marzo 2010

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Después de dos años luchando con el banco por fin he conseguido mi tercera hipoteca. Mi vida es anormal hasta para eso. Con ella he podido reunificar la deuda y si antes pagaba al banco tres mil euros ahora pagaré la mitad. No está mal este pequeño triunfo. Sin embargo, la sensación que tengo después de tanto esfuerzo y sufrimiento es de “misión cumplida”. A pesar de todas las adversidades y de la crisis que todos hemos padecido, he conseguido sacar a flote este mastodonte de casa hasta el día de hoy con esta pequeña victoria. Pero aún así, esta casa es excesivamente grande para una persona sola. Por eso, ahora me debo armar de valor, de valentía, y ser humilde y honesto conmigo mismo. Y la conclusión es clara: debo buscar algo más pequeño e intentar vender esta casa que, cosas de la vida, ya empezaba a sentir como hogar. Y todo esto ocurre justamente ahora, cuando el otro día desempolvaba las últimas cajas de una mudanza que ha durado la friolera de cinco años… Cosas de la vida… Cosas del Camino… Dicho esto… :   

Vendo casa nueva (dos años) de diseño estilo “racionalista” de 350 metros distribuidos en tres plantas (posibilidad de dos viviendas independientes) en parcela de 1.300 metros con cinco habitaciones, dos amplios salones, dos cocinas, tres lavabos, trasteros, seis terrazas con magnificas vistas y dos amplios jardines. Sistema de reciclaje de aguas y preinstalación de aire acondicionado, placas solares, chimenea y piscina.

PRECIO DE VENTA: 475.000 € (Acepto permuta por terreno rústico o similar).

Cada vez que me topo con alguna noticia que tiene que ver con el criminal de guerra que gobernó en la anterior legislatura se me ruboriza el cabello. No tengo nada en contra de los hombres y mujeres de buena voluntad que desde cualquier partido, ya sean de una u otra tendencia, trabajan por el bien de su pueblo. Pero cuando veo casos como los del patético Bush o el innombrable señor Aznar, me cambia la cara y el sentido de las cosas. Y la última noticia me deja helado. Más de dos millones de euros para promocionar que a Aznar le dieran la Medalla del Congreso de los Estados Unidos de América, medalla, que por cierto, no le llegaron a dar a él ni a su pobre vanidad. Dos millones de euros que pagó mi vecina Paca, mi tío Manolito y el panadero de mi pueblo, personas todas honorables y humildes, que trabajan a destajo para que los tramposos, usureros y  mezquinos de la mala política jueguen a las cartas de la geopolítica al mejor postor. Vergüenza no es la palabra. Es más bien rabia. Rabia por ver como un pueblo que debería gozar de cierta salud democrática permite que ladrones y asesinos en masa sigan campeando a sus anchas por los arrabales de la vida publica. Rabia por ver todos los días ejemplos nefastos de un país nefasto gobernado por personas nefastas.

La primera fotografía en la que aparece una persona la realizó Louis Daguerre en 1839 en el Boulevard Du Temple, en París. Desde entonces, el mundo siempre se ha visto de forma diferente. Algo milagroso ocurrió en ese Boulevard, algo que cambió el curso de la imaginación de los hombres. Desde entonces, las imágenes han podido ser compartidas por toda la humanidad. Pero hay imágenes que son difíciles de compartir. Forman parte de lo más íntimo y no siempre se tiene una cámara para fotografiarlas. Por eso la escritura revive como testigo histórico de cualquier momento. Como cuando un día decidí marcharme a Estados Unidos, alquilé un coche y acabé una noche en Las Vegas, mirando a las hostess que por allí andaban en inmensos y lujosos casinos… Las examinaba con cierta curiosidad… sin otra cosa que hacer en la vida excepto el estar allí, contemplando… Recuerdo que días antes había tenido un hermoso encuentro con una aún más hermosa hawaiana que conocí en el Instituo Esalen, a los pies del Pacífico, en el Big Sur californiano. Era muy bella, de rasgos bien marcados, pelo largo, negro, ojos rasgados… nunca supe su nombre. Un día, con gestos, ya que por aquel entonces no hablaba nada de inglés, me invitó a ir con ella a la clase de yoga que la comunidad organizaba por la mañana… aún recuerdo la pasión que envolvía sus miradas, la forma que tenía de rozar su cuerpo con el mío, ayudándome en los ejercicios del hatha yoga… Ese mismo día, por la tarde, tras la meditación vespertina, me invitó a ir a la sauna… No había en aquel tiempo vencido mi pudor para andar desnudo por la vida, pudor, que por cierto, superé de golpe años más tarde en las frías saunas alemanas. No me atreví en ese instante, comprendiendo lo delicado que resulta vivir al extremo del delirio. ¿Por qué no fui a aquella sauna? Al día siguiente abandoné Esalen dirección San Francisco. Estuve todo el maldito viaje llorando, pensando que en cualquier rincón del Chinatown iba a encontrarme con ella. No fue así. La última vez que la vi fue en la danza tribal que hicieron en la comunidad a modo de despedida. Se acercó a mí, me miró, estuvo un rato a mi lado, sonriendo inmóvil para ver si reaccionaba, si movía un dedo, para ver si gemía alguna palabra más allá de mis observaciones empíricas que me ayudarían a completar ciertos vacíos de mi tesis antropológica. Nos miramos con esa complicidad propia de enamorados. Pero no hice nada. Me quedé parado, pasmado, helado por su presencia. Ella se marchó mirándome eternamente, intentado explicar lo inexplicable. Vi como iba hacia una amiga suya y la abrazaba con una fuerza tremenda. Empezó a llorar. Fue entonces como, de forma incomprensible, cogí mi Chevrolet Malibú y desaparecí del Big Sur californiano. Años más tarde aún la recuerdo, aquí sentado, mirando por la ventana como el viento azota los recuerdos… Y uno siempre se pregunta… qué hubiera pasado sí… Perdí las fotografías de ese viaje en un desgraciado accidente informático. Pero eso me da libertad para imaginar esa bonita escena de amor con cierta exageración y melancolía, aprovechando la lluvia que cae, la gran ventana, el cielo escarpado, la imagen del Boulevard du Temple, imagen de un barrio parisino, que por cierto, inspiró mis primeras dos novelas inéditas… Algún día las editaré, porque ellas también son una fotografía exacta de un tiempo perdido… y el tiempo perdido, con o sin imágenes, siempre pervive en alguna parte…

Menú de reyes

1. Los auténticos Risketos
2. Mister Corn Mix 5
3. Barra de pan de gasolinera

TOTAL MENÚ: 3,20€, algo así como lo equivalente al salario de una familia India durante tres días. De vértigo solo pensarlo…

“La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio a Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra”. Primera Parte, Capitulo VIII de Don Quijote de la Mancha, lugar donde me encuentro ahora, por azares de la vida, batallando contra mis propios gigantes de viento…

Decíamos ayer… Precisamente ayer, cuando parece que fue un siglo… Es lo que ocurre cuando viajas de un lado para otro y te encuentras con hombres y mujeres notables, con personas que te iluminan, que te abren la mente, que te inspiran confianza, que se expresan amablemente sobre sus inquietudes, sus miedos, sus esperanzas. Y fue ayer cuando viajé relajado por carreteras adyacentes hacia Madrid. Los paisajes impresionantes, inclusive paré en uno de ellos para hacer la foto que acompaño. Unos árboles teñidos de violeta intenso que contrastaban con el verde terreno y el gris celeste. El encuentro en Madrid era con MF y LV para tratar la incorporación de MF como socio tecnológico en Séneca. Cosas del fluir, terminamos comiendo con una interesante persona, el director corporativo de la empresa de encuestas y opinión Ipsos, el cual nos llenó la mesa de datos e información muy interesantes. Hoy reunión en Barcelona con un viejo amigo y socio editorial, CO, y encuentro matutino con una principal distribuidora a nivel nacional para aclarar ciertos puntos en nuestras relaciones comerciales. Mañana tensa y tarde distendida, con charla sin desperdicio. Y mañana día largo e intenso en Lérida. Un viaje fugaz de tres días que acumulan cansancio al traído de India pero satisfacción interior por estar lleno de experiencias enriquecedoras. Nada más se puede pedir a la vida, nada más que sentirnos vivos mientras servimos con premura a nuestro propósito: nada para nosotros, todo para ellos…

A las tres de la tarde la taberna aún funcionaba a pleno rendimiento. Nos sentaron en el centro del patio, junto a la fuente que dirigía los compases del tiempo marcados por el sonido del agua. Un menú sencillo, vegetariano, acompañado de unas excelentes berenjenas rebosadas, una tortilla de patatas y una tapa de salmorejo. Ella un fino para beber. Él, su tradicional botellín de agua.

El reencuentro se produjo tras mucho tiempo de ausencias. Tanto que resultaba difícil recordar la última vez. Habían pasado eones, tal vez alguna eternidad. Cosas del Camino del Medio, la excusa para reconocernos en aquella taberna había sido un excelente libro de Augusto Shantena sobre el Tao Te Ching. En su mano izquierda, la guía con la interpretación fundamental del taoísmo. En su derecha, dos libros de poesía: Voces con Sentido y La Casa de Humo. Empezó la charla con un recorrido fundamental por las bitácoras del pasado. Era necesario el recuerdo forzado para poner al día agendas y experiencias. Me sorprendió saber que es budista, de la rama Sakya, una de las más importantes y antiguas del budismo tibetano. Alguna vez yo mismo había estado de retiro con ellos en su templo del Garraf. Sincronías, repetíamos una y otra vez. Además, practicante del Karma Yoga, colaborando de muchas formas con el servicio desinteresado a la comunidad. Algo muy parecido a mi querido Agni Yoga, pero con componentes filosóficos diferentes. Una mujer completa, con un largo recorrido interior y con una sencilla y humilde expresión exterior. Una abundante inteligencia marcada por su infinita curiosidad y una premisa para seguir adelante: conocimiento. No se podía pedir más. El sendero estaba marcado por los astros. Solo había que recordar, porque al fin y al cabo, el verdadero conocimiento se manifiesta mediante el recuerdo. Todo está escrito, todo está dicho, todo está experimentado. Solo hay que recordar el guión y seguirlo. Improvisando aquí y allá, pero siguiendo el guión. Ya lo dice el Tao: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo Misterio.

Y ahora la fuente sigue golpeando. Anclado en algún tiempo quedó el suspiro y las miradas. La respiración pausada forma un compás perfecto con el dilema de todo lo existente. Todo es fundamentalmente necesario, inclusive el leve aleteo de aquella mariposilla que posaba a la izquierda de una madreselva que crecía hacia arriba en el patio interior. Tan suave fue su brizna de tiempo y su reflejo impasivo en la gota decimocuarta de la hora quince, que apenas nadie pudo sentir su presencia. Nadie excepto los allí presentes, los que vivían en el eterno instante.

Tras cada actuación, a veces en nombre del grupo o en nombre de algún anónimo desconocido, solíamos entregar en las ONGs donde actuábamos aquellos donativos que habíamos podido conseguir desde España. Algunos amigos pensaron que si bien no podían estar físicamente con nosotros, si podrían compartir el esfuerzo de su trabajo y su tiempo con aquellos que aguardaban nuestra presencia. Pensamos en todo momento que era un acto agradable además de llevar sonrisas, llevar algo de ayuda, aunque fuera simbólica, tal y como ya hicimos en Etiopía, donde cargamos cada uno nuestros cuarenta kilos de equipaje llenos de medicinas y cosas que podrían ser de ayuda. A pesar de esto, hubo muchos amigos que insistieron en venir. De todos tuvimos la gran suerte de contar con la extrema generosidad de dos personas que entregaron cuerpo y alma en este proyecto. Ambas dejaron familia, trabajos y responsabilidades en sus tierras para acompañar a dos desconocidos payasos cuyas únicas referencias hacían mención a cierta locura. Esa valentía prodigiosa y esa entrega incondicional en todo momento siempre fue valorada sorpresivamente por los payasos. Especialmente el buen hacer y el trabajo intenso que desarrollaron en cada momento. Es cierto, y en honor a la verdad, que cuando se viaja en grupo la intensidad del momento y la duración larga del mismo puede provocar desencuentros y conflictos grupales. Es cierto que existieron y que algunos no pudimos gestionarlos con sabiduría. Pero lo sorprendente de todo era esa capacidad de reacción, de ser conscientes que lo importante eran los niños y la alegría que pudiéramos transmitir por encima de nuestros egoicos problemas. A pesar de todo, de lo bueno y de lo malo, solo tenemos palabras de agradecimiento y amor incondicional por esas dos grandes personas con las que tuvimos el privilegio de compartir este importante viaje. Gracias Cristina. Gracias Ana. La memoria seguirá recordando aquellos buenos momentos en el Sadgurú, con el banana lassy como protagonista y las mushrroms pizzas como acompañantes. No se podía pedir más al cielo, y por eso el cielo fue justo. Así que gracias a las dos por mimarnos con vuestras galletas de chocolate, con vuestros detalles y sonrisas diarias, por pintarnos la cara de payasetes en todas las actuaciones, por estar atentas al dinero y a la agenda, por ese ingente trabajo antes del viaje, con la página web, por los contactos, por los desplazamientos, hoteles, … Fue tanto todo lo que hicisteis que jamás encontraremos tiempo ni palabras suficientes para estar agradecidos… ¿Qué hubiéramos hecho sin vosotras? Gracias, gracias sentidas y de corazón… (Kili Kili & Kolo Kolo)

Esta tarde andaba repartiendo por mi barrio el boletín político “El Progreso”. Iba silbando feliz por las calles, disfrutando de la primavera avanzada y de los paisajes exuberantes plagados de verde y teñidos de flores. Alguien me había preguntado momentos antes si cobraba por ese trabajo. Con una aguda sonrisa he intentado explicar eso tan poco comprendido del servicio a la comunidad, del servicio voluntario, sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. Hay personas que aún no entienden que la gente pueda hacer algo sin esperar recompensa. Tenemos la manía de mercantilizarlo todo, incluso los actos aparentes de buena voluntad. Por eso, cuando alguien hace algo de forma desinteresada, enseguida cae en la tupida sospecha. Es como cuando Pitágoras nos asombró y abrumó nuestra razón con el número irracional. Así lo expresó Steven Cushing en un poema que intentaba describir nuestra reacción natural ante lo incongruente. Las cosas que no comprendemos tendemos a juzgarlas, prejuzgarlas o condenarlas, buscando siempre un tipo de culpabilidad que se adapte a nuestros miedos, a nuestras inseguridades o incapacidades. Por eso lo fácil es lapidar cualquier cosa que no se adapte a la “norma”, sin intentar, ni por un momento, buscar la capacidad de visión desde una perspectiva más amplia. Si ocurre algo que daña mi espacio de seguridad, por razón ese algo debe dar malo o dañino. La reflexión venía de ayer, cuando una escritora me escribió para que le asesorara sobre un contrato de edición que iba a firmar próximamente con una importante editorial. Esta es la parte que peor llevo. ¿Se puede atrapar un verbo en un contrato? ¿Y un verso? ¿Pagarías por poseer una historia? ¿Por atrapar un sueño? Está claro que una editorial debe vivir, a pesar de hacerlo en tan noble oficio. Pero cuando montas una editorial por amor al arte, me resulta ciertamente espeluznante tener que mirar la contabilidad para que el arte pueda subsistir. Por eso en la selección de obras que editamos en Séneca no predomina lo comercial, sino aquellas obras cuyos autores han demostrado talento y generosidad, ambos unidos, y cuyos intereses priman los de compartir su arte, más que comercializar con ellos. Eso mismo comentaba hoy en un agradable café con una autora ya amiga que preguntaba tímidamente por los derechos de autor y la propiedad intelectual. Tras la charla y el café, y mientras repartía alegremente “El Progreso”, me preguntaba una y otra vez sobre cuanto puede costar un verso. La respuesta me vino sola y amable: la razón se abruma ante lo irracional. Gracias Pitágoras…

Hay locuras que merecen la pena ser vividas, sobre todo las locuras menores, las del día a día, las que pasan desapercibidas pero que sirven de guiño a la existencia. Ayer removía recuerdos de entre las cajas y encontraba figuras con algún significado simbólico que me han acompañado durante años mudanza tras mudanza sin ningún tipo de queja o murmullo. Las miraba e intentaba recordar su origen. Quizás el regalo de algún amigo, el amuleto que siempre acompañó a aquella inseparable amiga, el duende que alguien me regaló en alguna despedida. Estaban allí juntos, en una cajita de madera perdida entre papeles y libros. Cuando abrí la cajita me sorprendió encontrar en ella múltiples recuerdos. Uno de ellos el bote de perfume de un amor lejano. Al abrirlo y oler el perfume que permanecía intacto después de más de quince años fue como sentir un arrebato que me empujó de golpe hacia el pasado. Me interrogué sobre si las cosas del ayer aún existen. Sin duda las emociones están ahí, quizás mancilladas por el lodo del tiempo y las experiencias. Pero basta que sople cualquier viento para removerlas y sentirlas cerca. Quise hacer un ejercicio práctico para despejar las dudas sobre mi reflexión. Cogí un puñado de esas figuritas y las liberé en el jardín. Busqué un rincón mágico donde pudieran encarnar sueños de hadas y duendes, de gnomos y elfos. Pensé que allí estarían bien, y pensé que quizás los duendes del ahora podrían jugar con ellos dándoles vida en algún juego. De momento permanecerán ahí, libres, a la espera de que los duendes aprovechen su poder o algún niño del futuro los encuentre y pueda jugar con ellos. Así, las figuras y sus recuerdos ya no me pertenecen… Serán heredados por la tierra futura… El trayecto sigue y los vínculos se expandirán hasta alcanzar el cielo… Me gusta pensar en la loca idea de que ahí fuera, en algún rincón del jardín, la magia ha empezado a nacer… Pronto habrá duendes por todas partes, pronto las plantas empezarán a crecer de forma increíble y el agua empezará a correr por todo el jardín… Habrá fuentes, saltos de agua, estanques con peces de colores… habrá vida, pero no esa vida llena de preocupaciones y temores, sino vida sana, vida armónica, sencilla. Atardeceres llenos de suspiros, y al final de los días, una confidencia: confesaré que he vivido.

Tanto Goethe como Balzac creían en la unidad de la literatura. Hoy he paseado con ellos, y con muchos más, por mis ansiosas estanterías, viendo como efectivamente esa unidad retomaba sentido en mi pequeña biblioteca. Ayer dediqué el día al jardín, al mundo exterior, a la naturaleza, al Mefistófeles que niega al mundo pero que se convierte en un auténtico aliado para comprenderlo. Hoy tocaba cierto orden en la casa, la cual, por primera vez, he sentido como hogar. Y esto ha ocurrido cuando he desempolvado las últimas cajas de la mudanza de Barcelona, una mudanza que ha durado la friolera de casi cinco años. He empezado a sacar los últimos libros y recuerdos que quedaban por ordenar en las estanterías. Allí estaban mis obras de teología mística, de filosofía, de mitología, de folclore universal. Las novelas de juventud, con Sartre y Camus a la cabeza. Obras que marcaron mi vida y mi pensamiento, que influyeron en mis caminos, que obraron como auténticos focos de sabiduría. Ventanas que me abrieron al mundo y despertaron la curiosidad hacia el universo. Toda la nostalgia del paraíso perdido condensada en esas cajas. En ellas los contrarios coexisten, la multiplicidad provoca una misteriosa unidad de conocimientos y experiencias. Una coincidentia oppositorum, una unidad de los contrarios que totaliza los fragmentos. Y en esas andaba cuando he recibido la visita de dos amigas que fue revelada, sincrónicamente al mismo tiempo en el que unos se iban y otros venían, por otro matrimonio amigo. Estas visitas son gratas porque me conectan al mundo, despiertan el interés por lo que ocurre ahí fuera y engrandecen los vínculos que los humanos tanto necesitamos. Así que agradezco a los cuatro su tiempo. Cada vez que alguien nos piensa y nos regala parte de su historia, debemos actuar con generosidad, y no se me ocurre otra mayor que la del agradecimiento sentido. Así que hoy ha sido un bonito pasear entre amigos, los literarios y los reales. Algo grande está destino a suceder en cada encuentro…

Esta imagen resume a la perfección nuestro viaje a India. El abrazo de un payaso a un niño recién rescatado de una muerte segura. Desnutrido por el hambre, luchando por una vida frágil que pende del hilo de la suerte, o quizás de la providencia. El payaso, conmovido, sólo puede abrazarlo con la intensidad de un corazón sensible, un corazón minado por todo cuanto ha visto y experimentado en un mundo terriblemente injusto. Un corazón lleno de cráteres y cicatrices, capaz de aguantar lo insoportable con tal de vencer el espectro de la inconsciencia. ¿Qué nos queda por hacer tras ese abrazo? ¿De qué forma un humilde payaso puede provocar las sinergias necesarias para que el mundo gire de nuevo hacia la paz y la justicia? Hay muchos interrogantes que revolotean nuestras cabezas cada vez que pensamos en todo lo vivido. No puede haber calma en el mundo mientras sigamos permitiendo estas cosas. No podemos permanecer inmóviles al borde del camino como si nada ocurriera. Este abrazo remueve, clama esperanza, trabajo, generosidad. Este abrazo conmueve y por lo tanto nos conecta al sentir de aquellos bien nacidos que se afanan por un mundo nuevo. Este abrazo es la manifestación viva de la utopía que ha de llegar… Veintiún días condensados en este abrazo. Un abrazo de amor… un abrazo de esperanza… un abrazo tierno que reclama hechos… Gracias Kolo Kolo por este momento único… por este abrazo sentido…

Wu Wei

A las siete y media de la mañana estaba en el jardín intentando poner algo de orden en la primaveral expansión de hierbas. Los dioses de la naturaleza se esmeran en propagar todo cuanto sea propicio para la vida. Y la primavera, que ya puede verse aquí en tierras de María Santísima, es el mejor tiempo para la expansión vital. Existe un importante término chino, el wu wei, “no acción”, cuyo significado no es “no hacer nada”, sino más bien “no forzar”. A las nueve de la mañana, cansado de arrancar un millón de hierbas de todos los colores, comprendí que no debía seguir forzando los antojos de la naturaleza. Así que pensé y me acordé de mis maravillosos aliados, los conejos. Había visto en algunos jardines alemanes como los utilizaban sabiamente para cortar el césped. En la ciudad de Essen utilizaban a ovejas, pero no me imaginaba con un rebaño de tal calibre en mi modesto jardín. El año pasado hice la prueba y funcionó, pero a los pocos meses, y debido a que cometí la torpeza de no vacunar a los pobres animales, sucumbieron a la enfermedad. Así que fui hasta el lugar más propicio y adquirí cuatro nuevos conejos. Esta vez, para evitar errores pasados, compré dos inyecciones y las vacunas pertinentes. Hice de veterinario y la verdad es que los pobres cobayos tuvieron que vérselas con mi maña a la hora de ejecutar las banderillas, dos veces por barba.

La reacción de los conejos ante su nueva situación de semilibertad no dejó de ser curiosa. Primero miedo, terror por lo desconocido. Haber vivido toda una vida en una jaula incrustada en una habitación oscura y pestilente sin mayores experiencias que las de un humano dándoles agua y pienso no es muy alentador. Así que cuando de repente se vieron ante la luz del sol y con un campo lleno de miles de flores multicolores, hierba y árboles no se lo podían creer. Empezaron tímidamente a explorar el espacio, probando en cada paso esos nuevos sabores. A medida que iban comiendo hierba y flores, el instinto se iba apoderando de ellos y la llamada de la selva iba tomando forma. Entonces el terror y la timidez desaparecieron y empezaron a jugar, a correr, a saltar alegres por todos los rincones. Las primeras carreras eran muy torpes. ¡Nunca habían corrido en su pequeña jaula! A la hora de estar libres eran auténticas liebres. Apenas se les distinguía entre el forraje alto. Mi pensamiento se repetía un año más: cuatro nuevos seres liberados… Mientras ellos comían hierba, yo seguía intentando descubrir los secretos del wu wei… Así, meditabundo, veía como las cosas de la vida se muestran por sí mismas. Sentía una serenidad especial trabajando con plantas y flores, árboles y tierra, y ahora más con mis nuevos amigos. Todo está bien. Todo está al alcance de la mano. Incluso la felicidad, que tantas veces la buscamos lejos de nosotros mismos. Allí, en ese llanto que incurre en lo secreto, frente a la idea de un universo que va tomando forma en su propia espontaneidad, se hallaba el artista dibujando, sin forzar, su particular wu wei… Un día sereno, calmo, hermoso, frente a las orillas de la vida, sin esperar mayor recompensa que la de seguir vivos… Qué placer más intenso, qué felicidad más esperada… Wu wei… la vigilancia incesante… la vida como expresión de consciencia… la vida vivida en ella misma… sin necesidad de instruirla o dirigirla… se mueve por sí misma… vive por sí misma… habla y actúa por sí misma… Como esas cobayas que ahora transitan de flor en flor…

A veces me vienen imágenes, destellos, recuerdos que intento ordenar sin exceso de sufrimiento o melancolía. El viaje a India aún es reciente y procuro dar largos paseos, hacia fuera y hacia dentro, para ordenar todo lo vivido. A veces las imágenes circulan en el interior de mi cuerpo y, tal y como ocurre en el tratado neotaoísta de “El misterio de la flor de oro”, esas imágenes provocan la circulación de la luz interior. Este tratado dice que la esencia de la vida no puede ser vista ya que está contenida en la luz del corazón. A su vez, la luz del corazón no puede ser vista, ya que está contenida en los dos ojos. Sin embargo, meditando un poco a la manera yóguica, ritmando en todo momento la respiración, los párpados se cierran y entonces los ojos no miran ya hacia el exterior, sino que iluminan el espacio interior. Es entonces cuando uno descubre la luz interior. Y en esa luz las cosas se ven de forma diferente, calmada, desde una distancia tan cósmica que todo parece mecerse ante el lento ritmo de una brisa. Es la luz soberana la que permite ir contra corriente de todas las cosas, el ulta-sâdhana en las técnicas tántricas –avanzar contra corriente-. Detener el tiempo con movimientos regresivos, inmovilizar el pasivo de los balances terrenales para activar la frecuencia de la plenitud. Eso es toparse de bruces con el elixir de la inmortalidad, como cuando en mitad del espectáculo aquel niño –el de la fotografía que acompaño- se acercó y rozó varias veces su pequeña nariz con la mía. En ese momento único se creó la magia de la cámara vacía, ese lugar donde la flor de oro eclosiona y se crea la llama de la luz. En ese instante, los espíritus corren y vuelven hacia el cielo, un cielo de seda y jade. La experiencia de ese momento es tan intensa que realmente es como flotar hacia lo alto. Al recordar todo esto siento cierta simpatía mística, cierta armonía y paz que subyace en los ciclos y ritmos cósmicos. Una paz extraña que alberga la esperanza de un mundo nuevo… Aquellas dos narices que se toparon en la casa de Madre Teresa de Calcuta engendraron una misteriosa flor de oro que subyace en las luminiscencias de la vida simple… Claro que la iluminación es posible. Solo hace falta respirar… cerrar los ojos y hacer circular la imagen de ese niño pegado a la nariz de payaso…

He sufrido la metamorfosis necesaria a eso de las seis de la mañana, hora en la que me he levantado leyendo un texto de la Nidada-Katha en la que, después de la iluminación, Siddharta proclamó triunfalmente su victoria sobre el “constructor de casas”. Dice así: “Durante mucho tiempo he errado, atado por la cadena de la vida, a través de muchos nacimientos, buscando así en vano al constructor de la casa. Y dolor es nacer una y otra vez. ¡Hacedor de casas, he visto tu arte! No volverás a hacer una casa. Rotas están todas sus vigas. ¡Destrozados los tejados! Mi mente ha traspasado las cosas hechas para la vida. Por fin se ha alcanzado el final de los deseos”. Y eso leía en unas de esas causales sincronías tras mantener ayer noche una conversación con B. sobre este asunto. Y B. insistía en que todo está conectado, en que todas las personas que conocemos a lo largo de nuestra vida tiene que ver con ese maravilloso vínculo que nos une más allá del tiempo y del espacio, más allá de la cosmología, de las ventanas del cielo, de los pilares cósmicos, más allá del axis mundi… Así que me levanté revelándome contra el constructor de casas y me afeité la barba, vacié el sagrado centro de toda energía antigua y dibujé ante mi ventana el nuevo panorama. No he sufrido ninguna iluminación porque eso ya no me pertenece, pero si el necesario atrevimiento para seguir mi paso por la tierra sin que la indiferencia se manifieste errante… Sigamos… hay mucho que hacer… y el tiempo es corto…

El dramaturgo Bernard Shaw expresó su punto de vista sobre el progreso en los siguientes términos: “El hombre razonable se adapta al mundo; el que no lo es, insiste en que el mundo se adapte a él. Por tanto, todo el progreso depende del hombre no razonable“. La frase viene a cuento porque alguien me preguntaba esta mañana si lo que hacía, sobre todo el viajar a los infiernos de nuestra sociedad y volver hecho una pena, con esas barbas, me parecía razonable. No hace falta que diga que lo razonable no me motivaría por la sencilla razón de que el mundo que llamamos normalizado vive en un reinado de tinieblas absurdo y reiterativo. Así que prefiero pasar por loco o payaso antes que por persona sensata o razonable.

Ayer fue un día largo, de necesario viaje de Oriente a Occidente siguiendo el curso de la luz que irradiaba fórmulas para volver al punto de fuga, a ese lugar donde convergen todas las líneas que se apartan directamente del espectador. Llegué tarde a casa, pero llegué gracias a la generosa recogida en la estación de autobuses del amigo “X”, el cual, además, acompañó con una bolsa de naranjas y otra con batido de chocolate y un pastel. Así da gusto… Uno se siente menos solo con estos gestos amables y sinceros. Y hoy ha sido un día de idas y venidas, de poner cierto orden en todo lo que ha podido repercutir en estas tres semanas de ausencia. La Montaña preciosa, con ese verde teñido de primavera y flores. El silencio me parece un paraiso acostumbrado al infernal ruido de las megaciudades de India. Ahora me siento extraño y lo relativizo todo. Estoy aquí en mi habitación, me toco la barba y miro con cautela este espacio en el que viviría una familia entera. ¿Cuantas familias indias podría acoger toda esta casa? ¿Y cuantas bocas podría alimentar el pago mensual de mi hipoteca? Todo es espeluznante. Por eso es mejor no ser un hombre razonable y seguir imponiendo una complida impostura. De momento dejaré que los días pasen hasta que tenga fuerzas para imponer la búsqueda de nuestro origen. Beberé para ello, tal y como nos recomendaba Luca Pacioli, el dulce jugo de la fruta que mantiene la satisfacción en las mentes de los filósofos. Sólo así podré soportar la levedad de todas las cosas…

El barrio de Chembur, en Bombay, es un buen lugar para la última reflexión de este viaje por Oriente. Por sus contrastes de pobreza y miseria, por su carga semántica en cuanto a lugar olvidado, por servir de ejemplo de todo aquello que desde la afortunada atalaya del bienestar produce nausea o hastío. El calor asfixiante empieza a golpear y los ruidos se tornan cada vez más insoportables. Los cuervos se organizan en legión para rebuscar algo de comer. Sus quejidos se meten tan adentro que da la sensación de que salen plumas por todas partes. Los mosquitos inundan cualquier parte sombría acechando en los momentos de distracción. Ahí fuera, más allá de estas cuatro paredes mohosas y cansadas, las calderas del infierno empiezan a hervir las ollas de la sinrazón. La conquista del reino del orgullo y el egoísmo empieza su particular batalla y sus particulares sacrificios.

En estas condiciones resulta difícil escribir con cierta sensatez algo coherente, algo que implique sapiencia sin restringir los accesos y cavidades del alma, pero no quería despedirme de Asia sin una última reflexión. La experiencia en India, en nuestra particular India de pobreza y miseria ha sido francamente dura en muchos aspectos. No sólo porque nos hemos dado de bruces con una humanidad cruel, sino más bien por la sensación aberrante de descubrir que esa crueldad no es una maldad genuina en nuestra raza, sino el producto de una macabra y elaborada ignorancia. Una ignorancia que tiene como premisa la fe absoluta en el progreso egoísta e incontrolado. Un progreso vacío, carente de significado e inteligencia, ciego. Un progreso equivocado a cuenta de tropiezos individuales y hábitos colectivos.

Este descubrimiento ha sido el precio de renunciar a un viaje de placer para indagar y hollar los senderos de la indigencia humana. El precio de un billete caro por la visión y las experiencias vividas. Por toparnos de bruces con una realidad ignorada en los circuitos turísticos. Cargamos nuestras mochilas con la esperanza de la alegría y la sonrisa. Ese era nuestro visado particular para entrar en el lado oscuro del corazón humano. Y nuestra nariz de payasos era el sello que nos identificaba como seres peregrinos extraordinariamente extraños a la naturaleza común. Al ideario común de la prudencia acostumbrada y rebosante de infortunios y carencias extremas.

Los ejemplos de crudeza han cundido. Los países en vías de desarrollo viven acelerados. No existe la paz melancólica de una puesta de sol o el canto de un cisne en un cristalino lago nocturno. Es como si los días no fueran suficientemente largos y los estiraran hasta el límite renunciando con ello a la serenidad de un paseo, de una mirada, de una franca sonrisa. Es como si vivieran en la creencia de que jamás alcanzarán el bienestar profundo hasta que no imiten las asperezas consumistas del primer mundo. Ignoran, además, que el primer mundo desea estar de vuelta de todo y existen luminarias que hablan ya de nuevos valores posmaterialistas y posconsumistas. Un debate que pretende proyectar la utopía de un nuevo mundo, de una nueva forma de entender la existencia desde la autorrealización y la emancipación material. De unas correctas relaciones basadas en la generosidad y el respeto común.

Pero este debate aún está lejos de sus mentes. Tener un buen móvil es síntoma de ser alguien en la vida. Un coche es el premio al progreso, y si además tiene aire acondicionado, es síntoma de que la vida ha sido plena y se ha cumplido con el deber existencial, sin importar si en ese deber se incluye a los otros, al mundo, o sólo a una particular visión reducida de todo cuanto somos. Por eso la prisa por comprar o vender algo. Cuando paseas por las calles de Bombay o Calcuta, es como si todos estuvieran en esa noria que gira acelerada sin que nada ni nadie pueda pararla. Todos quieren progresar… Como si se hubiera inyectado la célula  sobrante que obliga a bombear miopía por todas partes…

Los que no pueden subirse a ese carro viven alejados de la realidad. Deambulan de un lado para otro como fantasmas errantes. Se paran en cualquier esquina, rebuscan en la basura algo que tragar y se tumban días enteros  en cualquier penumbra para vivir quizás mejor instalados en el mundo de los sueños. Para ellos la única esperanza es que alguien los recoja de las calles y obren el milagro en sus vidas. Como el excelente cocinero que conocimos en el Ashram of Jisu, en la misión jesuita de Pandua, un hombre bueno que meses antes estaba destinado a la destrucción total de su existencia en cualquier estación de tren. O como los cientos de niños rescatados de las calles y que ahora optan por un futuro diferente, lleno de esperanza. ¡Hemos conocido tantos milagros!

Fue precisamente un misionero quien nos puso en la pista y nos dio la clave de todo lo que ocurre: educación. Sólo si se consigue  educar a las gentes se obrará el milagro del cambio. Sólo si hay una modificación en los valores, las calles empezarán a ser más limpias, menos ruidosas, las casas empezarán a ser pintadas y restauradas. Todos harán un esfuerzo colectivo por mejorar y erradicar la contaminación asfixiante, por plantar árboles en el gris asfalto, por dedicar más atención al más necesitado, por contribuir a la justicia social, al orden primordial de todas las cosas. Pero no me refiero a una excelente educación académica donde se aprenda inglés e informática. Me refiero a una educación en valores. A una educación que ponga en práctica la buena voluntad en acción. Que enseñe a ser amable, que explique las fórmulas matemáticas de la dignidad humana, las geografías del buen hacer, los lenguajes del alma generosa y entregada, la naturaleza del bien.

Una educación integral que reorganice las prioridades humanas, que mantenga en vilo la prosperidad diferenciando a todo momento lo necesario de lo imprescindible. Que nos haga entender la importancia del prójimo, de todos los prójimos, incluyendo especialmente a aquellos que por ignorancia o ceguera yerran con más facilidad. Valores que rescaten las almas anémicas que ya los antiguos griegos desterraban al Hades, almas que deben ser repatriadas al mundo de la necesidad espiritual, al mundo de las riquezas ancestrales.

Es por ello que la humanidad debe reinventarse. Comprender que el progreso vacío no conduce a ninguna parte. Que el mundo no puede seguir aspirando al crecimiento infinito. Por ello se hace urgente el volver a empezar. El regresar a la esencia humana para toparnos con las herramientas de la rectitud y el equilibrio. Regresar de nuevo a ese punto donde todo empezó a desbordarse. Parar la máquina, vaciarla de aceite y ruido, limpiarla a fondo y llenarla de nuevas energías más limpias y silenciosas. Los sabios del futuro deben nacer para reconducir esta carrera hacia la catástrofe. Y deben ser inspirados con urgencia por esos nuevos valores que afloran en los campos de la esperanza y la nueva consciencia. Ojala que de entre todos los niños que hemos abrazado estos días exista media docena de sabios capaces de iluminar una nueva tierra y un nuevo hombre… Que así sea por el bien de todos…

En Sishu Bhavan y Daya Dan, ambas casas de la Madre Teresa, fue donde hicimos las dos ultimas actuaciones de este increible periplo por India. Sin duda, como ocurrio en Etiopia, en las casas de la caridad fue donde la dificultad se unio a la angustia. Estabamos agotados hasta que asomamos la cabeza de payasos y vimos a esas criaturas ansiosas de novedad. Trescientos hermosos niños que esperan adopcion fueron abrazados por un momento por la luz de la alegria. Por un momento, mientras visitabamos las habitaciones al final de la actuacion y los pequeños angeles corrian para abrazarnos soñabamos por un momento con poder adoptarlos a todos. Con llevarlos metidos en nuestros bolsillos, entre nuestros brazos, abrazados al cuello como hacian con desesperacion suplicando un hogar. Por un momento… Pero alli estan las hermanas de la Caridad, verdaderos angeles de grandes sonrisas que abrigan con sus amplias y eternas alas-almas a esas criaturas… Una de ellas nos acompaño en la visita. Miraba sus ojos puros, su sonrisa infinita, su pureza, su entrega. Se podia sentir su amor por todo. En la despedida sonaba musica celestial. Me pare por un instante en la penumbra de un pasillo. No pude evitar la emocion. Habiamos cumplido nuestra modesta y humilde mision, habiamos conseguido sonrisas, alegria, momentos inolvidables. Por un minuto todo el trabajo, todo el esfuerzo sucumbio en lagrimas. La felicidad es asi y merece la pena seguir sus sendas… Por eso mañana volvemos a Bombay… y de ahi a España con la esperanza de no olvidar el aprendizaje, con la ilusion de seguir caminando por estos maravillosos caminos. La felicidad es posible, incluso en los lugares mas insospechados, en las situaciones mas dificiles. La felicidad esta en las cosas simples. Y nunca habia conocido una fabrica de crear felicidad mas sencilla que una sonrisa. Por eso la emocion… De ahi la plenitud…

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