. Entonces, como gota extraviada, volverá a encarnarse en un momento único y solidario con el Orden Cósmico Universal. Como toda creencia, y como antropólogo, me sirve. En lo íntimo de cada cual quedará la mirada lúcida de sabernos o no inmortales. Sea como sea, esta vida siempre será única y es mejor no vivir bajo el prisma o la esperanza del futuro, sino, reencarnándonos todos los días en el momento presente, en la experiencia absoluta del eterno ahora.

Lo que las antiguas enseñanzas llamaban Misterios, serán revelados inevitablemente a partir de la ciencia y los nuevos avances en la convivencia humana. La nueva comunidad tendrá como objetivo preparar el terreno para que los avances del espíritu, descritos desde hace siglos por las antiguas tradiciones, vengan reglamentados y explicados de mano de la ciencia espiritualizada. La síntesis de esta idea sólo es comprensible en la síntesis humana, es decir, en la suma de todas y cada una de las individualidades que la componen. Es por ello que el término comunidad tendrá que ser parejo a todo nuevo avance y será reforzado como propuesta y definición.

Llevábamos toda la semana hablando sobre vibraciones, sobre la Ley de Atracción, sobre el Propósito, Misión o Intención en la vida. Asistí a una buena conferencia en la que se explicaba todo esto tras estar más de una semana pensando en el mundo de los principios de todo cuanto existe. Sin duda, las sincronías son poderosas. Todo obedece al mundo de las Causas sin que apenas podamos percibir un ápice de su sabiduría. Es así como el sueño de todo humano es descifrar sus fuentes, sus códigos, sus mensajes… Sin embargo, la pregunta corre aún en el aire de muchos: ¿tiene acaso la materia un objetivo u propósito? Los científicos tienden a ver a la misma como una tumba abierta en el universo, un punto que una vez explosionó y anda a la deriva sin ningún tipo de intención aparente.

Tras años analizando al nuevo movimiento de comunidades utópicas, me preguntaba de donde surge esa necesidad de retorno hacia lo que debería ser obvio: el sentimiento, objetivo y subjetivo, de la unidad común, la unidad holística de la experiencia psíquica consciente. Es lo que Bohm denominó insight, percepción directa o contemplación consciente. Al igual que los científicos a la hora de examinar la materia, podríamos pensar que la humanidad en su conjunto es la suma de un caos sin propósito y sin objeto común. Un magma cultural que se apresura a la convivencia por pura conveniencia. Pero la naturaleza provoca procesos universales, leyes que parecen querer ordenar todo el caos aparente. Y lo mismo ocurre, por mucho que les pese a los científicos sociales, al conjunto de la humanidad y a su consciencia cósmica, es decir, aquella unidad más allá de la mente individual. Desde un punto de vista esotérico, si se me permite esta palabra, existe una unidad común, un sentimiento de unidad y una intranquila persecución hacia un objetivo común. ¿Cuál es la intención como unidad esencial, como raza humana, como entidad subjetiva y unida por un campo cuántico de consciencia?

En el marco de la objetividad, parece claro que nos reunimos en comunidades de diferentes tamaños y cualidades, algunas agresivas, otras compasivas y la mayoría, entendemos, que atractivas. La pareja atómica es el fenómeno contemporáneo que pretende el experimento de poner en común una vida, unas experiencias, un patrimonio íntimo. El concepto de familia, cambiante en nuestros días, pretende aferrarse a las viejas formas. Tenemos además la comunidad de barrio, de aldea, de pueblo, de ciudad, de estado, de nación, incluso para algunos de continente o más allá de la prioridad cercana, la comunidad de sentirnos miembros de un planeta a la deriva o inclusive hermanos cósmicos que llegamos en pateras siderales a este rincón perdido del omniverso. Esa parece ser, inevitablemente, la esencia de sentirnos, a pesar de nuestra infinita soledad, miembros de un grupo.

Sin duda, todo forma parte de una misma comunidad, de un mismo grupo subjetivo que se interconecta y trabaja para un mismo “propósito”. La Intención que nos une, una intención subjetiva y real, se plasma en los pequeños detalles de la vida. Una humanidad común necesita de un proyecto común. La unidad psíquica, la unidad espiritual, emocional. Siento esa unidad cuando viajamos, cuando estamos en peligro y de repente aparece esa solidaridad orgánica que pretende echarnos una mano. La comunidad que viene se asentará bajo la base solidaria, una base humana y cósmica, una unión sideral de consciencias despiertas…

Es cierto que no fuimos al África de cacería o de safari, a pesar de que en el pequeño poblado de Germana nos recibieron niños con lanzas que cuidaban al ganado. Mirando esas puntiagudas astas que utilizaban especialmente para espantar e intimidar a las hienas, me acordé de mis amigos que malgastan su dinero y su tiempo en matar seres vivos mientras allí una lechuga puede salvar una vida. A la vez que miraba los pies descalzados de esos niños y su piel arrugada y teñida de un polvo incrustado en la epidermis sentí pena por los cazadores, por el occidental tirano que perdió el rumbo de sus vidas y que viaja a ese continente a la búsqueda de mayores presas. En el aeropuerto o en los restaurantes de lujo de uno de los países más pobres del mundo podían verse a occidentales déspotas, que no tenían el menor pudor a la hora de tratar a esas gentes como auténticos esclavos o animales. Pude ver y sentir como el occidental se pudre en sus adentros por falta de humanidad y sensibilidad. Eran puro reflejo de lo que somos aquí en occidente. Insensibles, inhumanos, alejados de todo sentido de existencia. En la falsa en la que vivimos nos protegemos de nuestros excesos a base de ignorancia. Podemos ir de safari tranquilamente ignorando que en el poblado que acoge nuestras armas los niños van descalzos y mueren de hambre. Y en cierta forma, cuando llegamos a Germana vestidos de payaso me sentí cazador, estúpido occidental que llegaba a un lugar extremo sin entender nada de lo que allí verdaderamente ocurría. Es cierto que los niños rieron con nosotros, nos abrazaron, nos cogieron de la mano. Pero nunca sabremos qué ocurrió cuando nos marchamos de allí.

Y es así como Etiopía se muestra como un lugar lleno de contradicciones. El occidental pretende llenar con su gen maldito todo rincón virgen. La plaga que transmite va tomando forma. El asfalto, el lujo, la miseria interna se instala poco a poco en un país que nació puro y sencillo. Podía ver en el afán por construir edificios cuadrados, plagados de asfalto y porquería como el gen maldito se había instalado inevitablemente. Fuera de la gran ciudad, las casas son redondas, sencillas. Hubiera bastado que alguien respetara ese hermoso estilo arquitectónico, primigenio, adaptando alguna modernidad a sus recintos.

Pero allí estaban los niños-ángeles para transformar nuestras vidas y recordarnos la urgencia del vivir. En el poblado abracé a uno de ellos que parecía frágil y que posiblemente, por el tamaño de su estómago y la tristeza de su mirada, estaba a punto de marcharse. Me quedé mirándolo durante un instante. Moriría de hambre crónica, de sed, posiblemente por no haber podido aguantar una estación seca terrible y no tener tiempo de recuperarse en la estación de lluvias. Posiblemente, mientras escribo estas letras, ese angelito esté ya en su cielo, acompañado de la tristeza por todo lo que vio en la Tierra. Habrá hecho su informe celestial con una gran post data a sus arcángeles jefes: “No hay nada que hacer”. Ese ángel que vino a explorar por un instante todo lo que ocurre aquí abajo se llevó la decepción de la raza humana.

Cuando nos vio aparecer en mitad de la sabana vestidos de payaso quizás pensó que veníamos de otro planeta. Cuando nadie nos vio le acerqué una nariz roja y le susurré al oído: “Es para el cielo”. Quién sabe, quizás se llevó la nariz allá arriba. Quizás la post data fuera otra. Algo así como… “Aún queda esperanza”.

Y es que la esperanza es amar. Amar desde el alma. Estar en posesión de una infinita felicidad, de una alegría extrema, de un sentido de permanencia en un cosmos infinito. No deseas más que disfrutar de los anhelos de sentirte vivo, de acariciar el rostro sin voz de ese silencio que penetra profundo en las entrañas. Recuerdo cuando miraba al absoluto, cuando penetraba con una sonrisa la voz quebrada de cualquier momento, de cualquiera de esos niños descalzos, mal vestidos con ropas que nunca se cambiaban porque esas eran su única posesión. En la sabana había niños que nos seguían al paso del coche. Corrían metros y metros con tal de sentir el tacto suave de una mirada. Conspirábamos juntando nuestras manos sin temor a nada. Sentía su calor, su llanto interno, su fragilidad. Había algo en ese tacto que nos llenaba de humanidad. Un amor desde el alma, de igual a igual, lleno de frescura y fortaleza. Había en ese sencillo acto de amor una comunicación de seres infinitos, ilimitados. Había una enseñanza implícita sin prejuicios, sin penas, sin llantos, sin fugaces excusas o exigencias. Había una respiración común, una unión sin límites, un abrazo sentido y estrecho… Quería tanto ser alma… alma de payaso en la sabana, libre y anclado en un tiempo único, en un momento único. Los niños siguen allí, pero el payaso occidental quedó presente. No quería marcharse e hizo un pacto con el universo: sonrisas a cambio de eternidad y presencia. Ojala los niños sigan cantando sus canciones…

El humano siempre ha tenido crisis financieras. Las crisis son reajustes de lo orgánico, de todo aquello que tiene vida y tiene necesidad de crecer. Y vivimos en una sociedad orgánica, cultural y económicamente, con sus ciclos, sus edades y sus etapas de desarrollo bien definidas. La de ahora es una más que por suerte, y de momento, no viene acompañada de guerras, cataclismos o epidemias. Se ha desarrollado en el seno de una forma de entender la convivencia humana, el capitalismo, que depende, en la mayoría de los casos, de un sistema tremendamente frágil: el sistema financiero. Este sistema está basado en algunos requisitos básicos: seguridad, confianza y egoísmo, individual y colectivo. ¿Tiene alguna particularidad esta crisis con respecto a las anteriores? La racionalización de las ideas es tan importante como la racionalización del trabajo. La guerra fue racionalizada por los holandeses y el trabajo por el fordismo americano. ¿De qué forma podemos articular la racionalización de la crisis actual? Para racionalizar la crisis habría que racionalizar el cúmulo de estructuras de donde nace. Para ello debemos analizar la organización social y sobre todo, lo que permite que el sistema y las formas de organización social pervivan: las estructuras de poder. Y cuando se pretende racionalizar el poder nacen alianzas extrañas, ideas arrogantes o postulados increíbles. El poder sólo es posible ante alianzas o divisiones. El nacionalismo o el patriotismo, por poner un solo ejemplo, son inventos de la raza humana que articulan mediante la alianza o la división los estratos de poder. Es un virus inyectado en el hombre parcelario que pretende dominar al otro a base de fuerza. El nacionalismo, o mejor dicho, el problema de las naciones, nace de la mano del capitalismo en las primitivas transacciones que se realizaban a la hora de formar identidades capaces de mayor poder. Esto sólo es posible cuando existe una mínima noción de cultura y de organización política. En cualquier tribu del Amazonas no existe necesidad de pertenecer a una cultura o a una organización, sencillamente porque no tienen necesidad de disponer de un mecanismo de control, social y cultural, que pretenda esas cuestiones y promueva esos interrogantes. Allí, las únicas crisis posibles son las derivadas de la fuerza de la naturaleza o las nacidas en la particularidad de cada sujeto. En nuestras sociedades complejas, las fuerzas de la naturaleza juegan un papel secundario y las crisis más profundas nacen de las fuerzas sociales, o los ajustes que los sistemas necesitan para reorganizarse a cada nuevo tiempo.

La asociación a una idea o identidad viene provocada por la necesidad de control de las instituciones contra los sujetos capaces de pensamiento. Las crisis también son una forma de control que nace más allá de gobiernos y autoridades. Por ello, ante un adversario polémico, surgen sentimientos contrariados. Las crisis son caldo de cultivo de racismos y xenofobias de todo calado. Por ello hay que tener mucho cuidado con el desarrollo de las mismas porque ya en siglos pasados hemos tenido malas experiencias a la hora de gestionarlas.

En todo este análisis racional, hay una trampa en la entropía de la crisis: no es tan solo un problema colectivo sino también un problema de conciencia individual. El humano es parcelario. Una vez sintió la necesidad de acumular bienes, luego terrenos y más tarde naciones. La unión de unos con otros hizo el resto y gestó de un plumazo, ante la diversidad de recursos o la falta de los mismos, el sentimiento de identidad colectiva. Eso dio lugar al ocio y el ocio dio lugar a las ideas. Algunas buenas y otras viscerales. Y las crisis nacen en ese tira y afloja histórico que se articula bajo la racionalización de una idea capital en nuestra cultura: el egoísmo. El capitalismo no se puede entender sin el egoísmo. El capitalismo solo puede existir si existen personas capaces de mirar a su ombligo y sin necesidad de solidaridad con el resto. Su característica más esencial es proveer al mundo de necesidades, individuales y colectivas, y a partir de ahí, tejer un entramado económico y social que necesita de un sistema financiero que le da alas y proyección. Y el Sistema Capitalista es esencialmente financiero. Su autoridad moral pasa por la confianza desgastada de la sociedad civil que involucrada hasta el fondo en el funcionamiento de la misma, requiere de sus dones para poder funcionar y perpetuarse en el tiempo. Vivimos mirando al futuro, y el futuro está lleno de sociedades móviles, flexibles, sin razas ni fronteras. El sistema capitalista y financiero está agotado y requiere de una revisión profunda de sus valores e ideas, de ahí que a medida que profundicemos en él, las crisis serán más profundas y las rupturas entre el individuo y la sociedad serán mayores. Por lo tanto, estamos ante una crisis más producida por un sistema, el nuestro, quebrado desde hacía tiempo. Una crisis que no afecta al tercer mundo porque allí llevan siglos en crisis. Es una crisis nuestra y que se deberá resolver hasta que resolvamos nuestra mayor crisis: nosotros mismos.

Salimos de la escuela satisfechos. Preferimos llegar a la comunidad salesiana andando y así despejarnos tras las actuaciones de la mañana. Hacer el payaso sesión a sesión para más de dos mil quinientos niños de la etnia Oromo era realmente duro. En la misión nos esperaría todo el grupo para comer algo acompañado de engera, una especie de pan de sabor ácido elaborado con granos de teff, duro al paladar que no esté acostumbrado al mismo. Hacía calor en la ciudad de Zway pero el entusiasmo de los primeros días y el impacto con el país nos hacía estar aún algo frescos. Etiopía nos había impactado por muchas cosas, pero sobre todo, por la candidez de sus niños, por sus miradas profundas, por sus lamentos disimulados y respetuosos. Había en sus miradas una lucidez inusual.

A la salida, nos quitamos la nariz y el traje de payasos y abrimos nuestros rostros reales a los niños. Aún así, nos reconocieron al salir y se acercaron con prisa para abrazarnos y saludarnos, primero con timidez y luego con expresiva alegría. Nos cogieron de las manos y estrecharon fuertemente un lazo invisible que no deseaba abandonar nuestro paseo. Empezamos a cantar mientras paseábamos por las calles desnudas de asfalto, polvorientas y secas, plagadas de pobreza extrema. Nada importaba. El canto, el sonido de la Alegría era profundamente más potente que toda miseria. Los niños se abalanzaban unos contra otros, incluso aquellos que separados de la educación y el abrigo de la comida podían disfrutar del festín alegre. Había algo que nos parecía imposible. Esa manifestación de amor, de sinceridad, de cercanía era inverosímil en Occidente. La calle bullía de una extraña mezcolanza. Algo diferente en nosotros se estaba creando. ¿Hasta qué punto fuimos conscientes? Los mayores nos saludaban y veían como sus hijos danzaban entre nosotros con una luz radiante mientras guiaban nuestros pasos por ese laberinto de casas. Nos sentimos protegidos por esa lucidez y quisimos que las calles no acabaran nunca. La alquimia del contacto humano, franco y cercano, estaba bullendo en nosotros.

La satisfacción era plena. Estábamos radiantes, humanamente tocados por los dioses, esos dioses encarnados en las miradas de esos ángeles que revoloteaban con su dulzura y sencillez entre nuestra fragilidad occidental. Fue en ese instante cuando tomamos contacto con la realidad envolvente. Fue en ese instante cuando vimos que el milagro es posible y que los ángeles se encarnan en esos países para comprender la urgencia humana. África entera, nuestra cuna madre, nos acogía con candor, con ansiedad, con ganas de que dejáramos allí el recuerdo de nuestros ancestros y tomáramos la antorcha de una nueva vida. Algo sublime estaba naciendo dentro. Algo que sólo con el tiempo podemos llegar a entender.

Cuando llegamos a la entrada del mercado, de paso hacia la misión, la nube de niños-ángeles se había diluido. Habían vuelto a sus casas pues la jornada continuaba y tenían que ayudar cuidando las vacas o buscando sustento en las calles. La mayor parte de los etíopes viven de lo que pueden. Todos son empresarios de la pobreza, autónomos que pagan sus impuestos a la tierra que les alimenta. No existen clases parásitas, sino que cada uno tiene la misión de sobrevivir a costa de cualquier calamidad. Nadie trabaja por cuenta ajena, sino que todos lo hacen a cuenta de la vida.

El mercado era otro mundo. Allí estaban los niños que no iban a la escuela, los niños que no habían sido tocados por la diosa fortuna. Sus pies estaban arrugados, surcados por la tierra que se había instalado en sus extremidades desnudas. La pobreza se magnificaba con esa belleza propia de una raza de invencibles. Ayudaban a sus padres vendiendo cebollas o tomates, y los más débiles, simplemente aguardaban junto a ellos el terrible final. Era como si todo el pueblo estuviera allí vendiendo sus pobres y escasos productos. Los más modernos, los más afortunados, vendían ropas occidentales que nadie compraba. Las semillas, los tomates y las cebollas colmaban casi todos los productos. Algo de artesanía e instrumentos de labranza completaban el gran mercado, lleno de ruidos ordenados y sediento de birrs, la moneda oficial. Las carrozas tiradas por una famélica mula o un burro con los días contados, hechas de madera y de ruedas recicladas se amontonaban en las calles. El vehículo oficial de los etíopes era un reflejo puro de su modus vivendi. Un esqueleto móvil que tiraba a su vez de cientos de esqueletos agolpados en su interior.

Había imágenes que se habían quedado inmóviles en nuestras retinas. La muerte rondaba cercana. Había un hombre envuelto en mantas, muerto, rodeado de gente que se acercaba al carro que soportaba su levedad por la curiosidad de quién podría ser esta vez. La época de lluvias había terminado. Aún quedaba algo de verde en la sabana. Pronto, la imagen de ese hombre se volvería común, y el verde se volvería dorado y la tierra yerma se agrietaría a la espera de un nuevo amanecer. Las sequías en ese país son mortales y sólo la suerte determina quién pasa a la ronda siguiente de vida.

Llegamos a la misión tras el paseo. El grupo de voluntarios trabajaba afanosamente para dar lo mejor de sí. Los médicos sanaban, los destintas sacaban increíbles muelas roídas por el flúor excesivo que añadían al agua de los pozos, el equipo de agricultura intentaba reinventar la huerta y los educadores y etnógrafos rescataban leyendas y canciones, ritos y costumbres del pueblo Oromo. Habíamos llevado medicinas y cosas útiles, al menos cosas que nosotros pensamos que pueden ser útiles en aquel mundo donde no hay nada. A veces me sentía ridículo ante la imposibilidad de ayudar a todo el mundo y deseaba poder multiplicarme por cien para estar en todas partes. Visitamos la panadería de la misión y vimos como se obraba el milagro del pan. Un joven Oromo multiplicaba los panes seguramente esperando que algún día los escasos ríos sanaran para hacer lo mismo con los peces. En el pequeño orfanato de la misión vivía una docena de niños que habían sido abandonados en la puerta de la misma. A veces venían a visitarnos y nos abrazaban. Algunos enfermos, otros ya sanados, esperaban que la vida les brindara el calor que sus padres no pudieron ofrecerles. Comimos un trozo de pan recién orneado, caliente. Nada que ver con la ácida engera. Un pan que no llegaría a todos…

Había tanto por hacer… Pero ahí teníamos como ejemplo a cinco monjas que habían entregado su vida para sacar adelante a más de dos mil familias, día tras día, semana tras semana, año tras año hasta el final de sus vidas. Sentí cierto clamor interno. Veía esas mujeres que apenas dormían como trabajaban a destajo con una alegría de otro mundo en una misión que había crecido a base de esfuerzo y sacrificio imposible. Nosotros estaríamos sólo unos días y nuestra solidaridad era limitada. Pero la de esas mujeres era infinita, admirable. Habían creado con sus manos un pequeño paraíso en ese infierno de muerte y miseria. Y el paraíso era un punto de luz y esperanza en una tierra endiablada. Un clamor en el desierto humano, en la sabana hambrienta.

Por la tarde escuché el replicar de las campanas. Resultó extraño oír campanas en África. Así que fui curioso tras la llamada acompañado por la guía de una niña que había reconocido a Kili-Kili, el payaso. A la entrada y a la salida de la Iglesia algunos niños se acercaron para abrazarme alegres por el descubrimiento. El payaso también sabía rezar y quería compartir con ellos sus alabanzas. Entré en penumbra y me senté al lado de una de las monjitas. Había un coro celestial que cantaba unos ritmos cristianos con tonos africanos acompañados de un piano eléct
rico que agudizaba con melodías imposibles. La mezcla no podía ser más hermosa. Sentí una gran conmoción al escuchar las voces angelicales. Lloré, no pude hacer otra cosa. Había en aquel lugar algo extremadamente inusual. Algo que revoloteaba en el aire y que al respirarlo te preñaba de compasión. Etiopia, el país de los rostros quemados, hablaba desde sus ancestros comunicando su sabiduría en la tradición y el rito. Tuve la satisfacción de toparme con lo bueno y lo malo de la raza humana, pero sobre todo, tuve la satisfacción de reencontrarme con el reino angélico que nace en el mundo de los niños. La esperanza renace día tras día en África y todo se vive con la calma del ritmo vital.

Hay muchas formas de prostituirse. La más conocida, la prostitución física o sexual, está últimamente en boca de la sociedad hipócrita. Hablaré de ella y espero poder hablar más delante de las otras formas de ejercer la prostitución. Los mercenarios y proxenetas de la hipocresía entenderán a qué me refiero.

La primera vez que subí a una prostituta a mi coche fue a petición suya. Elizabeth ofrecía sus servicios cerca de donde yo trabajaba, en los aledaños del Camp Nou, en Barcelona. En mis años de actividad como trabajador social en barrios como el ahora polémico Raval, o como antropólogo en diferentes países del mundo, pude comprobar como la prostitución es un problema universal que afecta a todas las capas sociales y a todas las sociedades humanas. En mis tiempos de asistente social había tenido contactos con prostitutas con problemas serios e intentaba ayudarlas en todo lo que podía. Así que cuando Elizabeth me pidió que la acompañara a casa ya que el proxeneta de la zona pretendía agredirle, lo hice sin ningún pudor.

Mis compañeros de trabajo siempre se sorprendían de que me parara a charlar con mis amigas “las putas”, como ellos despectivamente las llamaban. No entendían que tras esa profesión había personas con sus historias y sus problemas, personas, en la mayor parte de los casos, que sufrían la humillación de tener que soportar a clientes despiadados y sin escrúpulos. Elizabeth solía contarme los peligros de la noche y yo sentía la necesidad de escucharla y protegerla, aunque fuera por unos minutos, de dicho infierno. Así que Elizabeth subió al coche y le dije, para su sorpresa, que primero debíamos ir a recoger a mi compañera María, la cual aguardaba unas calles más abajo. Nerviosa por la inesperada explicación se puso algo de ropa, no mucha, para el extraño encuentro. Cuando María me vio aparecer con una gran mujer de color, emigrante de Senegal que ejercía de forma vistosa, casi desnuda, la prostitución, se sorprendió a medias. Y digo a medias porque no se esperaba la inesperada visita, pero daba por sentado que ese tipo de gestos sólo podían salir de mí. Acompañamos a Elizabeth a su casa y volvimos a la nuestra entablando una discusión sobre la necesidad de regular o no la prostitución.

Históricamente y territorialmente, la prostitución es un hecho que no podemos negar u ocultar. Siendo un problema frecuente, debemos enfrentarnos cara a cara al mismo y desarrollar mecanismos de control con el propósito de evitar los daños colaterales que esta profesión produce. Dichos daños son, principalmente, las condiciones sanitarias y de seguridad que los profesionales de la prostitución tienen que soportar, especialmente la prostitución femenina y homosexual. Independientemente de las ideas morales que cada cual pueda tener, fundamentalmente las religiosas, las cuales pretenden culpabilizar y estigmatizar a las prostitutas de tal situación, debemos analizar con rigor jurídico y social dicha situación. Sin duda, las pésimas condiciones de dicha actividad profesional vienen dadas no por la existencia de prostitutas, sino por la falta de regulación de un sector que la sociedad demanda y que requiere un drástico cambio de mentalidad. El caso de Elizabeth, una emigrante ilegal de Senegal que por las mañanas limpiaba casas y por las noches ejercía la prostitución para sacar adelante a su familia es un claro ejemplo. Ella deseaba retirarse, pero no hasta que el futuro de su familia estuviera asegurado.

Países como Holanda o Alemania parecen haber entendido que la mejor forma de minimizar los riesgos de la prostitución y terminar con sus efectos negativos tales como la explotación, el secuestro, la inseguridad, la trata de blancas, drogas, prostitución infantil, enfermedades de transmisión sexual y un largo e interminable etc. es legislando la actividad y buscando las condiciones más óptimas para que tanto usuarios como trabajadoras tengan un mínimo de seguridad. Y ya de paso, que paguen el IVA y sus impuestos. Aún así, si bien la regulación sería un paso previo, el ideal utópico de que la prostitución no exista pasa inevitablemente por un cambio radical en nuestras sociedades. Un cambio que empieza por el individuo, un individuo amoroso, participante, implicado en los problemas sociales y comprometido en vivir en un mundo mejor. Mientras ese cambio se produce, la sociedad adulta debe afrontar los problemas cara a cara, sin temor, y buscar soluciones justas para todos. No podemos abolir la prostitución, no podemos abolir a los profesionales de la misma y no podemos abolir a sus usuarios, por lo tanto, busquemos lo mejor para todos, inclusive lo mejor para la sociedad. Elizabeth es sólo un ejemplo del sufrimiento diario de un sector que vive en la hipocresía de una sociedad enferma. Ojalá algún día pueda cruzarme de nuevo con ella, darle un sentido abrazo y ver como por fin pudo sacar su familia adelante. Entonces será una mujer libre, una mujer que salió de la calle para crear en sí misma un mundo mejor.

La revista Plural publicó un artículo de mi autoría… hay que dar espectáculo, como dice Nwanda…

http://www.revistaplural.com/?section=CulturaEtica&page=etica&idpage=2934&idcontent=2612&lang=es

Hay algo imperfecto en todo cuanto sucede. Algo que crea sospecha, inquietud, angustia. En los últimos años, cierto secreto revelado indicaba la posibilidad de hacer posible todo cuanto quisiéramos. Sólo había que imaginarlo con certeza, creer y crear un poder mental suficiente para transformar la realidad a nuestro antojo. Los artificieros del Kybalion ya nos lo advertían, también algunos escritos herméticos. Todo es mental, decían. Por lo tanto, con un buen control del poder del pensamiento, todo sería posible.

Pero había algo sospechoso en todo ello, algo que muchos ya habían intuido y explicado tiempo atrás y que sin embargo, creaba controversias. La crisis demuestra que no todo cuanto soñamos o deseamos puede ser hecho realidad. También nuestras vidas. Lo más probable es que no lleguemos a alcanzar la mayoría de nuestros sueños. Algunos astutos esgrimen la excusa de que el deseo debe surgir del corazón, y no del bajo vientre, de algún capricho temporal o una necesidad insatisfecha. Y eso que llamamos corazón a veces queda en el refugio del paraguas abstracto, sin definición exacta, sin saber a ciencia cierta a qué nos referimos con la palabra. Tenemos millones de deseos, infinitos. Compramos una casa y deseamos llenarla de muebles, de objetos inútiles, remodelar y ampliar todo cuanto podamos. Y al hacer todo eso, no nos sentimos jamás satisfechos. Un nuevo deseo nos invade: deseamos una casa más grande, o en su defecto, una casa más, o dos, o tres… El límite estará en nuestra propia capacidad para obtenerlas, o para creer que podemos hacerlo. Pero, ¿es eso lo que desea nuestro corazón? Contemos una anécdota para ilustrar una posible respuesta…

Estos días ando de viajes por Madrid y Barcelona. En la capital, en la calle Bravo Murillo, hubo un centro de yoga hace muchos años. La abuela de una amiga había sido su fundadora. Visité a su familia y tuvimos una hermosa comida y una entretenida charla de sobremesa en la que había sido la primera sede en Madrid de una famosa fraternidad espiritual. En la misma, los padres de mi amiga, miembros durante muchos años de dicha fraternidad, entablaron una discusión sobre lo que su madre llegó a llamar “programación”. Afirmaba que todo estaba programado de antemano, mientras que el padre decía que existía a pesar de ello cierto libre albedrío y que todo dependía de la intención a la hora de escuchar nuestra voz interior. Me sumé a la disputa buscando ideas reconciliadoras. Hablé de la “misión” de la vida, del “propósito” de la misma, de la importancia de escuchar en nuestro interior cual es nuestro verdadero camino, de haberlo. Y hablando en voz alta de todo ello fue cuando vino la reflexión sobre un hecho importante: ¿somos capaces de crear la vida a nuestro antojo y transformar la realidad según nuestros deseos, o nacen nuestros deseos según una predeterminación que no llegamos a entender?

Por la tarde, hablaba con mi amiga de los próximos viajes que deseaba hacer a Etiopía y a Israel, viajes que no sabría gestionar debido a la crisis que a todos nos afecta y por lo tanto, no sabía ni como ni cuando los iba a realizar. Y al día siguiente ocurrió algo muy interesante.

El reino de Saba se cree que existió en el llamado cuerno de África, en lo que comprende los actuales países de Somalia, Yibuti, Eritrea y Etiopía. Llevaba tiempo interesado, a raíz de un libro que ando escribiendo, en la leyenda en la que se dice como la Reina de Saba visitó al rey Salomón y como, supuestamente, ambos tuvieron un hijo que, tiempo más tarde, retiró del Templo de Salomón el Arca de la Alianza llevándola hasta Etiopía. Hasta aquí la leyenda y mi interés por visitar Etiopía.

Al día siguiente, y tras la conversación con mi amiga y con sus padres, me hallaba hablando con el amigo Koldo en el encuentro de Inspira Confianza que la Fundación Ananta había organizado en Madrid. De repente, un amigo de Koldo le llamó para indicarle que no podría acompañarle en su próximo viaje. Koldo me miró fijamente, y al poco tiempo ya estábamos hablando de la posibilidad de que fuera yo el que le acompañara al mismo. El destino del mismo: Etiopía. Dos días antes había comentado lo mismo al amigo Joaquín en su casa.

Empecé a enlazar todo lo ocurrido, la conversación del día anterior en Bravo Murillo, con Joaquín, mis deseos de viajar a Etiopía y el encuentro con Koldo al día siguiente y la oportuna llamada de su amigo justo cuando yo hablaba con él. ¿De qué forma había conspirado el universo para que todo ese tipo de sincronías ocurrieran en un mismo tiempo y en un mismo espacio? ¿Programación, azar, determinación, propósito, misión? Nunca hubiera pensado en Etiopía si no hubiera sido por la Leyenda de Saba. O, ¿debería pensar que la leyenda es una excusa y sin duda, algo deberá pasar en Etiopía para que yo mismo asuma mi programación, entienda que ese viaje era inevitable para comprender algo más de mi propio propósito? ¿O acaso todo es fruto del puro y más absoluto azar?
Desde que empecé a indagar sobre la idea de que el mundo es mental pero que no es la mente la que debe dirigir nuestros pasos por ese mundo sino el corazón, no han parado de ocurrir cosas extraordinarias. Pensamos que podemos cambiar nuestro destino, nuestra programación para esta vida, y lo que realmente debemos hacer, si es que a alguien le importa lo que realmente debemos hacer, es precisamente recordar. Platón lo advertía con su reminiscencia. Se trata de recordar quienes somos y actuar en consecuencia. Conocer es recordar, y todo eso que llamamos espiritualidad, grandes meditaciones, practicas de yoga, rezos, oratorias, etc… no sirven más que para provocar el recuerdo… El recuerdo de nosotros mismos, en palabras de Gurdjieff, el recuerdo de nuestro programa, de nuestro propósito, de nuestra misión… Pero, ¿qué ocurre cuando empezamos a recordar? ¿Qué debería provocar esa reminiscencia? ¿Cuál es nuestra actitud ante el conocimiento de quiénes somos realmente y sobre todo, qué debemos hacer al comprobar cual es nuestra verdadera programación? Sólo se me ocurre una respuesta: actuar en consecuencia, fluir con la vida y dejarnos llevar por esa corriente del corazón… Todo lo demás es accesorio y nos cierra las puertas a la experiencia de la Unidad. Escuchemos nuestro corazón, nuestro verdadero guía y maestro. Tiene muchas cosas que revelarnos…

(Artículo publicado en: http://www.marioconde.org/blog/2009/09/el-corazon-programado/ )

Cuando las palabras resultan cómodas, todos nos sentimos seguros. Nos encanta que nos susurren al oído cosas bonitas, agradables, sensatas. Los enamorados recrean ese juego con cierta gracia: más se enamoran cuanto más endulzan las palabras. Pero ocurre que más allá de nuestras cómodas realidades, más allá de los encantos del empalagoso testimonio de nuestro amor, existe un mundo doloroso, sufriente, maldecido por la epidemia de la sinrazón y la barbarie. Existe un mundo más allá de nuestro mundo. ¿Lo pueden creer? La pregunta les parecerá irónica y estúpida, pero presten atención al sufrimiento más terrible que pueda estar ocurriendo ahora, en este instante. Indaguen por un segundo sobre la barbarie más horrorosa que esté pasando en cualquier parte del mundo, y digan, por asomo, cuanta empatía y compasión han sentido por ese momento. Realmente no podemos creer que exista ese otro mundo porque jamás lo hemos vivido cerca, ni siquiera por el asomo de imaginarlo.
Bastaba que habláramos del materialismo espiritual en el primer artículo para todos sentirnos verdaderamente agusto con nuestras recetas, con nuestros argumentos, con nuestras creencias. Algunos las vendíamos al por mayor. Recetas para adormecer, recetas para despertar, recetas para iluminar, recetas para creernos verdaderamente útiles y eficaces. Vimos un abanico de argumentos, críticas feroces y simpáticas teorías para pensar que lo correcto era hablar sobre tal o cual cosa, especular sobre el sexo de los ángeles o la penetrante visión de cualquier mesías de turno. Pero en el segundo diván, girando a mano izquierda, nos topamos de repente con palabras malsonantes que agitaban en cierta forma todo nuestro marco de seguridad. Como era de esperar, todos mostraron sus facetas, y algunos hasta sus fauces y tragaderos, ya fueran nacientes del orgullo, el miedo o la ignorancia. La razón es obvia. No hay sonido más ensordecedor, más orgulloso, miedoso e ignorante que aquel que se expresa con palabras que no vienen acompañadas por actos. Y nosotros, que tanto nos gusta hablar tras una máscara virtual, filosofar sobre las razones de la vida y la existencia, juzgar y prejuzgar con gracia o ironía qué está más a la izquierda de lo correcto y qué más a la derecha de lo singular, sentimos que estamos salvados, porque razonamos mejor, porque criticamos mejor, porque alabamos mejor, pero sobre todo, porque nos escondemos, tras la máscara, de nosotros mismos.
Nadie juzgó a nadie, nadie utilizó a nadie, todos nos expresamos. Había dos palabras que juntas zumbaban mal en nuestros oídos en el segundo encuentro: Jesús y homosexualidad. Fueron elegidas expresamente, y ahí la trampa. Cada uno tenía sus razones para pensar que estaban por encima del bien y del mal. Pero a partir de ahí, sin que el artículo hablara ni de lo uno ni de lo otro, en nuestro subconsciente empezaron a recrearse situaciones incómodas, a veces incluso de pánico.
Hay tótems en nuestras inamovibles vidas que no pueden ser tocados. Son dioses, y por lo tanto, así deben permanecer. No había más intención en la voluntariosa elección que la de agitar esos tótems sagrados para que reluciera el polvo que los estaba enterrando. Y fue ahí cuando el materialismo espiritual quedó al descubierto y membrado por los sinsabores de la crueldad metafísica. Fue precisamente en ese instante cuando de repente nos vimos desnudos ante una sala de horrores nacida de nuestra nostálgica hipocresía.
¿Qué es ser espiritual entonces? Nadie lo sabe, sin embargo, y ya que hablamos el otro día de Jesús el Cristo, él mismo nos dio algunas pistas: “Amaros los unos a los otros”, “amad a vuestros enemigos”, “haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian”. Su mensaje tiene tanta fuerza que preferimos olvidarlo porque es un mensaje incómodo. ¿Cómo amar a nuestros enemigos? ¿Cómo bendecir a los que nos maldicen? Eso crea incertidumbre, y como mínimo, imposibilidad. Nuestro espíritu, que es pobre, no puede asumir el peso de tanta responsabilidad. Vivimos en el orbe de nuestras cargas y miserias, y con tanto peso, no queda espacio, ni tiempo, para volcarnos sobre el acierto de sentirnos indignos ante el Infierno o la Gloria. Somos moradores de nuestros desiertos y preferimos seguir a nuestras anchas con tal de que el “otro” no nos incomode. Y amar es incómodo, más aún cuando se trata de nuestro enemigo disfrazado del nefasto vecino, de nuestro indomable extranjero, de nuestro cualquiera, con tal de culpar al otro por nuestros errores y fracasos. Es la curiosa experiencia de la muerte… aún cuando estamos vivos.
Pero el asunto es más peliagudo. No se trata de que seamos más o menos espirituales. ¿Cómo demostrar lo contrario? Se trata de observar nuestras vidas, de mirarnos al espejo con un catálogo de razones obvias, de acciones que nos hagan enorgullecernos de ese producto humano que tenemos frente a nosotros, de ese día que pasa, de ese otro al que hoy hemos, o no, ayudado. Y una vez fuera del espejo, tener la capacidad suficiente de salir al mundo, y contemplarlo con la misma fijeza y amor con la que hemos mirado nuestro rostro.
Es difícil saber qué es espiritual y qué no lo es. No es algo que se pueda enseñar o diseñar, sino más bien, es algo que debe ser experimentado en lo profundo de nosotros mismos. Pero cuando miramos al mundo, ¿cuántos nos creemos aptos para espiritualizarlo? ¿No se trataba entonces de amar a nuestro enemigo? ¿Y no hay mayor enemigo que el hambre, la precariedad, las injusticias, las lapidaciones, los fanatismos, el egoísmo, todo cuanto está ocurriendo ahí fuera? No, hay un enemigo aún peor… y somos nosotros mismos… ¿Y como amar a nuestro peor enemigo? No nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores… Por eso, preferimos seguir viviendo en nuestras cómodas plazas, en nuestros bonitos rellanos y pasillos adornados de lugares comunes. Y el mundo virtual que creamos a nuestro alrededor resulta ser aún mucho más cómodo y seguro, alejándonos en todo momento de la incertidumbre y el dolor de ahí fuera. Es la maldita ambición plebeya, es la jerarquía que nos imponemos con tal de sopesar hasta qué punto el mundo nos pertenece.
La fosa ya está cavada. No es necesario precipitarnos hacia ella. Ella vendrá a buscarnos en cualquier momento. Nuestro linaje nos empujará a su encuentro, pues corre por nuestras venas la muerte en vida. Y en el reino de las estrellas nos observan con cierta impaciencia, e incluso, a veces, con cierta demora y hasta tristeza… ¿Cuándo brillarán como nosotros? Se interrogan… ¿Cuándo alcanzarán nuestra plenitud? Qué difícil resulta en máquinas autómatas, cuyo único recuerdo es bucear en las entrañas de la esclavitud que nosotros mismos nos hemos impuesto. Ese muro de creencias que nos reconfortan, esa migraña incómoda que es el mundo y que toleramos a base de aspirinas calmantes de angustias. ¿Dónde está la bondad hacia el mundo? ¿Dónde quedó la misericordia hacia los condenados? ¿Qué haremos hoy para salvar al que nos quitó la túnica?
Sigamos disfrutando… acomodemos nuestra vida y huyamos de los desafíos… Sigamos pensando sí Jesús era o no homosexual, interrogándonos sobre frases estúpidas, pensamientos diáfanos, creencias que aborrecen el verdadero espíritu de la trascendencia y la libertad de sentirnos realmente vivos. Sigamos poseídos por nuestros propios demonios, como el hombre de Gerasa, que vivía desnudo y endiablado. Busquemos nuestra propia piara de cerdos con la esperanza de que sean poseídos por nuestras legiones inmundas y acaben todos ahogados en el lago.
No hay mayor ignorancia mórbida que la hipocresía que nos alienta a ser lo que somos, a pensar lo que pensamos y a creer lo que creemos.
¿Cuándo nos vamos a trascender? ¿Cuándo nos vamos a superar? ¿Cuándo vamos a comportarnos como dioses? Para los espíritus buenos, esos que actúan e interactúan en la realidad sintiéndose cómplices de todo lo que ocurre, creyendo en la posibilidad de cambio y de justicia, todo nuestro mayor respeto y admiración… Para los otros, esos que nos sentamos en nuestra cómoda posición de muertos vivientes, para esos, todo nuestro amor, porque son ellos, realmente, nuestro peor enemigo. Que el alba nos proteja y nos anime… Espero haber sido incómodo, o al menos, algo aguafiestas. La próxima prometo ser más dulce, como esos enamorados que se susurran cosas bonitas al oído.

El materialismo espiritual es corrosivo como apuntábamos en el artículo anterior. Hay tres factores que determinan el nefasto camino: la ignorancia, el miedo y el orgullo. Como es la primera –el miedo-, causa de las dos siguiente, nos vamos a centrar en ella retomando el tema del materialismo espiritual y las creencias. Y me basaré para ello en un ejemplo pragmático que nos puede ayudar a entender a qué me refiero con todo esto. Para ello, nos haremos valer de una pregunta llena de miedo, ignorancia y orgullo. Es la siguiente: ¿Era Jesucristo homosexual? Esta pregunta encierra una trampa tremenda, y es por ello que es apropiada para comprobar en nuestras carnes cual de los tres factores dominan nuestras vidas

Decía que la creencia en sí misma no es mala. Pertenece a ese tipo de productos psicológicos que pretenden adormecer, tranquilizar o procurar seguridad ante los interrogantes de la vida, sobre todo esos que ante la imposibilidad de una respuesta segura, son productores de angustias. El problema viene cuando la creencia psicológica se transforma en creencia social. Es decir, traspasa de lo meramente privado a la esfera pública, creándose con ello un magma productor de realidades intangibles.

Andaba repasando la vida del gnosticismo de principios del siglo primero a cuento de un libro que estoy redactando cuando de repente, sin saber porqué, una cosa me llevó a otra y terminé en el evangelio de San Juan. Todos conocemos la figura de este personaje bíblico que aparece en el Nuevo Testamento, sin embargo, pocas veces, más allá de la creencia o la especulación filosófica, nos hemos parado a analizar la vida y obra de esta persona. Me detuve en un pasaje que me pareció extraño y contradictorio pero que al mismo tiempo me daba una pista para tejer dentro de mí una nueva creencia. El pasaje, del cual hablaré más adelante es el siguiente: Juan, 19, 25-27

Hagamos primero un alto y una parodia de la situación para remover creencias públicas. Un hombre de unos treinta años se autoproclama el hijo de Dios en la Palestina de principios del primer siglo. Recordemos que él nunca dijo que era Dios, sino el Hijo de Dios, y nosotros, sus hermanos. En tan sólo tres años es capaz de convencer a una minoría de doce discípulos que le seguirán hasta el final de sus días. Más tarde, estos doce discípulos y un aparato propagandístico como nunca antes se había conocido, hizo el resto. No sabemos como era el hombre pues las crónicas oficiales apenas le mencionan. Los únicos relatos que poseemos son los evangelios, tanto los apócrifos como los sinópticos. No hay duda de que el hombre histórico existió, pero no sabemos nada acerca de su figura. No dejó nada escrito, no hay ningún retrato de él aunque en el imaginario colectivo se dibuja a un señor alto, joven y apuesto, barbudo y melenudo, fuerte y de mirada dulce. Un arquetipo hecho carne. Aún así, fue acusado de comilón y bebedor (Mt., 11-19), algunos añadirían lo de vividor, por rodearse de prostitutas, publicanos y pecadores y por no conocerse ni oficio ni beneficio. Vivía de hacer milagros y se entiende que de la caridad. No se le conocía mujer, pero estaba rodeado de hombres y de, atención, un discípulo amado.

Es en este punto donde podría surgir una primera creencia aneja a las creencias públicas: ¿era Jesús homosexual? Rechacé esta idea en mi imaginario privado a cambio de una más fascinante: ¿Quién estaba detrás de la figura del discípulo amado, ese que se recostaba en el pecho de Jesús en la última cena? Según el evangelio de San Juan, él mismo se autoproclama como el discípulo amado. Pero, ¿quién era Juan?

Realmente no se sabe. Se cree, por la forma que tuvo de escribir su testamento, que era un gnóstico instruido. Sin duda, su testamento es totalmente diferente al resto de los evangelios. Los masones, y sirva de anécdota, suelen abrir sus trabajos señalando en el Libro Sagrado el evangelio de San Juan. Sin embargo, y aquí viene la primera paradoja, no se sabe realmente quién tiene la autoría del evangelio de San Juan y del Apocalipsis que supuestamente él mismo escribió. Se le achaca, por conjeturas históricas, a San Juan, pero es sólo un achaque especulativo. Lo que llama la atención de San Juan, aparte de su estilo gnóstico a la hora de relatar la vida y milagros de Jesús, es que fuera el discípulo amado. ¿Qué significa esto? ¿Eran Juan y Jesús pareja? ¿Tenía Jesús un preferido entre los doce al que llamaba el amado? ¿Amaba Jesús especialmente a Juan? ¿Y si el discípulo amado no fuera un hombre? ¿Y si fuera una mujer?

La pista viene en el mismo relato de San Juan 19, 25-27, cuando él mismo dice -recordemos que la autoría del evangelio siempre fue desconocida- que junto a la cruz de Jesús estaban de pie su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Es decir, había tan solo cuatro mujeres. Y si sólo había estas mujeres, ¿cómo interpretamos la siguiente frase? “Viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo Jesús al discípulo: he ahí a tu madre. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa”. Según un evangelio apócrifo (Felipe, Log. 32), el discípulo amado no sería otro que María Magdalena: Tres eran las que caminaban continuamente con el Señor: su madre María, la hermana de ésta y Magdalena, a quien se designa como su compañera. María es, en efecto, su hermana, su madre y su compañera.

Esta creencia, que se extendió popularmente gracias a libros de fama mundial como El Código Da Vinci y llamada teoría juánica por algunos expertos identifican a María Magdalena como la autora del evangelio de San Juan, y como la discípula amada a la que se refiere el texto.

Vemos como el acervo popular recrea una creencia, la ambienta, le da forma hasta convertirse en realidad magmática. Esas creencias retornan a nosotros para reforzar nuestros miedos –creencia en la salvación mediante intervención divina-, nuestra ignorancia –imaginar, por ejemplo, a Jesús alto y moreno cuando a lo mejor era bajo y rubicundo- y el orgullo –ser capaces de buscar una creencia más elaborada con tal de sentirnos alejados de la creencia popular, por ejemplo, pensar que Jesús era homosexual o tenía como discípula amada a María de Magdala-.

Con este ejemplo anecdótico he querido profundizar algo más en la naturaleza de la creencia, y sobre todo, de su primogénita el miedo. Aún así, sirva la creencia como vehículo de una verdad oculta, como viaje hacia lugares que intuimos pero no comprendemos, hacia testimonios de un infinito que no podemos abarcar pero que se manifiesta en múltiples formas. Sirva la creencia, sea cual sea, como receptáculo final de todos los saberes, lugar donde todos los planos de la existencia se relacionan entre sí.

No seríamos capaces, desde una perspectiva amplia y sincera, de ser hacedores y jueces a la hora de valorar qué es o no es espiritualidad. Cada uno vive esa experiencia desde lo interno, y sería difícil decir que este es más o menos espiritual por leer a tal o cual autor o por practicar tal o cual rito. Ocurre lo mismo con la religiosidad, término diferente al primero y que requiere de un análisis antropológico para definir, según la cultura y el tiempo donde se inserte, qué es religioso y qué no lo es. Sin embargo, la espiritualidad, a diferencia de la religiosidad, parece un término más sutil. No estamos hablando de un salto ingenuo a eso que los filósofos antiguos, para aclarar de una forma sencilla la diferencia entre el más allá y el más acá dieron por llamar infinito, en contraposición de nuestro finito más inmediato. Estamos ante un fenómeno totalmente individual y subjetivo en el que vale la pena indagar.

A pesar de lo dificultoso del análisis, sobre todo a la hora de definir qué es espiritual, podemos quizás, de forma más acertada, definir qué no es espiritual. Existen infinidad de visiones deformes y egocéntricas de la espiritualidad. Muchos se convencen de que están siendo partícipes de un crecimiento, de una elevación o de un propósito noble cuando en realidad sólo están fortaleciendo el egocentrismo mediante técnicas y creencias múltiples que acentúan su engaño. Y la creencia, que de por sí no es mala sino que nos ayuda a gestionar y ordenar el universo invisible desde un punto de vista aparentemente racional y necesario, puede volverse en contra nuestra en cuanto hacemos de esa creencia un fundamento enclaustrado en la radical posición de una verdad absoluta. A esta distorsión, algunos místicos y autores la han llamado materialismo espiritual.

Y la creencia puede ser negativa o positiva, es decir, para afirmar algo o para negarlo, por ejemplo, la creencia de una entidad mayor al que algunos llaman Dios. Ambos prejuicios, cuando se tornan en creencias fundamentalistas, son perjudiciales para el que las asume, tanto para el que afirma como para el que niega pues ambas creencias nos alejan del despliegue necesario de conciencia. Una creencia, del tipo que sea, actúa como un muro separador entre nosotros y el mundo. Creer que somos guapos o somos feos forma parte de una huida que nos separa y nos divide. Bastaría con sentir a cada momento que “somos”, independientemente de los atributos que nosotros o los otros quieran anexar. Bastaría con observar y ser partícipes del universo, sentirnos miembros del mismo, independientemente de si éste está dirigido por una identidad mayor. El creer una u otra cosa no nos hace más o menos espiritual.

Más allá de la espiritualidad o de su negación, podríamos hablar del sendero espiritual cuyo proceso podría definirse como ese caminar que produce un estado mental “despierto”. Pero, ¿despierto con respecto a qué? El hombre común vive sumido en una especie de somnolencia profunda, en un estado hipnótico donde mecaniza la mayor parte de sus actividades diarias, especialmente las relativas a la satisfacción de sus necesidades primarias: alimento, vestido, sexo, seguridad, status, etc… Más allá de esas actividades, y por lo tanto, de su mecanización, existen pocos recursos sinceros para valorar otras realidades que podrían satisfacer, a su vez, otro tipo de necesidades de carácter psicológico, emocional, espiritual… Sea como sea, esa mecanización es como una tumba para el humano. Se despierta, desayuna, va al trabajo, come, regresa a casa, asume algunas actividades ordinarias, duerme… Hay pocos momentos de verdadera lucidez, de auténtico contacto con esas regiones que superan y queman las confusiones que oscurecen nuestras vidas. La condición de despierto nos acerca a las perspectivas del mundo real. No ese mundo de efectos que hemos inventado en nuestra mente para dirigir rutinariamente nuestras vidas. No ese cómodo escenario en el que hemos suplantado nuestra verdadera identidad por ese vestuario infinito de máscaras, de roles y artificios que recrean una obra en la que, en el mejor de los casos, actuamos como extras de relleno. Nuestros miedos, nuestras inseguridades, crean un modelo único que procura ser seguro. Las condiciones de nuestra vida externa normalmente son reflejo de nuestros miedos e inseguridades internas. Cuanto mayor es el miedo, cuanto más frágiles somos, mayor es el reflejo externo, mayor es nuestro coche, mayor es nuestra casa, mayor y más grande es nuestro ego y nuestra necesidad de que los otros lo respeten y admiren.

Resulta penoso ver pasar la vida como algo completamente inútil, algo de lo que sólo extraemos precariedades, necesidades, humillaciones, desolaciones. Nadie nos explicó a qué veníamos a la Tierra. De hecho, existen pocos manuales que indiquen la verdadera causa de eso que llamamos Vida, Forma e Inteligencia. Las condiciones por las que atravesamos, el ensueño en el que vivimos y las pocas posibilidades de conexión íntima con nuestro más profundo ser resuelven un panorama angustioso.

La realidad está deformada. Vivimos en una parcela distorsionada donde el desarrollo unilateral prevé que todo cuanto hagamos sólo alimentará a la máquina hipnótica. Alguna vez, de forma extraordinaria y escurridiza, algún alma inquieta escuchó el sonido de clarín de su alma viajera y creyó tener una experiencia que llamó mística o espiritual. Puede ser que así fuera y que ese impulso, ese contacto, le sirviera para hollar un camino diferente. Pero en cuanto hizo del camino un fin, en cuanto relegó la pureza de esa llamada y olvidó su sencillez transformando su parecer en un complicado señuelo, el materialismo espiritual, a cual maya tejida desde la sinrazón, hizo acto de presencia. Entonces su boca se llena de buenas palabras que, en la mayoría de las veces, contradicen sus actos. Y su intelecto se agolpa de fórmulas y teorías que pretenden ordenar un universo que jamás podrá abarcar desde su mente limitada. Esa contradicción crea conflicto y ese conflicto un malestar interior que intentará recuperar el estado gozoso de aquel leve contacto.

Las prácticas espirituales de todo calado crean burocracia, amontonan nuestras vidas de creencias y cuentas de resultados según la nobleza de nuestros ritos, de nuestros elevados ideales y de nuestras epidérmicas observaciones de la realidad. Resulta fácil volvernos esclavos de nuestros propios dogmas. Desapegarse de uno mismo forma parte de esa batalla. Desprendernos de nuestras cosas, de nuestras necesidades, de nuestras creencias, sean cuales sean, incluso aquellos cuya creencia se basa en decir que no creen en nada, o que están más allá de lo epidérmico, o que sus acciones se basan en una actividad pura.

Todo aquello cuanto hemos acumulado a lo largo de nuestra vida, eso que damos por llamar conocimiento, experiencia, saber, no es más que una colección de antigüedades. Ya nada sirve, pues cada día es una nueva oportunidad que nace para poner a prueba no nuestra experiencia, si no nuestra habilidad para adaptarnos a cada nuevo requisito. Y para ello no sirven nuestros patrones, ni nuestros rituales, ni nada que tenga que ver con una visión pasada. No hay mayor enseñanza que la experiencia vivida a cada instante. Y cada instante es una prueba y una oportunidad ideal para entregar nuestro espíritu a las situaciones cotidianas. Son en esas situaciones, y no en nuestra colección de antigüedades, donde tendremos la oportunidad de demostrar nuestra valía como humanos despiertos. Y eso sólo es posible no aferrándonos a nuestras creencias y experiencias, sino aferrándonos a nuestro centro. Sólo desde nuestro centro nos alejamos del autoengaño, de la vida ordinaria,
dando paso a nuevas y necesarias experiencias. Experimentemos la maravillosa tarea de abrirnos al mundo. Practiquemos el shámatha, el cultivo de la serenidad siendo conscientes de cada acto, de cada momento, del eterno ahora. Estemos atentos, cada día es una oportunidad.

( Artículo editado originalmente en: http://www.marioconde.org/blog/2009/09/materialismo-espiritual/ )

No quería cerrar este tríptico sin mencionar al héroe. Hablábamos en episodios anteriores sobre la tarea del filósofo que aspira a sabio y del sabio que aspira a héroe, siguiente escala en el escalafón de lo que Nietzsche llamó la moral de los señores en contra de la moral de los esclavos. Ortega y Gasset, más refinado, lo prefirió llamar magnanimidad y pusilanimidad. Los primeros, los filósofos y los sabios, están dentro de la categoría de hombres preocupados. Los terceros, de los que hablaremos en este artículo, forman parte de los hombres ocupados. Los primeros piensan, los segundos se vacían de pensamiento, mientras que los terceros actúan. Complejidad, simplicidad y síntesis.

Alguien dijo, en defensa de Ortega, que el héroe tiene una moral despiadada. Al menos, si tenemos en cuenta que la misión del héroe no es centrar su vida en la necesidad de agolpar su existencia en perfeccionar sus virtudes, sino más bien lanzar todos sus esfuerzos a lo que la mitología ha dado por llamar la misión creadora. El hombre esclavo de sí mismo, el pusilánime orteguiano, carece de misión. Vivir para él, según Ortega, es simplemente existir él, conservarse, andar entre las cosas que están ya ahí, hechas por otros –sean sistemas intelectuales, estilos artísticos, instituciones, normas tradicionales, situaciones de poder público-. Copio textualmente: sus actos no emanan de una necesidad creadora, originaria, inspirada e ineludible, carece de proyectos y de afán riguroso de ejecución.

La explicación de Ortega es dura pero a veces intachablemente certera. El hombre común prefiere vivir en la comodidad de los placeres, fomentando su búsqueda en contra del dolor. Su misión, de existir, se dirige en esos parámetros. Su objetivo no es más que el de entronar una intoxicada y mal entendida felicidad consistente en el tener, desechando todo cuanto tenga que ver con el ser. No existe en su interior un “destino”, según Ortega, una forzosidad congénita de crear, de derramarse en obras. Sólo actúa por intereses subjetivos, y a ellos se debe. Así, su vida pasa campeando entre el anonimato y la invisibilidad de la masa, suponiendo que todo cuanto hace merece ser vivido y todo cuanto no hace merece ser criticado o destruido.

Y aquí la crítica del mediocre será fácil y resultará activa. Tal y como dijo Joseph Chénier para denigrar la memoria de Mirabeau: “considerando que no hay grande hombre sin virtud”. Mirabeau, que no era un hombre de excesiva virtualidad y por lo tanto sirve de ejemplo para Ortega, se afanaba en su rebeldía en época de la Revolución Francesa por seguir sus designios, y no los designios de lo establecido o de lo comúnmente entendido como norma. Así, la perspectiva moral del pusilánime, nos recuerda Ortega, es certera a la hora de juzgar a sus congéneres pero errónea, injusta y falsa cuando se aplica al magnánimo. Parte de datos erróneos por falta de intuición de lo que pasa dentro del alma grande, de ahí su mediocre visión y su torpeza envenenada.

De ahí que el héroe, o los grandes espíritus, como alguna vez señaló Einstein, siempre han tenido que luchar contra la feroz oposición de las mentes mediocres. Porque la mente mediocre se identifica rápidamente por esa estúpida manía de la crítica y la destrucción de todo cuanto pretenda el héroe. No soporta la necedad de su esclavitud, pero convive con ella a falta de referencias mayores.

¿Cual sería en todo caso la pretensión del héroe? Como decíamos, mucho más allá de la tarea del filósofo o del sabio, mucho más allá de la búsqueda del placer o la evitación del dolor, o inclusive de la moral o la virtud, está la tarea creadora. Y esa tarea creadora, de acción, no es amoral, simplemente carece de escrúpulos, ya que los escrupulosos están inhabilitados para la acción. Son intelectuales, filósofos, místicos, sabios, pero no héroes.

En nombre de la igualdad mal entendida, en muchas ocasiones se confabula para intentar establecer que todo humano es igual ante su igual. Habría que matizar que debería serlo en derechos y obligaciones, pero que cada sujeto, con sus propias limitaciones y creaciones subjetivas, posee un formato psicológico totalmente diferente a sus congéneres, y por lo tanto, el héroe pertenece a una especie distinta de seres. Lo innegable es que todos los seres llevan dentro de sí perspectivas y estructuras singularmente opuestas entre sí, y por lo tanto, plasman tareas singulares en sus vidas. El hombre común nunca entenderá a aquellos cuya tarea y delicia suprema sea el esfuerzo frenético de crear cosas: para el pintor, pintar; para el escritor, escribir; para el político, organizar el Estado; para el empresario, crear empresa…

El afán creador está por encima de cualquier otro acto de la vida cotidiana. De ahí que la mitológica idea del héroe, muchas veces no corresponda con su arquetipo de una persona que da su vida, entiéndase literalmente, por su obra creadora o por su misión. Y es que el héroe no puede entender su vida sino a través de los designios del Universo entero, confundiéndose su ego con los bordes de “lo otro”. Preocuparse de sí mismo es preocuparse del Universo, esa es su intención. La inteligencia con la que lo lleve a cabo será cuestión de otro debate. Sin duda, un buen héroe es aquel que pasó por los estadios anteriores de intelectualidad, preocupación, quietud y sabiduría para lanzarse de lleno al valle de la acción. Y su grandeza en la misma dependerá de su genialidad o su endiosamiento para con su misión.

La mente mediocre, buscando la crítica fácil, pretenderá afirmar que la vida diaria, común, normalizada en los placeres y el dolor, también forma parte de cierta heroicidad. No le quitaremos razón. Pero no hablamos de ese tipo de heroicidad, que en todo caso, sería común para todos. Más bien la heroicidad de aquel que prescinde de cualquier cosa, para adentrarse en la locura de su visión. El arquetipo quijotesco, el Ulises latino o el Sir Galahad de las leyendas artúricas nada tienen que envidiar a un Jesús el Cristo, un Ghandi o cualquier contemporáneo nuestro que se lance a la transformación inmediata y radical de nuestro mundo. Decíamos que existe una urgencia de actuar, y esta urgencia sólo puede ser conducida por héroes de nuestro tiempo. Y el héroe reclama voluntad de actuar, acción, más allá de la reflexión filosófica o de la sabia quietud. Como Mirabeau, vivir una vida ejecutiva. Existir, para él, no es pensar, sino hacer. ¿Qué? Lo que se pueda. Todo menos soñar, nos advierte Ortega, es decir, imaginar que se hace algo sin hacerlo. Sirvan pues lo sueños de timón ante la necesaria urgencia de actuar.

Una revolución se acerca… no tiene nombre… es silenciosa… es imparable… seamos partícipes de la misma…

Durante algunos años, primero desde la cárcel y más tarde desde el ámbito de la libertad, hemos discutido hasta la saciedad cuan necesaria es una revolución a todos los niveles. El Sistema del que habla Mario y la Estructura que esbocé en mi segundo ensayo necesitan de una revisión profunda y particularmente urgente para poder mirar al futuro con cierto optimismo. Pero haciendo una revisión seria del pasado nos damos de bruces con una realidad sorprendente: esta necesidad de cambio hacia una posición mejor siempre la hemos perseguido. La imaginación utópica resurgió con fuerza en momentos de la humanidad que requerían una particular trascendencia hacia un estadio superior, entendiendo esta superioridad como algo mejor a lo conocido hasta ese momento. Desde los monacatos primitivos hasta las ideas platónicas o pitagóricas, el socialismo utópico, las comunas o las comunidades intencionales de nuestros días, son muchos, a lo largo de los siglos, los que han sentido y proyectado en la realidad experimentos encaminados a una mejora de la convivencia y la vida humana.

Pero todos esos experimentos no han solucionado la gran paradoja en la que vivimos y nos movemos especialmente desde hace unos cien años y se muestran ante la historia como fracasos incipientes y continuados. La técnica y la tecnología han mejorado en muchos aspectos la producción en masa y la convivencia entre las naciones, pero ha creado, a su vez, peligros reales de destrucción y auto extinción. En muchos aspectos hemos mejorado sin duda, pero en otros hemos retrocedido quizás por una falta de control o una inevitable pérdida de sentido de quienes somos y cual es nuestro lugar en el universo conocido. La desconexión entre el campo emocional y el campo mental ha sido tal que resulta difícil reconciliar dos aspectos imprescindibles para reencontrarnos con el equilibrio necesario.

Cada especie administra sus propias fuerzas para sucumbir irremediablemente al equilibrio natural necesario. Eso no ha ocurrido con lo humano, rescatando de la arbitrariedad y el orgullo una necesidad de conquista y expansión que no conoce límites. Su falta de control y desconexión con el mundo natural ha hecho de nosotros una plaga peligrosa capaz de destruir todo cuanto alcanza.

Pero no todo tiene porqué percibirse desde un arrojadizo pensamiento catastrófico. Dicen que las mejores ideas nacen de las peores crisis. También las revoluciones y los cambios profundos que han de procurar una vida mejor para la raza humana. Y esta crisis vivida en nuestros días debería servir a los teóricos y pensadores sociales para tejer la visión de un mundo nuevo basado en unos valores profundos y unos cambios revolucionarios a la hora de entender y conjugar nuestra existencia y convivencia entre nosotros y el medio. La imaginación especulativa resuelve la carencia de ideas, el miedo y la aversión hacia todo lo que resulte nuevo y novedoso.

Los ingenieros de la nueva sociedad no deben cometer el error que utópicos del pasado como Fourier cometieron. Durante más de diez largos años, este socialista utópico esperó todos los días de doce a una de la mañana a que algún rico acudiese a la cita que venía anunciando públicamente desde 1826 para iniciar la comunidad perfecta. Esta larga y estéril espera no es viable en un mundo de continuos cambios y avances, y sería más lógico pensar que la revolución puede hacerse desde abajo hacia arriba, desde lo más pequeño y singular hasta lo más grande y complejo, que es desde el individuo a la sociedad y su estructura. Ese hombre rico que esperaba Fourier para hacer realidad su proyecto utópico nunca apareció, dándonos un ejemplo histórico de que la consciencia no necesariamente va emparejada con la riqueza y de que en muchas ocasiones, la una necesita de la otra para construir el nuevo modelo.

Sin embargo, en los nuevos tiempos el paradigma profesa con fuerza lo que Mario llama constantemente el Camino del Medio, filosofía budista que pretende conjugar el mundo de la materia con el mundo del espíritu. Detractores existen en contra y a favor de esta tesis, pero parece que la realidad futura promueve este acierto caminar en el que las Cosas del Camino pueden y deben servir para un Propósito mayor y verdadero.

La moral contemporánea y las costumbres son los mayores obstáculos para un progreso mayor. La moral condiciona nuestras ideas y la costumbre moldea de forma rígida toda nuestra capacidad de movimiento y cambio. Nuestra sociedad sufre de estreñimiento precisamente por esa anquilosada estructura difícil de modificar, y es ahí donde el camino del medio pretende penetrar para purificar con sus aguas los residuos del pasado.

Las discusiones de estos últimos años han ido encaminadas a buscar soluciones que pasaran inevitablemente por encima de El Sistema pero a su vez, utilizando sus cosas buenas para mejorarlo o transformarlo. La base filosófica profunda que Mario promulga tiene que ver con El Silencio, al que añadiría con su permiso lo de Absoluto, en el que hombres y mujeres libres trabajan sigilosamente para mejorar y transformar el mundo. El sueño de La Montaña tenía que despejar esa duda y proveer de Silencios un mundo excesivamente ruidoso. De ahí la necesidad de un ejército de personas invisibles, anónimas, que trabajen y sirvan para transformar desde sus pequeñas parcelas una realidad que requiere la urgencia de actuar.

Los utópicos pasados hablaban de la crisis de nuestra sociedad y suponían que el siguiente estadio en la evolución humana sería entrar en la sociedad armónica. Nuestra sociedad actual, llamada ya por entonces como sociedad civilizada, corrompida por innumerables vicios económicos, políticos y de toda índole, supone un obstáculo para el avance hacia el nuevo mundo. La abundancia universal y la paz social, sin dejar atrás un justo equilibrio entre los miembros humanos y el medio circundante serían requisitos imprescindibles para ingresar en ese nuevo estadio. Para que esto fuera posible, Fourier avanzó en su día que harían falta 2.985.984 falansterios, ni uno más ni uno menos, conquistando con ellos el sueño utópico de una vida mejor. En nuestros días, quizás haga falta esa suma de personas capaces de influir en la sociedad y hacerla libre: libre de sí misma, libre de su pasado, su presente y su futuro, libre para decidir qué camino es el más indicado para disfrutar de una vida plena. No es necesario, por lo tanto, la organización de la vida social, si no la transformación radical de la misma. Y esa transformación revolucionaria será conocida por la Revolución Silenciosa.

Ahora toca proyectar el futuro, imaginarlo, mejorarlo, y a continuación, como arquitectos de una gran obra inacabada, ponernos a trabajar con la dureza que haga falta para que la nueva visión sea materializada cuanto antes. Ese es nuestro destino irremediable antes de que la raza humana acabe en un recuerdo cósmico sin importancia.

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