Articles by Javier

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Es la frase que me ha entregado J. en la comida hispalense de hoy. Aparece en los papelitos que sostienen el te ayurvédico de Yogi Tea. Ambos hemos tomado el “classic”, una mezcla perfecta de jengibre, cardamomo, canela y clavo que pretenden calentar el cuerpo y el espíritu con su sabor picante y dulce. El ayurveda es la ciencia de la vida, una filosofía venida de la India que pretende encontrar el equilibrio entre la salud y nuestra ajetreada vida diaria.

Ese equilibrio parecía haber retornado hoy a los campos andaluces. Trece grados por la mañana, lejos de los más de veinte grados de estos días en pleno invierno. Lluvia, sí, por fin lluvia. Y un viaje hasta Sevilla con el olor a la tierra mojada y el esplendor de los campos sedientos, cargados de aroma y sabor profundo para acompañar durante unas horas a un gran amigo y un gran hombre.

Llegué puntual al restaurante vegetariano Gaia, en pleno centro de la capital hispalense. J. pidió un arroz buenísimo y yo una crema de verduras y unas riquísimas alubias con arroz.

J. ha pasado unos meses horribilis. Primero una operación de caderas que le deja postrado en la cama durante muchas horas al día y luego la muerte de su padre. Doble dolor, físico y espiritual. Del primero resulta difícil reponerse porque no hay remedios que calmen ese terrible malestar. Cuando físicamente te sientes impedido y además acompañado de dolor, parece como si la vida dejara de tener sentido. No puedes hacer nada, no puedes pensar en ningún futuro. No puedes creer más que en el día a día. Así me lo decía desgarrado y flaco, porque ha perdido más de quince kilos.

¿Y que sientes cuando muere un padre? Le preguntaba indiscreto con el propósito de que compartiera también su otro más profundo dolor. La muerte de un padre, decía, es algo que no se puede describir. Te deja un vacío enorme, al igual que cuando tienes un hijo, y debes tenerlo para ver como esos niños te llenan un vacío que poseías y que desconocías hasta que lo experimentas. La muerte de un padre te arrebata, te desgarra algo que creías tener para siempre. Unos vienen y otros se van, unos llenan vacíos, otros, con su marcha, nos lo dejan.

El padre de J. era un rara avis, un romántico y un idealista, como me decía y como podía leer en una carta de despedida. Tan raro que era conocido como hermano dela Santa Caridad, lugar donde ahora yace y donde fue enterrado en una humilde caja de madera de pino, cosa que le honra en el más allá y en el más acá. Generoso como pocos debió ser este hombre, que sin conocerlo, y viendo a su hijo, y sintiendo con él todas las cosas buenas que dio a la vida con su ilimitada generosidad, ya siento respeto y aprecio.

También siento gran admiración porque de las pocas cosas que conozco de él, fue un excelente educador y transmisor de valores nobles y humanos. Lo sé, porque su heredero, al menos el que conozco, no solo es un hombre bueno, de los más buenos que he conocido nunca, sino que además es un hombre mejor. Y J., como su padre, en palabras de Bertolt Brecht, es un hombre que lucha toda su vida, por eso es un hombre imprescindible. Gracias J. por este grato momento juntos. Seguimos, atentos, muy atentos.

La cosmovisión de aquel niño de ocho años siempre me impresionó de forma increíble. Hoy se presentó dos veces. Una en sueños y otra mientras ordenaba viejos papeles. Encontré éste que he podido fotografiar. Solíamos hacer croquis de cómo él entendía el universo, el cosmos y sus diferentes dimensiones. El niño dibujaba rápido mientras me explicaba emocionado todo lo que parecía “recibir” de otros mundos. Información y más información de vida en otros planetas, de formas diferentes de entender el mundo y todo lo que en él se desarrollaba. Había pensamientos realmente revolucionarios en su mente de niño sabio. Era asombrosa su visión del tiempo, de la mente, de la vida, de la consciencia y de lo humano. Cuando una tarde le pregunté cual era el propósito de la vida me respondió de forma contundente: “el propósito es reunir todas las mentes para crear UNA MENTE”.

Su visión era multidimensional. Es decir, estábamos integrados en diferentes dimensiones y por lo tanto, vivíamos diferentes vidas en un mismo “momento”. El tiempo era un entramado de vivencias y convivencias que se desplegaban ante nuestra inconciencia. Pero lo que más me asombraba era la convicción con la que afirmaba todo. Tenía tanta certeza ante sus increíbles palabras que no podía más que atender y aprender de todo cuanto decía, explicaba, mostraba y enseñaba.

Grandes sabios hay tras esos pequeños e inocentes gestos de la infancia. Ha sido grato recordarlo y por supuesto compartirlo.

Estimado Hemingway,

La cultura, el arte, el espíritu, están viviendo tiempos oscuros. No queda otro remedio que seguir labrando las tierras y cultivos del alma, pero desde la férrea y oscura cueva, allá escondida, en los albores de recónditos bosques y preñados alaridos.

Decías hace tiempo eso de que el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera. Disfrutaba de tus pensamientos en los tiempos en los que te leía cargado de libros y letras. Antes de que existieran los ebooks, y Amazón y ni tan siquiera Internet. Tiempos esos en los que navegar se hacía en barca por algún río o bahía desierta y lo de chatear era algo así como estar echado en una tumbona aplastado por los rayos de un sol primaveral acompañado de un refresco y una buena charla.

Buscando, como tú decías, la sencillez, ayer hice una especie de nueva quema de brujas. Lo primero que ardió en la chimenea plagada ya de cenizas fue un retrato tuyo que me ha acompañado durante varias décadas. Quisiste rebelarte porque las llamas no afloraron y solo un humo oscuro parecía no querer salir por el tiro de la chimenea. Es más, ennegrecieron todo el salón, teniendo que abrir todas las ventanas de la sala para que se ventilara tu espíritu rebelde.

Fue un presagio que vino acompañado de las palabras, ya por la noche, de otro poeta, esta vez de mi querido Whitman. Junto a él, y recordando la cultura, el mundo del arte y la poesía, cité los últimos párrafos de su poema: “¡Regocíjense, oh riberas y repiquen, oh campanas! / Pero yo, con lúgubre andar / Camino la cubierta donde yace mi Capitán, / Caído, frío y muerto“.

¡Oh capitán, mi capitán! Qué será de nosotros, los portadores de la luz, que entregada de llama en llama, ya no tenemos naves para seguir navegando, ni sangre en la voluntad divina de seguir jadeantes hollando los senderos y las oscuras plazas de valles y montañas. ¡Oh capitán, mi capitán! ¿Qué harán ahora los poetas, y los halladores del espíritu? La hoguera arde, pero como aquellos del Languedoc, seguimos de bosque en bosque, de cueva en cueva, trabajando en silencio por el espíritu y la luz, la lucidez y el propósito del alma.

Estamos en crisis, y no sabemos cuanto va a durar ni cuanto vamos a tener que aguantar esta situación colectiva que nos afecta como individuos. Hay muchas familias que se quejan porque tienen trabajo pero ganan menos y deben adaptar su nivel de vida a la nueva situación. Otros, simplemente no tienen trabajo, ni lo encuentran en una situación cada vez más desesperada. ¿Cuanto más podrán aguantar estas familias que no tienen nada? El apoyo mutuo y la cooperación se están haciendo extensibles a todos los niveles. La economía sumergida surge como refugio de muchos ante la situación de no poder regular una situación irregulable.

Cuando era estudiante recuerdo que vivía con trescientos euros al mes. En aquellos tiempos era un privilegiado porque tuve la oportunidad, a pesar de la crisis que vivíamos en ese tiempo, de poder estudiar fuera de Barcelona y emprender la aventura de vivir compartiendo vida en un piso de estudiantes. Cuando terminé la carrera recuerdo que mi primer sueldo no llegaba a quinientos euros. Por aquel entonces ser mileurista era ganar cien mil de las antiguas pesetas, es decir, unos seiscientos euros actuales. Cuando llegó el euro, todo cambió, eso es cierto. Desde un punto de vista sociológico, el café empezó a costar un euro, y los sueldos, algunos, empezaron a rondar los mil.

El problema siempre ha sido el mismo. No es cuanto ganamos, sino cuanto gastamos. En el sistema consumista en el que nos movemos, tan cargados de necesidades diarias, es difícil saber qué necesitamos realmente de lo que no. La regla de “más tenemos, más gastamos” se puede aplicar en todos los ámbitos.

Es evidente que en los tiempos que corren, muchas familias están haciendo milagros económicos para sobrevivir. Un kilo de arroz, un kilo de pasta y un kilo de legumbres hacen milagros en las cocinas actuales. Las carnes y los pescados se han convertido en lujo, excepto para aquellos que llevan años sin consumirlas, con el consiguiente ahorro. El tabaco, el alcohol, las drogas, las fiestas y todos esos extras que nuestra vida realmente nunca necesitó, se están convirtiendo también en lujos, excepto para aquellos que nunca las consumieron. Luego está la moda, el vestir. Otro lujo excepto para aquellos que nunca han ido a la moda ni han tenido necesidad de ir a lo último. Y luego el ocio de consumo, excepto para aquellos que consumen atardeceres, paseos en el bosque o comen pepinos en la hierba en un picnic improvisado en cualquier parque o campo. ¿Y la gasolina? Algunos ya han vendido el coche y utilizan transporte público, o hacen como hacían antiguamente, compartir coche o ir en bicicleta.

Podríamos seguir infinitamente con esta lista porque ya sabemos que nuestras necesidades siempre son infinitas. ¿Puede entonces una familia vivir con mil euros? Pues todo dependerá de la magia económica que tengan, de los hábitos de consumo y sobre todo, del gasto que realicen muchas veces en cosas superficiales que no se necesitan. El kilo de arroz, de pasta y de legumbres son milagrosos para el ahorro, además de ser una dieta sanísima. Lo demás, pues ya se sabe, cuestión de hábitos…

(Foto: Ante esta crisis, algunos nos hemos quedado sin casa, hemos vendido los muebles y todas las pertenencias. Es una situación dramática para quién lo vive desde el dramatismo y la tristeza o el apego. Para otros, simplemente es una oportunidad para empezar de nuevo, desde la alegría y la esperanza).

Gracias Luna

A veces recibes sorpresas que no sabes como valorar porque su valor escapa a lo medible. Al poco de regresar de nuestro viaje al Caribe, recibí en correos un hermoso paquete que contenía dos calendarios con las aventuras y desventuras de Kili-Kili and Kolo-Kolo. Me emocionó mucho cuando lo abrí nervioso en la estafeta de correos. Siempre me ha encantado recibir cartas y paquetes y aún guardo ese gusanillo de explorar dentro de los mismos para ver qué se encuentra. Así que como me apetecía compartir esta emoción, pues lo hago, y le agradezco a nuestra Luna el detallazo que le robó a este loco payaso una gran sonrisa. Gracias de corazón.

Veo en las noticias que la gente se escandaliza porque están privatizando el agua, pero nunca nadie se escandalizó cuando privatizaron la tierra. Pronto será el aire, y el fuego, y el éter, y las estrellas. Pronto todo será del que más tiene, cuando muchos olvidan que realmente el que más tiene es el que desdobla su tiempo a cual riqueza material. Y si hablamos de tiempo como riqueza, ¿será por eso que los conservadores dicen que tenemos que trabajar más horas? ¿Es esa la reforma laboral que promete mayor empleo? Si lo que no hay es empleo, ¿por qué no lo repartimos? Pero si los que lo tienen trabajan más horas, ¿qué clase de reparto será ese? Para que salgan las cuentas no debemos aumentar la jubilación hasta los setenta años. Me da vértigo esa edad porque casi todo el mundo se muere rondando esa cifra. Deberíamos reducir la jornada de trabajo y ganar un poquito menos y así tener más tiempo para las cosas que nos gustan. Pero claro, para eso deberíamos empezar de cero. Es decir, renegar de las altas hipotecas y dedicar el ochenta por ciento de nuestro trabajo productivo no a pagar las cuatro paredes en las que vivimos sino en disfrutar más de nuestro tiempo y nuestro ocio. Pero resulta que estamos metidos en un buen lío que nadie sabe como remendar. Por eso sale ahora el bueno de Sarkozy, por cierto de ascendencia húngara, diciendo que hay que cerrar las fronteras y abandonar el tratado de Schengen haciendo de Europa, de nuevo Europa, el perfecto chivo expiatorio culpable de todos nuestros males. Que no Sarkozy, que si no fuera por las bonanzas de Europa usted no sería presidente de la República Francesa. Que el problema no es Europa, ni el euro, que el problema somos nosotros, cada uno de nosotros, con nuestras responsabilidades individuales y con nuestras elecciones colectivas. Que Europa necesita visionarios que aporten un nuevo paradigma y legislen con nuevas ideas. Que lo rancio ya no funciona, y es necesario un nuevo camino. Y ese camino pasa, irremediablemente por empezar de cero en casi todo, incluso con el agua, y la tierra, y el aire, el fuego, y el éter, antes de que todo, absolutamente todo, sea de nadie.

Ordenar miles de libros, salir un rato a dar un paseo, trabajar en libros con el calor de la chimenea, pasear entre riberas y tumbarnos en la hierba tras saborear un salmorejo y una de bravas. Ayer tocó paseo por San Calixto, un lugar lleno de increíble fuerza no sólo histórica, sino telúrica. Se notaba cuando paseábamos entre sus montañas o cuando nos dejábamos abrazar por las interminables sombras de sus centenarios eucaliptos. La vida parece tranquila, intentando disfrutar de las cosas sencillas. Los perritos han descubierto nuestro nuevo refugio y ahí se han instalado. Son increíbles. Su fidelidad y amor incondicional no deja de sorprenderme. Fuimos a verla casa. Seguíaahí. Fue una sensación extraña. Pero no había tristeza ni apego. Solo paz interior.

Sigo en el sur, trabajando, haciendo akelarres en la chimenea con antiguos papeles que ya no tienen sentido. El viernes por la tarde hicimos una presentación enLa Montaña. Elnoveno libro de la colección local. Toda una proeza histórica que algún día será valorado. Pero eso ocurrirá cuando todos estemos muertos y algún nuevo historiador local vea la labor que se hizo mientras estuvimos por aquí y reconozca, quizás en algún humilde acto público, la labor senequista. Mientras seguimos, a pesar de que nos hemos quedado sin oficina, sin almacén y sin casa. No importa. Seguimos porque hay que seguir, porque el espíritu, el alma, no puede ser arrebatada ni por huracanes ni por crisis. Eso dije enla presentación. Nospodrán quitar el trabajo y la casa, pero jamás la oportunidad de poder sonreír con optimismo y esperanza. Jamás nos podrán arrebatar la alegría de vivir.

Por la ventana de la biblioteca puedo ver un espectáculo de naranjos cargados de frutos. Las campanas redoblan. Alguien ha muerto. Los más ancianos empiezan a rodear el portón de la Iglesia mientras el sol andaluz golpea fuerte los pavimentos de la plaza.

Detrás mía está la librería cargada con la obra senequista que durante estos años hemos creado. También antiguos libros de historia local del siglo XIX que doné cuando en aquellos tiempos había dinero para hacer ese tipo de cosas.

Los tiempos han cambiado. La biblioteca ya no tiene wifi, así que puedo conectarme gracias a la amabilidad de los que regentan sus cuatro paredes de cultura, los cuales me dejan un cable para escribir algo rápido. Dicen que quitaron el wifi porque al parecer alguien accedía a los secretísimos archivos dela biblioteca. Yclaro, eso debe ser algo terrible, por eso el nuevo gobierno ha quitado el wifi. Qué cosas. Eso me recuerda cuando llegué por primera vez a este pueblo hará unos cuantos años. La primera noche, con el coche cargado de maletas y libros, me acerqué con mi pequeño ordenador para aprovechar el wifi y contestar algunos correos. A los pocos minutos, alguien llamó ala Guardia Civil, que tras un intenso interrogatorio, se quedó algo asustada por ver a un forastero en un coche extraño (los híbridos apenas se veían en esos tiempos) con un ordenador extraño (un portátil de última generación que parecía una máquina de otro tiempo).

Pero como digo eran otros tiempos. Ahora suenan las campanas. La muerte ha vuelto a rondar. La biblioteca está vacía. Hay un silencio sepulcral que invita a sumergirse en los recuerdos. Esta tarde, si las campanas nos dejan, a pocos metros presentaremos un nuevo libro senequista, el noveno de la colección Furnûyulush. Será a las ocho. En el cine. Porque los libros ahora se presentan en los cines. Quizás sea porque en la biblioteca haya un exceso de secretos por desvelar, y por eso no hay wifi, ni presentaciones. Dios salve a la cultura. Dios salve al espíritu del hombre.

Hoy volvemos al sur. Allí tenemos una pequeña casa familiar donde guardé todos los libros y las pocas cosas que me quedaron de la mudanza. Cuando digo pocas, me refiero a grupos de cosas que fueron básicamente dos: algo de ropa y libros, muchos libros, miles de libros.

Así que estaremos unos días ordenando libros porque había tantos que en esa pequeña casa de menos de doscientos metros no cabían todos, y ahora andan repartidos entre las bañeras, las cuatro habitaciones, el salón, la chimenea… Un desastre, pero así es la vida de editor en tiempos de crisis.

También ahora comprendo la importancia del espacio que poseía hasta hace tan solo unos días. Cuatrocientos metros de casa dividida entre oficina, almacén de libros y hogar hacían una buena función. Ahora se me presenta un pequeño problema logístico diferente a cuando vivía entre España y Alemania. En aquella época la editorial era pequeña y apenas teníamos una docena de cajas que repartíamos por la inmensa oficina que teníamos en la céntrica calle José Cruz Conde de Córdoba. Ahora la editorial ha crecido tanto que deberé pensar como reorganizar toda la logística y el almacén… Y a veces lo pienso y me pregunto si todo eso tiene sentido ante el reto del mundo digital y los ebooks… Algo me dice que sí, que el papel no puede, no debe desaparecer. Un libro siempre será un libro y el conocimiento, aunque navega rápido por la red, jamás podrá detenerse plácido e inmortal en una vieja estantería de madera cargada de polvo, pero sobre todo, de recuerdos inmemoriales. Un libro de papel siempre puede ser regalado, y firmado, y tomado de la mano de un amigo. Siempre me ha encantado regalar libros y quizás eso choca frontalmente con el “negocio” que poseo. Ser empresario de libros y ser un amante de los libros a veces tiene sus cosas. Así me va… Pero el disfrute y la riqueza que todo este mundo me aporta no tiene precio. Y solo podría cambiarlo por mi otra gran pasión: la antropología.

Hemos cocinado una tortilla de calabacín para el viaje, lo que sale en la foto son los montoncitos ordenados que han salido tras el primer corte. Ahora toca disfrutarlos en el viaje… Plácida carretera que siempre espera la aventura del loco soñador…

Más información de nuestros amigos de Fundación Ananta sobre el festival:

http://www.fundacionananta.org/web/index.php/eventos/mantras/iv-festival-de-mantras

 

Meditar no es un acto egoísta. Es un acto de amor. Estar bien con nosotros mismos, en plena armonía, en paz con el mundo, mostrando un rostro dulce y bello es siempre una bendición para la orbe de esferas que compone el universo. Por eso hoy cuando meditábamos en el Plantío sólo veía gente bonita. Hermosos rostros que chispeaban la luz interior que recorre ambas glándulas, la pineal y la pituitaria interconectando las energías que suben por la kundalini, atravesando los cuatro centros inferiores, y aquella que desciende desde las remotas cumbres del alma, promoviendo la luz superior que emana de los tres centros superiores. Y cuando meditas y ambas luces, ambas energías, se entrecruzan entre el resonar vibracional de una y otra glándula, ese roce energético produce chispas y esas chispas provocan la conocida luz interior, la luz del alma, que no es otra cosa que ese farol que nos conduce por eso que el Tao llamaba las tinieblas dentro de tinieblas, o la oscuridad brillante de otros, o el magno trecho de la negrura absoluta. Por eso los grandes místicos, que contemplan el absoluto con cierta claridad, comprenden que la luz es necesaria para guiarnos por la tenebrosidad del mundo. La luz no es más que un símbolo de lo que el humano necesita para alimentar su sed de existencia, su necesidad de comprender. Pero sobre todo, es un manantial que debe sacarnos de nuestra propia oscuridad e ilusión. ¿Quién, hoy, al brillar el alba, ha podido contemplar el canto del ruiseñor y respetar el gemido agudo de los primeros rayos? ¿Quién hoy tomó consciencia de la mirada del hermano que agoniza en el ocaso de su día? Por eso es necesario meditar. Nos hace conscientes, nos hace bellos, nos convierte en seres deseados y limpios, en poderosos agentes del propósito oculto. Luz, más luz, reclama siempre el mundo.

Cien mil olas de deseos nos rodean. El vasto océano astral es implacable. Podemos fácilmente dejarnos arrastrar si no conseguimos mantener nuestro centro, nuestro inmóvil tálamo de impermanencia fijado en lo más profundo del nosotros mismos. Hay cavidades por donde la luz se cuela. Pero a veces solo es capaz de centellear entre tímidos azotes de inconsciencia. ¿Dónde estamos en esos momentos de plácido deseo?
Fijamos la atención en las distracciones diarias, olvidando que la pura belleza es tan sencilla como el propio respirar. En el conjunto del respirar está la memoria que nos hace seres con imagen y semejanza, con rostro y perfil aliñado por las reglas del pasado.
Es evidente que se nos arroja al mundo con algún propósito que no siempre somos capaces de percibir. Pero detrás de todo cuanto ocurre siempre hay una causa suprema que maneja el concierto cósmico con algún tipo de perfección que se nos escapa. Todo tiene un sentido, incluso cuando tan solo somos capaces de percibir el sinsentido.
La confusión del mundo nos sirve para sentir esa inquietud extraña de desplome ante la evidencia. Sí, estamos vivos, pero somos huérfanos provisionales del empeño vital. Mañana nadie sabe lo que ocurrirá. Mañana, en algún mañana, ya no estaremos, al menos, durante un tiempo, en este maravilloso circulonosepasa que los místicos de todos los tiempos han descrito y sentido con mayor o menor visión.
Hoy paseaba por las calles de Madrid y había tanto ruido… Uno puede intoxicarse de murmullos ancestrales, de vivencias cruzadas, de árboles genealógicos torcidos o podridos desde la misma raíz. Pero el ruido… ese ruido interior y exterior, siempre ensordece nuestras vidas. ¿Queremos escuchar? ¿O quizás vivimos felices con esos ruidos, con esas cien mil olas con sus diez mil cosas? ¿Dónde está el Silencio? ¿Dónde está su Voz? Estoy bien, porque mientras paseaba entre tanto ajetreo, he podido respirar y rasgar el velo y recordar que en la luna llena siempre hay un hueco para subir a la Montaña.

He osado prologar este imprescindible libro con mucha felicidad interior y por muchos motivos. En Séneca queremos esforzarnos por dar a conocer esas obras imprescindibles en una biblioteca comprometida. La obra del príncipe Kropotkin es reveladora y nos ofrece una visión diferente de las cosas. La he utilizado para basar mi tesis doctoral sobre Comunidades Utópicas, y es referencia imprescindible para comprender una visión diferente del género humano en particular y de la vida en general. Sin duda, el apoyo mutuo, en los tiempos que corren, es un valor a tener muy en cuenta y que debemos poner en práctica con cierta urgencia.

Editorial Séneca. 12€


Más información:

http://www.editorialseneca.es/KROPOTKIN.html

 

El apoyo mutuo es quizás uno de los pensamientos más potentes que puede resurgir en nuestros días. Las crisis financieras y económicas que asolan a media humanidad podrían provocar una reacción masiva de resistencia y estrecha colaboración humana. Por ello, este pensamiento tan actual en nuestros días necesita ser compartido y actualizado.

Kropotkin demuestra que la cooperación y la ayuda recíproca son prácticas comunes y esenciales en la naturaleza humana. De ahí la importancia y el vigor de estas ideas.

 

PIOTR KROPOTKIN

El príncipe Piotr Alekséyevich Kropotkin (Moscú, 1842 – Dmítrov, 1921) fue geógrafo y naturalista. Como pensador político ruso, es considerado uno de los principales teóricos del movimiento anarquista, dentro del cual fue uno de los fundadores de la escuela del anarcocomunismo, desarrollando con gran empeño su teoría del apoyo mutuo.

 

“La felicidad es una mariposa que cuando la persigues no se deja atrapar, pero si te quedas sentado tranquilo y quieto, quizá se pose sobre tu hombro”.

N. Hawthorne

A los pies de los montes que rodean El Escorial, alguien nos enseñaba una bonita casa anclada en un paraje natural y extraordinario. De repente fijó su atención en una pequeña ventana que resultaba ser la más grande de todas. Decía que esa era una gran ventana, y entonces, de repente, me vino a la memoria los grandes ventanales que conformaban toda mi casa. No sentí melancolía ni tristeza, pero sí algo extraño en el interior. Pasará mucho tiempo, pensaba, hasta que vuelva a disfrutar de esos ventanales y de esa luz que entraba por toda la casa a todas horas. Es tan difícil construir una casa de luz en un mundo de tantas sombras.

Suele ser algo desesperante bucear por casas, por pueblos, por ciudades, en búsqueda del lugar ideal para vivir. Tras pasar dos días de búsqueda, llegamos a la conclusión de que encontraríamos el lugar adecuado en el momento adecuado, quizás sin tener que hacer ningún esfuerzo, tan solo esperando alguna señal que identificaríamos como inequívoca. De alguna manera, algo interior nos avisaría, sentiríamos que ese sería el lugar, y la señal inequívoca sería alegría y entusiasmo. Ese convencimiento interior vio cierta luz cuando hoy, un amigo nos escribía desde Camboya y nos decía que tenía una hermosa casa en un lugar ideal en el centro de Madrid, en el barrio de Malasaña, el barrio de la “movida” madrileña, el barrio de las Maravillas. Algo nos decía que quizás ese pudiera ser el lugar. Veremos que ocurre, porque en este mundo volátil, todo es posible. Lo cierto es que cuando hemos dejado de buscar, hemos encontrado, como esa mariposa que se posa en nuestra mano cuando dejamos de perseguirla.

 

 

Acojamos el tiempo tal como él nos quiere

Shakespeare, Cimbelino

 

Me acaba de llegar un cargamento de libros del título “Franciscanos, místicos, herejes y alumbrados”. Era un pedido antiguo que se había perdido por la calle López de Hoyos de Madrid, lugar donde viví hasta agosto del año pasado y que hoy he podido recuperar, cosas de la vida seis meses después, en alguna otra parte de Madrid. Es como si todo hubiera cambiado y nada hubiera cambiado.

Lo cierto es que esta mañana hemos empezado la búsqueda de un nuevo hogar. Abandono mi casa y ella hace lo mismo porque, según me dice, la madurez y el compromiso hay que demostrarlos con hechos. Así que deja su bonita casa para que juntos emprendamos un nuevo reto, porque qué mejor hecho que el de estar juntos empezando de cero, sin recuerdos del pasado, compartiendo la ilusión de construir algo nuevo y compartido. Esa generosidad me da confianza. Una empresa sólida siempre se construye con cimientos sólidos. Y aquí estamos, poniendo piedra sobre piedra en este gran angular.

Y la búsqueda empezó en el hermoso barrio de Aravaca, donde un buen amigo nos esperaba para enseñarnos un hermoso piso a estrenar que nos podrían dejar a buen precio. La idea inicial era encontrar un lugar tranquilo rodeados de naturaleza. No deja de ser curioso como se afinan los sentidos cuando has vivido largo tiempo rodeado de campos y montañas. Ese silencio de la naturaleza contrasta con el rugir constante y la polución de la gran ciudad. Pero uno se hace a todo y las exigencias pueden adaptarse a los tiempos que corren.

Tras recorrer el barrio, el buen amigo, buen cumplidor de promesas, traía entre sus manos el libro de Stefan Zweig, “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. Qué mejor regalo a un editor que un libro, especialmente cuando el libro nos traslada a nuestro pasado más reciente de manos de un desposeído apátrida sin tierra y sin raíces, que perdió tres veces su casa en guerras y devastadoras experiencias personales, en un momento histórico, el siglo XX, donde todo parecía desintegrarse entre guerras y conflictos. Hay una frase desgarradora en su comienzo que he querido hacer mía por la complicidad y empatía de ambos momentos, el suyo y el mío: “Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, y con dramática vehemencia me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir que ya me resulta tan familiar. Pero no me quejo: es precisamente el apátrida el que se convierte en un hombre libre, libre en un sentido nuevo; sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia”.

Mientras paseaba por las calles de Madrid con Joaquin hablando sobre lo divino y lo humano nos cruzamos cerca de las puertas del Congreso de los Diputados con su presidente. Iba rodeado de guardaespaldas y fumaba un enorme puro. Jesús Posada caminaba tranquilo, cabizbajo. Tuvo tiempo de levantar la cabeza y observar con cierta incredulidad a la extraña pareja. Un señor elegante acompañado de un joven con la nariz y la ceja partida. La imagen del político me ha recordado al Napoleón del libro de Orwell “Rebelión en la Granja”. Decía el escritor que el poder produce corrupción y despotismo en cualquier nivel. Cuando veía el gran puro del gran político, recordaba uno de los mandamientos de la granja Manor: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros“.

Momentos antes habíamos pasado un rato agradable en el Hub de Madrid. Allí, la cineasta Sholeh Hejazi nos presentaba su proyecto “Ciudadanos del mundo” compartiendo un rico almuerzo vegetariano cortesía de Pablo Sánchez y su tienda Bioplanet en un ambiente agradable y lleno de reflexiones en torno a la idea de ciudadanos y súbditos. Paradójica reflexión sobre el concepto de súbditos del despotismo y la política en la que vivimos hoy día, política de caciques de grandes puros y ademanes de Napoleones nacidos en granjas Manor.

Luego tocó paseo intenso con Carlos por el barrio Lavapies, por la plaza Santa Ana y por las calles de un Madrid que ya me resulta familiar, íntimo, cercano. Así que mi primer día en esta ciudad ha sido de vértigo, sin parar, sin detenerme, como si lo que ocurriera ayer fuera algo que ocurre todos los días y como si lo más natural del mundo fuera afrontarlo con sincera lejanía.

Estoy fluyendo en esta ola del Zubuya, en este cuarto creciente que parece de vértigo, como si una corriente inmensa tuviera mucho que decir y expresar, como si lo que ayer pasó tuviera que haber pasado hace mucho tiempo y ahora toca recuperar el tiempo perdido. Estoy en Madrid buscando casa nueva, con la esperanza de que esa casa se convierta pronto en hogar. La vida corre… no se detiene. La cojo, la abrazo fuerte, y danzo con ella.

Hoy era un tiempo sin tiempo. Un día que aparece y desaparece del mapa gregoriano cada cuatro años. Un día extraño en el que arrastraba un duro golpe, no el de firmar la venta de la casa a cambio de la hipoteca, sino porque ayer, mientras hacíamos la mudanza, me di un tortazo contra mis maravillosos cristales blindados y casi me rompo la nariz. Empecé a sangrar muerto de dolor tras el golpetazo y tuve que ir a urgencias a que me dieran algún punto. La cara destrozada. Ese fue el regalo de despedida de la casa. Extraño, muy extraño.

Hoy venían los apoderados del banco para revisar la casa. Se han quedado asombrados por el estado de la misma. Nunca, según comentaban, les habían entregado una casa tan limpia. Les he contestado algo sobre la dignidad y la necesidad de hacer las cosas bien, incluso en los momentos más difíciles.

Cuando he firmado he sentido cierta liberación. Cuando esta noche he llegado a Madrid, lo primero que he mirado es que ya no poseo ninguna hipoteca. Todo ha ido correcto, todo ha ido bien. Ahora ya no tendré que levantarme todas las mañanas pensando en recibos de dos mil euros mensuales. Ahora podré hacer muchas cosas de bien con ese dinero que durante cinco años he ido tirando a un pozo sin fondo. Hoy empieza un día nuevo, hoy empieza una vida nueva.

 

Es importante ser prudentes cuando damos pasos de gigantes. Hace unos años decidí deshacerme de las tarjetas de crédito. Quería ser coherente con cierta forma de pensar, con cierta forma de sentir y empecé poco a poco a practicar ciertos principios que consideraba importantes. Mañana lo haré de la hipoteca. Con ese paso, estaré libre de cosas que no me pertenecen y me ganaré el pan con el sudor de la frente, y no con el fácil e ilusorio crédito que tan maniatada tiene a esta sociedad. Será un paso importante para librarme de la pesadez de tener que estar esclavizado al crédito para vivir dignamente. A partir de mañana la dignidad se medirá de forma diferente, más libre, más honesta, sin intermediarios.

Hoy toca limpiar la casa para entregarla de forma digna. Dar de baja la luz, el agua, el teléfono… Quizás estas sean las últimas palabras hasta que de nuevo encuentre Internet por alguna parte. Muchos se extrañan que no sienta pena ni tristeza por la pérdida. Es natural, no siento que pierda nada, sino que gano mucho. Esta experiencia me ha servido para analizar con cierta dosis de realidad y sentido común lo equivocados que hemos estado en este país con ese afán de acumular, de crecer desmesuradamente, de tener más, de poseer más. Las cosas materiales deben ser útiles para vivir bien, pero no deben convertirse en cadenas que mancillen nuestra felicidad.

Desde siempre comprendí que esta casa, en los tiempos que corren, se había convertido en una losa pesada. Soy obstinado y hubiera podido aguantarla toda una vida. Pero, ¿a cambio de qué? Perder es ganar, y en ese proceso me encuentro ahora. Es como si ahora volviera de repente a la bahía de Findhorn, en Escocia, cuando meditaba sobre la necesidad de no ahogarnos con tanta estructura. Pero ahora, unos años después, con la fortaleza suficiente de llevar a la práctica aquellas predicciones que relaté en el librito Creando Utopías. Ahora es el momento de sacar esa rebeldía interna capaz de decir: no. Por eso estoy feliz, por haber sido capaz de estar por encima de lo aparente y haber vencido la ilusión del ego. Lo dijo Camus: “un hombre rebelde es un hombre que dice no”. Ahora toca decir sí al espíritu libre, sí al alma servidora, sí a la promesa de hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Seguimos con la “mudanza”, rescatando todos los libros que podemos y dejando la casa lo más digna que podemos para los nuevos propietarios. En dos días firmamos el contrato de compraventa y estoy apurando hasta el último minuto para intentar hacer de esta situación una experiencia enriquecedora. Siguen las cientos de anécdotas pero por falta de tiempo y de casi todo no puedo relatarlas aún. Cuando encuentre un lugar tranquilo entre tanto lío relataré la crónica de este “viaje” por la vida. No tendrá desperdicio. Siento si aún sigo sin contestar llamadas y mails, pero andamos saturadísimos de trabajo y ya todo es cuestión de horas. La vida sigue… y de momento, con buen humor y entusiasmo, a pesar de.

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