Amor

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Hace unos meses prometí a una persona muy especial que cuando despertáramos del sueño en que vivíamos lo haríamos cogidos de la mano… La preciosa idea fue suya, pero la promesa fue mutua y me entusiasmó por su alto valor cargado de esperanza. El despertar ocurrió pronto, quizás demasiado pronto, porque ambos queríamos toparnos con la realidad, queríamos saborear como éramos realmente, como sentíamos y pensábamos realmente…

Un día ella soltó mi mano… Fue un acto simbólico pero quizás premonitor… La dejó caer primero una vez, y luego algunas más hasta que dejó de cogerla, rehuyendo cada vez que yo intentaba rozar sus dedos, abrazar sus palmas con la esperanza de que recordara la promesa. Un día dejó de mirarme, de abrazarme, de besarme… Un día dejó que mi alma cayera en la profunda convicción de que la esperanza se había marchado para siempre… Un día dejó de llamarme y de escribirme… hasta que el olvido del sueño y las promesas se derramaron por el suelo y fueron pisoteados por el tiempo… La última vez que la vi me dio dos besos en la mejilla, como si fuéramos dos desconocidos. Me dio las gracias por acompañarla… y se marchó…

En las relaciones de cualquier tipo, el desapego forma parte esencial del amor. Siempre pensamos en el otro en términos de propiedad, olvidando que son seres humanos libres y deseosos de experimentar la vida en libertad. Por eso, si alguien te suelta la mano, lo mejor es dejarla ir… sin querer apretarla, sin querer poseerla, sin querer amarrarla… Ese es el mejor acto de amor, y sin duda, es lo mejor que puede ocurrir.

Estos días SP me ayudaba a entender todo esto. Hoy mismo me escribía en los siguientes términos: “ya sabes que cuando se cierra una ventana (estilo windows de microsoft) se abren muchas más y más grandes….la pantalla se ve diferente….clickea en el buscador de tu sistema operativo y mira por dónde quieres navegar y explorar….es fácil…..refresh your browser y busca por dónde puedes brillar más!!!”

Sin duda, así actúa el universo… Basta que cierres una puerta para que se abran mil ventanas… En todo caso, soy un hombre de palabra, y mi mano franca sigue extendida hasta el infinito…

Soñando amores

 

                                                                                                                            Escuchaba conquistado la hermosa letra de la increíble canción de Pablo Milanés mientras pensaba sobre el amor, el amor humano. Ese que necesita expresarse de alguna manera, aunque sea como una declaración de amor romántica que no repara en formalidades. Amar con dolor, con rabia, con orgullo, con miseria, con desprecio… pero también con complicidad, con comedia, con chispa, con gracia, con ternura y roce. ¿Y qué ocurre cuando falta todo eso? ¿Inclusive la soledad acompañada de los malos momentos? Es horrible sentir la necesidad de rozar su mano, su cabello, mirar su rostro y besar su aliento y no poder hacerlo por mil razones. El pecho late deprisa ante la impaciencia, ante la prisa de golpear las derrotas y renunciar a ver el sol cada mañana con tal de estar ahí… presente… doliente… Así es el amor humano, como una cucharada llena de agrio sabor que cae eternamente sobre los posos vacíos del alma… Pero también un beso dulce, de vez en cuando, ante la mirada atenta de cien mil estrellas que derraman su luz ante la impasividad cósmica del infinito… Siempre nos queda la llama. Esa que nace de la esperanza, de la fe en retomar nuestras vidas hacia el sentido sempiterno del amor… Es algo indestructible en nosotros, porque el Creador, el Hacedor de todos los talentos ya nos imprimió en la fábrica humana ese sello inconmovible…Sigamos pues amando a la manera humana, hasta que nos convirtamos en ángeles y podamos preñarnos del sentido profundo del verdadero amor.  

Escribo de nuevo desde la feria del libro de Córdoba. Hace algo de fresquito y el cielo amanece gris. Esta mañana ha llovido algo, ahora de momento aguanta. Ayer fue un día interesante, lleno de intrigas cósmicas. Me senté a escribir un rato en la novela. Pero de repente vi a mucha gente que salía de la nada. Casi podía ver sus almas transitar con sus cuerpos pesados y lentos. Y en eso me fijaba, y al ser consciente de que dentro de cada uno de esos bultos había almas, seres inteligentes, pensantes, cocreadores con la naturaleza del absoluto, quise salir con ellas para saludarlas a todas. Saqué mi mejor sonrisa y salí un poco a la calle. Luego volvía a la caseta, donde me apoyaba justo en el umbral de la puerta, dejando caer mi hombro derecho sobre el poste que sostiene el techo de aluminio. Tenía ganas de abrazar a todo el mundo, así que lo hacía con la sonrisa. De repente, me dieron muchas ganas de abrazar a un ser muy especial. Un ser que aguarda en alguna parte a que el interior responda a la llamada. Miré de izquierda a derecha, porque justamente la conocí ahora hace un año por estas calles, y pensé ingenuamente que a lo mejor volvía a aparecer por entre el tumulto. Un año disfrutando, a veces más, a veces menos, de sus profundos ojos azules, de su exquisita sabiduría y de su increíble trayectoria vital, cargada de experiencias y vivencias únicas y privilegiadas. Y miraba una y otra vez por si aparecía para abrazarla estrechamente, sentidamente, con el deseo de ese que ama en la larga espera, con el eterno desvelo del ser amado.

Ella no apareció, no esta vez. Pero sí lo hizo M.P. Fue ex ministro con Aznar y lo conocí en Sevilla hará ahora unos cinco años. A., una buena amiga de Madrid, se empeñaba en que asistiera a reuniones elitistas donde se hablaba de economía y política en estrecha relación con personas cercanas al poder. Gracias a sus contactos, me conseguía de forma excesivamente generosa invitaciones para asistir a esas reuniones y en aquella ocasión le tocó el turno a MP. Éramos pocos los elegidos para aquella charla. No más de diez personas. Sin saber como, terminé cenando con MP. Nos intercambiamos teléfono y mail y emprendimos una relación cariñosa y cómplice. Y ayer repasamos la situación editorial en un mundo marcadamente cambiante. Un mundo al que nos enfrentamos con cierto desconcierto porque ambos sabemos que la edición no es un negocio rentable, y que, además, resulta ruinoso. Ambos lo hemos vivido en nuestras carnes, pero ambos concluimos con una misma idea: “aquí seguimos”. Y seguimos ya no por un afán de hacer negocio, sino por un afán que va más allá de lo meramente mercantil. Se podría llamar por amor al Arte, pero al Arte en mayúsculas, ese Arte que, como al principio del relato, espera con devoción el eterno desvelo del ser amado. Que espera el abrazo sentido, la cálida presencia de la sonrisa y la cómplice advertencia de que el caminar siempre entraña peligros y fracasos, pero sobre todo, verdadera satisfacción. Y en esa satisfacción deseo moverme, en el amor y en el Arte.

 

Tras un fugaz viaje a Sevilla de más de cuatro horas, sigo en la feria del libro de Córdoba, ciudad increíble que se está poniendo hermosa porque hoy empieza sus populares fiestas de “Los Patios”. Y aún da tiempo para escribir algo más… Me ha visitado J., un arquitecto que tiene un estudio aquí en Córdoba y que me contaba lo mal que lo está pasando el sector desde que empezó la crisis. De un tema pasamos a otro y tras una charla entretenida, compró dos libros de MC, con el compromiso de que se los firmara no el personaje, sino la persona. Esto último me gustó, pues es precisamente el fundamento de mi relación con él. Fue tan agradable que acepté el compromiso taoísta, como lo hemos llamado. Sin saber porqué, y de forma muy natural, hablamos de amores. Me decía que él lo estaba pasando mal en el plano material dada la crisis de su sector, el de la construcción, pero que su novia, con la que lleva algo más de un año, rica, bien formada y con un buen trabajo, aún no la había dejado. La broma, o la anécdota tenía un trasfondo. El propio J. dijo: “en estos tiempos de crisis, si tu novia no te deja, es que es amor verdadero”. Le he guiñado interiormente y me ha encantado su complicidad con la vida. Al mismo tiempo me escribía mi querida RM desde México. Nuestra relación amorosa, ella ya recién octogenaria, nació hace muchos años, cuando vivía aún en Barcelona allá en los años noventa. Ella publicó un hermoso librito que yo reseñé para una revista. A ella le gustó tanto la reseña y a mí tanto su libro, que empezamos un idilio amistoso que ha durado por siempre. A ella le quiero dedicar esta anécdota porque sé que me está “escuchando” y leyendo. El amor, querida RM, se pone a prueba en estos momentos de crisis, y si triunfa, será para siempre. Le mando desde aquí todo mi amor y respeto, con la esperanza de que algún día podamos abrazarnos sentidamente.

 

Hoy ha sido uno de esos días inútiles, donde todo lo que pasaba era fruto de la desesperación o la desidia. Un pasar las horas anclado en el recuerdo, o más bien en la esperanza. Recordaba, mientras mataba el tiempo en el jardín,  el poema de Benedetti, “A la izquierda del Roble”. Y no sé si les ha pasado alguna vez a ustedes, que se han sentido árbol o prójimo con el único requisito de que la ciudad exista tranquilamente lejos. Decía el poeta, y yo recordaba mientras arrancaba una a una las cepas sobrantes, que los insectos suben por las piernas mientras la melancolía baja por los brazos hasta llegar a las manos, donde, con un suave cierre de puños, la atrapa. Resulta que el secreto es mirar hacia arriba. Como si el amor fuera un brevísimo túnel y ellos, los enamorados, se contemplaran por dentro de ese amor. Y yo quería encerrarme en ese túnel y no salir. Vagaba, sin saberlo, como un muchacho que está diciendo lo que se dice a veces en un jardín cualquiera. Y en el mío no encontré robles, pero sí encinas. Y junto a ellas, desojaba una por una todas las flores que podía encontrar. Incluso había una morada, que a falta de pétalos, le arrebaté la sabia y sus hojas. Había algo de poesía en el gesto, algo de temblor y miedo, algo de rebeldía y rabia. Sentía un cuerpo caminando por el jardín, y un alma, arrebatada, que caminaba por una cocina de olores familiares, de bromas cualquiera, y de ese Ačiū! que recuerdo con la melancolía del momento. Pero dejemos al poeta, que lo expresa mejor:

 

Para mí que el muchacho está diciendo

lo que se dice a veces en el Jardín Botánico.

Ayer llegó el otoño

el sol de otoño

y me sentí feliz

como hace mucho

qué linda estás

te quiero

en mi sueño

de noche

se escuchan las bocinas

el viento sobre el mar

y sin embargo aquello

también es el silencio

mírame así

te quiero

yo trabajo con ganas

hago números

fichas

discuto con cretinos

me distraigo y blasfemo

dame tu mano

ahora

ya lo sabés

te quiero

pienso a veces en Dios

bueno no tantas veces

no me gusta robar

su tiempo

y además está lejos

vos estás a mi lado

ahora mismo estoy triste

estoy triste y te quiero

ya pasarán las horas

la calle como un río

los árboles que ayudan

el cielo

los amigos

y qué suerte

te quiero

hace mucho era niño

hace mucho y qué importa

el azar era simple

como entrar en tus ojos

déjame entrar

te quiero

menos mal que te quiero.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero puede ocurrir que de pronto uno advierta

que en realidad se trata de algo más desolado

uno de esos amores de tántalo y azar

que Dios no admite porque tiene celos.

 

Una noche como hoy de hace cinco meses la vida cambió radicalmente. Sonaba la Forza del Destino y parecía que esa música estaba obligada a proporcionar las claves de un nuevo forcejeo con la vida. La magia quiso que esa noche de equinoccio llenara cada rincón de pureza y brillantez. La orquesta celestial gemía ante lo que parecía inevitable. En alguna parte debió estar escrito, quizás con tinta dorada, el hilo que conduciría inevitablemente al centro de ese laberinto. Y allí estaba, en su plenitud, aquellos intensos ojos azules que brillaban como dos luceros del alba en plena penumbra. Aún recuerdo aquella mirada interminable, tan llena de magnificencia y fortaleza que comunicaba con su leve silbido melodías profundas. Y han pasado cinco meses de aquel momento, y los cinco meses han sido como cinco colinas inmensas que había que escalar, como cinco estrellas que había que sujetar con manos siderales, como cinco caminos que conducían a los cinco continentes, entre valles y montañas, ríos y océanos. Y de aquel equinoccio hemos sobrevivido al siguiente. Cinco meses han separado uno del otro. Otoño y primavera que se dan la mano en una extraña conjetura. Estoy feliz por el viaje, por las pruebas superadas, por el aleteo que aún recorre las entrañas cuando recuerdo todo el viraje de babor a estribor. Los mares que nos conducen a la plenitud del alma siempre son inescrutables. Nada ansío de nada, sino seguir explorando sus confines… Gracias Tormenta por todo cuanto me has enseñado… Gracias por todo cuanto has compartido… Los cielos se siguen abriendo ante la promesa del mañana… Las grietas de los abismos que hemos sorteado siguen pareciendo solamente lo que son: pruebas del laberinto. Habrá más vuelos… habrá más cielo… habrá más esperanza… Porque la Forza del Destino marca siempre el compás de nuestras vidas… Y así debe ser…

 

“He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión…He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser…Todos esos momentos se perderán… en el tiempo, como lágrimas…en la lluvia…Es hora, de morir”… Esta es la frase que Roy Batty dice en Blade Runner y que es capaz de inspirar cualquier sueño con tal de sabernos acreedores de la vida. A veces los sueños también pueden ser una llama. Sueños en el tiempo que caen como lágrimas entre la lluvia… como hoy, un día gris en Madrid, con aguacero tenue que se desliza por el cielo como llanto empapado. Un día de pedir socorro y caminar con cautela por las estepas del alma. Motivados por el zumbar del viento, el cual pide tempestuoso abrazos, calidez humana, arrastrado por las nieblas y el estrépito de la soledad más amarga. Hoy es un día que apetece estar con los seres queridos, sintiendo próximo su calor, y el chasquear de sus corazones despertando al torrente de vida. Habrá muchos que no podrán hacerlo, como el joven Werther, incapaz de seguir con vida ante el tormento de no poder abrazar a su amada Carlotte. Un espíritu errante y que vaga en pena con el convencimiento de que el canto de Ossian ha desplazado de su corazón a Homero. El drama de su vida inspiró a muchas generaciones de románticos sensibles que vieron como el amor era simplemente una ficción o anhelo imposible de conseguir. Por lo tanto, lo mejor era la muerte antes que el desvelo por la desesperación. Parece como si nuestro mundo no estuviera construido para mentes y corazones sensibles. Por eso, para muchos que no son capaces de reponerse a tanta maravilla perdida, y en palabras de Batty, es tiempo de morir… Pero ante la inevitable muerte de Werther, me imagino a su Carlotte gritando desesperada: “¡Oh, amigo!, querría sacar la espada, como un noble guerrero, liberar de una vez a mi príncipe del tormento cruel de la vida que se extingue lentamente, y enviar mi alma tras el semidiós liberado”. Quizás esa frase, tan inspirada y cargada de esperanza, sirva a los románticos de nuestro presente para seguir adelante… y morir cuando toque, no antes…

 

 

Hablaba el lunes con un amigo joven, guapo, con dinero. Pasea por Madrid con descapotables y le encanta disfrutar de la buena vida. Habla siempre de las mujeres como trofeos. Es un cazador nato, pero siempre amable y sincero, incluso cuando el cazador a veces se ve cazado. El lunes parecía enamorado. Me dijo una frase que me gustó mucho: “S. es la mujer con la que deseas ir cogido de la mano por la calle, la mujer que deseas presentar a toda tu familia y a todos tus amigos”. Me gustó ese cambio de actitud, esa madurez repentina. Su frase me acompañó toda la semana y cuando paseaba por la calle iba mirando a la gente, a sus rostros. Veía a parejas cansadas, que se besaban sin mirarse a los ojos, que apenas hablaban, más preocupados por los mensajes de la Blackberry que de cualquier otra cosa. Parejas que preferían pasear con distancia, sin rozarse, sin tocarse, sin mirarse, como si fueran dos desconocidos para los demás. Me acordaba tanto de la frase: “S. es la mujer con la que deseas ir cogido de la mano por la calle”. Más que una frase es una actitud ante la vida. Me interrogaba sobre esos detalles, especialmente en estos tiempos en los que las muestras de amor parecen vetadas al ámbito privado. Amar se ha convertido en una religión, donde sólo es posible confesarse en templos cerrados y oscuros. Y ante la frase de mi amigo, me preguntaba: ¿por qué encerramos el amor al ámbito privado? Quizás por miedo, quizás por moda, quizás porque las expresiones del amor han cambiado… No lo sé, y realmente nunca le había dado importancia, hasta que un día vi a una pareja que iban cogidos de la mano y de repente se separaron cuando uno de ellos vio a un amigo. ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese rechazo? ¿Por qué esa actitud? Lo cierto es que la frase de mi amigo me ha recordado esta semana esa imagen y no he podido más que pensar en ella en voz alta. Creo que el amor debe ser algo natural, en el ámbito privado y en el público. Sin excesos, sin empalagos, simplemente natural y cómplice. El amor adolescente requiere de aprendizaje, el amor maduro de complicidad. En todo caso, el amor siempre es difícil, porque se trata de conocer y compartir algo tan importante como la vida con el ser más complejo del universo: el ser humano.

 

Amor ideal

El ideal del amor siempre ha sido una persecución obstinada generación tras generación. Todos aspiramos a estar con la persona ideal, con el ser amado perfecto que nos acompañe en este viaje sideral en la nave Tierra. Pero muchos confundimos el amor ideal con el amor sentido, experimentado, frecuentado. Para algunos psicólogos, hay personas que son incapaces de encontrar el amor debido a carencias afectivas del pasado. Una mujer que haya tenido carencias afectivas de su madre, pasará toda su vida buscando ese afecto o carencia en muchos hombres. Necesitará tener a su lado muchos hombres para cubrir el amor de madre, siendo su vida un cúmulo de insatisfacciones continúo. El vacío que posee nunca podrá ser cubierto por nadie, de ahí su infinita búsqueda del hombre ideal. Lo mismo ocurre en los hombres que carecieron de afectividad paterna. Nunca encontrarán a su mujer ideal porque su vacío resulta enorme. Nunca será un hombre satisfecho y de ahí nacerá su necesidad de búsqueda continua de placer en muchas mujeres.

Por eso el ideal debe desarrollarse en lo real. En nuestra pareja, en nuestra relación, en nuestra experiencia diaria. Hacer de la persona que tenemos enfrente la mejor de las experiencias posible, y crear, con esfuerzo y trabajo, la relación ideal, el amor ideal. Por eso el ideal siempre estará dentro de nosotros, y será mejor o peor dependiendo de todo aquello que hagamos para que así sea. Amar es entregar, es servir, es dar sin esperar nada a cambio… Todo lo que hagamos en ese sentido para nuestra pareja, será amor ideal… El amor ideal, el amor completo, deberá aportar intimidad, compromiso y pasión… pero sobre todo, generosidad… una inmensa generosidad…

Te Quiero

Amando

Abiertamente consagramos el corazón a todo cuanto amamos. Entonces, las noches se vuelven sagradas y los días se llenan de promesas que consisten en amar con fidelidad, hasta la muerte, sin miedo. La pesada carga de fatalidad que todo lo envuelve irremediablemente es esquivada con grumos de esperanza. Ataduras que nos amarran a la vida sedienta. Sedienta y hambrienta de nosotros sin despreciar ninguno de sus enigmas, recordando lo frágil que puede resultar todo. Así nos atamos al amor, en un lazo mortal que nos aproxima al imaginario de lo excelso. Sin embargo, alguien me hablaba ayer de la fuerza del desapego. El amor sólo es verdadero cuando nace desde la tibieza de no sentirnos atados a nada, ni a nadie, por eso la verdadera consagración pasa por una inevitable conjura del amando. Sólo se puede amar desde el gerundio inmediato. Todo lo demás carece de sentido porque dejó de existir o porque aún no ha existido. Por eso no hay mayor fidelidad que la de amar en silencio, en cada noche sagrada, en cada día sublime, soportando los posos de lo irremediable.

Ayer fuimos a un lugar perdido para disfrutar de una música en directo hermosa, mitad melancolía con tonos franceses, mitad rabia… Una de las canciones hablaba de una pareja sentada en un bar, rodeada de gente que disfrutaba de una velada parecida a la nuestra, en un ambiente parecido al nuestro. La mujer parecía nerviosa, inquieta. Miraba hacia la puerta de atrás en un bolero imposible. Allí apareció el amante, apuesto, luminoso, increíble mientras su pareja se ahogaba en alcohol. La canción, en francés, contaba las veces que la mujer miraba hasta la mesa donde él se encontraba, ignorando al resto del mundo…Un, deux, trois, quatre, cinq… La melodía era triste pero a su vez contemplaba lo difícil que resulta engañar al mundo… Podemos engañar a nuestros amigos, a nuestras parejas, podemos engañarnos a nosotros mismos, incluso racionalizar nuestras actitudes, pero jamás podemos engañar al corazón y todo lo que muestra, todo lo que enseña… Al corazón no se puede engañar, ni a lo que alberga en su interior. Cuando se intenta engañar, grita de rabia, de rabia contenida, e intenta volver una y otra vez hasta el punto de su deseo… Deseos, emociones, aspiraciones, esperanzas… No recuerdo el final de la canción… ni como terminaba la melodía… Sólo resuena el estribillo melancólico y triste, la rabia final contenida, en un francés adecuado al momento… un, deux, trois, quatre, cinq… así hasta treinta veces treinta… ¿Qué hacer? ¿Qué decir? El corazón siempre manda… hay que seguir sus pasos… O perseguir nuevos deseos, nuevas esperanzas, nuevas y emotivas aventuras… No vale la tregua… todo es lucha constante… No vale la venganza… todo se ha de hacer con amor verdadero…

Día de Gloria

La sala estaba llena. Pude disfrutar del espectáculo en primera fila. Pude saludar y abrazar a amigos, sentir su presencia, su latir. Había una mano que apretaba la mía. Unos ojos, diría luminarias, que acariciaban mi rostro y me dejaba mudo. MC estuvo a la altura, espectacular. Me miró y la miro a Ella. Me guiñó el ojo y M. dijo: “creo que te acaba de dar su aprobación”. Apreté de nuevo con fuerza su mano. Estaba ahí, presente, podía sentirla, podía escuchar su latir. Hace un año yo estaba sentado en el escenario. Este año, por cosas del guión, no había sido así. No me importaba. Estaba feliz, muy feliz. La gloria, y sus días, son efímeros, duran un instante. Pero la felicidad compartida, el poder mirar a los ojos frente a frente a un ser al que amas, eso no tiene precio. Hubieron luego abrazos sentidos. De unos y de otros, de tantos que ya no podría ni siquiera nombrar. MC seguía firmando libros dos horas después. En la cena le envié un mensaje mientras nos mirábamos a los ojos. Nos dio tiempo a cenar y volver, volver y seguir caminando juntos, felices, temblorosos por la emoción de pensar que los momentos vividos solo están ahí en ese instante. Luego desaparecen y hay que volver a renovarlos, hay que volver a luchar por conquistar un nuevo segundo. Hoy se presentaba “Días de Gloria”, seguramente un nuevo éxito de ventas. Pero hoy he comprendido la esencia de la verdadera gloria. Un beso, un abrazo, mi mundo, mi reino por un beso, un abrazo y su mirada…

Esta mañana A.A. me preguntaba como me sentía. Le explicaba alegre que después de un verano duro, el otoño se mostraba ante mí como un cuento de hadas, como una especie de historia de príncipes y princesas llena de magia y encuentros increíbles. Un momento que merece la pena saborear y conquistar a cada momento para hacerlo eterno y duradero. Ella, intuitiva, como si leyera en mi rostro de voz todo eso que siento, me envía este escrito que comparto:

Tus fantasías de cuento; un cuento  de personajes de lugares lejanos, que hablan lenguas inteligibles y se visten con ropajes hermosos y variopintos, que miran de modo diferente y en la enigmática mirada se refleja la belleza de un alma sin matices, personajes que se recrean en bellas mujeres que por lejanas parecen inalcanzables y entonces el héroe ,de tu cuento de princesas, plebeyo que se hace príncipe por amor, lucha desaforadamente por rescatar a la bella dama de las garras de cualquier dragón que la persigue de siglo en siglo, de vida en vida y de galaxia en galaxia…y entonces, en esa cadencia de los tiempos y espacios se pierde la mirada en el infinito y ohhhh, se cruza con la suya y un rayo fugaz, imperceptible a los adormecidos ojos de cualquier lector, crea la realidad del amor.

Añado a esta historia lo que la Princesa Real, además, me dijo: “Y cuando despertemos de este sueño, hagámoslo juntos”.

La esperanza me sirve

El día nueve de enero escribía sobre el amor… Estaba desilusionado y había perdido toda la esperanza. Llevaba seis meses solitario y pasaron seis meses más sin que me faltara el aire. Hubo un leve respiro en verano, un halo de esperanza que se desvaneció en un abierto mediodía en el que la luz apretaba fuerte y la oscuridad presumía a sus anchas. Valga las contradicciones del universo, la esperanza se marchitó aquella misma tarde.

No deja de ser paradójico que pocos meses después paseaba con ella por las calles húmedas de Salamanca. Era de noche y paramos en un bar a tomar algo. Defendía en ese instante la ineficacia de la esperanza, la fragilidad de la misma, el sentido ridículo de pensar que todo puede ocurrir, o no. Y en ese momento, ingenuo y despistado, no era consciente de que la esperanza empezaba a pasear junto a mí. Fue revelador descubrirlo días más tarde, en una noche de ópera, en un paseo nocturno, en una interminable conversación y en un abrazo infinito, poderoso, sentido, muy sentido.

La vida nos abruma con sus lecciones. Creemos saberlo todo pero siempre tiende a sorprendernos. Por eso ahora pienso con precaución, o mejor dicho, por eso ahora prefiero no pensar y dejarme llevar por el devenir de la vida. Ella es más sabia que nosotros y sabe ajustar los tiempos, los ritmos y las pausas para que nuestro pasear sea espléndido. Incluso en los momentos amargos, en las frías noches de nuestro invierno, en los infiernos más temblorosos. Todo encierra una enseñanza. Todo enseña un aprendizaje. Y ya ni siquiera me pregunto para qué, si al fin y al cabo moriremos sin despejar ninguna de las más antiguas incógnitas. No importa. Fluir con la vida y experimentarla en cada segundo es lo más maravilloso que puede pasarnos. Respirar… conspirar… respirar… conspirar… Ahí, en esa sencillez, reside todo. Respirar… conspirar… Y por eso ahora, casi un año después de aquel escrito melancólico, puedo decir que la esperanza me sirve. Y me sirve porque el amor se encarna una y otra vez dulcemente a la espera, inevitable, de que nosotros nos unamos a él, de que bailemos con él, de que nos abramos a él. Y cuando nos abrimos al amor, la vida se abre a nosotros y el milagro ocurre.

El amor de Atala

Los que han paseado por las interminables galerías del Louvre saben que detenerse una eternidad sobre obras vivas puede llegar a inspirar emociones de todo tipo. Y a obras vivas me refiero a esas que de alguna forma te conmueven y nunca te abandonan. Hoy he recibido, incluido en un artículo para revisión, este impresionante cuadro de Girodet expuesto en el parisino museo. El reencuentro con “El entierro de Atala” me ha impactado de nuevo. Sobre todo porque representa ese ideal de amor perpetuo, aferrado a la vida incluso en la misma imagen de la muerte. Ese joven, el joven Chactas al que Atala ama hasta morir, según la novela de François-René de Chateaubriand, se aferra desesperado al cuerpo muerto de su amada. Es la viva muestra del amor que los románticos de cualquier época persiguen. Un amor sin medida, un amor que impresiona y que palpita a cada instante. Un amor que no exige, sino que da sin esperar nada a cambio. Un amor desesperante cuando no se encuentra y sublime cuando te envuelve. Un amor que se conquista a base de sueños pero también realidades, de magia, fantasía y momentos tangibles, próximos, plagados de música, abrazos y miradas infinitas. Hasta hace poco creía que este amor ya no existía, que se había esfumado de la faz de la tierra, que todo esfuerzo por buscarlo era inútil. Pero hoy, a las seis de la mañana, alguien recitó un poema infinito rematado con una emoción, con un sueño, con una promesa, con una esperanza. Debió ocurrir en las Pléyades, en un espacio infinito, pero no importa. Era real, estaba allí, y pude abrazarlo… Gracias a esa Tormenta misteriosa vuelvo a creer en las hadas, los príncipes y los sueños… Atala murió de amor… Ojalá todos, cuando muriéramos, lo hiciéramos envueltos en los abrazos de un ser querido y que esos intensos gemidos nos acompañaran hasta el otro mundo… o viceversa…

Esperanza

Me llamaron esta mañana desde la radio para hacer una entrevista. Contestaba a cada pregunta con una gran sonrisa en los labios, como si en vez de palabras surgiera música y en vez de conceptos expresara poesía. La otoñal primavera resulta que sale al paso en su forma más elevada, transmitiendo una metamorfosis que me produce extrañeza, pero al mismo tiempo una paz profunda. Es como si lícitamente pudiera decir que este otoño sí trae consigo los frutos maduros. El insólito privilegio de sentirme seguro de cuanto ocurre, porque lo que ocurre nace desde lo más hondo, desde donde nace el alma, desde donde reside, respira y conspira.

Así, mientras la periodista me preguntaba sobre la hermosa presentación en Palma dirigida y orquestada por esa gran alma que es Olga Palmero, suspiraba de emoción y merecido despertar. También cuando recordaba las anécdotas de Iznájar, especialmente cuando los cuatro elementos se levantaron para acompañar ese acto cuasi mágico.

Y luego el viaje… Ese viaje mitad vigilia mitad sueño donde el alma envuelve al cuerpo y lo abraza suave en la fusión, en la herencia de la unidad interior que parte del contacto con el otro. Nunca pensé que fuera posible poder mirar por una pequeña ventana de dos puntos no sólo un extenso cielo azul, sino un infinito inimaginable. Y eso durante horas, sin que existiera la noche o el día, sin que existiera el rayo o la oscuridad. Sólo dos seres mirándose, eternos, suficientes, sin tiempo, sin espacio, flotando en una atmosfera vacía que iba llenándose poco a poco con el calor de sus cuerpos. Había sin embargo un movimiento inverso dentro de esa quietud mistérica. Había un respirar, no dos, sino uno, que conspiraba a un ritmo equilibrado entre el crematorio interior y la fuerza exterior. Un aliento poderoso, tímido al principio, pero honrado. Un aliento acoplado al suspiro cósmico de la ocasión única, soberano y emancipado, con un mensaje que se repetía una y otra vez: la esperanza es posible. Es cierta más allá de la ceguera. El milagro ocurre. Sólo hay que abrir las compuertas del llanto y dejarse llevar por el fluir de la vida. Sólo hay que creer y actuar con fe en las maravillas y los entresijos de esta increíble existencia. Gracias Tormenta por empaparme con tu sudor y tu vida. Gracias por abrirme los ojos y dejarme ver.

A veces la vida te premia con regalos inimaginados, con experiencias que intuyes en alguna parte del Siendo pero que desconoces en cuanto a lo inevitable de lo real. La vida siempre es soberana e impone su voluntad, ignorando y rechazando los miedos, las incertidumbres y todo aquello que siempre nos mantiene desconectados del fluido vital. La vida nos empuja y nos advierte de la urgencia del vivir, de la necesidad imperiosa de hacer de cada minuto único sesenta segundos de experiencias inolvidables.

Hoy me siento totalmente doblegado, siento la fuerza acrecentada de una emoción abierta, grande, dichosa, que mece en mi pecho los hilos subatómicos del sentir. Algo que resulta difícil describir sin pasar inevitablemente por los puentes fundamentales del espíritu. Quizás sería más fácil decir que todo ser es ese sentir, un sentir que ha vuelto a creer en la esperanza, en la multiplicidad de la simplicidad, en lo profundo de sorprenderse por el aleteo de una mariposa o por la magia de creer en mundos imaginados. Quizás sería más fácil describir este cúmulo de emociones inclasificables como en los cuentos de hadas… Esos cuentos donde todo es posible y lo maravilloso se convierte en cotidiano mientras que lo increíble forma parte de la experiencia diaria. Así que…

Érase una vez una princesa de ojos azules, de intensa mirada y mágica presencia… Érase una vez el reencuentro de dos almas en la calma del océano, en la profundidad del valle, en la esfera interminable de la bóveda celeste, en las estrellas y en los mares, en las montañas y en los pergaminos del recuerdo. Érase una vez  el reencuentro con la que sabe volar… con aquella que bajó de la patria estelar para adueñarse de un trozo de alma peregrina, de un instante ya grabado en la retina de la noche, con un suave tacto perfumado por los halos del encanto nocturno. Érase una vez un abrazo tan sentido que ni siquiera el viento cuando roza suave las velas de un navío desplegado hacia el viaje podría superarlo. Érase una vez un sueño… érase una vez la magia… érase una vez la vida sentida en intensidad diez en la escala de Richter… érase una vez un mundo desplegado en las sabanas de la esperanza… érase una vez la hábil metamorfosis de una mirada preñada de sueños, de abrazos, de promesas… érase una vez la grandeza del origen, la mirada intrépida de un rey mítico y los oídos tapados de un Ulises… érase una vez un viaje lleno de propósito y significados, donde los alaridos del ocaso se mezclan con la ensoñación del nuevo día. Érase una vez, en palabras de Dante y Goethe, ese eterno femenino que nos atrae hacia arriba. Érase una vez los doce trabajos de Hércules, las idas y venidas de Prometeo y la luz inevitable del mito anclado en la verdad. Érase una vez el susurro de un aliento, de un aire expresivo y cálido, de un acelerado ritmo cardiaco, de un devenir hacia la definición más aproximada de la entrega. Érase una vez, si es que todo esto es posible en un instante jamás escrito, un rayo de luz fulminante que a los dos hizo uno y al uno, misterio. Que la esperanza los guíe y que, como todo cuento que se precie, sean felices… La forza del Destino lo quiso, y que así sea por siempre.

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