Recuerdo que mi primera novela, “Memorias de un beso”, la ambienté en el barrio parisino de Montparnasse. Alguna vez he paseado por sus calles para ver la realidad que meses antes había imaginado, y también viceversa. Allí, en su cementerio, yacen eternamente los restos de Fréderic Auguste Bartholdi, el arquitecto que dio forma y fama a la Estatua de la Libertad. Ayer hice viajes imaginarios entre Paris y Nueva York, y me quedé anclado en la isla de la Libertad. Observé detenidamente su famosa estatua y empecé a buscar analogías en la mitología y el folclore. Había en ella símbolos que me parecían sospechosos y familiares, así que indagué un poco en la vida del autor y descubrí lo que ya sospechaba. Bartholdi fue francmasón desde 1875, se adhirió a la logia Alsacia-Lorena del Gran Oriente de Francia y fue a partir de esa fecha cuando empezó a crear la estatua. Había símbolos claros que delataban a este “hijo de la luz”, o de las luces. Para empezar, la estatua es portadora de un significado propiamente masón: libertad. Mide desde los pies a la cabeza 33 metros de altura, un número importante en la simbología masónica. Porta una antorcha para iluminar al mundo, al igual que las pretensiones de dicha orden. Para algunos, la diadema de rayos que porta en la cabeza recuerda al Dios Helios, dios del Sol, sin embargo, conociendo un poco la trayectoria del autor, quizás tenga más que ver con la diosa luciferina Hécate. Digo luciferina no desde una perspectiva cristiana, la cual identifica erróneamente a Lúcifer con Satanás, sino desde la perspectiva que el autor utiliza, es decir, identificando a Luzbel como el portador del conocimiento y la sabiduría a la Tierra e iluminando en las tinieblas el deseo del hombre por llegar a Dios.
