2 septiembre, 2010

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Una de las sensaciones más horrible que conozco es el síndrome del lobo estepario. Aparece a veces, cuando el grito de angustia y advertencia, como nos decía Herman Hesse, avisa a todos los seres que desconociendo el origen de sus más íntimas motivaciones, se ven inmersos en sus propias atrocidades. Ese síndrome se manifiesta de forma extraña en aquellos que deambulan de un lado para otro de forma solitaria, como arrastrando una amargura por haber hecho de su caminar una sombra de lo que fueron. Solitarios, nauseabundos, su mayor miedo es llegar a una estación donde nadie les espera. ¿No os ha ocurrido alguna vez? Llegar a un aeropuerto, a una estación de tren y ver que nadie está allí para recibirnos. Los que viajamos mucho estamos acostumbrados a ello, pero a veces se siente cierta angustia cuando la costumbre se vuelve endiabladamente enferma. Y esa angustia surge porque, amantes de los símbolos, sabemos que un día llegará esa estación a la que tendremos que enfrentarnos solitarios. Y fue ayer, en una triste estación de autobús de Madrid cuando sentí esa sensación de angustia, de soledad. Me vi como Harry, el protagonista de Hesse, soportando la carga trágica así como el incierto destino. Sentí de repente una extraña melancolía, quizás porque ayer, sin haber comido en todo el día, con un pequeño accidente a mis espaldas y derrotado tras unos días de lucha contra mis fantasmas, llegué exhausto y malherido, desorientado y perdido a un laberinto que no esperaba a comienzos de septiembre. Sin darme cuenta, y en cuestión de tres días, había labrado un castillo lleno de fantasmas y abismos que de forma huracanada destruía todo cuanto tocaba. A los diez minutos llegó la mano salvadora. La iluminada presencia de ese ángel que siempre está ahí para protegernos. Me llevó, casi me arrastró, hasta un maravilloso palacio de abrazos y amor. El zombi en el que me había convertido vomitó, desagradecido, todo cuanto surgió de su serpentino dolor. El Harry sucio no tuvo compasión y despachó a gusto toda la nausea, desoyendo la voz que hasta ahora le había guiado. Volví a la cueva, a esa maldita cueva que sostiene el cansancio del infortunio. Derrotado, otra vez derrotado por esas fuerzas que parecen querer golpearte una y otra vez para que desesperes perdiendo con ello todo norte. El fondo se toca más a menudo de lo que uno es capaz de soportar, y a veces resulta difícil salir del mismo. Toca recuperarse, descansar y seguir, con la esperanza de que la bella dama sepa perdonar al sucio Harry. Ojalá la fuerza de la luz venza la indomable presencia de toda oscuridad. Dolor, mucho dolor es lo que se siente cuando se está abatido. Cosas de la vida, llamé en medio de la tempestad a MC. Estaba en mitad de unas llamas, viendo como una de sus fincas ardía irremediablemente. Me dijo un día antes, en un mensaje que parecía presagiar lo peor:  ”las crisis nos alimentan”…