Reencuentros de hace tiempo


A las tres de la tarde la taberna aún funcionaba a pleno rendimiento. Nos sentaron en el centro del patio, junto a la fuente que dirigía los compases del tiempo marcados por el sonido del agua. Un menú sencillo, vegetariano, acompañado de unas excelentes berenjenas rebosadas, una tortilla de patatas y una tapa de salmorejo. Ella un fino para beber. Él, su tradicional botellín de agua.

El reencuentro se produjo tras mucho tiempo de ausencias. Tanto que resultaba difícil recordar la última vez. Habían pasado eones, tal vez alguna eternidad. Cosas del Camino del Medio, la excusa para reconocernos en aquella taberna había sido un excelente libro de Augusto Shantena sobre el Tao Te Ching. En su mano izquierda, la guía con la interpretación fundamental del taoísmo. En su derecha, dos libros de poesía: Voces con Sentido y La Casa de Humo. Empezó la charla con un recorrido fundamental por las bitácoras del pasado. Era necesario el recuerdo forzado para poner al día agendas y experiencias. Me sorprendió saber que es budista, de la rama Sakya, una de las más importantes y antiguas del budismo tibetano. Alguna vez yo mismo había estado de retiro con ellos en su templo del Garraf. Sincronías, repetíamos una y otra vez. Además, practicante del Karma Yoga, colaborando de muchas formas con el servicio desinteresado a la comunidad. Algo muy parecido a mi querido Agni Yoga, pero con componentes filosóficos diferentes. Una mujer completa, con un largo recorrido interior y con una sencilla y humilde expresión exterior. Una abundante inteligencia marcada por su infinita curiosidad y una premisa para seguir adelante: conocimiento. No se podía pedir más. El sendero estaba marcado por los astros. Solo había que recordar, porque al fin y al cabo, el verdadero conocimiento se manifiesta mediante el recuerdo. Todo está escrito, todo está dicho, todo está experimentado. Solo hay que recordar el guión y seguirlo. Improvisando aquí y allá, pero siguiendo el guión. Ya lo dice el Tao: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo Misterio.

Y ahora la fuente sigue golpeando. Anclado en algún tiempo quedó el suspiro y las miradas. La respiración pausada forma un compás perfecto con el dilema de todo lo existente. Todo es fundamentalmente necesario, inclusive el leve aleteo de aquella mariposilla que posaba a la izquierda de una madreselva que crecía hacia arriba en el patio interior. Tan suave fue su brizna de tiempo y su reflejo impasivo en la gota decimocuarta de la hora quince, que apenas nadie pudo sentir su presencia. Nadie excepto los allí presentes, los que vivían en el eterno instante.