¿Existe alguien con quien volar y saltar sin red?


La pregunta me la hizo ayer C. mientras volvía a La Montaña. Me pareció tan hermosa e inocente, tan llena de anhelo y esperanza que enseguida la hice mía y me acompañó toda la noche. Una vez C. vino a visitarme a la Montaña y nos dimos uno de los abrazos más hermosos que recuerdo. Me preguntaba si existía algo tan hermoso como abrazar a alguien y mirarle sinceramente a los ojos, sin temor, sin recelo, sin condiciones. Quizás ese sea el verdadero amor, el verdadero sentir en libertad, el verdadero volar y el verdadero salto sin red. Hoy ha venido a visitarme mi prima R. Hacía tiempo que no la veía y solo me apetecía abrazarla con intensidad. No sé cuantos abrazos le habré dado en el rato que ha estado aquí. Me sentía tan feliz por dentro al hacerlo. Me sentía tan libre, tan espontáneo, tan lleno de calma. Ayer, paseando por Madrid con A., llegamos hasta el cine Ideal. Cuando estuve en sus puertas me acordé de aquella película subtitulada que vi no hace mucho con B. Volé de repente a sus abrazos, a su intensidad. Fue hermosa la mezcolanza, el ritmo sentido del latir, el aroma suave de ese tiempo ya pasado. Y por eso la pregunta de C. me acompañó toda la noche. Necesitaba de su duda para poder seguir adelante y de su esperanza para poder sonreír al tiempo. Y además, llovía, y como en la canción, estaba mojada la carretera… Qué largo es el camino… qué larga espera… Kilómetros pasando, pensando en ella… qué noche, qué silencio, si ella supiera, que estoy corriendo, pensando en ella… Sigo en la carretera, buscándote… al final del camino, te encontraré…

¿Se puede vivir sin tarjeta de crédito?


Hasta hace pocos meses tenía tres tarjetas de crédito que utilizaba sobre todo en mis viajes y para salir de ciertos apuros de última hora. La VISA tenía un crédito máximo de doce mil euros, la American Express cuatro mil y la MasterCard, para todo lo demás, con tres mil euros. La verdad es que daban ganas de marcharse con las mismas y no volver en muchos meses. En algunos países es más fácil pagar con unas o con otras, aunque la VISA es siempre la más popular, de ahí que tuviera tres diferentes. En enero decidí anularlas todas, pagar el crédito que debía y darlas de baja. Fue una decisión muy meditada, sobre todo a la hora de encarar viajes donde a veces resulta imprescindible una tarjeta, por ejemplo, para alquilar coches. Pero la radicalidad del momento y la crisis exigían estas decisiones. Estos meses iba tirando del débito y del cash, es decir, del dinero líquido y efectivo que llegaba a mis manos. Esto tiene sus ventajas, porque nunca gastas más de lo que tienes, pero también sus peligros. Os cuento la anécdota de ayer porque me resulta, además de divertidísima, significante. Tras pasar el sábado con cierta élite económica, académica y política, me marché el domingo a Madrid donde había quedado con A., una hermosa filósofa. Al salir de Barcelona, me envió un mensaje para quedar a alguna hora. Intenté contestarle pero justo en ese momento había agotado el saldo del móvil. Paré en la primera población que vi para recargarlo pero me di cuenta de que en las tarjetas de débito había agotado el dinero y tenía lo justo en efectivo para gasolina. ¿Cómo quedar con una hermosa mujer en esas condiciones? No quería ser yo el causante de ningún conflicto. Tenía un euro suelto y llamé por teléfono a una amiga para que me ayudara con la recarga. Por suerte la llamada fue efectiva y recibí la oportuna recarga que no podía realizar por carecer de débito en la tarjeta, eso sí, para mosqueo de la filósofa, una hora después. Me disculpé con ella para la comida, diciendo que llegaba con retraso y que sólo podría quedar para un café por la tarde. Llegué a eso de las cinco a Madrid con el depósito en reserva y con veintiséis euros en el bolsillo. “Imposible llegar a Córdoba en esas condiciones”, pensé. A. me llevó a un restaurante de lujo en el centro de Madrid. No podía hacer menos que invitarla al café solo y mi café con leche, que sumaron la friolera de diez euros. Estuvimos unas horas hablando y aún tuve tiempo de darle un euro a un mendigo que vino a nuestra mesa a pedir. Me quedaban quince euros para volver. A. quiso alargar la tarde invitándome al cine, y a cenar y… Dadas mis condiciones, me excusé diciendo que tenía que estar pronto en Córdoba y me marché en el momento más divertido. Por suerte me llevó con su coche hasta donde había aparcado el mío, ahorrándome el euro del metro. Nos despedimos y empecé a rodar a no más de ochenta por hora por la autopista durante cien kilómetros. A trescientos kilómetros de Córdoba me paré cuando el coche no daba para más y para asombro del hombre del surtidor eché 15,98 euros de gasolina sin plomo. Las luces del chivato de la gasolina apenas se movieron. Le dije al de la gasolinera: “¿Cree usted que llegaré a Córdoba?”. Me miró extrañado y me contesto: “Si no corre puede que llegue con los trece litros cargados. Por cierto, le sobran dos céntimos”. Le regalé los dos céntimos, por supuesto, porque puestos a reírnos de todo, inclusive de la miseria, pues dos céntimos tampoco me salvaban. Y luego, y tanto que no corrí. A ochenta por hora hasta Córdoba sin parar, con el depósito en reserva y apurando el motor eléctrico cada vez que la carretera o la ausencia de coches a esas horas lo permitía. Llegué, por los pelos y con el motor eléctrico pero llegué tras seis largas horas de risas y cierta angustia por la situación. Me reía porque me resultaba increíble estar gestionando una empresa que factura cien mil euros al año y no tener un domingo por la tarde más que quince euros en el bolsillo. Estas situaciones, y más ahora en tiempo de crisis, pasan en muchas familias. Soy consciente de ello y soy consciente de la función que en esos momentos de no poder más hacen muchas personas de sus tarjetas de crédito, de los préstamos y demás baladíes engañosos que nos sirven para salvarnos de situaciones desagradables. Sin embargo, con este tipo de experiencias estoy cada vez más convencido de la necesidad de prescindir de los créditos y empezar con la buena y sana costumbre del ahorro y la previsión. Lo de ayer fue sin duda algo extremo que últimamente me ocurre con frecuencia. Pero disfruto de estas anécdotas porque me hace ver la importancia de las lecciones aprendidas y de los errores del pasado. El dinero es energía, y qué bien nos viene poder controlarla y llenarla de abundancia y generosidad.