Ya son algunos los viajes que he realizado con este aventurero y escritor, amante de lo humano y lo divino, seguidor y defensor de los valores universales de paz y buena voluntad. Koldo Aldai, escritor incansable, amigo verdadero, viajero y constructor de puentes indestructibles, compagina su vida de entrega y servicio hacia los demás con su pasión por la escritura. Uno de los mejores momentos que hemos vivido juntos fue haciendo de payasos en la sabana africana o en las selvas o los slums de la India… Cuando andamos preparando ya nuestro tercer viaje hacia tierras palestinas, he tenido la oportunidad de entrevistarlo para la Fundación Ananta, gracias a la siempre generosidad de Joaquin y José Luis, amigos y patrones. La entrevista la podéis ver en el siguiente enlace:
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Resulta difícil valorar qué es lo más correcto en situaciones límite. El Estado del Bienestar tiene sus propias contradicciones y a veces, resulta que también es partícipe en ser creador de escasez, sobre todo en tiempos como los que vivimos. Las fórmulas keynesianas no son perfectas, se ha demostrado que el modelo de protección social sufre una crisis postmoderna que supone un reto importante. Si no existen políticas sociales adecuadas a cada tiempo, la democracia carece de sentido argumental. La redistribución de la riqueza debe atender a las necesidades de los ciudadanos para que además, estos se sientan solidarios con los demás y responsables con sus prójimos. Pero, ¿qué ocurre cuando fallan los mecanismos de solidaridad? Existen sectores muy privilegiados que no atienden a los problemas de la cada vez mayor clase desfavorecida. Su egoísmo social pasa por la ignorancia de esos problemas. Cuando el Estado, que es el regulador de los principios de solidaridad y bienes social, no solo falla sino que se convierte en un depredador para asegurar su propia supervivencia, la sociedad afectada, la sociedad civil, se convierte en un caldo de cultivo para que la desobediencia empiece a desarrollarse e incluso a organizarse. Es entonces cuando las teorías de anarquistas como Thoreau empiezan a tomar forma. Negarse a cooperar con un Sistema injusto son los principios básicos de estas ideas. Y así, como algún día dijo Martin Luther King releyendo la obra de Thoreau, “quedé convencido de que la no cooperación con el mal es una obligación moral en la misma medida que lo es la cooperación con el bien. Somos los herederos de un legado de protesta creativa”. La acción trituradora del Aparato, del Sistema, no se detiene. Necesita sobrevivir para poder alimentar a sus zánganos. Y mientras esto ocurre, una guerra oculta nace de entre esos cuatro millones de parados que ven como el Estado del Bienestar los abandonan a la mínima de cambio. Sin trabajo, pronto sin casa por no poder pagar la hipoteca, sin esperanza y sin futuro, será inevitable que la sociedad civil se organice. Y así, su desobediencia no sólo será legítima, sino que además aconsejable para que el cambio hacia algo mejor se consuma de una vez.
Ayer leía, buscando información adicional sobre Shambhala y su origen mítico en los textos del Kalachakra, una de mis primeras lecturas que tenía que ver con las técnicas del raja yoga: “Cartas de meditación ocultista”. Me conmovió repasar con lectura detenida todos los principios allí descritos y que debí leer muy joven, rondando los 16 años en unas páginas fotocopiadas y subrayadas una y otra vez regalo de una amiga que me inspiró grandes recuerdos en aquellos tiempos de juventud y búsqueda. Buscaba información, algún dato, para completar el prólogo que estoy haciendo sobre un libro del pintor y místico ruso Roerich, el cual hizo un hermoso y profundo viaje por Mongolia, Tíbet e India a la búsqueda de la ciudad blanca. Recordaba, a su vez, el viaje que hicimos en el solsticio del 2007 buscando también las huellas de ese lugar donde se presume vive una jerarquía de hombres elevados que trabajan desde los planos sutiles para el bien de la humanidad. Como amante de los mitos y como creyente de todo aquello que tiene que ver con lo invisible, me percaté de que el tiempo no pasa en vano y de cómo se tejen las circunstancias para que sigamos el camino por una u otra senda. No resulta extraño recordar de vez en cuando la importancia de todo el esfuerzo, de toda la consciencia aplicada a esa red invisible de servidores, de ese ejército silencioso que trabaja y teje las premisas de un mundo mejor. Gentes de buena voluntad que se reconocen, se ayudan y se esfuerzan mutuamente para proteger los secretos y desarrollarlos para el bien de todos. Hay algo destinado a suceder en el alma humana, y solo el tesón de aquellos que peregrinan por la senda de Shambhala pueden entender la importancia de no desvanecer.
Un ruido extraño me despertó esta mañana. Como las puertas de mi casa siempre están abiertas, incluso cuando me marcho de viaje, pensé que alguien había entrado. Y efectivamente, alguien había entrado. Una tercera golondrina en menos de 24 horas (mientras escribía esto, una cuarta a vuelto a entrar al salón). Qué extraño me resultó. Siempre se cuela algún pajarito dentro del salón, pero nunca tres de golpe en tan poco tiempo. Quizás sean portadoras de algún bonito mensaje que debo interpretar. Además justo el día que descubro, con tristeza y con alegría, que uno de los conejos enfermó de mixomatosis a pesar de haberlos vacunado con cautela, y que otro de ellos, ha parido en el sótano de la casa una camada de conejitos. Así que la vida y la muerte se manifiestan en un mismo tiempo. Unos se van y otros vienen. Qué extraño resulta pensar en ambos acontecimientos surgidos en un mismo tiempo… Supongo que siempre algo tiene que morir para que nazca lo nuevo…
Si miramos con detalle todo lo que nos rodea parece asombroso, casi milagroso, ese profundo equilibrio que existe entre todas las cosas. Observar cada ser, cada elemento de la naturaleza, cada átomo que se ordena de forma increíble para formar estructuras más complejas… todo parece mágico. Los científicos, muy ordenados ellos, afirman que esa complejidad tiene un sentido explicable gracias a las leyes de la física y la química. Pero hay cosas que resultan difíciles de explicar. Ya no recuerdo quién dijo alguna vez que un simple alfiler tuvo que ser pensado, diseñado y fabricado por alguien. Que en ese proceso había intervenido una mente que le había dotado de forma y cuerpo. Un simple alfiler había sido soñado en la fábrica de las fantasías. Mientras pensaba sobre ello, esta tarde encontré en el salón una golondrina que se había colado por la ventana del despacho. Curiosamente, era la segunda en un mismo día que entraba en casa desde la tercera planta y se situaba en el mismo lugar que la anterior, justo en frente de la gran ventana de entrada al salón. Sus alas parecían perfectas, aerodinámicas, de unas líneas tejidas con tal finura que resultaban asombrosas. Me preguntaba si, al igual que el alfiler del ejemplo, alguien las había diseñado, pensado, soñado. Cogí con delicadeza a la golondrina desorientada y la lleve en mi mano hasta el jardín. Me miraba curiosa con sus hermosos ojos negros. Abrí la mano y emprendió el vuelo sostenida por la gravedad y el viento. Ambos factores hacían posible su desplazamiento conjuntamente con la fuerza que ejercían sus alas. Era asombroso ver como subía y subía hasta perderse en el infinito.
No quiero entrar en el debate neocreacionista que se desarrolló en USA sobre la visión de una evolución nacida de una identidad inteligente, llámase Dios, Gran Arquitecto del Universo o como se quiera llamar. Simplemente, como ser pensante, me encanta bucear en las premisas básicas por las cuales, con algo de sentido común, lo humano se enfrenta a los misterios de la vida y el universo. Y por eso ponía el sencillo ejemplo del alfiler. Si han hecho falta toneladas de años de evolución, de técnica y de diseño consciente para fabricar un solo alfiler, me pregunto, siguiendo ese hilo conductor, qué habrá hecho falta para organizar el cosmos, el universo entero, y lo más asombroso de todo, la vida, la mente y la consciencia. Porque es precisamente en estas tres últimas cualidades de la existencia donde lo sospechoso empieza a tomar forma. Independientemente del sentido o no que puedan tener las cosas en sí mismas, resulta tremendamente suspicaz el que dentro de una estructura física se haya implantado la vida, luego la mente y más tarde, la consciencia.
Resulta angustioso pensar en términos de un diseñador que plantea y ordena con una escuadra y un compás la arquitectura cósmica. Entre otras cosas porque siempre surge la paradoja de preguntarnos quién o qué diseñó al diseñador. Así que seguiré esperando, mirando desde mi ventana, el vuelo mágico de otra golondrina…
Estimada C.,
No deja de ser curioso que ayer, precisamente ayer, estuviera enganchado más de dos horas al teléfono hablando con mi vieja amiga X. sobre la misma cuestión. No sé si es el verano o la edad (a ella le dije que quizás andábamos saboreando las mieles de la crisis de los cuarenta), que la conversación giró en torno a lo mismo: una especie de pérdida de rumbo, de incertidumbre hacia el futuro, de falta de orientación. En mi caso, decía en voz alta, era voluntaria, porque estaba cansado de abordar siempre metas y propósitos difíciles y me apetecía fluir un poco con la nada. En su caso era extremadamente cierta la pérdida y la desorientación. ¿Qué hacer cuando uno se encuentra perdido en el camino? Lo cierto es que no se me ocurre más que parar un rato en su borde y mirar un mapa, el mapa. Y ese mapa siempre está dentro de nosotros, esperando un silencio o un momento de paz y calma para poder guiarnos. Hace un mes B. me invitó a un viaje a Lanzarote. Intuía que yo le podría ayudar a bucear en ese interior para ver qué camino de su vida tomar. Rechacé la invitación argumentando que nadie puede guiarnos en nuestro camino, sino que somos nosotros, en un acto de introspección y soledad, quienes debemos explorar en nuestro interior. B. se marchó sola. Así que como tú bien dices, hay que pararse y renegociar con la vida. Hemos llegado hasta aquí, esto es lo que hemos dado de sí. ¿Qué nos queda por hacer? ¿Qué planteamiento futuro debemos abordar? Sin duda, el mundo es un vasto campo de experiencia y no vamos a tener tiempo, a los que nos seduce la acción y el movimiento, de permanecer mucho tiempo parados. Hay mucho por hacer y la casa está sin barrer…
Ayer escribía algunos capítulos de mi pequeña novela Alexandra. Me imaginaba en algún balneario suizo, como aquellos que frecuentaba Herman Hesse para escribir sus increíbles cuentos. Quería estar allí, alejado de este asfixiante calor, junto algún lago rodeado de verde y frescor mañanero, escribiendo sin parar todo cuanto se me ocurría. Pero el lago no pudo ser otro que la manguera del jardín y el verde el rostro seco de algunas plantas que aún sobreviven a este infierno. Aún así pudo servir para imaginar los viajes del joven Atis y los miedos infecundos de la bella Alexandra. Ambos personajes parecían tomar vida en ese hermoso arte creador de la palabra. Y mientras narraba el octavo capítulo, se me ocurrió, de forma paralela, escribirle a ella, a mi otra Alexandra, a mi otra princesa, un par de versos: “al final del día besaré tu piel y tu corazón. Tus labios sobre los míos harán calma la espera. La luz de tus ojos serán mi lámpara esta noche. Hoy serás mi sur...”
A veces resulta difícil situarse fuera de la cárcel de los sentidos. La trampa de las horas y del tiempo describen el paso penoso hacia el marchitar de la vida. Lo observo en el caminar de aquellos que nos anteceden. Los tránsitos requieren de su propia disciplina. Nos creemos salvos de todo pero no somos inmunes. Todo nos afecta, todo nos anula, todo nos pierde. Y cualquier momento es propicio para arrimar el hombro hacia la pérdida de sentido y razón. Por eso se nos hace necesario abrir una cima diaria hacia nuestra alma, hacia aquello que pueda trascendernos, con la esperanza de que quizás en ese leve murmullo podamos elevar un ápice de altura. Allí jamás ha llegado la voz humana ni sus ecos, pero sí eso que llamamos intuición que no es más que el halo sagrado de las alturas. La belleza se alarga en ese lugar y debería rodearnos constantemente. Tendría que ser obligado el ser bellos, el poseer cosas bellas. Como si con ello pudiéramos labrar el surco necesario para penetrar en el himen de lo etéreo, en la capsula celeste que nos catapulta hacia el infinito. La maravilla de esos vuelos mágicos nos alejan de la tragedia, y de la cárcel del alma. Y es allí, en el centro que los antiguos magos llamaban unidad y en la esfera que llamaban infinito donde se trascienden los barrotes de la oscuridad.
“Soy un perro que muerde su vida perra”, debe pensar Leo, el otro miembro de la familia que, acompañando a mis padres y hermana, han venido a pasar el caluroso mes de agosto a Andalucía. La verdad es que a pesar de que he estado trabajando hasta las diez de la noche, hoy me he sentido un poco Leo, sobre todo cuando en vez de levantarme a las siete, como es habitual, me desperté a las nueve, recuperado, eso sí, de todo el cansancio acumulado. Un día tranquilo por todo lo demás. La única sorpresa agradable fue la visita de M. cargado de verduras para compartir. Qué gran regalo el cual agradezco desde aquí. Los pimientos y los tomates están buenísimos. Qué buena cosecha. Y B. sigue su viaje por tierras sureñas. La echo de menos y hablamos todos los días. Es muy hermoso ver como los corazones luchan por mantener viva la llama… Así que mientras pasa el verano, pongamos algo de música, imitando los enlaces musicales de nuestro querido Rafa…
Tras despedirme en Sevilla con cierta melancolía y tristeza de B., me fui corriendo junto con E. a Radiopolis, donde me harían una entrevista en la que he hablado sobre libros, espiritualidad, utopías y nueva consciencia. Lo he pasado bien, ha sido una experiencia bonita y al parecer la entrevista ha quedado bien. E. me había dicho que si quería podíamos preparar la entrevista, pero le dije que prefería improvisar, que me preguntara lo que quisiera… Y así ha sido, fluyendo una bonita charla de una hora de duración. E. me ha invitado a ir de nuevo a la radio, será que B. tendrá razón cuando dice eso de que tengo una voz bonita… ¿acabaré de locutor de radio?
La felicidad se teje en pequeños actos. Una caricia, una sonrisa, un leve respirar, una sólida conspiración. Ayer bailamos en la feria del pueblo. Sentimos una paz inquieta, una complicidad que nacía del estómago y subía en aleteos suaves hacia el corazón. Podíamos sentir como se tejía algo hermoso y ojalá perdurable. Hoy desayunamos junto a los conejos. Pan con tomate, ajo y aceite para nosotros y zanahorias frescas para ellos. Nos mirábamos, sonreíamos, respirábamos. Ella jugaba con ellos, como en esos cuentos de familia feliz donde parece que solo reina lo grande. Luego fuimos al pantano a bañarnos. La libertad de nadar en el agua, a pesar de las anécdotas en la búsqueda de esa calita especial e íntima, ha sido suficiente para sentir que las cosas estaban bien a pesar de todo. Un día inolvidable, bonita forma de empezar este caluroso agosto. A ver que nos depara, porque promete ser duro, muy duro…
(Foto: La hermosa B. dando de comer a los niños).











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