El microbús estaba lleno de personalidades. Ocupé las plazas de atrás y me sentí cómodo en los asientos de cuero negro. El conde de M. hablaba de unas tierras y de lo difícil que resulta ser un aristócrata hoy día, el alcalde de B. refinaba su diálogo y el gran jefe contaba anécdotas sobre el cabeza de un lobby de poder en Washington con el que cenó hace unas noches. Los tres catedráticos recitaban versos de Schiller en alemán mientras que uno de ellos hablaba de su último trabajo sobre Roso de Luna. J. me incitaba a volver a volar mientras soñábamos con aviones y vuelos. Hay tantos universos como seres humanos soñando…
Llegamos al monasterio y nos recibió uno de los monjes benedictinos. En la entrada coincidimos con Pilar Rahola. La saludé y le recordé los viejos tiempos. Aún recordaba al chico de la “silla azul”. Como pasa el tiempo. En la reunión se sugirió como nuevo compañero al aspirante a premio Nobel. Lo veremos en la próxima reunión en Madrid. Así, la élite bondadosa, los constructores del adytum, terminaron una jornada en la que se expuso las intenciones y el nivel del ser que atrae nuestras vidas. Todo fue tranquilo, equilibrado y de un gran nivel intelectual. Me sentí un peregrino del espíritu que observaba curioso y silencioso todo el cúmulo de anécdotas y saberes.
