Fieras del anochecer


Uno nunca sabe como actuar ante el desprecio y la indiferencia, ante el robo o el insulto, ante la pérdida de la dignidad humana. Cuando esto último ocurre, cuando perdemos lo único que nos hace merecedores de vida, las cosas se vuelven oscuras y dolientes. Estas semanas he vivido numerosos ejemplos de todo esto, propios y ajenos. El penúltimo episodio esta mañana en un desprecio político que me ha parecido horrendo y de baja calidad, una puñalada trapera que por discreción hacia la persona víctima del atropello no voy a contar. Y el último ha sido vivido en propias carnes de una persona que he querido y amado, que he respetado y cuidado en sumo máximo en todo lo que he podido. Uno nunca puede llegar a imaginar hasta donde es capaz la condición humana. Te puede elevar a cuotas inimaginadas de belleza y esplendor o arrastrarte, en un segundo, hacia el más terrible de los infiernos. Intento no juzgar los actos de los demás aunque a veces me cueste y para contenerme prefiera arrancarme la lengua o cortarla con mis propios dientes antes de injuriar o perturbar la paz ajena. Pero a veces admito que el dolor y el sufrimiento de lo insoportable, ese que arranca y arroja hacia el fango el poco trozo de dignidad que nos preña, hace que la dureza nos obligue a actuar con cierta contundencia. Si dejamos que nos pisoteen hasta la saciedad, luego resultará difícil levantarse. Y soy capaz de soportar las más terribles vejaciones, los más terribles insultos. Pero todo tiene un límite. Y ese límite me ha llevado a la despedida y al silencio. Hay batallas que es mejor abandonar. Y si realmente se ama al otro, a veces es mejor desprenderse de sus lazos para que pueda continuar su camino. Con ello, nos alejamos de las Fieras del anochecer.  Esas que  vienen destrozando sueños. Esas que te dejan al pasar la vergüenza en tu ser. Es mejor alejarse para que no consigan jamás apoderarse de tu dignidad. Es mejor dejarse caer a los abismos del vuelo libre…