Cuando practicas el haraquiri emocional el dolor que se siente en la parte del estómago es terrible. Es como si se desgarrara algo muy profundo, como si te quitaran del vientre un hijo que has ido alimentado durante meses y el cual de repente es desprendido con violencia. Quien ha experimentado, con o sin consciencia ese desgarramiento sabe de lo que hablo. El ritual ha sido duro. Cientos de kilómetros entre conventos y abadías, parajes increíbles y lugares misteriosos. El primer día amanecí en un templo budista en el hermoso Pirineo de Huesca. Participé en silencio y desapego en el puya de la mañana tras una noche bañada de un manto salpicado de millones de estrellas. Pero fue en una inmensa cueva, cerca del hermoso paraje que rodea el Monasterio de Piedra, donde el ritual tuvo mayor efecto. En las cuevas siempre es posible un segundo nacimiento, un resurgir, un retorno al centro perdido. El resto de noches y de días fue un ir y venir por toda la península intentando, en la soledad y el silencio del viaje interior, mostrar todos los procesos vividos, aceptarlos, comprenderlos. Al final, la muerte ritual de todo vínculo y el enterramiento de todo pasado. ¿Qué nos depara ahora el presente y el futuro? Como dicen los místicos entregados a la ciencia del servicio: “hágase su voluntad y no la mía”…
