Las trece virtudes de Benjamín Franklin


El amigo Josep Brunet, director de la biblioteca Arús de Barcelona, me regaló en la presentación del libro de Zeldis un pequeño libro en versión facsímil del original de 1868 del también masón Benjamín Franklin titulado “El camino de la fortuna”. Me ha sorprendido conocer la grandeza de este hombre sabio por muchos motivos y comprometido por muchos otros. Una de las cosas que más me han llamado la atención ha sido su lista de trece virtudes que redactó con veinte años e intentó cultivar toda su vida. Aquí las dejo porque su vigencia y hermosura merecen ser compartidas.

  1. Templanza: No comas hasta el hastío, nunca bebas hasta la exaltación.
  2. Silencio: Sólo habla lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo, evita las conversaciones insignificantes.
  3. Orden: Que todas tus cosas tengan su sitio, que todos tus asuntos tengan su momento.
  4. Determinación: Resuélvete a realizar lo que deberías hacer, realiza sin fallas lo que resolviste.
  5. Frugalidad: Sólo gasta en lo que traiga un bien para otros o para ti. Por ejemplo, no desperdicies nada.
  6. Diligencia: No pierdas tiempo, ocúpate siempre en algo útil, corta todas las acciones innecesarias.
  7. Sinceridad: No uses engaños que puedan lastimar, piensa inocente y justamente y si hablas, habla en concordancia.
  8. Justicia: No lastimes a nadie con injurias u omitiendo entregar los beneficios que son tu deber.
  9. Moderación: Evita los extremos; abstente de injurias por resentimiento tanto como creas que las merecen.
  10. Limpieza: No toleres la falta de limpieza en el cuerpo, vestido o habitación.
  11. Tranquilidad: No te molestes por nimiedades o por accidentes comunes o inevitables.
  12. Castidad: Frecuenta raramente el placer sexual, sólo hazlo por salud o descendencia, nunca por hastío, debilidad o para injuriar la paz o reputación propia o de otra persona.
  13. Humildad: Imita a Jesús y a Sócrates.

Las reglas del juego


La última noche dormí cerca de Aranjuez. No hizo mucho frío ni pasé mucha hambre, como en días anteriores, así que pude afrontar el último trayecto despejado y despierto. Horas antes había paseado solitario por los increíbles jardines del Real Sitio. Allí, en una de las fuentes, había una pareja de ancianas que jugaban a las cartas mientras escuchaban algo de música. La imagen me pareció conmovedora. Me senté a su lado y estuve una hora observando como jugaban, como discutían si las cuentas estaban mal y como anotaban meticulosamente, casi como en un acto sagrado, cada una de las partidas en una libretita roja. De vez en cuando me miraban, al principio con algo de desconfianza y luego con curiosidad. Un tipo solitario, a esas horas, sin hacer nada, medio ausente, medio fuera de sí. Cuando el sol ya se despedía, recogieron los bártulos, las cartas y la radio y se marcharon satisfechas una vez realizado el recuento de puntos. Me quedé sin su compañía, mirando las hojas secas que caían de los castaños y viendo como las parejas paseaban con sus hijos entre bromas, atavíos y costumbres. Había algo de tristeza en esas imágenes. Algo de penuria. Recordé la elegancia del señor Talese y una frase que leí suya en La Contra de días atrás: “la pareja no dura por sexo ni por amor, sino por respeto”. Me gustó la frase y la llevé conmigo todo el viaje. Durante estos meses había apostado por ese tipo de relaciones basadas en el respeto como alto valor, a sabiendas que todo eso de la química y demás son añadidos a veces artificiosos que ayudan pero que a estas alturas del curso ya han dejado de convencerme. Sin embargo, llegar a esa conclusión debe ser cosa de dos. Como esas ancianas que jugaban a las cartas, sabían las reglas del juego y pasaban una linda tarde escuchando música. En las relaciones, sean del tipo que sea, es necesario entender las reglas del juego, y sobre todo, del respeto. Supongo que el señor Talese, viejo lobo, sabrá lo que dice.