Dejar penetrar la luz


Tras desayunar, me dejé llevar por la llamada de la vida. Terminé a media tarde en Madrid. Un viaje rápido, directo, clarificador. Diría que liberador. El corazón a veces te lleva a lugares donde la mente racional no puede continuar, donde la lógica no puede seguir. Abandonado a lo irracional, puedes llegar a cuotas lejanas de trascendencia, de realidad, de vida. Pasé la noche abrazado con fuerza al infortunio, pero deseoso de creer en la esperanza que nos hace humanos y capaces.

Al día siguiente, un hermoso paseo por la sierra norte de Madrid, contemplando el juego de colores y temperaturas que este invierno extraña a todos. A las pocas horas, estábamos sentados en el Plantío para celebrar la meditación del plenilunio de Capricornio. La gran fiesta, la reunión con el grupo subjetivo, con los amigos del alma, con el júbilo de compartir y dejar penetrar la luz. Luz, más luz, de nuevo.

Me sentía feliz, plenamente feliz. En paz, radiante, con cierta luz en los ojos, con cierto brillo en la mirada. El alma respondiendo de nuevo a la llamada. Y de repente, esa voz que te dice: “todo está bien”. Así lo sentía, así lo expresaba en total libertad. En el centro permanezco, desde donde surge el alma, trabajando, sirviendo, derramando por todas partes vida, desde el centro del corazón al mundo.