Antropología

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Pocos observan la degeneración de nuestra cultura, de nuestra sociedad y de nuestros valores. Pocos caen en la cuenta de que la edad del Kali Yuga, la Edad Oscura según la tradición hinduista, está estrechamente vinculada a toda esta perversión en la que nos encontramos como raza y humanidad. La decadencia de lo ario, que según los Vedas es la raza que domina el mundo en esta era, tiene que ver con la autodestrucción a la que vamos avanzando con pasos agigantados. Como una especie de cáncer para la Tierra que al degenerar mata incluso a su huésped, así nos comportamos.

No creáis que esto es un pensamiento pesimista. La destrucción forma parte de la vida porque así actúa la Ley Natural. Vida, Muerte y Resurrección. La naturaleza siempre tiene ese poder de regeneración. Se puede quemar un bosque pero en poco tiempo la vida vuelve a crecer en el mismo. Se pueden destruir imperios enteros pero lo humano vuelve a resurgir en otra parte o en otro tiempo.

Según la tradición Shivaita, el Destino del Mundo tiene mucho que ver con lo que en el Lingä Purana son llamados ciclos vitales de existencia, lo cual asume inevitablemente en su interior la extinción de todo cuanto existe. Los ciclos más importantes son llamados: Krita Yuga, Treta Yuga, Dvapara Yuga, y finalmente Kali Yuga. Tienen una duración respectiva de 24.195, 18.146, 12.097, y 6.048 años. Según el calendario tradicional hindú, el Kali Yuga, la edad en la que nos encontramos, comienza en el 3.102 antes de Cristo. Este calendario divide en cinco partes la conocida como Edad Oscura o de Hierro: Alba del Kali Yuga 3.606 a.c., Kali Yuga 3.102 a.c., Medio del Kali Yuga 582 a.c., Comienzo del Crepúsculo 1.939 d.c., Final del Crepúsculo del Kali Yuga 2.442 d.c.

Vemos por lo tanto que el comienzo del final, el cual empezó en 1.939, en una época convulsa para la humanidad con las dos grandes guerras mundiales como colofón de todo, no ha hecho más que empezar. Aún nos quedan por delante cuatro generaciones más para adentrarnos en el final de la Edad Oscura y empezar un nuevo ciclo de mayor esplendor. Esperemos que mientras todo esto ocurra, los Sabios reestablezcan el nuevo plan en la Tierra. El plan de resurrección, de luz y de vida.

La expresión del amor la aprendemos de nuestros padres, pero muchos quedan atrapados en esa energía sin saber transmutarla con la edad. Madres que duermen con sus hijos, hijos que viven con la madre casi toda la vida. Padres que se enlazan subconscientemente con su hija, creyendo incluso que es ella su pareja, y no su pareja real. Madres solteras y con hijos que sabotean nuevas relaciones porque han creado ya un vínculo de pareja con su descendiente. Padres incapaces de tener relaciones sexuales con parejas por miedo a defraudar a su hija. Hijos e hijas que sienten tanta fascinación por sus padres que no pueden entablar relaciones serias con personas de su edad. Mujeres que se enamoran de hombres diez o veinte años mayores, buscando con ello seguir con el lazo incestuoso de su padre. Personas que buscan parejas que no sobrepasen en nada a sus padres. Edipos intelectuales en los que los hijos repiten los patrones y valores de sus padres: todos somos de derechas o izquierdas, todos somos de tal equipo de fútbol, todos vamos a los mismos sitios, y vivimos en los mismos pueblos, y queremos y amamos a las patrias de nuestros ancestros. Personas que buscan extranjeras para que no puedan competir con sus padres. Padres que ponen a sus hijos los mismos nombres o padres que se ponen celosos de sus parejas cuando estos se llevan excesivamente bien con sus hijos. Otros que viven apegados a amores imposibles, amores platónicos, similar al amor inconsciente e imposible que sentimos de pequeños hacia nuestros mayores. Algunos van buscando que otros nos abandonen de forma subliminar. Buscamos parejas imposibles para que luego cualquier excusa sirva de detonante destructivo de la relación. Así seremos la novia o el novio eterno de nuestros ancestros, o descendientes, de tenerlos en el caso de madres o padres solteros con hijos. Personas incluso que se meten a monjes, o llevan una vida de puro celibato porque así serán los novios eternos de sus padres, o personas que confunden su sexualidad para sabotear con ello constantemente relaciones. Incluso la búsqueda de maestros y gurús que puedan ser referentes de esos padres que en algún momento nos abandonaron. O la búsqueda superficial de expresiones de poder, o de hombres o mujeres de poder, para anclarse en esa energía ancestral que pretende realzar nuestra línea sanguínea. Cientos de problemas sexuales no resueltos precisamente por estos lazos caducos.

Todo esto surge por los afectos de los que no sabemos salir cuando somos niños, reproduciendo de mayores los apegos que deberíamos haber superado. Como padres, debemos saber acompañar a los hijos en todas las etapas de la vida, siempre de forma correcta sin confundir los roles de unos y de otros. Como hijos, debemos estar alerta para no reproducir lazos que ya no tocan y que hay que sanar. He visto madres que besaban a sus hijos en la boca, que dormían con ellos, aborreciendo el sexo con sus parejas, o el simple contacto. Madres que ya tenían pareja –su hijo- y que desean parejas de mucha mayor edad, con la vida resuelta y segura –el padre-.

Vivimos muchas veces en nudos incestuosos, como los llama Jodorowsky, de los que  no somos conscientes. Vivimos anclados en relaciones que no son sanas porque no hemos resuelto del todo situaciones pasadas, traumas de la infancia o relaciones que no han superado su estadio natural. Hay muchas formas de consumar una pareja ficticia anclados aún a la energía familiar. Lo podemos ver en las parejas que no funcionan, en los maridos que necesitan estar siempre fuera de casa o que están anclados excesivamente en el entorno familiar con frecuentes visitas a los mismos descuidando su propia familia.

La verdadera entrega en el amor solo es posible cuando hemos resuelto estos laberintos del pasado, incluyendo en ellos todo tipo de traumas, conscientes, inconscientes y subconscientes. Algunos podemos verlos e identificarlos, otros, necesitamos de un profesional o terapeuta para hacerlo.

(Foto: Esta tarde cortando leña para pasar el frío invierno mientras reflexionaba sobre la fuerza del Edipo. ¿Será por la forma fálica de los troncos?).

 

Como antropólogo podría dar cientos de discursos intentando justificar el carácter y el espíritu de eso tan abstracto que llamamos cultura. Como editor podría decir otro tanto y como escritor me llevaría días escribir y describir resumidamente lo que entiendo por cultura. Cuando ahora me preguntan, intento resumirlo en dos palabras: es el espíritu de un pueblo. El alma particular de cada lugar y de cada tiempo.

Dicho así parece una salvajada que pretende traspasar a la Ilustración y su “cultivo del espíritu”. Pero creo ciegamente en esta afirmación.

El hombre, lo humano, es un proyecto inacabado. Se experimenta así mismo, se trasciende, penetra la realidad de forma singular, es capaz de imaginar mundos y crearlos, y es capaz de imitar a la naturaleza, pero también de extenderla. Y esa extensión, esos ramajes que son mayores que la suma de sus partes es el espíritu humano, esa vaga y abstracta ensoñación que pretende animar de alguna forma el corpus humano en un tiempo y en un espacio determinado.

Algunos pensadores alemanes como Fichte y especialmente Helder ya hablaban del espíritu de los pueblos o volksgeist, en alemán. Para los chinos y especialmente para el taoísmo, los acontecimientos humanos nacen del Taiji o Gran Polaridad, ese acontecimiento que surgió después del Wuji o estado primigenio del Universo no diferenciado. Para los japoneses y practicantes del budismo zen, es el Ensō, que sería ese momento en el que la mente se muestra libre y vacía dejando simplemente que el espíritu se ponga a crear.

Y es en este punto de creación donde la cultura tiene mucho que ver con lo que estamos tratando, porque la cultura solo nace cuando hay un aspecto creador, un algo que nos diferencia y provoca una identidad propia, un Taiji que provoca mutaciones.

Toda esta reflexión venía a cuento porque el otro día, en un pleno municipal donde debían tratar los presupuestos para el año que viene, se preguntó sobre la partida de cultura. Un año más, esta partida sería una de las más pequeñas y ridículas, mucho más pequeña incluso que la partida de festejos, por poner solo un ejemplo. Y es particularmente curiosa la forma que tenemos de descuidar “el espíritu” de un pueblo, aquello que realmente nos alimenta como unidad social.

Es por eso que me fascina ser antropólogo y ser editor. Lo primero porque me permite bucear en el espíritu humano, en sus culturas, explorar su alma más profunda. Lo segundo porque me permite ser un pescador de almas. Cada libro, cada autor representa un trozo de ese corpus colectivo, de ese espíritu de este tiempo y de este lugar. El poder rescatarlos de ese océano de incertidumbre me permite, como en el Taiji, provocar mutaciones culturales, y por lo tanto, me permite prolongar el espíritu del pueblo. Cada elección, cada libro editado, está de alguna forma imprimiendo un carácter particular en esa cultura. Cada pensamiento que puede ser plasmado en un libro está inyectando una nueva forma de entender el mundo, una nueva visión y una nueva mutación del espíritu cultural. Dicho así, es una tarea fascinante, comprometida e increíble que me enorgullece.

Por eso, cuando vayas a tu estantería y puedas ver esos libros uno tras otro respira profundamente porque ahí encerrado hay un trozo de espíritu humano, de espíritu cultural. Volvamos a recordar las sabías y profundas palabras de Lorca sobre la importancia de alimentar la sed de nuestras almas con libros, muchos libros: http://www.creandoutopias.org/2011/05/lorca-medio-pan-y-un-libro/

He publicado un artículo que aparece en el mes de noviembre en la revista Plural hablando un poco sobre el ascetismo ecológico que he descubierto en las Comunidades Utópicas como alternativas a la convivencia.

Como antropólogo estudioso de las comunidades utópicas me fascinan las ideas que surgen en torno a ese nuevo modelo de comunidad que nace en las redes. Una comunidad viva, dinámica, que expresa sentimientos y pensamientos de forma ágil y rápida y que son transmitidos de manera increíble por cientos y miles de personas. Es tan explosiva su fuerza que ya hemos visto las consecuencias en esta crisis, especialmente en los países árabes y en los movimientos que han surgido en los países occidentales. Y es importante entender las sinergias que de forma tan rápida se mueven en las mismas porque dan una idea de cuanto están cambiando los tiempos y de qué manera se expanden los pensamientos simientes, las ideas-fuerzas que han de transformar nuestras sociedades y nuestro mundo.

Hay un poder que se está desarrollando y que nos anima a la creación activa. Y hay personas que con su fuerza son capaces de movilizar ese poder, esa energía activa en nosotros. Os pondré un ejemplo. En estos dos días, la amiga Suzanne Powell (http://suzannepowell.blogspot.com/ ), un hermoso ángel venido de universos lejanos, añadió algunos escritos de mi página en su blog, el cual arrastra a multitudes hacia su centro de gravitación. Sólo tuvo, con un gesto, que dirigir su atención hacia un artículo y toda la fuerza fue arrastrada hasta este lugar, multiplicando en poco tiempo por diez las visitas que normalmente recibía (adjunto estadística para que veáis como esa fuerza se puede reflejar en una gráfica). Sin duda, SP es un ser excepcional capaz de manejar con sus ideas fuerza todo un cúmulo de energía. Lo hermoso, lo apasionante, es que la dirige con amor, desapego y entrega al prójimo. Y esa entrega, ese servicio que trasciende lo humano y traspasa las barreras de lo común se manifiesta en nuestra era inclusive en las redes sociales. Pues que su fuerza siga iluminando y que su poder siga aumentando en bien de nuestra humanidad…

 

(Foto: ayer un nuevo récord de visitas en Creando Utopías: 3340)

A las seis de la mañana ya estaba despierto. A las ocho ya recibía mensajes y alguna llamada de ánimo. A las diez ya estaba en la universidad de Sevilla, casi a cuarenta grados de temperatura. Pasado el medio día en punto, tras una larga exposición por mi parte sobre las utopías y las comunidades,sobre la Nueva Cultura Ética,  sobre mi trabajo antropológico, la metodología empleada, los objetivos principales, los casos paradigmáticos y un largo etc,  el tribunal me felicitaba por el trabajo realizado y me otorgaba la mayor nota: sobresaliente. A las dos me paré en Lora del Río para celebrar el acontecimiento en un restaurante chino. A lo grande. Ensalada de primero, pan chino, rollito y arroz. En ese momento me llamaron mis padres nerviosos para ver como me había ido. Mi padre, emocionado, se puso a llorar. Creo que nunca lo había visto llorar. Pero ellos más que nadie han sufrido estos años de locura de su hijo. De repente, yo también empecé a llorar. Y empecé a recordar todos los viajes, todas las incomprensiones de unos y de otros, todos los lamentos, todas las cosas que dejé atrás, todos los amigos, las emociones, las durezas del camino. Aún recuerdo esos dos años que tardé en convencer a mi pareja para que nos fuéramos de Cataluña, dejando una buena posición, una bonita casa y un cómodo trabajo sólo porque quería hacer la tesis doctoral fuera de allí. Y así lo hicimos. En julio del 2005 me licenciaba en antropología en Barcelona y me aceptaban para el doctorado en Sevilla. En agosto pusimos la casa en venta y en septiembre la vendimos. En octubre yo ya estaba viviendo en la Sierra de Hornachuelos. Así de rápido fue todo, como si ese y no otro fuera nuestro destino. Y luego pasaron tantas cosas que ni las recuerdo. Mis “multisituados” viajes, como los he llamado hoy en la defensa de la tesina. Mis idas y venidas a California, a Escocia y Alemania. Los viajes por Etiopía, por Mongolia, por India… Y las escapadas a Dinamarca, Francia, Italia, Suiza, Suecia, Noruega, Inglaterra, Holanda… Tantas que no sabría contarlas. Pero los profesores del tribunal estaban contentos porque habían leído un trabajo diferente, único y atractivo. Y mi directora emocionada porque por fin habíamos dado el paso, por fin nos habíamos sacudido los miedos por presentar ante el mundo académico un trabajo tan singular. Sí, lloraba con mi padre porque no ha sido sólo una tesis, sino además, una experiencia vital. Así que ahora me siento libre, aliviado, feliz. Un viejo sueño se ha cumplido, un sueño que empezó hace muchos, muchos años, y que por cabezonería de tauro he conseguido cumplir contra viento y marea. Hoy ha sido un gran día, y para celebrarlo, comí en un chino. Gracias de corazón por vuestras llamadas y mensajes… Me he sentido estos días muy acompañado y feliz de teneros…  Ahora, una vez conseguida la Suficiencia Investigadora y el Diploma de Estudios Avanzados que me permite dar clases en la universidad, puedo enfrentar con calma y alegría el ansiado doctorado. Un año más de esfuerzo y me podré colgar por fin esta medallita personal. Ahora sí que podré decir eso de “profesor universitario busca trabajo”. Suena hasta bien…

 

Hace unos años, en julio de 2006, el antropólogo Javier León emprendió un viaje a Los Ángeles, en California, para indagar sobre la supuesta influencia franciscana que según el mito y la leyenda, había surgido de la Sierra de Hornachuelos. Según había escuchado, el nombre de tan insigne ciudad estadounidense se debía al bautismo realizado por los mismos habitantes que siglos atrás habían habitado el monasterio de Los Ángeles, en Hornachuelos. La coincidencia de nombres y fechas parecía demostrar esta leyenda.

Se ha escrito mucho sobre la historia y los mitos del monasterio de Los Ángeles, situado en la Sierra de Hornachuelos, desde que en 1490 fuera fundado por el II Conde de Belalcázar1, el cual, en su vida religiosa fue Fray Juan de la Puebla. Con el tiempo, su influencia y fama se extendió a más zonas, siendo incluso cabeza de la Provincia Franciscana de Los Ángeles.

En la época de la fundación del monasterio, fueron descubiertas las Nuevas Indias, siendo la Orden Franciscana una de las que más aportes evangelizadores embarcó hacia el nuevo mundo. Ya en el primer viaje de Cristóbal Colón, le acompañaron dos hermanos legos de la orden. Un total de 8.441 franciscanos marcharon a América en la época española, lo que significó el 55,91 % del total de los 15.097 evangelizadores enviados por España. Por todos es conocida la participación activa del monasterio de Hornachuelos en la evangelización de América, donde tuvo su propia importancia. Por poner un ejemplo, fue Fray Cristoval Rabaneda, nacido terrenalmente en Posadas y espiritualmente a la vida religiosa en el monasterio de Los Ángeles, quién fundara en Perú la Provincia de la Santísima Trinidad.

El monasterio siempre se ha llenado de mitos y leyendas, las cuales alimentaron su fama no sólo en el pasado más remoto, sino en nuestro presente más contemporáneo. En nuestra actualidad, corre por el pueblo de Hornachuelos la leyenda de que la ciudad californiana de Los Ángeles debe su nombre al monasterio que durante siglos fue habitado por los franciscanos. Si bien esta ciudad fue fundada cerca de una misión franciscana, habría que investigar con mucha cautela la casual coincidencia.Dicho mito inspiró un viaje hace unos años a la ciudad norteamericana de Los Ángeles para indagar in situ la realidad de esta afirmación. Visité la ciudad vieja, El Pueblo, como allí se la conoce, e indagué por sus calles, archivos y bibliotecas. La decepción vino cuando descubrí que toda la información relativa a la época de la fundación de la ciudad había sido conservada en México, país al que pertenecía por aquel entonces la Alta y la Baja California. Algunos restos de aquel no tan remoto pasado están custodiados por monseñor Francis Weber, en la Misión de San Fernando del Rey, en la biblioteca de Doheny.

Sin embargo, algunos datos eran claros con respecto a la fundación de la ciudad y el porqué de su nombre. Fue el franciscano mallorquín fray Juan Crespi en 1769 quién dio nombre al río que se hallaba cerca de lo que hoy se conoce como ciudad de Los Ángeles. El nombre acuñado por este misionero fue el de “EI Río de Nuestra Sefiora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula”, seguramente no en honor al convento de Hornachuelos, sino del primer convento que fundó San Francisco en Asís. El 4 de septiembre de 1781, un grupo de colonos gobernados por Felipe de Neve establecieron una comunidad en aquella zona a la que le dieron el nombre de “El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula”, por el nombre del río que años antes había bautizado el religioso Juan Crespi. De ahí derivaron más tarde la ciudad y el condado de Los Ángeles. Fueron, por otro lado, Fr. Francisco Palou y su maestro Fr. Junípero Serra, ambos de la Provincia de San Francisco de Mallorca, los que fundaron la mayor parte de las misiones de California.

Aún así, estos datos a priori negativos para la gloria del antiguo monasterio, no deben quitar importancia a su fama y popularidad. Esta expansión y esta fama sólo puede ser entendida si analizamos la sacralidad del lugar y de aquellos que se esforzaron en acrecentarla. Los lugares llegan a ser sagrados y se encuentran saturadas de ser, de energía, a raíz de un hecho simbólico, un acto religioso o cualesquiera otro método que haga de ese lugar u objeto, algo diferente. El lugar u objeto, aparece como dotado de una fuerza extraña que lo diferencia de su medio y le confiere sentido y valor. Eso es precisamente lo que ocurre en la Montaña de los Ángeles, lugar sacro por excelencia y dotado de un valor añadido que lo diferencia del resto de los lugares comunes. Prueba de ello es que más de quinientos años después de su fundación, sigamos hablando de él con curiosidad y emoción. Existen muchos textos, pasados y presentes, que pretenden ensalzar la popularidad del lugar. Una muestra de ello lo vemos en el siguiente texto:

“Cerca de Hornachuelos se encontraba el monasterio franciscano de Nuestra Señora de los Ángeles, la casa madre de la Provincia franciscana de los Ángeles, Provincia a la que pertenecía el convento de Palma y a la que pertenecería el de San Antonio de Padua de Lora. Nuestra Señora de los Ángeles, la “montaña santa de los Ángeles”, como en ocasiones se la llamaba, era un centro comarcal de peregrinación. Allí acudían los loreños: la devoción que en toda aquella comarca se tiene con aquel santo convento y sus oratorios, y la estima y veneración en que la tienen, no es cosa que sabré decir como esto es, porque no se tiene por dichoso el que no ha visitado aquel celebrado santuario; ni le ha visto criatura que no se haga lenguas en alabanza de sus excelencias y del espíritu de devoción que allí se experimenta. Allí se vienen a hacer las confesiones generales desde muchas leguas, y tanta frecuencia hay de confesiones y comuniones … que son muy contados los días del año en que dexa de haber gente para eso de las ciudades de Córdoba y Écija, de Carmona,

Palma, Lora, Las Posadas, Montilla, La Rambla de Hornachuelos y … de todo aquel contorno”.

Alejandro Guichot y Sierra hace una minuciosa descripción de todas las leyendas surgidas a su alrededor. Las más conocidas sin duda son la leyenda de la mujer penitente1, la visita de Felipe II, el Salto del Fraile, los cuerpos incorruptos, el Santo Niño de Écija… Tales leyendas dieron fama al lugar, lo cual produjo un sinfín de visitas. Además, sirvió de inspiración al duque de Rivas para su obra “Don Álvaro o la Fuerza del Sino”, que más tarde Verdi transformó en su ópera “La Forza del Destino”.

La leyenda o el mito del origen de la ciudad californiana de Los Ángeles no deja de ser hermosa y romántica, pero viendo los datos aquí aportados, vemos que carece de sentido alguno. Aún así, existe un nexo común que une a un nombre con el otro. Una misma inspiración que nació de un mismo personaje y creció en el tiempo multiplicándose el mismo ideal en diferentes lugares tan dispares. Los Ángeles, no es sólo un nombre, es el símbolo de una inspiración que ha arrastrado a muchos a viajes y descubrimientos. Yo mismo me lancé a la búsqueda de ese viaje en la lejana California y volví no decepcionado, sino ávido de acrecentar y multiplicar aún más la fama de este lugar.

 

Treinta grados en Sevilla a las dos de la tarde. Comida con la directora de tesis justo en frente de la facultad. Conversación distendida y alegre, optimista. Repaso de algunas cosas que habrá que modificar antes de la defensa. Contentos, y en mi caso, jubiloso. Hace algunos años dejé muchas cosas para saborear este momento. Así que me sentía con los sesos derretidos por el calor, pero feliz, muy feliz. La directora de tesis también estaba contenta por culminar tras duras pruebas un camino recorrido. A veces largo, a veces penoso.

Repasando esta noche la tesis he viajado por todos esos lugares que daban orden y concierto a este trabajo académico. Tantos y tantos lugares visitados y tantas y tantas personas que pasaron, algunas fugaces, otras para quedarse para siempre dentro de mí…

Un cruce extraño de sensaciones esta tarde. La realidad parecía evanescente e intangible, pero viva e íntima. Había un motor vital que todo lo movía, acompañado de una sensación entre el duermevela, la ficción y la fantasía. Treinta grados de calor insoportable pero estoico, en un momento pulcro e hilvanado por la sensación de querer más, de desear más.

Había hoy una brillante transversalidad en todo cuanto ocurría. El café, el último café tras años de paciente espera, ha quedado inmortalizado en una evasión onírica. Aún lo saboreo mientras digo adiós a un ciclo y doy la bienvenida a lo nuevo. Y que lo nuevo sea poderoso y lleno de esplendor.

 

El tránsito del invierno a la primavera siempre ha venido acompañado de múltiples celebraciones, ritos de paso y liturgias de toda índole. Desde hace milenios se representa este tránsito en la primera luna llena del equinoccio de primavera. En estos periodos de transición se reclamaban los Misterios y se producía el acercamiento entre las Enseñanzas y la Vida. El huevo, símbolo alquímico por excelencia del principio vital, era utilizado como representación del cosmos. Y es en la entrada de la primavera, estación fértil por excelencia, donde el hombre ha pervivido con la tradición de comer el huevo cósmico, mito de la creación, del ser primordial y de la existencia. Del mismo nació el dios Fanes, deidad hermafrodita de hermosas alas doradas que se le representa naciendo del huevo cósmico. La cristiandad también recuperó la tradición del huevo de Pascua, un rito judío que se trasladó al mismo momento de la resurrección de Jesucristo, simbolizando con ello la victoria de la vida (la primavera) sobre la muerte (el invierno). Así, los ritos paganos se trasladaron a las religiones institucionalizadas, sirviendo de vehículo cohesionador para la cultura del momento.

Y ayer tuve una experiencia antropológica de primer orden cuando vi como se realizan los huevos de pascua en el norte de Europa. Primero se seleccionan los huevos, los cuales son rodeados con flores o granos de arroz o hierbas. Se cubren con capas de cebolla cuidadosamente, metiéndolos posteriormente en unas viejas medias. Se crea con ello una tira de huevos que se tiñen con cebolla hirviendo en agua. Las hojas de cebolla sueltan un tinte especial que da color a los huevos. Cuando están hervidos, se retiran las capas de cebolla, las flores y demás ornamentos y se crean fantásticos dibujos. La verdad es que el resultado es sorprendente. Al día siguiente, cada uno coge un huevo y nace un nuevo rito, que consiste en golpear tu huevo con el resto. El que resiste el golpe, habrá ganado y sus deseos se cumplirán para el nuevo año solar. Que así sea y que todos los sueños cósmicos se cumplan, más allá de nuestras pequeñas voluntades.

 

También conocida como “Leyenda Dorada” o “Leyenda Sanctorum”, fue una recopilación del siglo XIII realizada por el dominico Santiago de la Vorágine sobre la vida, obra y milagros de cientos de santos de la cristiandad. Una de las más conocidas es la leyenda del romano Jorge de Capadocia, lugar de la actual Turquía, el cual, ante el inminente sacrificio de una bella princesa en la cueva de un dragón, éste le alcanzó el corazón con su lanza dándole muerte al mismo. Dicen las crónicas que Jorge de Capadocia murió el 23 de abril del 303, considerado por sus hazañas santo de la cristiandad.

Las leyendas son profundas y encierran un velado mensaje, un arquetipo que se transmite generación a generación en la psique de la humanidad. Y las leyendas y los mitos acaban, a veces, en tradiciones. Tradiciones hermosas como la de Sant Jordi en Cataluña. Al parecer, cuando la sangre del dragón cayó a la tierra, de sus gotas surgieron rosales rojos. De ahí que con el tiempo surgiera la costumbre de regalar una rosa a la persona amada…

Esta mañana, mientras volvíamos de la Montaña a Madrid, pasamos por las Navas de Tolosa y empezamos a recordar las batallas de las antiguas hordas cristianas contra los reinos musulmanes. Mientras pasábamos por el estrecho de Despeñaperros entre lluvias y montañas inmensas, me imaginaba la dureza de la batalla y lo hermoso de la paz presente. Esa paz que estalla en la decadencia de occidente necesita cada vez más de mitos y leyendas. Por eso, aunque de forma simbólica, no he podido con la tentación de regalar una rosa cargada de cierta emoción y esperanza… Por eso, algo se mueve dentro de mí cuando el arquetipo de San Jorge atraviesa con su lanza el dragón que todos llevamos dentro…

 

Hemos pasado el día en los yacimientos de Atapuerca y el museo de Evolución Humana de Burgos. En los paseos, pensaba en lo increíble que resulta la historia de la humanidad, de la vida, de la consciencia. Veía como el homo sapiens había sobrevivido a tantos y tantos obstáculos y peligros. Casi parece un milagro que ese mismo homo que hasta hace poco debatía su supervivencia entre cavernas, ahora esté escribiendo un texto consciente, con algo de música de fondo, iluminado por la tenue luz de una lámpara, sentado cómodamente en un sillón suspendido en la séptima altura de un edificio de esa colmena humana que hemos dado por llamar ciudad. Cuando en el museo veía la torpeza con la que fabricaban las primeras herramientas en piedras de silex, casi me parecía algo de magia todo lo demás: los ordenadores, los móviles, los coches, las ciudades… ¿Cómo es posible que de tanta incerteza, casualidad, suerte y toda serie de hechos fortuitos se haya creado todo este complejo existencial? Si encendiéramos un ordenador de última generación en mitad de una selva y en él pudiéramos ver y escuchar el Allegro ma non troppo de la novena sinfonía de Beethoven, ¿podríamos pensar con cierta tranquilidad metafísica que todo eso ha podido surgir de ese verde intenso, de esos ríos, de ese bosque, de esa naturaleza? ¿No parecería más bien algo de otro planeta? ¿Y si realmente fuese así? ¿Y si nuestras consciencias fueran algo inyectado desde otro mundo, y de ahí que el virus que se gestó en nuestras primitivas mentes haya podido crecer hasta crear maravillas como La Flauta Mágica de Mozart o la dulce creencia de un Arquitecto del Universo? Lo cierto es que cuando paseábamos por la Sima de los Huesos, o la Gran Dolina, o la Sima del Elefante, no podía más que fascinarme por lo que la naturaleza, en su proceso evolutivo, ha sido capaz de crear… Si el Homo Antecesor levantara la cabeza, seguramente no daría crédito a todo lo que hemos llegado en tan solo un par de millones de años… Simplemente maravilloso, milagroso, increíble… El Homo Sapiens ha superado todas las expectativas de la Gran Creación… ¿hasta donde seremos capaces de llegar?

 

Cuando entras a una sala llena de gente, lo primero que puedes observar es la forma en que se organizan los círculos, y sobre todo, y lo más divertido, es ver como se interrelacionan unos con otros y como la comunicación no verbal expresa cosas asombrosas. Las imágenes transmitidas con este “paralenguaje” son estudiadas por especialistas, especialmente en las ramas de la antropología de la gestualidad o la psicología. Gracias a diversos estudios sabemos que nuestra comunicación no verbal, es decir, los gestos, confieren el 90 por ciento de nuestra expresión, de todo lo que decimos, quedando la palabra relegada sólo al 10 por cien.

Antropólogos como el norteamericano Edwar T. Hall estudiaron temas como la próxemica, es decir, como organizamos el territorio y la distancia para comunicarnos con los otros. Ray Birdwhistell fue pionero en la investigación sobre la kinesia, es decir, los gestos o movimientos corporales. Por ellos sabemos que existen “un conjunto de signos mucho más complejos que el lenguaje humano y con mayor contenido en cuanto a lo que expresamos tanto voluntaria como involuntariamente. Es decir, todo lo que hace referencia al “cómo se dice”: gestos, expresiones faciales, movimientos corporales, el espacio que nos separa del otro,… comunicación a través de la forma en que vestimos, en como nos mostramos, en como nos sentamos, si miramos o no a la cara, si hablamos despacio o deprisa,…todo ello son signos que permiten a la persona que nos escucha hacerse una idea de quiénes y cómo somos”.

Esto es importante a la hora de visualizar un panorama, interpretar una conversación o vislumbrar emociones ocultas, diálogos incoherentes o contradicciones extrañas. De ahí lo divertido de interaccionar en grupos o con personas. Con cierto afino, puedes “ver” y “leer” cosas que sin atención no tendrían mayor relevancia. Casi todos los círculos son grupos de afinidad que vienen organizados por el estatus de cada uno de ellos. Normalmente, cada grupo suele liderarlo alguien con cierto carisma, ya sea porque el resto le otorgue ese carisma o porque él mismo, por sus méritos, lo posea innatamente. A su alrededor se agrupan personas que desean saber más de él, que desean estar a su lado simplemente porque eso les otorga cierto “endiosamiento” o poder social o que por afinidad o amistad resultan pertenecer a un mismo grupo. Los vínculos de afinidad pueden ser por muchas causas. Grupos de intereses, familiares, de estatus, de poder… Lo curioso de todo es observar como se jerarquizan las afinidades, y a qué cosas son capaces algunos para intentar estar “ahí” o para llamar la atención sobre “algo”. Si volviéramos a entrar a esa sala llena de gente podríamos observar y jerarquizar a los mismos en una clasificación divertida, la cual podríamos ordenar interpretando los gestos, las miradas, los diálogos no verbales que tanto nos dicen. No perdáis la oportunidad de jugar a leer en el libro de los gestos… Puede ser una aventura fascinante…


Los indios Cherokee tienen un hermoso rito de pasaje para procurar el pase de la edad infantil a la edad adulta del niño que ya está listo para este importante cambio en su vida.

Su padre le lleva al bosque, con los ojos vendados y le deja solo. Él tiene
la obligación de sentarse en un tronco toda la noche y no quitarse la venda
hasta que los rayos del sol brillan a través de la mañana.

Él no puede pedir auxilio a nadie. Una vez que sobrevive la noche, él ya es
un hombre. Él no puede hablar a los otros muchachos acerca de esta
experiencia, debido a que cada chico debe entrar en la masculinidad por su
cuenta.

El niño está naturalmente aterrorizado. Él puede oír toda clase de ruidos.
Bestias salvajes que rondan a su alrededor. Quizás algún humano le puede
hacer daño. Escucha el viento soplar y la hierba crujir, él sentado
estoicamente en el tronco, sin quitarse la venda. Ya que es la única manera
en que podrá llegar a ser un hombre.

Por último, después de una horrible noche, el sol aparece y al quitarse la
venda, es entonces cuando descubre a su padre sentado junto a él. Su padre
veló toda la noche, para proteger a su hijo del peligro.

Así, nosotros tampoco estamos nunca solos. Aun cuando no lo sabemos, siempre hay alguien que está velando por nosotros, sentado en un tronco a nuestro lado.
Cuando vienen los problemas, lo que tenemos que hacer es sólo confiar.

Nunca había asistido a un acontecimiento de ese tipo así que observé con detalle todos los rituales y escenificaciones de ese sociodrama tan conocido. Era mi primera vez y sentí mucha curiosidad antropológica. Estuve atento a todo lo que ocurría, pero sobre todo, al comportamiento de la gente, la gestión de sus emociones, privadas y colectivas, y la forma de racionalizar tal evento.

En el palco estaba el jefe de la oposición, Rajoy, y todas las personalidades pertinentes que asistían con emoción algunos y con expectación otros a esas instalaciones lúdicas creadas para divertir al pueblo. Supongo que su presencia daba rigor e importancia al evento y además, alguien que aspira a gobernar, debe saber hacerlo desde lo más sencillo, que es apelando a la célebre manía de dar al pueblo alimentos –hoy día llamados servicios sociales o Estado del Bienestar- y entretenimiento –de muy baja calidad, por cierto- para mantener a la masa tranquila y de paso ocultar o disimular hechos que podrían revelarse como controvertidos o incómodos.

Empezó la función con música, mucha música. Luego silencio. La gente se agolpaba en los asientos bien ordenados. Mi amiga era la única mujer del palco, cosa que contrastaba en un mundo, ese, totalmente masculino, sexista y recio. Al acto estaba permitida la entrada a mujeres y niños, pero no su participación en el juego, la cual, como en otras instituciones arcaicas como la Iglesia o la Masonería ortodoxa, está vetada. No deja de ser curioso que esto cause polémica en las instituciones religiosas pero no en las deportivas, como si fuera culturalmente aceptado que el hombre y la mujer son iguales socialmente, incluso deberían serlo a la hora de ordenar el “misterio”, la religiosidad o la espiritualidad, pero no en el deporte. Extraña esta hipocresía lúdica a no ser que la entendamos como una nueva religión que impone su patriarcado exclusivo.

Así que once hombres vestidos de rojo (allí les llamaban “la roja”) y once hombres vestidos de amarillo se enfrentaron unos a otros a la búsqueda, control y posesión de un objeto redondo que llaman “balón”. Me llamó la atención la uniformidad del vestuario, supongo que con la intención de hacer más fácil el juego y de paso alinear a los individuos en cierta cohesión grupal. Había, sin embargo, un matiz diferenciador en las botas, donde cada uno, y de forma más o menos libre, podía entronar su ego eligiendo el color y la marca preferida. Así que el control se manifiesta sutilmente no solo sobre el balón, sino sobre los individuos que lo mantienen, de los cuales se espera un comportamiento ejemplar, pero sobre todo, obediente y manifiestamente entregado a la causa, dejando el halo ilusorio –pobre expresión de libertad- a la hora de elegir sus botas. Un control que desde análisis macrosociológicos se expande hacia la sociedad total. Una especie de lavado de celebro que empieza en los “entrenamientos”, que sigue en las “concentraciones” y que termina en las ruedas –ruedos- de prensa con explicaciones vacuas, sencillas y carentes de inteligencia que la masa acepta, analiza y discute. Dicha alineación es practicada desde muy pequeñitos, pues esta es la forma que tienen nuestras sociedades de moldear al individuo en ilusiones y fantasías y mantener pasiva su creatividad o motivaciones esenciales encauzando muy sutilmente sus anhelos a meras quimeras futboleras.

El “campo”, visto en formato real, parece mucho más pequeño que esos macro espectáculos televisados que todo lo exageran tanto y donde parece que el esfuerzo de los “futbolistas” (así llaman a los hombres vestidos de multicolor) es desorbitado. Pero en realidad no hay tal esfuerzo. El campo es pequeño y no kilométrico como en la sabana africana. La yerba está bien cuidada y si caes no hay cocodrilos en ningún estanque, ni serpientes, ni escorpiones peligrosos. Como el balón sólo lo puede poseer una persona, los otros veintiún miembros se aburren o pasean de arriba abajo. Visto así, no lograba entender las cantidades astronómicas que se pagan a estos críos de veinti pocos años por jugar a un juego obscenamente estúpido, aburrido y sin ningún otro interés o función social que el de mantener a la “masa” entretenida.

Y la masa sólo se inquietaba o se emocionaba cuando en el campo había “dureza”. Una patada, un empujón, un insulto. Entonces se creaba expectación, tensión y cierta alegría colectiva acompañada de rabia, enfado o fastidio dependiendo de quién hiciera la agresión. Y entre los hinchas… bueno, esto fue lo más patético, así que mejor no comentarlo.

Violencia, mucha violencia integrada en esas emociones reprimidas. Y la violencia estaba implícita y explicita en muchos detalles. Primero, cada tres metros, había un guarda de seguridad que miraba atentamente las gradas y controlaba que todo estuviera en orden. Detrás de ellos, otra fila de policías que doblaban la “seguridad”. Por un momento pensé que estaba en una cárcel, en un campo de concentración (nunca mejor dicho) o en un auténtico y futurista circo romano, donde los gladiadores, algo más civilizados, buscaban no la sangre corporal de sus víctimas, sino la sangre vital y emocional de las mismas. Tanto monta.

El “partido” en sí me aburrió como una ostra, pero el espectáculo social me pareció alucinante y digno de estudio. El ver como nos engañan… como nos manipulan… como nos amansan… El sentir ese “pan y circo” para todos… El comprobar lo fácil que resulta dejar de pensar o fijar la atención en ese objeto redondo socialmente endiosado que necesita ser buscado, controlado y poseído para conseguir el objetivo de ser el mejor, de ser el ganador de la partida, de ser, en definitiva, el más estúpido entre los estúpidos…

Realmente me asustó lo vivido y experimentado en esas dos horas de “entretenimiento”. Me preguntaba porqué la sociedad es capaz de gastar tantos y tantos esfuerzos inútiles en espectáculos como ese y no es capaz de solucionar problemas tan complejos como el paro o el hambre en el mundo (aquí viene ahora la demanda demagógica). Hemos abandonado nuestros deberes como personas, nuestros deberes como sociedad civil, nuestros deberes como ciudadanos del mundo. Hemos abandonado nuestras obligaciones más esenciales, nuestros proyectos más vitales, a la espera, única y exclusivamente de “pan y circo”, donde nuestra única responsabilidad y nuestra única expresión de libertad se antoja en elegir “1”, “X” o “2” en las quinielas de turno. El fútbol ha sido capaz en nuestros días, en sustitución quizás de la concepción epidérmica y marxista de las religiones de antaño, de hacer soportable nuestra infeliz conciencia de servidumbre y esclavitud. Bienvenido sea el fútbol, la nueva religión social que, en boca de Heine, derrama en el amargo cáliz de la sufriente especie humana algunas dulces, soporíferas gotas de opio espiritual, algunas gotas de amor, esperanza y creencia.

Estigma

Fue el sociólogo americano Erving Goffman quién más profundizó sobre el estigma y la identidad deteriorada. La sociedad, las personas, las comunidades, establecemos patrones claros de comportamiento aceptado, de atributos que concebimos como “normales” y “corrientes”. Cuando algo sale de esa normalidad, tendemos a estigmatizar al otro pensando que sus rarezas son un peligro para nuestro orden establecido. Es entonces cuando empezamos a profundizar en el trasmundo de los “desviados”, de los socialmente no aceptados o “anormales”. La reflexión viene a cuento cuando ayer, mi buen vecino F., al que quiero mucho por haber sufrido juntos en estos años avatares parecidos, me invitó a una barbacoa. Estaba saturado de trabajo y no pude quedarme más que diez minutos para ver como empezaba la labor del “vuelta y vuelta” a la carnaza. Hubiera traído unas patatas y unos pimientos para compartir porque el hecho de ser vegetariano me priva de ciertos placeres, pero estamos en tiempos de trabajar el doble para ganar la mitad y diez minutos más de charla hubieran sido catastróficos. Aún así, lo que me llamó la atención fue el cúmulo de preguntas sobre los visitantes que este pasado fin de semana anduvieron por mi casa. Al parecer, porque yo no estaba, eran unos quince, todos vestidos de blanco, madrugadores, por lo que me decían, que se sentaban en la terraza en silencio, mirando a algún punto fijo, haciendo como si meditaran. Lo primero que me preguntó F. es de qué secta habían salido. Le dije que eran yoguis que practicaban la meditación y la relajación, y para tranquilizar sus angustias, le dije que no eran peligrosos. Que sentarse a meditar y levantarse a las cuatro de la madrugada para hacer yoga no parecía nada comprometido. Al parecer, el susto por estos quince amigos vestidos de blanco fue tanto, que incluso la Guardia Civil se paseó para ver qué estaba pasando en mi casa. Quizás imaginaban que se trataba de un escuadrón de la muerte o de vete tú a saber qué. Lo cierto es que estos amigos, más allá del estigma al que puedan ser sometidos por la “normalidad” del lugar, simplemente pretendían pasar un buen fin de semana de retiro y recogimiento. Nada más que eso. No sé si lo habrán conseguido, pero seguro que dentro de su “normalidad” diaria, mirarán a los vecinos de las barbacoas diciendo: “fíjate, están comiendo cadáveres”. Y quién sabe, a lo mejor de aquí a cuatrocientos años los raros son los de la barbacoa… Y como la sociedad es como es, seguro que alguien preguntará de qué secta son esos que comen carne…

La pregunta es tan absurda que parece increíble que el debate se plantee en la Europa moderna, civilizada, tolerante y abierta al mundo. Es como si de repente, en nombre de la modernidad o de los valores de unos cuantos, se prohibiera comer carne sólo porque el presidente de alguna república fuera vegetariano y pensara que la ingesta de cadáveres en público atentase contra los valores del respeto y la vida. Y que para colmo, dijera, a todos, que los “vegetarianos primero”, tal y como se escucha hoy en algunos grupúsculos a la hora de criminalizar al extranjero diciendo eso de “los españoles primero”.

Y que eso pase en países como Francia o España resulta paradójico. Pero la paradoja tiene un trasfondo que no gusta decir: la alterofobia. O más bien, la islamofobia. El miedo recurrente a la invasión de valores “extraños” o “extranjeros”, un fenómeno que ya ocurría en la antigua Grecia y en Roma. Pero dos mil años después, creo que si algo hemos aprendido es a tolerar al otro, sus manías, sus costumbres, sus culturas, sus valores, sus ideas, sus creencias. ¿Acaso el otro no es un humano de carne y hueso como nosotros? ¿Qué clase de derechos, en nombre de la herencia cultural y territorial, poseemos con respecto a “los otros”, nuestros hermanos?

Como antropólogo, el hecho que se prohíba el burka o el hiyab o cualquier otro símbolo religioso me parece un atentado hacia la dignidad de las personas que libremente deciden seguir su tradición, su cultura, sus valores o creencias. Hasta no hace mucho, en España se llevaba velo para cubrir el rostro de las viudas, y además, era obligatorio, hasta el Concilio Vaticano II, el llevarlo dentro de las iglesias católicas. ¿Acaso el velo se prohibió? La dirección de Asuntos Religiosos del Ministerio de Justicia ha sido clara estos días: “el derecho a profesar una creencia incluye el derecho a expresar, exteriorizar o vestirse de acuerdo con éstas”.

Existe un rancio olor ideológico, -de nuevo las ideologías- que pretende poner en defensa valores antiquísimos, en nombre de occidente y su agredida cultura, la cual peligra, según algunos, por la cada vez mayor incursión de valores ajenos a los nuestros. Al menos ese parece ser el discurso. Un discurso extendido, al estudiar las estadísticas, donde el noventa por ciento de la población está de acuerdo con esta prohibición. El reciente caso, pero no único, de la joven Najwa es surrealista. Y digo surrealista e indigno porque ocurre, además, en un instituto de enseñanza… Pero, ¿enseñanza de qué? El Ministerio de Justicia sigue diciendo al respecto: “Que la alumna lleve un velo en una escuela pública no ofende los derechos fundamentales de los demás ni tampoco el orden público.” Además, “el derecho a ser escolarizado en condiciones dignas prima sobre cualquier otro tipo de consideración”, concluye.

Creo que la libertad del ser humano, siempre que sea respetuosa con el otro, está por encima de cualquier ideología religiosa, cultural o de valor. Y creo que prohibir los valores religiosos que no atentan contra nadie es algo que no se veía desde las cruzadas medievales. Y como vivimos en una sociedad hipócrita y farisea, los que se encerraron para apoyar a Garzón no sé si harán lo mismo para apoyar a la joven e inocente, esta sí, Najwa. En todo caso, quede este botón de apoyo hacia ella, sus ideas, sus creencias, sus dioses y sus costumbres.

El otro día fui con unos amigos a Gibraltar… Es un lugar que no me canso de visitar por su extrañeza exótica. Como antropólogo, la visita, todas las visitas, no tienen desperdicio. Un trozo de la Gran Bretaña en la Bahía de Algeciras. Eso me hace pensar que las culturas determinan el territorio, y no viceversa. Es decir, que podemos pensar que Gibraltar no es un trozo de Andalucía o de España, me refiero a su cultura, al igual que Ceuta, Melilla o las Canarias no son culturalmente hablando un trozo de África, sino un territorio geográfico, y no cultural, de ese continente. Visto así, podríamos pensar que ciudades como Badalona, Hospitalet o Cornellá de Llobregat tampoco son, culturalmente hablando, parte de Cataluña, sino de algo nuevo y diferente a los que algunos dan por llamar territorios charnegos, por decir algo. Por eso no creo en la asimilación cultural, es decir, dícese de un territorio con una cultura antigua que pretende protegerse sobre las influencias externas a costa de “obligar” a los otros a que adopten la cultura establecida. Creo que las culturas están vivas, y como seres vivientes, deben crecer y deben basar su identidad no en la herencia sino en la experiencia, o en todo caso, en la combinación de ambas. Una cultura, una identidad, debe abrirse a los tiempos y debería asimilar las influencias pasadas, pero también las presentes y las futuras. Nuestros idiomas en esta piel de toro, por poner un ejemplo, tienen un origen histórico marcado por las influencias de muchas otras culturas, la mayoría mediterráneas, pero también nórdicas y orientales. Y no renegamos de los romanos, ni de los fenicios, ni de los griegos, ni de los tartessos… No entiendo porqué en nuestro tiempo deberíamos renegar de los árabes, de los musulmanes, de los latinos, de los chinos… o de los llanitos… La cultura es algo muy personal pero también es algo que compartimos como pueblo. Pero no como pueblos muertos en una identidad arcaica, sino como entidades vivas que crecen y se renuevan en las centurias históricas… Entonces… Gibraltar, lugar donde se aposenta una de las míticas columnas de Hércules, la Columna de Kalpe… ¿es español? Que decidan libremente ellos, los gibraltareños, qué quieren ser realmente… y los vascos, y los catalanes, y los gallegos, y los castellanos, y los charnegos, y los maketos, y los… Seamos individuos libres en pueblos libres, y que cada cual tenga libertad de vivir donde quiera y con las creencias que desee…

Milenarismo

Ha existido a lo largo de la historia el temor al fin del mundo. Ya en tiempos de la Biblia se hablaba del fin de los tiempos como algo inminente y el Apocalipsis parecía la profecía definitiva. Luego llegaron Nostradamus que puso fecha al mismo: 1999. El año mil dio nombre a un movimiento que se denominó milenarismo, es decir, el temor a un fin del mundo lleno de catástrofes y calamidades. Y este nombre dio paso a los movimientos milenaristas, grupos de personas que se congregan bajo el temor de una idea común: el fin de todo lo conocido. Dado el fracaso de lo que ocurrió en el año mil y en 1999, una nueva fecha aparece en el horizonte: 2012. Esta fecha coincide con el fin del calendario maya, el Tzolkin. Pero en el 2012 no ocurrirá nada, a pesar de la pésima escenificación que se hace en la película con el mismo nombre. Infundir miedo en tiempos de crisis es una buena táctica de marketing para que pensemos en brujas y no en economía. Aún así hay que estar alertas, porque si seguimos con esto que llamamos “desarrollo” y “crecimiento” el fin del mundo será inevitable. Tal vez ese temor esté impreso en nuestro ADN por algo que ocurrió en el pasado o por algo que deberá ocurrir… Quién sabe…

(Foto: El verdadero fin del mundo ocurre todos los días a nuestro alrededor. En Etiopía los niños mueren de hambre y sed a cada instante. Octubre de 2009).


Estimado BJ:

Mitos: el árbol de la vida, la serpiente cósmica, la luz, la oscuridad…
Hay muchos libros sobre mitos… tengo alguno en mi biblioteca… el mito de Adán y Eva lo estuve mirando no hace mucho porque la historia que relata el Génesis es muy interesante… Resulta que todos hablan del árbol del bien y del mal, la famosa manzana… Pero en el Jardín del Edén había otro árbol del que nadie se acuerda y viene muy detallado en la Biblia… es el árbol de la Vida… Este dato me parece tremendo y muy olvidado… Dios prohibió comer de los frutos de ambos árboles… Eva, seducida por la audaz serpiente comió del árbol del bien y del mal… Entonces Dios, alarmado, mandó echar del Edén a Eva y Adam única y exclusivamente por temor a que también comieran del árbol de la Vida y se volvieran inmortales como Él… Pues bien… hasta aquí todo en orden… Pero la cosa se complica… Ten en cuenta que todo esto son parábolas, símbolos para describir algo… es decir, Eva no es una mujer, Adam tampoco es un hombre… ¿qué representan entonces los dos árboles del Edén y la serpiente? Empieza la aventura simbólica, el Liber Mutis de la Naturaleza y el mito… apasionante…

Estuve en Dinamarca, como sabes, las navidades pasadas… Linda, amante también de los mitos me contó uno muy hermoso… el mito del árbol Yggdrasil… Según las leyendas nórdicas, en el libro de Kalevala, de tradición finlandesa, se explica el origen de los tiempos y se dibuja el mundo como si fuera un árbol rodeado de una gran serpiente… Encima del árbol hay una casa que llaman Valhall… Lo asombroso de todo es que en la tradición americana hay una leyenda parecida con un símbolo exactamente igual entre los indios del amazonas… un gran árbol rodeado de una gran serpiente y encima, una casa… Pude ver el paralelismo gracias a un antropólogo llamado Jeremy Narby, el cual escribió un libro titulado La Serpiente Cósmica. Allí, en la página 106 de la edición en castellano, venía el mismo símbolo que me había dibujado Linda en Copenhague. Así, la serpiente del mundo Ronín, rodea todo el Amazonas, es decir, todo el mundo conocido. Según el antropólogo Narby, la serpiente aparece en todas las culturas como portadora del conocimiento, ya que, de forma arquetípica, tiene semejanzas con las hélices del ADN…

Hay muchos paralelismos y creo que podrías centrarte en los dos árboles del Edén buscando semejanzas en otras culturas, por ejemplo, en la cultura nórdica con el árbol Yggdrasil, en culturas africanas como la Fon que hablan de Aida-Hwedo, la Serpiente Cósmica creadora del mundo y la cual rodea también un árbol en su centro… en fin, el tema es apasionante…

Sin duda, la humanidad tiene una leyenda común, unos arquetipos comunes, unos mitos que comparte… Cada cultura ha accedido gracias a sus magos, sus profetas o chamanes a esos arquetipos y los han vestido y explicado a su manera. Pero todos beben de un mismo tronco, y de ahí que entre unas culturas y otras existan paralelismos increíbles… Algunos antropólogos hablarían del difusionismo por contacto… Pero esto es absurdo… ¿qué difusión puede haber entre unos nórdicos del ártico polar, una tribu africana y una tribu perdida del Amazonas? Algo respira más allá de nuestras limitaciones… algo grande y hermoso… una Unidad psíquica, como la llamaban en la Ilustración, o una unidad cuántica, como se la llama ahora… Tenemos pruebas antropológicas suficientes para hablar de ella… la Unidad de la raza humana está impresa en nuestros arquetipos, mitos y leyendas…

Moussa Ag Assarid es un miembro de la tribu de los Touareg en África.
Le han hecho una entrevista.
Entrevista realizada por Víctor Manuel Amela

Moussa Ag Gassarid: No sé mi edad: ¡nací en el desierto del Sahara, sin papeles…! Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.
Pregunta: ¡Qué turbante tan hermoso…!
Respuesta: Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.
P: Es de un azul bellísimo…
R: A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…
P: ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
R: Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.
P: ¿Por qué?
R: Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
P: ¿Quiénes son los tuareg?
R: Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: señores del desierto, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
P: ¿Cuántos son?
R: Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… “¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!”, denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.
P: ¿A qué se dedican?
R: Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio…
P: ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
R: Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
P: ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
R: Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre.. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
P: ¿Sí? No parece muy estimulante. ..
R: Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
P: Saber eso es valioso, sin duda…
R: Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
P: Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
R: Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
P: ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
R: Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro….
P: Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…
R: Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté… Después, en el hotel vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.P: Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
R: ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…
P: ¿Tanto como eso?
R: Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.P: ¿Qué pasó con su familia?
R: Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa… Entendí: mi madre estaba ayudándome…
P: ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
R: De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…
P: Y lo logró.
R: Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
P: ¡Un tuareg en la universidad. ..!
R: Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra… Aquí, por la noche, miráis la tele.
P: Sí… ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
R: Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
P: Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.R: Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…
P: Fascinante, desde luego…
R: Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…
P: Qué paz…
R: Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

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