Ayer pasé una tarde maravillosa. Vinieron unos amigos y pasamos un rato agradable y divertido. Nos acostamos tarde jugando al ajedrez y escuchando música portuguesa. Jugamos al rugby, cenamos algo ligero y ya de noche fuimos al jardín a saludar a los duendes protectores. Pudimos encontrar tres gracias a la extensa imaginación que recorre nuestras cabezas. Uno era un ser con forma de Pinocho. Estaba sentado, esperando para ver si todo iba bien, suplicando una visita o un gesto humano que le dotara de vida y fuerza. A su derecha había otro de color marrón, con un dedo más grande que el resto y apuntando con su mirada a las estrellas. Melancólico, nos saludó ante el destello de luz de nuestra pequeña linterna. Y a su izquierda, allí estaba, el rey, el mago, el dueño de esos parajes, el sapo verde con boina roja que sentado en su trono de palmito meditaba sobre las próximas acciones en su reino. Luego seguimos el sendero que conduce al lago encantado. No tenía agua, pero sí unas inmensas cataratas plagadas de peligrosas aperturas. Al fondo se veía el bosque de coníferas, pero preferimos seguir por el camino de la derecha, bordeando el lago seco y sus dos grandes árboles agolpados en mitad de su cauce circular. Giramos a la derecha y de repente nos encontramos dentro de una peculiar espiral labrada en piedra en cuyo centro había un montículo desde donde nacían dos piedras blancas y una negra. Sin duda era un Aleph, un lugar desde donde poder divisar cualquier rincón del universo. Bastaba ponerse junto a ellas para viajar a cualquier confín de la galaxia. Proseguimos el camino por el jardín hasta que se cruzó ante nosotros un gran felino blanco. Realmente era un lindo gatito, pero en la imaginación exploradora podía ser cualquier cosa… Bien terminó la aventura por el jardín y el premio fue el descanso del guerrero, buena música, buena compañía y algo de comida.
