La levadura del viaje interior


Ayer leía, buscando información adicional sobre Shambhala y su origen mítico en los textos del Kalachakra, una de mis primeras lecturas que tenía que ver con las técnicas del raja yoga: “Cartas de meditación ocultista”. Me conmovió repasar con lectura detenida todos los principios allí descritos y que debí leer muy joven, rondando los 16 años en unas páginas fotocopiadas y subrayadas una y otra vez regalo de una amiga que me inspiró grandes recuerdos en aquellos tiempos de juventud y búsqueda. Buscaba información, algún dato, para completar el prólogo que estoy haciendo sobre un libro del pintor y místico ruso Roerich, el cual hizo un hermoso y profundo viaje por Mongolia, Tíbet e India a la búsqueda de la ciudad blanca. Recordaba, a su vez, el viaje que hicimos en el solsticio del 2007 buscando también las huellas de ese lugar donde se presume vive una jerarquía de hombres elevados que trabajan desde los planos sutiles para el bien de la humanidad. Como amante de los mitos y como creyente de todo aquello que tiene que ver con lo invisible, me percaté de que el tiempo no pasa en vano y de cómo se tejen las circunstancias para que sigamos el camino por una u otra senda. No resulta extraño recordar de vez en cuando la importancia de todo el esfuerzo, de toda la consciencia aplicada a esa red invisible de servidores, de ese ejército silencioso que trabaja y teje las premisas de un mundo mejor. Gentes de buena voluntad que se reconocen, se ayudan y se esfuerzan mutuamente para proteger los secretos y desarrollarlos para el bien de todos. Hay algo destinado a suceder en el alma humana, y solo el tesón de aquellos que peregrinan por la senda de Shambhala pueden entender la importancia de no desvanecer.